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El héroe de la puntualidad cerró sus ojos luego de una jornada cumplida con milimétrica exactitud, de principio a fin y en donde los acontecimientos calzaron con dichosa perfección. Su sueño fue, por lo tanto, profundo y reparador. Por vez primera, al día siguiente se despertó cinco minutos más tarde y saltando de su cama como un enajenado, se sacudió de esa perturbadora modorra para poder recuperar el tiempo malogrado. Se duchó apresuradamente, soslayó el afeitado y sin desayunar, salió de su casa
con el corazón latiéndole en el pecho y marcando alternativamente las horas desacomodadas. Ya en su empresa, se percató que el retraso de cinco minutos se mantenía inalterable y que por mucho que se apresurara, esa brecha de tiempo desperdiciado continuaba alterando su perfecto sistema. Ingresó a la reunión con esos fatídicos cinco minutos de diferencia, se perdió los mismos valiosos minutos de exposición y cuando se dio término a la reunión, corrió a finiquitar los importantes documentos pero cuando apareció en su oficina, el júnior ya había partido hacía diez minutos y no estaría ubicable por lo menos durante un par de horas. Desesperado y con la angustia lacerando sus nervios desacostumbrados a estar en desventaja ante las circunstancias, trató de insertarse en esa maquinaria cuyos engranajes funcionaban con implacable regularidad. La brecha continuaba creciendo y esto lo constató cuando acudió a su cita con un importante cliente, el cual, aburrido de esperarlo, se había marchado veinte minutos antes. Era necesario buscar un atajo para ponerse en sintonía con ese tiempo en fuga, por lo que resolvió no almorzar y dirigirse de inmediato a la reunión de esa tarde y en la que se resolverían temas muy urgentes. Una vez más, el tiempo escapó mañosamente y cuando llegó a la sala, los demás ya se dirigían a sus respectivas oficinas luego de dar por terminada la cita de negocios. Su reloj le indicaba que la brecha había aumentado a una hora, distancia que era imposible recuperarla aunque buscase todos los atajos. La tarde se fugaba, pintando los escenarios con el color de las horas vespertinas. Fuera de sí, aceleró sus pasos para alcanzar a dictarle a su secretaria la carta que al día siguiente debería ser entregada con prontitud. Cuando apareció en su oficina, todo estaba silencioso, el computador apagado y con su funda cubriéndolo por completo. La secretaria se había retirado hacía un par de horas y todos se habían retirado a sus hogares. La angustia creció en su pecho al intuir que ya no podría escapar a ese ineluctable destino, la brecha crecería en proporciones desmesuradas, impidiéndole arrimarse a cualquier circunstancia que lo situara alguna vez en el momento preciso. Luego tuvo la aterradora certeza que esto se iría incrementando con el paso de las horas, que meses y años completos serían devorados por ese fagocitario descalabro. Pensó que acudiría con retraso incluso al día de su propio funeral y que cuando su cuerpo descendiera a la fosa, su espíritu aún aceleraría sus inmateriales pasos en pos de ese tiempo en permanente escape.
Al final, resignado ante aquello que parecía un designio ineludible, regresó a su hogar con el fatalismo impreso en su rostro. Sabía que al día siguiente, la brecha habría aumentado a tal extremo que comenzaría su jornada cuando los demás hubieran regresado a sus hogares. Y se durmió por fin, placidamente, tratando de pellizcar algunos sueños que, en esta instancia pesadillesca, también se habían desincronizado, emprendiendo veloz fuga…



















Texto agregado el 05-11-2005, y leído por 157 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
05-11-2005 Me encantó, porque hay días que me pasa eso, siento que llego tarde a todo, que el tiempo no me alcanza, que vivo apurada tratando de alcanzarlo y cuando me acuesto estoy tan acelerada que me parce que ya tengo que levantarme de nuevo. ¿Será que me tiene harta la rutina del horario? Escribís genial, siempre encontrando inspiración. Mi sana envidia maestro. Besitos y estrellas. Magda gmmagdalena
 
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