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Inicio / Cuenteros Locales / gui / Las dotes agoreras del carnicero Octavio

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Octavio el carnicero era un personaje muy querido por sus clientes ya que a su carácter afable y bonachón se agregaba una extraordinaria habilidad: sabía leer la suerte en las manos de sus clientes. Así, mientras cortaba un trozo de asiento de picana, o un par de kilos de asado, les vaticinaba a sus clientes, eventos que por lo general se cumplían al dedillo. Quienes más recurrían a Octavio eran las féminas, ya que por un par de bifes o medio kilo de carne molida, se llevaban de yapa el pronóstico de sus vidas, agoradas por el simpaticón carnicero, quien, de paso, las abordaba con una inusual delicadeza mientras su voz suave y misteriosa iba deletreando lo que esas manos le ofrecían. Esta faceta permitió que las mujeres le pretendieran tal si el fuese un connotado personaje, nada más alejado a la estampa de Octavio, enfundado en su delantal blanco levemente manchado y oliendo a grasa y a sangre de vacuno.

-Aquí veo que usted recibirá la visita de una señora de edad madura. Ella es muy importante para usted ¿Me equivoco? –preguntaba con voz melosa el coqueto de Octavio a la joven de turno.
-No, Chavito, no se equivoca nadita porque la que pronto va a llegar a mi casa va a ser mi tía Isolina que viene a quedarse por unos días.
Y la mujer le preguntaba sobre la marcha si ella iba a contraer matrimonio y con quien y acaso salía por allí la fecha exacta de tan importante acontecimiento. Entonces Octavio sonreía con esa sonrisa encantadora que poseía y dejaba ver sus albos y grandes dientes.
-No pues Felicita. Si su manito no maneja tanto detalle. Sólo puedo decirle que esta línea tan larga y tan marcada me indica que usted va a ser muy feliz con el afortunado que se fije en tan grande preciosura y que va a tener hijos para regalar.
La joven sonreía complacida y guardaba su paquete de carne en la bolsa y las buenas nuevas en su corazón y se despedía complacida por tan buena compra.

Otras mujeres más maduras, derechamente trataban de conquistar al bueno de Octavio, regalándole engañitos, haciendo gala de su casi olvidada coquetería y comprando y volviendo a comprar, con el único propósito de tenerlo a la mano para contemplarlo y suspirar por él.
-¡Que buenmozo que se ve con ese delantal, Chavito querido!-dijo Agripina, una mujercita algo encorvada por los años
El hombre sonrió complacido mientras con mano diestra manipulaba el cuchillo carnicero. –Es usted muy amable señora Agripina pero este delantal es igual a los demás.
-Ay no se, pero que se ve buenmocito esta mañana, vaya que si se ve. Ahora dígame ¿cuando me va a ver la suerte a mí también?
-Cuando acabe de cortar este filete y termine de atender a estas caseras, con todo gusto se la veo, querida señora.
La mujer se aproximó al mesón y le pidió que se acercara para decirle algo al oído.
-¿Qué tal si esta noche se acerca a mi casa para que me lea la mano y de paso nos tomamos un tecito o lo que usted quiera servirse?
-No sabe cuanto le agradezco su gentileza, señora Agripina, pero sucede que esta noche tengo que ir donde mi novia y usted comprenderá que cuando uno está comprometido, no puede dejar plantada a la mujer de sus sueños.
-¡Hum! ¡Que pena! Pero para la próxima será. Usted no puede rechazar dos veces a una misma dama.

Y así transcurría la vida del bueno de Octavio, acosado por las mujeres y -fueran estas jóvenes o viejas- el asunto es que las invitaciones, los piropos y los requerimientos, no incomodaban mayormente al carnicero, puesto que era una persona de carácter jovial que no se complicaba más allá de lo permitido. El sabía que toda su fama estaba asociada al don que le había otorgado la fortuna y fuera de esto, su vida era tranquila y reposada. Además, estaba profundamente enamorado de Leticia, su novia y muy luego, apenas terminara de pagar las maquinarias de su negocio, se casaría con ella.

Ahora bien, la vieja Agripina se transformó muy luego en una febril acosadora y concurría a diario a la carnicería para cortejarlo y hacerle algún convite. El, con mucha gentileza, le agradecía las muchas atenciones pero se disculpaba, aduciendo cualquiera excusa.

La fecha de matrimonio quedó finalmente fijada para fines de año y un sábado cualquiera se realizó un cóctel en la residencia de sus futuros suegros para celebrar tan feliz noticia. El asunto es que Octavio se pasó de copas y a poco de salir de la casa sintió que todo el licor consumido se le iba a la cabeza. Todo comenzó a girar alrededor suyo y mareado y a punto de caer al suelo, sintió que alguien lo sujetaba y luego le ofrecía asiento en un banco. Semiinconsciente, le pareció ver entre la nebulosa a un rostro conocido que le sonreía amablemente.

Debieron haber transcurrido muchas horas desde este incidente hasta el momento en que abrió sus ojos y se encontró acostado en una cama que no era la suya y ataviado con un pijama que tampoco le pertenecía. La cabeza parecía querer estallarle y las náuseas que amenazaban con hacerle vomitar casi logran su objetivo cuando, dando un respingo, Octavio se dio cuenta que alguien más dormía en esa cama. Trató de recordar algo de lo acontecido pero todo parecía haberse olvidado en su mente. Atormentado por las dudas, trató de levantarse pero su cuerpo estaba absolutamente descoordinado. Fue en ese momento que la persona que dormía a su lado despertó y Octavio, horrorizado, comprobó que era la vieja Agripina.

-¡Mi queridito! Al fin podremos compartir una noche en que todo puede ocurrir.
Como pudo, Octavio trató de escapar de aquellos brazos sarmentosos que pretendían hurgar su cuerpo. Pero la mujer estaba decidida a lograr su objetivo a como diera lugar. Saltando grotescamente en la cama, Agripina se dejó caer sobre el cuerpo del carnicero y le enterró sus largas uñas, que más parecían garfios, en su espalda.
-¡Chavito! ¡Amor mío! ¡Ahora si que no te me escurrirás!
Octavio esquivó esta vez a la mujer con tan mala suerte que ella pasó de largo y se estrelló en el piso. Allí se quedó inmóvil y sangrante mientras el carnicero se tomaba la cabeza a dos manos por el tremendo lío en que se encontraba involucrado.

-Nunca le he dicho esto, querido Chavito pero, con el respeto que usted me merece, tengo que reclamarle por la carne molida que me vendió el otro día. Estaba tan pero tan dura tal y como si usted hubiese puesto a moler un trozo de charqui.
Octavio, sin mover un músculo de su rostro, recordó los otros tantos reclamos que había recibido esa mañana y sólo atinó a responder: -Está muy bien que me lo diga, señora Herminia porque ahora mismo llamo a mi proveedor traspasándole su reclamo y si el no responde por esto, me veré obligado a prescindir de sus servicios.

Octavio camina ahora feliz del brazo de su novia de la cual está profundamente enamorado. Leyendo las líneas de la mano de ella se ha enterado que es una mujer extraordinariamente pujante, un ser que necesita a su lado para emprender nuevos negocios. Ella también lo ama y lo venera y está dispuesta a ser su compañera por el resto de su vida. Octavio la contempla y hace abstracción de todo y nada le importa desde esa noche en que el destino lo puso frente a Agripina, la mujer de sus sueños…














Texto agregado el 11-09-2005, y leído por 215 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
11-09-2005 Era que no iba a estar dura!!!! Me imagino a Octavio frente a una gran moledora, pero y los huesos? los vendió para sopa? Felicitaciones anemona
11-09-2005 ¡¡¡Flipante!!! Muy bueno... yoria
 
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