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El día del parto el doctor no pudo contener una mueca de disgusto, tenía entre las manos un bebé más pequeño de lo normal y completamente peludo. Solamente podía afirmar que se trataba de un ser humano porque lo sacó, apenas unos minutos antes, de una preciosura de mujer. Si aquel engendro hubiera nacido en medio de la pobreza, seguramente, su fotografía hubiese sido la portada de algún diario sensacionalista, que lo consideraría el símbolo de un mal presagio, o peor, si hubiera nacido en la época espartana habría muerto al instante. Pero Miguel Ángel Muriel, así se llamaba la criatura, era hijo de Eduardo Ángel Esparza el abogado más influyente y, por ende, el más rico de la ciudad, por lo que sería el destinatario de muchos privilegios.

Sus padres decidieron ocultarlo del mundo, le pagaron al doctor un jugoso sueldo para ser el médico de cabecera de la familia, y por supuesto, para que mantenga el secreto del infame nacimiento. Para todos, incluso sus familiares, el bebé había muerto en un alumbramiento difícil. Miguel fue encerrado en la residencia de los Ángel, esa enorme construcción era el lugar perfecto para retener al engendró, con sus enormes salones, sus agrestes jardines y sus fastuosos adornos de arquitectura barroca se asemejaban a un castillo maligno. Ese suntuoso palacio se transformó en una cárcel dorada, que a pesar de su aspecto contenía lo último en tecnología para la comodidad del hogar. Un reducido, pero diligente grupo de sirvientes se ocupaba de llevar adelante la manutención de la residencia y la atención de los dueños; una cocinera, un mayordomo y un chofer se encargaban de todo.

La madre reticente a criar a su hijo, se vio al poco tiempo rendida por la inocencia del niño que se presentía resguardada debajo del enmarañado pelaje. Miguel a medida que iban pasando los años reveló una inteligencia prodigiosa y un ingenio insólito que sorprendió gratamente a su padre que sintió satisfacción, por primera vez, al ver que su crío sacó de él su sorprendente capacidad de razonar. A pesar de esas admirables cualidades, el engendro tenía un peculiar defecto, que fue diagnosticado por el médico, la facultad de la empatía, que se desarrolla desde la primera infancia en todos los niños, era nula en Miguel. Así era incapaz de tener una participación emotiva, en una realidad ajena a la suya; por ello, tampoco comprendía en su verdadera dimensión conceptos como la muerte o el dolor.

Era encantador verlo pasear por el laberinto conformado por las habitaciones de la residencia, con su ropita echa a la medida por sastres que ni se imaginaban donde iban a parar sus originales y costosas creaciones. Pero la magia se instalaba definitivamente, cuando jugaba con Lucia, la niña de los pequeños ojos negros y largos cabellos lacios, hija de la cocinera. A ella le permitieron interactuar con Miguel para que el pobre no se sintiera solo, Lucia no le tenía miedo, ya se había acostumbrado a él, e incluso, a veces, le prodigaba tiernas caricias en el rostro velludo, imaginándose, tal vez, acariciar una mascota. Lástima que ni siquiera en esos instantes él pudiera captar el afecto de la niña.

El engendro se ganó el cariño de la servidumbre, se pasaba horas bromeando con ellos, era extraño que alguien con su falta de empatía fuera tan gracioso, hasta Alfredo el mayordomo que era el más serio del grupo soltaba una que otra carcajada con las ocurrencias de Miguel. No cabe duda que lo querían de buena forma, excepto Carlos, el chofer, que envidiaba la suerte y el dinero del pequeño animal, fue, por ello, y a modo de revancha, que le puso el apodo de Muqui. Al escuchar el chascarrillo en la cocina la servidumbre rió, menos Lucia, y aprobaron el sobrenombre sin antes dejar sentado que tendrían que evitar llamarlo así delante de sus padre o el médico. Ponerle aquel apelativo que hace referencia a la divinidad andina, que asusta y engaña a los mineros en los socavones fue un acierto, el engendro era muy parecido a ese ser mítico, era diminuto, peludo y aunque no vestía con ropas de oro, su traje era muy costoso. Hubo una semejanza que obviaron en público y que, sin embargo, era la que más gracia les causaba, el engendro tenía un pene grande, no enorme como la de un Muqui, pero si de un tamaño considerable.

La educación de Miguel estuvo a cargo de su madre, que pronto se vio superada por la inteligencia del Muqui; viéndose reemplazada al poco tiempo por los libros de la colosal biblioteca de la residencia. Asimismo, el uso de Internet y la televisión de cable le brindaron un caudal de información interminable. Debido a la falta de empatía que le fue detectada lo que leía y veía, le parecía sólo una composición abstracta, lo real, el mundo se limitaba sólo a la residencia, sus padres, Lucia, los sirvientes y al médico que lo visitaba una vez por semana. El universo entero se reducía a esa pequeña burbuja.

La infancia de Miguel transcurrió en la rutina, de las lecturas, los programas de televisión, el Internet, la escasa compañía de su padre, la cual se limitaba a unas cuantas preguntas para poner a prueba su súper memoria; y los juegos con Lucia, que eran los momentos más esperados por él.

Un verano, especialmente caluroso, algo cambió irremediablemente; el cuerpo de Lucia ya no era el mismo, las protuberancias propias de una adolescente brotaron en ella como una bella flor de la tierra fresca. De igual modo una transformación no prevista se dio en el Muqui, una revolución hormonal le produjo un ardor angustioso en los genitales. En esas circunstancias sentir la presencia de Lucia lo perturbó excesivamente; la curvatura de sus senos, el pezón que insinuaba su deliciosa forma por encima de la blusa y sus carnosas nalgas, le provocaban el deseo de cogerlos, estrujarlos, lamerlos y morderlos, así que empezó por agarrarle el pecho. Lucia se sorprendió, creyó que era un juego, un accidente; pero su terror fue pleno cuando sintió que la otra mano le subió la falda y se posó por debajo de sus bragas, lo empujó y salió corriendo a pedir ayuda. El Muqui se quedó en su cuarto confundido ante la reacción de su amiga.

Los padres del engendro vieron por conveniente alejar a Lucia de la residencia. El Muqui estaba obsesionado con la figura femenina, la buscaba en la televisión y el Internet; sin embargo, no se podía satisfacer, esas imágenes eran tan irreales, nada se comparaba al recuerdo del cuerpo de Lucia, que había tocado al menos por un corto tiempo. Sus padres atestiguaron como ese deseo irrefrenable iba desquiciando a su hijo, el pudor, que era otro concepto poco entendido para el Muqui, desapareció, ya que ni las reglas de conducta, que habían sido la tabla de salvación de su madre para controlarlo, resultaban para evitar su continuo acto masturbatorio en cualquier lugar de la residencia sin medir quien lo observaba. El médico les planteó una solución, que al principio no les pareció adecuada, pero al ver la gravedad del problema empezaron a considerar la alternativa de inyectarle un inhibidor que controlara el efecto producido por sus glándulas. El Muqui caminaba de un lado a otro de la residencia como enajenado, no podía conciliar el sueño. Esa noche en sus desequilibradas correrías se topó de frente con la puerta que su madre le había prohibido abrir; pero ahora en su estado las reglas no significaban nada, abrió la puerta, salió y ante sus ojos se reveló el inmenso jardín de la residencia, unos metros más allá y sólo custodia por un pórtico de rejas el exterior, se acercó a la salida, observó detenidamente aquel mundo que sólo había contemplado en la televisión, jaló las rejas sin más esfuerzo, fugó con paso presuroso, no por la dicha de la libertad, sino por la seguridad de que los senos y los regordetes glúteos de Lucia se encontraban en ese lugar. Carlos lo vio, no hizo nada, pensó que era malo lo que querían hacer sus padres con él; así que era justo dejarlo irse, al menos eso quería creer.

Cuando el padre se enteró de la fuga se consternó con la posibilidad de que hallen al motivo de su vergüenza vagando por la calle. Dispuso que todos los criados se dediquen a buscarlo. Llamó al médico, éste desesperado le afirmó que de no encontrarlo pronto el impacto del exterior lo trastornaría definitivamente. Felizmente, el hábil y escurridizo engendro no se dejó ver por nadie en ese orbe, que aunque irreal para él, le resultaba intimidante. Esas calles y personas no podrían existir, eran una ficción, tal vez, más elaborada que la televisión. El Muqui ante el pánico producido por la novedad de ese mundo fingido se quedó pasmado y escondido tras unos matorrales. Pasó horas atento a lo que pasaba a su alrededor, los árboles, las aves, los insectos, parecían tan perfectos, tan reales; pero no lo eran, la única realidad valedera era la de la residencia. Aún así se encontraba allí esperando a Lucia, por algún artilugio ella estaba en ese espacio, si él fue capaz de entrar fácilmente, seguro ella también. Oscureció y el miedo invadió al engendro, pero no pensó en regresar ni por un solo instante, sin volver a sentir a Lucia. El destino o la casualidad o ambos, si es que no son lo mismo, hicieron el milagro. Lucia iba sola por el camino de los matorrales, vestida de colegiala, con la falda corta y la blusa apretada. Esa visión le infundió valor al Muqui, salió de su escondite y fue al encuentro de la muchacha. Ella se sorprendió al verlo, se alegró; pero la lujuriosa expresión y el congestionado pene pugnando por salir del pantaloncillo del engendro la aterraron. Le dijo que no se acercara; él no hizo caso y siguió caminando hacia ella.

No te me acerques- le repitió; pero él dio un nuevo paso y ella echó a correr.

El Muqui iba tras Lucia, no le quería hacer daño, tan sólo deseba poseerla. De la boca le rebalsaba una espuma lasciva y su pene ya librado del pantalón le daba a su carrera un cariz cómico. Corría sin pensar, corría enamorado, concupiscente, en él todo era lo mismo. Ella horrorizada apuraba la marcha, lamentablemente, la tragedia- siempre la maldita- la hizo tropezar en un viejo tronco; cayó y se destapó el cráneo. El engendro se frenó confundido al verla, se sentó a su costado a observarla, la impura sustancia brotó del interior de su cabeza maculando su blanquísima blusa. Se quedó ahí petrificado, no concebía la muerte de nadie, menos la de Lucia; en un tiempo indeterminado la obnubilación apresó su mente por la contundencia de aquella imagen. Sólo la luna, que en su perpetuo movimiento, trasladaba su reflejo de un extremo a otro de la acuosa lagunilla carmesí dio cuenta del tiempo.

El Muqui sintió una mano posarse en su hombro, saliendo recién en ese momento de su letargo. Era Carlos que, por fin, lo había encontrado. El chofer tomó de la mano al infeliz animal, lo hizo incorporarse y le dijo:

-Vamos a casa.

¿Todo está bien Carlos?- preguntó con esa voz que era lo único normal en su ser.

Todo está bien, no te preocupes, tu padre lo solucionará- le contestó con inusitada dulzura.

¿Y Lucia Carlos? ¿Y Lucia? ¿Qué pasará con ella?

Las preguntas quedaron flotando en el aire; mientras ambos cogidos de la mano se internaron por el camino que conducía a la residencia, dejando tras ellos el cuerpo sin vida de Lucia y los frondosos árboles del gran parque.

Texto agregado el 03-10-2005, y leído por 757 visitantes. (1 voto)


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