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Inicio / Cuenteros Locales / tarengo / La Medusa que enseñó a bailar al puerco espín (1a. parte)

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Para Fernando

Una de las narraciones descriptivas del abuelo que me llamó grandemente la atención desde que la escuché hace muchos años —cuando era niño—, es la que ahora quiero repetir en este cuento suyo. Claro que le preguntamos inicialmente al abuelo qué cosa era una medusa. Y él nos contestó preciso, como invitándonos a salir corriendo en busca del diccionario: —“Una medusa es lo mismo que un celenterio, aguamala o aguamar, que son metazoos de los pólipos espongiarios”.
Y, porque creo que esta definición te dejará del mismo modo que a nosotros aquella vez —hondamente desconcertados—; por eso, la voy a definir más clara y gráficamente para ti, a fin de que no pierdas estos interesantes episodios y entiendas cabalmente todos los conceptos, penetres en la enseñanza que suscribe y sus elogios.
Una medusa es un acalefo marino, gelatinoso, algo parecido a un ostión con mil patas sin su carapacho o envoltura; su cáscara acampanada es como un huevo de felpa fina y estrellado, pero sin freír en aceite caliente; empero, todavía más refinada, elegante y agraciada, así como de piel más tersa y delicada. Cuando grandes, son como los hongos o sombrillas con hopos de trencillas, veloces y entusiastas, porque su cuerpo parece un vehículo en forma de astronautas.
El salvaje puerco espín no es necesario que lo retrate, porque los conoces muy bien, por su pelo metamorfoseado en esclerosas cerdas punzantes y aspecto de alimaña con su espantajo amenazador de espinas.

El abuelo, a quien muchas veces, por las emociones, se le escapaban rimas con algunos versos sueltos en sus descripciones, presentaba del siguiente modo el recubrimiento transfigurado y el ambiente incisivo de este significativo cuento acreditado, pues se trataba de la historia de un baile encantado.

—¿Que si al abuelo le gustaban mucho los cuentos versados con rimas?
—Así como se deleitaba con los garbanzos tostados, los elotes y las limas.
—¿Que si eran de alta escuela y valor sus ocurrencias?
—Igual que un enfermo curándole al médico sus dolencias.
—¿Que esto es difícil de entender y admitir?
—Es fácil: él nunca aprendió a leer ni escribir.

Nos mostraba el abuelo, con lo mejor que sabía de pormenores gramaticales graciosos y elegantes, la siguiente descripción fantástica sucedida en unos arrabales marinos chispeantes:

“Fue en la arista de un estrato remendado, en medio de un fondeadero acantilado, justo en la oquedad de un estilobato indefinido que estaba recubierto de musgo entelerido, donde quedó encepada y atrapada cierta vez una medusa destocada.
Pero, no se encontraba solamente allí por el acaso, sino que mareada por el letargo de un ensueño craso, fue arrastrada con la marejada que levantó un remolino de subida, en la singladura de su actividad y camino por la vida.

—Sí, las medusas son incansables viajeras como andarines trashumantes —nos ilustraba el abuelo—; por eso, desde pequeñas deben introducirse en el conocimiento de todos los mares y emporios, océanos, estuarios y escollos, donde pueden quedar como balines cascantes. Por lo tanto, hasta la adolescencia siempre van acompañadas por algún pariente de su familia espongiaria, llevando bajo el brazo cada una su cartapacio; sólo que ésta se extravió al tenderse sobre el vuelo fantasioso de una tonada de juglaría, que escuchó rezumar a un príncipe selacio.
—¿Que qué cosa es un cartapacio?
—Un cuaderno, cartera o portafolio.

Las medusas no pueden sobrevivir por mucho tiempo fuera del agua oceánica, porque, aunque son esponjadas y llevan consigo cierto acopio de linfa acuática, con todo, dependen como los peces de su medio, y lo tienen por condición natural, casi siempre y sin remedio intransferible, del cual substraen el oxígeno que vitaliza su epitelio de capa invisible. Además, ésta era todavía una desnarigada principiante, un poco estrellada y muy endeble, apenas una celenteria adolescente, y no un cachalote con mandoble.
—¿Que qué es un cachalote?
—Es lo mismo que decir una ballena, o sea, los cetáceos o peces mamíferos más grandes que caben en la mar cuando está llena.

Llevaba dos días resistiendo heroica y racionando las reservas en su pequeño brocal, a escote del vapor acuoso lanzado moderadamente por el océano y su caldeado sudor tropical. El musgo al cual se hallaba firmemente adherida, en aquella estibación aproximativa, hería con sus bigotes resecos, como cañones de batalla, los endebles y agónicos miembros azogados de la percebe moribunda sin metralla.
Y con certeza pronto hubiera perecido en su desgracia la jibia desdichada, por su apariencia agónica, si antes no hubiese tenido lugar una visita inusitada, casi irreal y metafórica.

Era aquella una playa arriscada y sin retoques ni brocado; no podía haber ningún bañista descocado; por lo tanto, pululaban solitarios los entes del ramo crustáceo: bogavantes, langostas, cárabos, crisuelas y cabrajos, nadie sin arreos de buceo; todos se movían como despistadas arrias, apiñadas y marchando por sus cazcarrias.
Retraídos y en ocasiones había visitas de aves rapaces y roedores: fieras carniceras y crueles depredadores; de vez en cuando bajaban algunos bichos y alimañas montaraces hambrientos: llegaban como merodeadores furtivos, limosneros o vagos soñolientos; todos pepenaban las escasas tajadas de provecho, arrojadas por el mar entre aquellos guijarros del acantilado y se lo iban peleando por un trecho.
En consecuencia, y como habrá de suponerse, por sabidas: la sentencia fatal para la joven medusa estaba firmada sin válidas protestas de las Naciones Unidas, y a pesar de todos los reales, de la Sociedad Protectora de Animales. Porque, o terminaría en el buche de un pájaro picotero, la boca de un animal aventurero, o alimañas sin entrañas; o bien, el sol la fundiría como en un horno, clavando su estigma a distancia y la mataría de sed con su bochorno.

Sólo que a la par de este lacerado drama y sus cotejos, días atrás sucedió también un providencial sainete, en el tropel de una piara de espinosos puercos viejos, los cuales juntos como en los congresos, decidieron un original destete.
En virtud de haber esgarrado muy contento el último de sus colmillos caninos, la vida de un pequeño puerco espín debía tomar nuevos caminos. Era un cochinito saleroso, cerrado de espinas en su pellejo lardoso. Sus procreadores, eran de raza encopetada y estilete, se apellidaban “Zarzaperruno von Gruñete”. Ellos y todos sus parientes ricos, tras hondas consideraciones de alboroto y gran abismo, con la aprobación de la cuadrilla de erizados rústicos, determinaron destetar al borgoñoto, porque ya estaba en edad de valerse por sí mismo.

Y, porque era costumbre salvaje de fieras, en forma y modales brutales y toscos, según sus coléricas y chatas entendederas, pero en modo trapatiesto, natural y oficioso en su pelaje enhiesto y como animales ferósticos, con un maluco olor de abandono y muerte, muy frecuente entre aquellas camadas chinchorreras, desde aquel momento dejaron a su cría abandonado a su suerte.
Todo con la finalidad de que cortando sus legañas, se pusiera en contacto con el sol, la tierra, las piedras y otras alimañas. Con este ejercicio, se afilarían sus pezuñas, utilizaría sus colmillos y endurecerían sus puyas y las uñas; conocería, además, el mundo y sus enredos, los chismes de vecindad y hasta otros credos.
Le dijeron, antes de sacarle punta a la última de sus agujas penetrantes, que, pues estaba convertido en un gañán asombroso, era llegada la hora que diera frutos y fuera provechoso, aumentando los graneros de la tribu gorrina de cerdas punzantes.
Y no podía volver a la pandilla el gruñete de bolea, ya sin chupón y sin artesas, sin antes haber experimentado en la pelea, la razón y el por qué de sus espinas tiesas.

De tal forma y triste suerte, un soleado y favorable día, fuera de horario, luego de maitines, el hasta entonces bien cebado cría de espines, salió de su madriguera por vez primera solitario.

Se sintió feliz cuando recibió en su gruesa catadura las caricias del astro rey en celo, porque los ubicuos rayos del hijodalgo de galaxias incendiaron su pelo. Esto, sin embargo y al momento, lo hizo correr más de prisa y escamado, como si le hubieran hecho pelos a un jumento, forzado a ganar la sombra de unas palmeras que dejaban pasar por sus trenzas un aire tibio moderado.

Pero, a pesar de que corría acelerado el caminante, no dejaba de observar colérico que cada trazo en avante, el fulgor de la luminaria astral sin tino, dejaba a un costado visibles manchas lívidas con mates empañados sobre el lomo dorado del camino. Sí, a su lado y paralelamente sentía como si alguien lo acosara, con fusil; tal vez como un rico botín de caza suculenta, pensó el nada astuto aprendiz de la selva y dientes de marfil.
Curioso se movía e iba de un lado a otro, y notaba inquieto que una sombra lo seguía, como en parejas carreras de potro, en todos los desplantes que él hacía. Claro que era la suya propia proyectada, pero de esto el tierno lechón todavía no sabía nada; huía sólo motivado por el temor de ir a parar muy pronto a una cacerola, o las brasas horrísonas y cruentas, o convertirse en un plato de carnitas suculentas.
Entre tanto, el viento se recreaba con las hojas desprendidas de las ramas por selección o por escarmen, desplazándolas por el aire con soltura y malabares, y se las insertaba travieso en las puntas del cerdamen, mientras los pájaros se revolvían de un nido a otro entonando alegres sus cantares.

El chamelo de espantapájaros salvaje siguió de andarín en forma atrevida, pues aunque bisoño en las cosas de la vida, no creía en trasgos ni esperpentos socarrones; pero, por las dudas, quiso apartarse del flanco del sol por tres razones.

—¿Que cuáles eran los tres motivos o las bromas?
—los trasgos, los esperpentos y las sombras.
—¿Y dónde dejé los socarrones?
—Desenredando los macarrones.
—¿Que si chamelo es un chimuelo rapaz?
—No, quiere decir simplemente disfraz.

Pero, además del calor que sentía con su rollizo abrigo de piel sainada, la apariencia aquella no lo dejaba respirar tranquilo, ni tiempo para darse una peinada. Tan sólo cuando dejó el campo y el camino abierto, y volvió sus pasos al territorio de la floresta apiñada festejante, para esconderse del sol despierto, pudo comprobar que desapareció el fantasma o perseguidor hostigante.
De ese modo, con respiro más tranquilo y menos efervescente, yendo siempre adelante, el chancho se sintió más valiente ya al cubierto de los rayos infundados de bruma; y mientras escuchaba la canción de un arroyo desmenuzado en espuma, observó el nacimiento estridente de sus notas placenteras, cuando chocaban sus aguas y producían cascadas jacareras; entonces al cachorro de la familia de los espines divertido, hasta se le olvidó el espectro referido.
Creyó ciertamente y lo achacaba puntual, a su inconstante y desacostumbrada visión matinal. Luego, pensando la tontera de su sombra y pánico infundado, se puso a reír por el monte deslomado; incluso se sintió feliz por su primer descubrimiento y visos de extinción de toda pavura, lo cual era ultrajante y afrentoso en aquellas garridas manadas de su especie dura.

Prosiguió internándose cada vez más y gozando de su fiesta, entre las dehesas apretadas de aquella floresta; hundía el cecarnicol de sus pernetas sobre las secas alfombras plateadas, que chirriaban desapaciblemente a su paso, como descontentas por quedarse despeinadas.
Así, el gruñete selvático con dientes de sable, caminó durante varios días en forma incansable. Se había embrollado por entre montes y cerros, luego por otros resquicios sin apenas inmutarse al escuchar el ladrido furioso de perros; solamente, y por si las dudas, había huido de terreno escampado y de los valles, por aquello del sol, de su sombra y repentinos ayes.

—¿Que qué es un ¡ay! en plural?
—Es un ¡caramba! perfecto y natural.

Caminaba contento y retozón el lechón desteñido, pues había resuelto y decidido embarcarse en la aventura de alternar de tú a tú con el mundo desconocido; y, como joven que era y sin plena discreción ni madurez, quiso aprender todo de un sorbo, en aquella su primera vez.

Y sucedió en un momento sin nombre, que se encontró frente a un gusano uniforme, algo nunca visto y muy curioso que iba midiendo el terreno y quería pintarlo todo de color verdoso; pues por la forma en que abultaba su raquis rugoso cada vez que daba un paso, era como para darle un beso o un brochazo.

—¿Qué haces arrastrándote así de modo tan inusual y estrambótico, taxímetro de tierra verde exótico? —le preguntó el gorrino cuchufletero, interpelándolo en modo jocoso y pinturero.
—Soy un analizador —dijo el gusarapo corredor—, y prosiguió su tarea de medidor.
El verme curioso se movía siempre empeñado en su avanzar sensible, uniendo la cabeza imperceptible con su apéndice desdibujado y cómico, para medir cuanto quedaba frente a sus anteojos, definidos por un punto negro y microscópico.
El dientes de jabalí, también punzantes como su pelo tieso, lo siguió paso a paso mirándolo travieso; o mejor dicho, lo esperaba a cada paso sin entender; mientras continuaba la entrevista interrogándolo, pero más curioso que con ganas de aprender:
—¿Qué es lo que examinas y qué tanto mides, pedazo de gurrumino y partícula de gorgojo?
—La tierra por donde camino —fue la respuesta con tino, del helminto sin enojo.
Luego añadió el gusano comprobador: —Todo lo debo medir; pues sin cálculos precisos, pudiera dar un mal paso; y, puesto que yo no vuelo, sin prever las consecuencias, quebrarme puedo las tuercas y quedar destornillado, sin sentencias, embarrado por el suelo.
—Pero, ¿para qué tanta oscilación y movimiento? ¿No te cansas ni acabas de aprender de una vez por todas el camino, menudencia de jumento? ¿A qué sirve tanto cálculo y razonamiento muerto? —añadió impaciente el cerdas de alambre— que rascaba las piedras con sus pezuñas inquieto.

—Un sabio filósofo ya extinto, dijo y no en forma distraída: ”La vida sin reflexión no merece la pena ser vivida”; —le respondió tranquilo el verde helminto.
Luego añadió inalterable, para aclarar su argumento: —Yo mido cada paso y me elevo siempre para observar qué hay más allá de cuanto veo y lo que siento; sólo así puedo guardar razonablemente el equilibrio. Éste se aprende y a nadie se le da gratuito, viene de lo más alto pues no lo tiene el mundo, porque es reflejo del mismo saber infinito y sólo lo alcanza el entender profundo. No olvides que el orden y la mesura, junto con el amor por la verdad pura, es el primer paso de acceso para la sabiduría y todo prudente crecimiento, cochinito.
—Después agregó tranquilo y como adjunta: —Yo te quiero hacer también una pregunta: —¿Para qué sirve tu envoltorio de espinas, errante y vago sotillo? Y, ¿a quién es utilizable el venablo de tu colmillo?

—¡Bah!, yo me defiendo con ellos de las moscas —dijo ya enfadado el mamón destetado—; pero tú nada aventajas con medir el terreno y cuanto tocas; antes bien —completó el chancho aturdido—: tus agresores te pueden atrapar más fácilmente por entretenido.

Seguidamente, cambió de acento y dijo encrespado el gandul y tunante sin freno: —deja los equilibrios y defínete; no imites a Sócrates ni su sainete, porque por eso le dieron veneno. Yo te aconsejo algo con mejor tino —completó el chancho galabardero—: que des pasos más largos por el sendero para que llegues pronto a tu destino.
Y cerrando sus orejas para no escucharlo, el desmañado cría de espines descosido y sin talante, dio media vuelta para abandonarlo, dejando aquello que le parecía una aburrida conversación con el que llamó holgazán gusarapo caminante. Pero, cuando jugaba hociqueando con un panal de abejas, todavía percibió cuanto el gusano medidor le gritó a sus orejas:
—“Mis pasos bien medidos no sirven sólo a preparar el camino, como dice el filósofo hacia la muerte, aunque nadie puede ser masa nueva sin pasar por su molino; por eso, recuerda que tus espinas no existen sólo para defenderte. Toda representación e impulso viviente, tiene un significado más profundo, y hay que descubrir su forma armónica, doctamente” —escuchó que le dijo clara y sentenciosamente la oruga vermiforme caprichosa, en tono mesurado—. Y todavía pudo advertir el cochinillo renegado, que el anélido siguió midiendo y meditabundo, como si nada lo perturbara en el mundo.

Con aquella frase en las ternillas, el crío desaliñado se retiró mascullando ganchos; y más se le clavó en las canillas, al recordar que antes de salir de su cuadrilla le advirtieron sus rústicos parientes chanchos:

—“No podrás regresar al hatajo de las filas cochinas, si antes no has descubierto con honor, el sentido y el por qué de tus espinas finas; y, menos si no las sabes emplear en la vida con destreza y con vigor”.

Anduvo por varios días el lerdo chanchano embebido en su aventura de estudiante, sin hallar algo más rayano a lo llamativo o excitante. Solamente a lo largo de su peregrinar mangante, y aburrido del pillaje a la botánica, persiguió y batió algunas presas pequeñas para desfalcar su apetito feroz de barbarie mecánica.
Muchas veces sorbía goloso el agua fresca que hallaba en balandras de lodo frío, formadas por las costras secas en los arenales del río. Pero, estando como andaba en las batuecas, pensó que todavía el sol podía gastarle algunas bromas, mientras no se decidiera apretarle las tuercas. Por eso, quiso acostumbrase a verlo morir de frente, antes de su descenso cotidiano y sonriente.

Y un buen día, antes de ponerse a buscar un tamponete, para embelesarse en el descanso de la noche sin pijama y bombonete; y también porque apretaba la calina, quiso ducharse con la fresca lama y muscelina; aquella que se formaba siempre en el estío sobre el marjal de la desembocadura del río, cuando éste aligeraba su lastre que no alcanzaba a regar, al desaguar en la hoyada del mar.

—Sí, se había propuesto observar cuidadosamente el chanchanito pío, cómo era que el sol moría diariamente en el crepúsculo tan silencioso y sombrío. Y hacia allá dirigió su decidido paso, sin complejos, sorprendido por el ruido ingente que la masa de agua movía inclemente y empujaba hasta muy lejos.

Desde una altura montañosa, oteando el aire y encaramado en un mogote calvo, el cual se le movía travieso, el lechón mofletudo observó el mar rugiente, asombrado y patitieso; —mucho se asemejaba —pensó el cuchilladas de fibras poco lisas— a un charco colosal jugando con lianas quebradizas. Pues veía el azorado jabato cuyo pelo alebrestado el viento hacía trizas, cómo se movían profusamente y con potencia las impulsivas olas manumisas.
Espantado escuchaba los rugidos cada vez más fuertes de las olas sin valla, cuando se quebraban roncas antes de aterrizar en las arenas de la playa. Y comparó todo aquello a una tropa o rebaño colosal, y hasta una manada de leones hambrientos, por lo cual quiso huir, olvidando su baño en el fangal y seguir chamagoso y harapiento.
Pero es que jamás habían visto el mar sus incipientes ojillos de fiera, sólo le habían dicho que existía y era más enorme que la tierra; de modo que entre temeroso e indiscreto el muy ladino, antes de bajar poco a poco hasta el borde marino, dio un viraje yéndose escurrido por entre los cantizales el espantado saíno.

Y fue aquí el punto y momento gracioso y cómico, del sucedido encuentro con la medusa en su estado agónico.

Como avanzaba azorado y timorato el retoño de astillas, de pronto dio un salto descomunal que le desvió dos costillas; pues escuchó confundido que proveniente de un cascado peñascal, una voz femenil y microscópica, le gritaba fuerte en el pabellón de las orejas, nada filantrópica:

—¡No me pises bruto animal de casaca, que todavía estoy viva aunque ya parezca una calaca!

Este fue el segundo trompicón de trascendencia y poco virulento, en la corta vida del aventurero pécari mexicano del cuento.

—¿Que qué es un “pécari”, en cristiano?
—Es lo mismo que un cerdo salvaje, o jabalí americano.

—Sí, —debo aclararte que este suceso sorprendente y galano, ocurrió en territorio mexicano —así lo confirmaba el abuelo con gracia—, y advertía sonriendo con cierta suspicacia, que muy probablemente esos terrenos del encuentro se ubicaban muy cercanos al sitio acanalado donde tenía su desembocadura el entonces imponente río de Silao. Porque, el abuelo en su sencillo, pero sabio pensar, estaba convencido que todos los ríos iban al mar.

Todavía conmocionado el animal salvaje se levantó sorprendido, dejando el ahuecamiento donde había caído; y, sacudiéndose un poco su pelambre despeinada, tornó valiente al sitio de marras como si no hubiera sucedido nada; quería saber de dónde escapó el irritado y dispar chorro de voz, en medio de aquel mazacote de piedras que cubrían aquel raro e invisible musgaño feroz.
Dando pasos firmes, un tanto restablecido del susto y voltereta, todavía con su sombra redonda completa, creyendo se trataba de una musaraña, un bicharraco cualquiera, o un renacuajo desabrido y sin maña; pensó acercarse de nuevo y descubierto echárselo en un taco o tragarse un pernil sandunguero, antes de ducharse en medio de aquel estancamiento bardomero.
Pero, casi se fue de lomos el pringoso lechal de nuevo, cuando oyó que la misma voz proclamaba, con idéntico tono imperativo, y no le decía, sino directamente le ordenaba:

—No te acerques, me haces daño botijo sin cuello; y, en seguida, sin parar resuello: —retírate y dialoguemos como seres evolucionados y cordiales, porque pertenecemos al reino animal, no al mundo inerte y abismal de los embotados entes insensibles.

El guarro encallecido de rejas no salía de su asombro trasojado, y encuadraba su vista por las puntas de sus cejas, también hechas de alambre arriscado, tratando de distinguir el animal gambetero, o aquella forma viviente que hablaba en tono tan raro y nada lagotero.
Por fin, haciendo espacio en sus grabelas punteadas, y entre el musgo que se movía perturbado en medio de aquellas piedras anquilosadas, pudieron diferenciar sus ojillos ariscos una hermosa medusa color ambruneso; la cual, por cierto, sin el brillo de su piel mimada y coloreada, sugerían labios cadavéricos que nunca han dado un beso.

—¿Y tú quién eres, organismo fantasmal y estrellado? —fue la pregunta apocada del jabatillo alelado.
—Soy una medusa, dijo el espectro de los zoófitos lleno de sed y sin emoción. La cual, enseguida completó el motivo de su aprieto y desesperación: —“Pronto, tráeme un chorro de agua fresca, que no sea del panteón, porque me estoy esfumando en este huerto, y perdiendo fidelidad a mi especie y condición; —yo sin este líquido soy un ente muerto”.
Sin saber bien por qué —el misterio impone —decía el abuelo—, el cerdillo espinoso obedeció al momento muy ufano, yendo a toda prisa hasta el estanquillo más cercano; allí se esponjó con agua las desarregladas melenas y volvió corriendo antes que la evaporara el sol con sus antenas.

Momentos después, ya más tranquila en su telilla y hollejos, recobrada su respiración con el elemento hídrico que el lechón de espinos hizo llover en tonos disparejos, pues la dejó caer de lleno como con cubeta, en su pequeña y estriada superficie muerta, ella se sintió con el baño contenta y cambio de cara. Enseguida, la medusa comenzó el diálogo muy natural, diciéndole con voz clara:

—Gracias por la ducha, me hacía falta con estos sudores y olores subiditos.
—Yo me llamo “Gorgonia gorgoritos”.
—¿Y tú cómo te llamas? —¿Sabes?, le gritó de nuevo en sus orejas: —te ves gracioso con ese sombrero de pajas ásperas y disparejas.
—No es ningún gorro, chambergo, ni papalina sobrepuesto, —confesó el espoleado lobanillo cerdoso sin chaflanes, ya sin desconcierto; —yo soy un mamífero vertebrado de postín, de la original y selvática especie cuadrúpeda, vulgo “puerco espín”. —Es que nosotros ‘ansina semos’, —decía como tarabilla uno de mi pandilla.
—Sí, continuó el saíno, arriscando la cabeza, —de esta forma fuimos hechos por madre naturaleza; así nacimos con el sombrero de pajas secas ya en labor y tiento, apuntando a todo lo que se mueve sobre la tierra y en el viento.

Luego se presentó, sin darle la mano, en tono jadeante y como afónico: “A mí me llaman los de mi hatajo y gavilla el ‘Chanchanito feróstico’”; ¾me dio mucho gusto encontrarla antes que otros hambrientos pajaritos, bella, sutil y efeba Gorgonia gorgoritos.
Después, ya con más confianza y muy curioso, recuperado del susto primero, el garbillado cerdín, consecutivamente la interrogó como cronista meticuloso: —Pero, si Ud., tiene todo el mar por amigo, —¿qué hace aquí en la tierra sola, expuesta a tanto peligro y sin su abrigo?
Y, no esperando respuesta y sin saber si aquello era algo errático, añadió el mofletudo rollo de cardos, como entonando una copla caramelada en tono enfático:

—¿Pues qué no sería mejor para Ud., andar bañándose con estos ardientes estivales en medio de la espuma burbujeante y las elogiables ondas del océano almidonado de fiestas tropicales?; ¿qué acaso no debería galopar contoneándose alegre sobre el pabellón pensil de sus veneros colmados y manantiales inagotables, esos que son su ambiente y dominios propios, por ser la tierra y su chepa para Ud., irrespirables?
Más sublime y fascinante sería navegar sobre dilatadas guindolas o mantillas oceánicas, respirando efluvios frescos de los lirios marinos con esencias aromáticas; y, todavía mejor, escuchar el reposado clavecín de las odas embrujadas de pegásides elásticas y los arpegios cadenciosos de sus rivales sirenas costaneras de siluetas fantásticas…

—¡Qué más quisiera chanchanito mantecoso y espiritoso!, —interrumpió la medusa desconsolada, y luego se quedó callada, como tomando reposo. Seguidamente, comenzó a narrar todo su drama y amargura, que consideraba un punto más subido que los decibeles de una desgracia pura; creía que era la tonada alta y desafinada de una exacta fatalidad sin nombre; el colmo desmesurado de todas las desdichas que jamás hubiera podido imaginar en su peripla vida un hombre.
Al cerdo salvaje se le partían las lágrimas entre sus buriles acerados, cuando la jibia cirrópoda le contaba sus sueños lacerados; y sobre todo, se dolió con extremado llanto de sensible caballero, al saber el descalabrado sueño y aquel amanecer en medio de un antiestético desgalgadero.

Reaccionó conmovido el jardín de espinas enternecido, muy serio y determinado se propuso devolverla galante y estremecido, de nueva cuenta hasta las aguas del mar esplendoroso; con la advertencia que de ahí en adelante sólo podía soñar despierta o, al menos sobre un terreno suave y esponjoso.

—Pero… para efectuar el traslado surgía otro giboso problema. —¿Cómo podría portarla hasta su base sin tocar su esquema? —Pues, al acercarse a ella, sus defensas naturales desgarrarían aquella tenue e ingrávida piel sin armazón, y las heridas causadas la conducirían igualmente a la muerte por las incisiones de sus pinchos o la comezón.

Pensando, pensando, pasaba el tiempo silente; hasta que al retoño de tocino serrano se le ocurrió como sugerencia conveniente, salir corriendo a preguntarle a sus abuelos, o a todo el conglomerado, aquello que debería hacer en casos agudos para resolver aquel espinoso problema enmarañado.
—Esto, me llevaría —dijo calculando pausadamente el cerdo ortigoso—: dos ó tres días, por lo menos; claro está, yendo un poco premuroso; —pero, todavía sin contar que la noche ya está en ciernes y descontando que no se caminan los viernes; también, pedir lo acompañase algún vecino, no trompicar por el tráfago del bosque y superar la eventualidad de hallarse un lobo hambriento en el camino; o bien, que no quisieran abrir las esportillas de la algaba, pues además de estar despedido de la manada y sus territorios, sus parientes no recibían a nadie antes del alba.
Sabía que sólo podía regresar hasta que diera señales de sobrevivencia en varios modos, superando el fiero ambiente, una lanzada o el fogonazo de los cazadores en sus lomos. Finalmente, recordó que había sido casi un día redondo, aunque inconsciente, el que empleó en su última jornada, hasta hallarse con la desventurada que tenía allí enfrente.

—“Para cuando tú regreses, triste velocista —si no te pasa nada—, ya estaré bien disecada en el álbum curioso de un coleccionista, o en el buche del primer perillán insidioso que me descubra como manjar apetitoso”, —le respondió la medusa acongojada.
Luego exclamó arrebatada y ondulando su regazo, apremiándolo a razonar con sus miles de antenas alanceras: —“Piensa otra cosa más segura a corto plazo, mantequilla picante de molleras”.

Entonces —sugirió el jabatillo —podemos pedirle auxilio a cualquier otro animal, que no tenga espinas ni este punteado ramal. “Aunque claro —advirtió en tono ostentoso¾: cierto que no serán fuertes como yo, ni de perfil musculoso”.

No obstante la buena idea del rústico chanchano, la medusa se opuso terminante en modo llano; esto, por temor de caer en otros brazos, terminar engullida, devorada o zampada, o por un salvaje ser escarnecida; además, algunos de sus parientes, como los moluscos y almejas que se creían más sabias, la veían con envidia como viejas cascarrabias, casi como su personal enemiga, y preferían verla morir antes que darle una mano amiga.

Y sucedió que antes de que el sol hiciera descender su disco detrás del horizonte indefinible, para perderse entre sus limites complejos, que fue Gorgonia la que encontró la solución más asequible, y no dejó escapar al pensador gorrino en su imaginación más lejos.

—¡“Ya sé!, ¡ya sé lo que podemos combinar!” —dijo la medusa con autoridad asombrosa, pero triunfal y gozosa: —“Yo te enseñaré a bailar”.

Continúa.... La Medusa.... (II)

Texto agregado el 09-10-2003, y leído por 1145 visitantes. (1 voto)


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