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Bernardo, el tontito del pueblo, como lo conocían todos, sonreía a la vida con esa irresponsable actitud de quienes nada temen y nada les incomoda. Muy temprano en la mañana, aparecía con su tradicional abrigo azul, tres tallas más grandes que él y tan sucio y apolillado que sobrecogía a las señoras pudorosas, quienes juzgaban por la apariencia y consideraban al pobre enfermo poco menos que un peligroso delincuente.
Pero Beñito, como lo llamaba la mayoría, era un ser inofensivo que se sentaba en alguna esquina y se ponía a jugar desprejuiciadamente con unas cuantas piedras o se dedicaba a perseguir a los perros y gatos, quienes arrancaban despavoridos mientras Beñito se desternillaba de la risa. Los chicos ya le conocían largamente y no le temían en lo más mínimo. Los más osados incluso se le acercaban para pedirles que les diera la hora y el enfermo hundía su brazo en el raído abrigo y hurgueteaba adentro con sus manos sucias hasta encontrar un viejo reloj que debió haber encontrado tirado por allí. Entonces, con su voz gangosa, les decía: -Son las tres y media. Los chicos lanzaban la carcajada porque para él siempre era esa hora, así fuesen las diez de la noche o las cinco de la mañana.
-Dime la hora, Beñito.
-Son las tres y media.
-Imposible viejito, son las seis de la tarde.
No, son las tres y media.

Algunos decían que el pobre tipo sufría de una especie de amnesia que lo había dejado en ese estado de idiotez. Otros, que había nacido así a causa de los golpes que sufrió su madre durante el embarazo. Los más, decían que el pobre era idiota por que si no más y que la única causa posible era que alguien tiene que ser idiota para que los demás sepan que son normales. Lo cierto es que el pobre Beñito deambulaba por las calles a la buena de Dios, recibiendo las sobras que caían de repente como una llovizna inesperada. El entonces, sonreía agradecido, sacaba su reloj y mirando al cielo repetía: -Son las tres y media.

Así pasaron muchos años hasta que un mal día, un caballo desbocado que cruzó raudo por el pueblo ante el alborozo de los chicos y la perplejidad de los adultos, encontró cancha abierta para trotar a destajo y a la vuelta de una esquina se topó a boca de jarro con el pobre de Beñito. El animal, fuera de sí, arrojó lejos al idiota y continuó su loca carrera hasta perderse de vista. Todos corrieron a socorrer al maltrecho hombre, quien, semiinconsciente, boqueaba tirado en el pavimento. Muchos pensaron que moriría y algunos comenzaron a rezar por su infortunada alma. Las ancianas lloraban y los chicos contemplaban el espectáculo con sus ojos muy abiertos. Repentinamente, Beñito abrió los suyos y esta vez su mirada era diferente. Se podría decir que la chispa de la inteligencia alumbraba desde adentro sus pupilas para hacerle ver un panorama acaso más coherente. Las viejas dejaron de llorar y los chicos se arremolinaron delante de él.
-¿Cómo se siente Beñito?
El hombre movió su cabeza como no comprendiendo nada y trató de levantarse.
-¿Necesita algo Beñito?
Él negó con su cabeza y se disponía a marchar ante el asombro de todos, ya que parecía otra persona.
-Para mí que el golpe le devolvió la memoria- dijo una anciana y el resto asintió de inmediato.
-¿Cual es su verdadero nombre, querido amigo?
El aludido miró hacia atrás despreciativamente y contestó con voz entera:
-Ricardo, mi nombre es Ricardo.
-¿Y se puede saber que hora es?-le preguntó otro para comprobar su lucidez.
El tipo introdujo su mano en el bolsillo y sacando el oxidado reloj, dijo:
-Es evidente que este aparato está descompuesto.
La gente unió sus gargantas en un solo grito de júbilo. Gracias a Dios y al repentino caballazo, Ricardo había recuperado el seso, su verdadero nombre y acaso su definitiva cordura.
Un tipo se aproximó y le palmoteó sus espaldas.
-Es un agrado saber que lo tenemos de regreso entre nosotros- dijo y de nuevo le palmoteó con efusividad.
-Pero primero, la prueba de la cordura, dijo otro, que se mantenía en segundo plano-¿Me puede usted decir que hora es?
Ricardo lo miró de pies a cabeza, sonrió levemente y antes de echarse a andar, le respondió con una gran certeza en su voz entera:
-Son las tres y media, siempre lo han sido y siempre lo serán.
La gente se quedó estupefacta mientras el desconocido –porque eso era ahora el tipo para todos- se alejaba del pueblo para perderse en los arreboles del misterio más absoluto…










Texto agregado el 19-10-2005, y leído por 160 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
20-10-2005 Me parece un personaje lleno de ternura y mágico. barrasus
19-10-2005 Gran historia. Sabes crear personajes que enganchan y se hacen querer. Efecto_Placebo
 
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