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Dicen que soy el más grande mentiroso del orbe y yo me atrevo a poner en duda dicho aserto pues tengo pruebas concluyentes para desmentirlo. En primer lugar, pueden consultarle por mí a Madirus Tipus, profesor de literatura de la Universidad Estatal de la Atlántida. El podrá atestiguar que fui uno de sus alumnos más aventajados de la promoción y que gracias a mis méritos se me otorgó la beca del Altiplano Cretense. Precisamente me encontraba estudiando allí cuando supe que la Atlántida se había sumergido para siempre en los mares y que sólo se habían salvado mi profesor, su loro Nerón y dos sirvientes, quienes, navegando en una balsa que meses antes de la catástrofe Madirus había mandado a construir, llegaron a las costas de Nueva Zelanda y desde allí contrataron los servicios de un avión que los condujo a Nueva York. Allí mi profesor cambió su nombre por otro más ad hoc, pasando a llamarse desde entonces Peter Predarovich. Yo mantengo permanente comunicación con él y con su loro Nerón, quien domina el inglés tanto como el atlante, el griego y el romano. A tanto llega el talento del pájaro que fue contratado por la ONU como traductor y lo hace tan bien que importantes empresas transnacionales han intentado persuadir a su amo para que le permita trabajar con ellos. Pero mi profesor se niega porque aduce que no soportaría que a Malkovic (que ese es el nuevo nombre del ave) le sobreviniera una enfermedad debido al stress. Además, algún día desea retornar a su país natal, que es la Atlántida pero antes debe reflotarla. Para ello ya está gestionando la compra de treinta mil trillones de esponjas que absorberán toda el agua que sumerge desde hace milenios a la mítica región. Una vez liberada de las aguas, la Atlántida volverá a ser –según él- la más importante nación del mundo y contará con los más grandes oceanógrafos y los mejores cultores de contención de la respiración bajo el agua. Por eso, lo que ahora necesita Peter Predarovich son fondos aportados por sociedades culturales, instituciones de beneficencia y particulares dedicados al mecenazgo. Por mi parte, yo aporté con todas las esponjas que tenía guardadas en mi casa y si no me creen, los invito a que me visiten y comprobarán que no existe ninguna en mi casa. Esa será la prueba más concluyente que no miento y no he mentido jamás…










Texto agregado el 17-10-2005, y leído por 172 visitantes. (0 votos)


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