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Los Ranadores (versión 2.0)

Los rumores estaban por todas partes, los asilos apagaban sus luces antes de lo normal en un ambiente enloquecido, los pobres abuelitos que allí estaban eran atiborrados de pastillas que calmaran su angustia colectiva. Nadie sabía si era verdad, pero todos hablaban de ello: los ranadores habían regresado.

Mucha gente no sabía a ciencia cierta quiénes son éstos, solo percibían el miedo, la incertidumbre sobre la verdad. Los ranadores son personas obesas que gustan de hacer reuniones mensuales en las cuales se disfrazan de ranas, y encuentran como forma máxima de placer el hacer el amor con ancianos muertos que ellos mismos sacrifican. El proceso es relativamente sencillo: los ancianos, elegidos al azar, son encerrados en una pequeñísima habitación sin luz, en la que solo se alcanza a percibir un pequeño agujero en la pared, por el cual las “ranas gordas” van pasando una a una colocando su peludo y sudoroso ano abierto, para tirar sus mejores y potentes pedos. Impresionantes cantidades de gas humano son liberadas continuamente durante horas por aquellos rugosos agujeros, como si a través de aquellas ventosidades expulsaran el dolor de su alma.
Los ancianos mueren intoxicados en un flatulento sueño, entonces, proceden a desnudarlos y lamer completamente los cuerpos recién muertos. La orgía comienza y los ranadores se sacian con los cuerpos arrugados y tiesos, a la vez que ellos sudan bajo los verdes disfraces, con una gran abertura para dejar salir sus enormes falos humeantes y mojados, ansiosos de carne seca.
Después viene un momento de descanso en el que se entretienen observando telenovelas mexicanas con un hipnotismo delirante. Después los cadáveres son empapados en miel y la boca se les llena pitufos homosexuales molidos, un manjar exquisito para los amantes de la carne azul, ya que según se cuenta ésta es mas suave aún que la carne de hada, nada despreciable por cierto.
La casa donde los ranadores solían hacer sus reuniones mensuales, está ubicada detrás de la iglesia abandonada, es oscura y con habitaciones pequeñas llenas de melancólicos ecos, a excepción de la sala de ritos que es amplia y de un desgastado color rojo en las paredes, iluminadas por grandes lámparas antiguas y apenas servibles.
Una vez que la fatiga los obliga a terminar con el rito y sus rodillas llenas de pliegues carnosos no pueden sostener más aquellos enormes estómagos, los ranadores sacian su apetito, degustando una deliciosa sopa hecha a base de penes de bebé y fluidos vaginales de actrices famosas (el narrador de ésta conmovedora historia lamenta no poder dar detalle de cómo es que consiguen ésta deliciosa bebida), misma que calientan en una gran olla sobre la fogata de cadáveres recién encendida, levantando llamas que iluminan débilmente el acto con su luz naranja, endureciendo aún más sus facciones toscas.
Para muchos era inconcebible tanta perversión, algunos incluso pensarán que esto no es cierto o cuestionaran seriamente mis facultades mentales, solo puedo decir que para ellos era un acto de amor, su forma de “ganarse la vida”, la única escapatoria que encontraron a la maldición que caía sobre ellos: no importaba cuanto amaran a alguien, ellos jamás podrían ser amados por ente alguno en la Tierra, estaban condenados al desamor de todo lo que para ellos era hermoso, al desprecio de la gente que temerosa se alejaba de ellos, de las ranas gigantes sin princesa que las besara para convertirlas en su príncipe humanizado, en un bípedo en estado de descomposición. Las nubes mismas al percatarse de que eran contempladas por una mirada tan desagradable se volcaban grises y en figuras horrorosas que amenazaban esas débiles pupilas.
Es por esto que los ranadores enloquecieron de esperanza al encontrar unos ojos más débiles que los suyos, los ojos de cualquier anciano abandonado en una sala de espera para morir, acostumbrados a ver el sufrimiento a su lado, acariciando su cabello, y penetrando cada vez más en su alma somnolienta, ojos que pierden cualquier esperanza, que no necesitan ver más, pues han visto lo suficiente, han visto demasiado. Los ranadores vieron esto y raptaron por primera vez hace tiempo a un puñado de ancianos, a un puñado de miradas perdidas para hacerles el amor, como pudieron, como imaginaron que se hacía el amor.


A pesar de los rumores la verdad era poco conocida, los ranadores jamás regresaron, murieron en un gaseoso suicidio colectivo.

Texto agregado el 13-11-2005, y leído por 116 visitantes. (0 votos)


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