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Siempre le envidió. Acaso lo que propulsaba este malsano sentimiento era su magnífica apostura, su personalidad grandilocuente o esa enorme y pasmosa facilidad que tenía para expresar sus argumentos con tanta claridad y precisión que a todo el mundo convencía, vaya uno a saberlo, pues, la envidia también tiene sus complejidades y el que es azotado por sus veleidosas mareas, al final termina siendo vapuleado por esa enfermedad casi terminal que lo obnubila todo. Lo cierto es que ambos siguieron diferentes rumbos, pero la envidia viajó con su tributario y aunque transcurrieron muchos años, esta permaneció en estado de hibernación en el alma del afectado. Una circunstancia fue la que detonó después de tanto tiempo, la crudeza de ese tumor obsceno que parecía sobrevivir con sus propios y acompasados latidos. Toribio, que así se llamaba el envidioso, se encontró con el mundo a su disposición gracias a esa tecnología invasiva que todo lo sabe y todo lo provee, pandemonium que todos conocemos como Internet. Pues bien, Toribio se dedicó a indagar sobre el paradero de sus ex compañeros en un enfermizo afán por saber si todavía existían, si habían logrado la fama, el éxito y el reconocimiento que a él se le mezquinaba o si la vida se los había tragado a todos juntos para depositarlos en alguna región remota. Los datos –o los no datos- parecían tranquilizadores para su espíritu mezquino hasta que de pronto, desde las profundidades del pasado, apareció aquel nombre que lo empequeñecía como si fuese un karma estampado a fuego en su memoria. Pedro Galdoz Benitez, afamado científico, presidente de la comunidad de tal parte, destacado deportista, gran orador, el play boy de la generación, etc. etc. Los colores del rostro de Toribio fueron derivando del blanco al morado y de este al rojo furibundo. ¿Cómo era posible? El odiado personaje, el envidiado sujeto de aquellos lejanos tiempos, había logrado que se le franquearan todas las puertas, la vida le sonreía con todos sus fulgores y en cambio a él sólo se le permitió entornar una puerta descolorida que conducía derechamente al fracaso. Revisó cada nota relativa a su objetivo con una oficiosidad que rayaba en el masoquismo. Se confeccionó una carpeta hasta con los datos mas irrelevantes de Pedro Galdoz, material que luego repasaba una y otra vez, sintiendo que un líquido corrosivo fluía por sus entrañas. Cada vez que veía la estampa apuesta de ese enemigo remoto, su sangre se alborotaba en un maremoto rojo que arrasaba con las débiles paredes de su razón y el sufría y a la vez gozaba con esta sensación que de una u otra forma le daba un mezquino sentido a su existencia.
El interés de Toribio fue aún más lejos. Averiguó teléfonos, direcciones, llamó a tales números y visitó los lugares en que supuestamente se encontraría con Pedro o por lo menos obtendría antecedentes más frescos de él. Sin embargo, el hombre parecía ser un nómade impelido por las misteriosas fuerzas de su atracción. En todas partes, Toribio recibía la misma respuesta: -el señor ya no vive acá, se cambió hace mucho tiempo. ¿Cuál era el misterio de tanta emigración? ¿Qué inquietud lo motivaba a buscar nuevos y distintos derroteros? Al final de cuentas, todos parecían conocerlo pero nadie sabía nada de él. Angustiado, sintiendo que la burla del destino era doble e incompleta ya que no le permitía saciarse con el veneno de la más plena y concreta envidia, Toribio se dio a la tarea de revisar antiguos cuadernos, fotografías y documentos, hasta que encontró por esas causalidades de la vida, el antiguo domicilio de Pedro Galdoz. Una sonrisa nerviosa se esbozó en sus facciones desdibujadas por la continua depresión que encubría su existencia.
A la tarde siguiente, Toribio golpeaba con sus nudillos en la modesta puerta. A los pocos minutos esta se entornó y apareció el rostro curtido de un anciano. –Debe ser su padre- pensó Toribio y le preguntó derechamente por el ser que buscaba con ahinco. –Pedro Galdoz soy yo señor ¿Qué desea usted?
-Deseo hablar con su hijo, mi caballero ¿Vive usted con él?
-Usted debe estar equivocado porque yo soy soltero y que sepa, ningún ser existe en este mundo que honre mi descendencia.
-¿Cómo? No puede ser. Yo se que aquí vivía Pedro Galdoz, ambos éramos compañeros de colegio. Lo recuerdo desde siempre por sus dotes de ganador que poseía.
El viejo suspiró profundamente y luego contempló con detenimiento a aquel hombre. Después, entornando los ojos preguntó: -¿Toribio? ¿Eres tú?
Toribio asintió sorprendido. Seguramente su hijo debió haberlo mencionado alguna vez. Pero ¡Que decía! Si el hombre le había dicho que no tenía hijos ¿O había entendido mal? -¿Usted me conoce?- le preguntó luego de estas cavilaciones.
-¡Pero como no te voy a reconocer mi viejo perro! Tú eras el muchachito tímido que se negaba a todo y que siempre estaba solo sentado en un rincón mientras los demás nos desgañitábamos de la risa.
-¿Queeee?-El rostro de Toribio se deformó en una mueca horrible- ¿Acaso Pedro Galdoz eres tú? ¡No puede ser! Pensé que la fortuna te sonreía ahora, que eras un importante personaje. Incluso supe de ti en Internet, me enteré que habías conseguido muchos logros, que eras el play boy del año.
-Aaaah- suspiró el anciano. Siempre me hacen bromas con ese tipo. Claro, como tiene mis mismos apellidos. Pero no, mi amigo. Mi vida se desbarrancó hace muchos años producto de mis desordenados hábitos. Fiestas, trago, mujeres, incontables trasnochadas, todo ello fue dibujando con implacable escalpelo a este ser consumido que ahora ves frente a ti. Ahora soy un anciano prematuro, un ser sin destino que desgasta sus horas frente a una botella de licor. ¡Pero tú estás igualito hombre! Un poquito más corpulento y canoso, pero eres el mismo de entonces.
Toribio abrazó a ese hombre que teniendo su misma edad, parecía la decrepitud encarnada. ¿Adonde habían quedado las glorias, las conquistas y los galardones? ¿Adonde?
Mientras el pobre viejo se sostenía a su cuerpo vigoroso, el envidioso sentía que había sido estafado, que el veneno lento había sido sólo un líquido de salva, una absurda pérdida de tiempo, un derroche que le dolía a él más que al que abrazaba, su apresurada senectud.
Al otro día, resentido con el inútil ceremonial, ejercido durante largos años con malsana, perseverante y metódica perversión, Toribio se dio a la urgente tarea de ubicar a Pedro Galdoz Benitez, el otro, acaso el verdadero depositario de su incombustible envidia…











Texto agregado el 03-11-2005, y leído por 169 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
05-11-2005 Espero que Toribio no haya sido compañero de estudios mío. No me gustaría ser investigada en mis éxitos y vida glamorosa, jajaja. Besitos y estrellas. Magda gmmagdalena
04-11-2005 chuta! se le dio vuelta, me quedé plop. Parece que la envidia, aunque se la trate de ver de diferente manera es inevitablemente insana (yo envidio tu ingenio, jijijiji) anemona
 
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