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Una reseña del libro de Mario Vargas Llosa: "El Paraiso en la otra esquina"

EN BUSCA DE ROSADO

Una novela de las grandes, de original concepción, una exhaustiva investigación y de una exquisita calidad literaria. “El paraíso en la otra esquina” nos invita a un inusual viaje entre las aventuras y desventuras de dos personajes opuestos, unidos por la sangre y la rebeldía.
En esta obra aparece Vargas Llosa como visionario, quien relata, interrumpe y se entromete en cada una de las historias narradas en forma paralela que no llegan a unirse. Estas están expuestas en capítulos alternos, lo que permite al lector disfrutar del contraste de las personalidades. Por un lado, Flora Tristán, revolucionaria feminista que se desvela por encontrar justicia para la clase obrera, y Paul Gauguin, provocador en sus pinturas y fundador del sintetismo.
Uno se pregunta: ¿qué pueden tener en común estos dos personajes, además de su espíritu incendiario? Como bien dice el título, la búsqueda de la felicidad. No obstante, los dos creen que la encontrarán en esquinas diferentes. En una de ellas, Florita como la llama cariñosamente Vargas Llosa en su obra, sueña con un mundo más justo, donde las mujeres y la clase obrera gocen de los mismos derechos que los hombres y la burguesía. En la otra esquina, Gauguin, retrocede al disfrute de los placeres primitivos, escapando de la modernidad de Paris, para terminar en Tahití gozando de la naturaleza y de las pocas comodidades.
En ambos casos, la inconformidad es el motor de sus acciones y el desaliento una característica mutua. Sin embargo, el desaliento se tiñe con matices opuestos. Flora lo aprovecha y percibe el problema como un error en la organización, que con esfuerzo y dedicación se podría cambiar, un mundo aún con esperanza. En cambio el desaliento lleva a Gauguin a la solución simplista de la renuncia, del abandono de una Europa sin espíritu, sin alma. La travesía fue más accidentada para Flora, quien encontró satisfacciones pero que al fin su vida se ve envuelta por la desventura, la cual existe desde su tormentosa infancia, evidente en un infeliz matrimonio, su divorcio, la separación de sus hijos, la violación de uno de ellos y las fatídicas peleas que dejarán una bala como evidencia, la cual vivirá junto a su corazón hasta el día de su muerte. Gauguin también es victima de situaciones difíciles, pero la envoltura de tragedia se ve desterrada por la del placer y la absoluta libertad, la cual materializa con éxito en todos sus cuadros, sobre todo al pintar a los “taata vahine”, (el tercer sexo). Asimismo, este placer trajo consecuencias ácidas como “la enfermedad impronunciable” por la cual finalmente muere.
Paul Gauguin escapó del gris de París y encontró un rosado en Tahití, huyó de una tierra por considerar su espíritu muerto. Ahora, yo me pregunto: ¿es acaso la mejor solución escapar cuando el cielo es gris? ¿Es acaso el camino a seguir cuando estamos rodeados de difuntos?. Tal vez es hora de empezar a caminar, sin duda, yo prefiero el rosado.

Texto agregado el 09-10-2005, y leído por 152 visitantes. (0 votos)


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