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El BOSQUE ENCANTADO




El lugar es hermoso, es suntuoso, es perfecto para contarles la historia del difunto Charles. Todo el lugar me ha recordado aquellos acontecimientos.
Yo vengo de la antigua Francia, que durante aquel tiempo era un juglar que viajaba a cada rincón del país: mi vida solía ser muy vertiginosa y a la vez sonriente, siempre huyendo de los malos tratos del rey para luego regresar porque él me lo pedía, claro que personalmente no lo hacia, mandaba a uno de sus caballeros o sirvientes.
Podrán decir que mi vida era muy cómoda por estar viajando y contar la vida de personajes, de narrar hazañas maravillosas que mi eterna vida me ha permitido ver, pero no todo era así, también sufría mucho, y sin embargo, siempre mostraba una enorme sonrisa para tocar el arpa o el laúd solemnemente. Todo el tiempo recorrido me ha permitido conocer épocas pasadas, ha muchas personas, pero siempre me ha emocionado el encantado bosque del difunto Charles. Hay veces que me pongo a reflexionar por qué la sigo recordando como si fuera ayer o simplemente me estuviera pasando ahora.
En este lugar todo es quietud.
Imagínenme en aquel tiempo, cuando era juglar en la vieja Francia. Yo acostado en el pasto, con un ropaje medieval de colores muy vivos y chillones, mi cabello largo cubierto con un sombrerillo azul, mi tez blanca, mis ojos negros con un brillo enorme y, mis manos haciendo sonar un laúd debajo de un enorme árbol que me cubre de los rayos del sol.
En este lugar todo es paz, es así gracias a este bello bosque plagado de aves cantantes, de roedores graciosos, del enorme almidón del sol que muy a la fuerza quiere tocar el suntuoso suelo del bosque.
Me preguntaran qué hago ahora o qué he hecho a lo largo de mi vida: pues bien, he hecho de todo, trabajado como herrero, he aprendido a pintar gracias a la inspiración del mágico bósque, he sido testigo del sufrimiento de los abusos del rey, he trabajado en una mina sacando cantidades de oro para un burgués, he sido juzgado por la iglesia (por cierto que logré escapar), he sido testigo de grandes crecimientos de la ciencia, y así puedo decir todo lo que he vivido en mi eternidad, y ahora sólo soy un negociante de antigüedades.
Pero dejemos mi vida aun lado, y supongamos que aún sigo siendo un juglar de la vieja Francia.
— ¡Oh! allí esta mi laúd, ahora si puedo comenzar.
Empieza a tocar el juglar e inmediatamente salen las imágenes omnipresentes. El lugar en el que se encuentra tocando se traslada al pasado.

Era cerca del año 1200 d.C. cuando Charles llegó a un pueblo de Inglaterra, no sabia a donde llegar, no tenia nada. Supongo que decidió cambiar de lugar para empezar una nueva vida o volver a nacer.
Dicen que fue en un día de otoño cuando él venia de la serie de cerros que se encuentran por el norte. Llegó casi cayendo de lasitud, con sus ropas sucias pareciendo un forajido, con su fisonomía sombreada por el sol y sus cabellos sueltos llegando hasta los hombros.
Cuando empezó a caminar por las calles, él iba muy observador, miraba cada detalle del viejo pueblo: No se podía negar que se miraba hermoso, pero la gente parecía que no vivía, eran como sonámbulos que sólo seguían un camino, los niños ayudando a sus padres en su trabajo de vender carnes, otros cuidando animales de corral, otros haciendo flechas y arcos, las mujeres (en su mayoría) se reunían en el río para lavar ropa y otras esperando al esposo que se había ido a servir al rey en las batallas, en fin, haciendo toda clase de trabajos que en ese tiempo se hacían. En ocasiones, algunos artistas salían a pintar fuera de sus cabañas, otros iban a un teatro para presentar su obra o simplemente a ensayar, y así todo se resumía en un vasto teatro con actores de todo tipo.
Ya casi terminaba de recorrer el pueblo, cuando de una simple mirada hacia el castillo del rey, miró que al fondo yace un hermoso bosque como en el que me encuentro ahora. Su curiosidad empezó por conocer el frondoso bósque que aún a la larga distancia se alcanzaban a oír los cantos de las aves, el crujir de hojas, el parpadear de alas, el suave susurro del viento. El bosque parecía intocable, como si ningún humano hubiera entrado en él, como si sólo fuera una pintura por un artista con manos no humanas. Así era el pueblo donde vivía el difunto Charles.
—Oh, humilde hombre sea bienvenido a este pueblo, pero deje decirle que por muy hermoso que se vea el bosque, no lo visite, esta prohibido entrar. Los lugareños más viejos cuentan que hay un hechizo que lanzó un soldado francés en una batalla cuando su ejercito había perdido. El ejército ingles lo perseguía en ese bosque, y fue cuando en lo alto de un árbol hizo el hechizo, no se sabe en que consiste, pero dicen que los soldados ingleses ya no regresaron al castillo para rendirle cuentas al rey, ya no se supo nada de ellos. Dicen que aquel que llegue a tocar los pinos, árboles, pasto, vea los seres que habitan en él, será condenado bajo ese hechizo—le dijeron al muy distraído Charles.
—Pero, el bosque es lo que más me ha llamado la atención, mírelo, es quietud—respondió Charles.
—si, pero recuerde lo que le digo. Ahora debo ir a entregar estas telas al rey que ya me espera, y el castillo aún esta lejos de aquí. Ah y si usted necesita comprar telas o necesita que le haga algún estilo de ropa, puede acudir a mí, ahora me voy—le dijo la señora costurera.
Charles quedo solo, y él tenia que buscar un paraje en donde poder vivir, pero para eso tenia que conseguir dinero. Recorrió el pueblo y nadie lo pudo ayudar en eso, ya nomás quedaba el castillo del rey y se dirigió hacia él.
Tuvo que caminar mucho para llegar al sendero que lo llevara al castillo. En el cielo se miraban las nubes como borregos yendo hacia el sur, soplaba un viento frió, pero aún así, el calor era fuerte. El pobre Charles seguía caminando, sus pies ya los sentía como rasposos y decidió descansar bajo un pequeño árbol. Después de un rato miro que la señora costurera regresaba del castillo.
—disculpe, aún me falta mucho por llegar al castillo—cuestionó a la costurera.
—no, ya casi llegas, como en media hora estarás allí, mira, vete derecho, después sólo tendrás que recorrer la bajada y ya. Yo te llevaría pero tengo mucha prisa—le dijo, y de inmediato le dio un chicotazo al par de caballos para que jalaran con mayor fuerza la carreta.
Charles seguía caminando y por fin llegó.
—Disculpe cuál es el motivo de su visita—le cuestionaron unos guardias en la entrada del castillo.
—Sólo quiero hablar con el rey, para saber si lo puedo ayudar en algo que me haga ganar una humilde choza en donde vivir—respondió.
—Hagáis lo pasar—les grito el rey desde lo alto de una torre.
El castillo es muy grande: tiene como unas 10 torres, sus paredes son decrepitas de un color gris claro, sus ventanas son arqueadas y están cubiertas con cortinas de una tela muy fina, sus puertas son de una muy gruesa madera, en su interior las paredes lucen cuadros con retratos del rey hechos por pintores del pueblo, en cada esquina hay candelabros. Solamente hasta allí pudo llegar a ver, porque el regordete rey salio, traía un saco largo de color vino con toques dorados que parecían que eran monedas de oro pegadas, y en su blanca cabellera la muy clásica corona, y en su pálido rostro líneas de tiempo.
—Muy buenas tardes señor…
—Charles, así me llamo honorable rey—interrumpió.
—y qué os ofrecéis en mi castillo—cuestionó.
—soy nuevo en este pueblo, no tengo en donde dormir, no tengo nada, y ando buscando algo en que ayudar para ganar unas cuantas monedas, y si usted me permite—dijo
—mira, que te parece si vas a ese bosque y me traes uno de esos pinos tan hermosos que hay, quiero tener uno en mi jardín, y sólo te pido uno, no es mucho trabajo, y con eso yo te doy una choza para que vivas, ¿qué te parece?—le dijo el rey.
—pero, me han advertido que no vaya a ese lugar, me han dicho que hay un hechizo, no puedo ir.
—no hagas caso a esa entupida creencia, solo ve y tráeme un pino o un árbol del bosque y ya, tendrás tu choza. Mis soldados te obsequiaran todo lo necesario para tu trabajo, solo ve afuera y allí te darán todo—le dijo el regordete rey.
—no puedo, no puedo—grito Charles, y salio corriendo afuera. Poco a poco fue parando y se arrepintió, se regreso con los soldados a que le dieran lo necesario para su trabajo.
—sabíamos que regresarías, toma, aquí esta la carreta con cuatro fuertes caballos, una filosa hacha, y una cuerda para que traigas lo que te ha encargado nuestro rey—le dijo uno de los soldados.
Charles salio del castillo en la carreta, pasó por el estrecho sendero, y se dirigió a un lugar para descansar. Ya en un lugar cómodo se tiro en el suelo. Se quedaba mirando a las nubes en forma de borregos, sentía el viento frío, sentía las caricias del escaso pastizal, y poco a poco quedó dormido.
De pronto el galopar de los caballos del ejército del rey lo despertaron, y él con respingo se levanto y se trepó a la carreta, y se dirigió al pueblo. Pasaron como 10 minutos y llego, pero no tenía a donde llegar a comer o a dormir. Él mismo se decía, se preguntaba, reflexionaba si podría ir al bosque, y se dijo que en la mañana se dirigiría para allá. Se recargó en la parte trasera de la carreta y allí se durmió.
La noche era fría, el cielo estaba muy claro y las estrellas brillaban intensamente. Las chozas se miraban ya oscuras, y a lo lejos, en el castillo del rey solo se miraban unas antorchas en cada una de las torres. Todo el pueblo dormía, pero el bosque encantado parecía que aun estaba despierto, ya que se oían susurros, el canto de las aves nocturnas, y muchas luces de luciérnagas en lo alto del cielo.
El pobre Edwart por el hecho de conseguir un lugar para vivir decidió ir a cortar el árbol o el pino que le había pedido el rey.
Al amanecer se levanto de la parte trasera de la carreta y se fue para adelante, y entonces tomó una cuerda y golpeó a los cuatro caballos y a toda prisa se dirigió al bosque. Cuando iba rumbo hacia allá, iba pensando en lo que la costurera le había dicho sobre el hechizo, pero ya no importaba eso, porque a la vez decía que si algún mal le pasara, no importaba porque conocería la belleza del bosque.
Y bien, siguió conduciendo a los cuatro caballos hasta que por fin llegó al bosque. Se quedó un rato frente de él, y seguía pensando hasta que por fin se bajo de la carreta y puso un pie en el verde pastizal, y al ver que nada ocurrió, puso el otro pie, y así empezó a caminar lentamente por los suelos verdes. Pero de pronto, no se escuchaba nada, todo estaba en silencio, ni siquiera sus pasos se escuchaban, cuando él intento gritar no pudo y su corazón empezó a latir más fuerte. Entonces se dio cuenta que algo extraño sucedía. Charles volteaba para todos lados y no miraba ni un ave, no escuchaba ni un canto, el suave viento había desaparecido y ni siquiera las hojas de los árboles se movían.
Paró de caminar y por fin el silencio se fue: el susurro del viento acariciaba sus oídos y las hojas brillosas de los árboles deleitaban sus pupilas.
Por las rendijas de la frondosidad de los gigantescos árboles se filtraban rayos del sol que acariciaban los pájaros juguetones que en los troncos habitaban.
Charles, por tanta belleza había perdido la noción del tiempo, ya era el atardecer, y en un momento de voltear hacia el castillo del rey, recordó que tenía que cortar un árbol o un pino para conseguir un hogar. Entonces se fue y trajo de la carreta el hacha y una cuerda que le había prestado el rey para su trabajo, y sacando el hacha de su funda, empezó a observar los árboles, y al darse cuenta que todos eran igual de frondosos se dirigió al más pequeño para poder llevárselo con más facilidad, entonces empezó a golpear el verde pastizal, hasta poder encontrar las raíces del tronco. De tanto cavar las encontró y con el hacha corto cada raíz que había, luego con la cuerda amarró al árbol de la carreta, y así lo empezó a jalar.
Al pobre Charles ya se le había hecho de noche, pero ya faltaba poco para llegar al castillo del rey.
—avisen al rey que ya viene su frondoso árbol—grito un soldado desde una torre.
Entonces el regordete rey se asomo por un ventanal de su aposento y miró que el pobre Charles traía el árbol que le había pedido, pero lo que le sorprendió es que venia sin un rasguño, nada que le hubiera pasado por el hechizo que había en el bosque.
—abran las puertas—grito el rey.
Entonces el cansado Charles bajo de la carreta y espero que el rey bajara de su aposento.
—Aquí tiene lo que me pidió honorable rey, ahora si puedo exigirle unas monedas de oro para comprar una choza y así mismo adquirir algo de alimento—dijo charles.
—sin duda alguna le daré sus monedas y aparte le obsequiare la choza que anhela.
El regordete rey le dio las monedas de oro, y le dijo que cerca del bosque había una choza con un terreno grande en el que podía sembrar, un corral en el que podía poner su caballo que también le obsequió, y sin olvidar la propuesta del rey a Charles de servirle en el ejército en caso de batallas.
El pobre Charles salió del castillo en su caballo. Ya estaba oscuro y había por dondequiera una bruma increíble, casi no se podía mirar el camino, y sin importar se dirigió a la choza que le había obsequiado el rey.
Pronto se empezó a poner nervioso porque sentía que se había equivocado de camino, ya que percibió que se aproximaba a un pantano. No sabia que hacer, si continuar o ir por otro lado. Pensó que lo mejor seria continuar, ya que a los extremos hay una infinidad de arbustos con espinas, y una oscuridad en la cual se perdería más.
Hacia un frío enorme, y el rostro de Charles palidecía demasiado.
Cuando pasó por el horrible pantano, cada paso que daba el caballo se le hacia una eternidad, pero ya casi cuando terminaba de recorrer el lóbrego lugar, escuchó que brotaba un llanto, y en ese entonces, su corazón empezó a latir con mucha fuerza, sus manos empezaron a sudar y, le dieron ganas de golpear al caballo para que se soltara corriendo, pero cuando miró para atrás porque le llamo la atención un grito que provenía del mismo lugar del llanto, decidió regresar, y ahora si, empezó a observar cada detalle, cada ruido que salía: Era un lugar lúgubre pero se dio cuenta que era hermoso y a pesar de que la noche lo hacia aterrador entendió que en el pantano habitaba alguien humano o similar, los arbustos que había daban la impresión de ver gnomos o pequeños duendecillos, los árboles decrépitos parecían fantasmas bailando tomados de la mano, en el firmamento cubierto de niebla apenas se miraban unas luciérnagas, aparte del llanto de la mujer se escuchaban ruidos del croar de ranas, cantos de grillos, de aleteos de insectos y por supuesto, ruidos de sus pasos. Todo este lugar era una metamorfosis que nos jugaba la bella noche.
Él seguía montado dirigiendo a su caballo para encontrar quien lloraba, y así, poder ayudar a la persona, ¡pero que sorpresa!, se encontró con un fantasma.
El juglar sigue tocando y siguen saliendo imágenes de su laúd.
Charles al mirar los ojos del fantasma, pudo mirar un mundo de fantasía porque solamente era una laguna reflejando su propia imagen. El pobre Edwart quedo aterrado y confundido. No recordaba nada, no sabia si en verdad estuviera muerto.


Y así terminó la historia del difunto Charles, ahora yo me despido.

El eterno juglar










Texto agregado el 12-09-2005, y leído por 496 visitantes. (1 voto)


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