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Inicio / Cuenteros Locales / gui / La intrigante historia del presidente títere (Cuarta parte y final)

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Cuarta parte y final

La noticia fue un impacto doloroso para todos los dirigentes que preveían con desolación que no existía otra inteligencia que pudiese igualarse a la del ingeniero. Secretamente se hicieron sondeos para dar con alguien que pudiese reemplazar siquiera en un mínima parte al gran mentor. En una lejana provincia existía un humilde gásfiter que se distinguía por ser un verdadero genio en su ramo y que era capaz de arreglar el más complicado entuerto con solo su llave maestra. Aproblemados como estaban, los dirigentes, jerarcas y parlamentarios todos, supieron de la existencia de este hombre y en menos que canta un gallo se le trajo a Palacio, se le hizo jurar adhesión incondicional al Partido a cambio de una lujosa mansión en el Barrio más encopetado, con la condición sine qua non que redactara un plan de trabajo que se extendiera por todo el resto del mandato de Apolinaire. El hombre, cuyo epónimo era Silvestre, apenas sabía escribir, por lo que pidió que se le permitiera contar con una secretaria mecanógrafa. Su petición fue complacida y una hermosa morena comenzó a tipear con sus hermosos dedos lo que el gásfiter le iba dictando, de tal suerte que en dos días, el plan de Gobierno estaba concluido con Silvestre y Magdalena, la secretaria, profundamente enamorados y comprometidos.
Pero las sorpresas eran parte de la dinámica del Partido Marrón: Súbitamente, Apolinaire recuperó su sensibilidad, poco a poco sus articulaciones revivieron y para sorpresa de todos, en una semana el Presidente Títere caminaba sin ninguna complicación por los pasillos del Hospital General, con el importante agregado que ya no tartamudeaba y se había transformado en un ser de refinada inteligencia y magnífica elocuencia. Cuando se enteró que había sido manipulado como una marioneta, se enfureció y pidió la inmediata renuncia a todos sus asesores. Se produjo una crisis interna que conmovió los más sólidos cimientos del Partido. Se temió que si esto trascendía a los medios de comunicación, se produciría un escándalo mayúsculo. Habría cárcel para algunos, extradición para otros y la erradicación definitiva para todos de lo que más les apasionaba: la Política. Entonces entró a tallar Silvestre, el gásfiter. Conocedor de la situación que se estaba produciendo y temeroso de perder todos los privilegios conseguidos, urdió el siguiente plan. Se envenenaría a Apolinaire y él se ofreció generosamente para reemplazarlo. Algunos fruncieron el ceño: un crimen complicaba las cosas y hasta que se probase lo contrario, político no era sinónimo de asesino. Se transó en lo siguiente: Se secuestraría al Presidente, se le adormecería y se haría una máscara de su rostro. Esta la utilizaría Silvestre para suplantarlo y Apolinaire sería encarcelado perpetuamente. Así se hizo. Silvestre fue enjuiciado por rebeldía y las conciencias de los jerarcas quedaron a salvo.
De este modo, Silvestre y Magdalena cumplieron una brillante labor en la Primera Magistratura, tanto así que fueron reelegidos por dos períodos más, mientras Apolinaire, que años antes había recuperado la libertad de sus movimientos, ahora pagaba con cadena perpetua tan osada actitud...



F I N


























Texto agregado el 13-11-2005, y leído por 176 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
15-11-2005 Admirable tu ingenio, admirable como vas hilando las historias y mueves a los personajes a tu antojo. Encontré el cuento un tanto macabro, en la política se ha llegado ha límites tan extremos y descabellados, desde tiempos tan remotos y pienso: "con toda esta tecnología... mejor que no le pidan consejos al Gui, capaz que terminemos gobernados por un nanobot en un cuerpo de androide recubierto de piel y con la voz del Pato Bañados". Estrellas mi gran amigo anemona
14-11-2005 Excelente! ya le dije yo a Silvestre que vos escribirías excelentemente como llegamos al poder, jajaja. Besos y estrellas a un genial escritor. Magda gmmagdalena
14-11-2005 Buen final para un sainete que se aventuraba insoluble. Un engaño no remedia otro engaño, salvo en política. azulada
 
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