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¿Quieres jugar a los indios? le pregunté mientras ella planchaba un polo gris. Adelita tenía casi ochenta años y ya era de mi tamaño. Sus manos no dejaban de temblar desde que cumplió los cincuenta y las arrugas duplicaban el número de sus años en cada centímetro de su cara, habían llegado a deformar sus rasgos indígenas y ahora su rostro es un entero de grietas desordenadas y sus ojitos apunto de apagarse. Cuando mis papis salían de la casa, ella me acompañaba a almorzar, se sentaba en una banquita diferente a las sillas del comedor. En la esquina, no muy cerca de mí y se esforzaba por no dormirse. Sus parpados pesaban sus años y ella apenas los cargaba, aquella delgada rendija que, con esfuerzo sostenía abierta, le permitía ver a sus patrones felices y a mí, su pequeño Bastian, cada día más grande, corriendo por todos lados. ¿Adelita, quieres ser el indio malo? . Ella todavía planchando el polo gris. Como dice mi mami, se demoraba horrores en terminar algo. Contratamos a otra empleada hace tiempo, porque ella ya está de adorno, no la despedían porque no tenía a donde ir, Adelita era humilde. Cuando yo nací, ella ya era vieja, pero todavía era capaz de lavar un plato sin romperlo, dice mi mami que ella envejeció todos los años de golpe. Cuando yo cumplí 6, hace poco.
A mi me da pena verla caminar, va lentito, mirando al piso, como arrepentida, arrastra los pies porque dice que le pesa la espalda. Es humilde. Sonríe muy poco, seguro ya se le olvido como hacerlo. Teje, algunas veces, sigue haciéndome zapatitos que no me quedan, azules, celestes y el último que me hizo fue amarillo-yellow. ¿Adelita ya terminaste?. Si hijito, apenas escuche. Ya bueno entonces tú eres el indio malo y yo te amarro a la silla para que no te escapes.
Obediente como ningún malo, se sentó quietecita, puso sus manitas sobre sus muslos y no dijo nada. Fui corriendo a la cochera donde están los cabos de mi papá, cogí los más delgados. Llegué a su cuarto. Adelita me esperaba en la misma posición, con sus ojitos entreabiertos y por aquella rendija se asomaba la pupila color miel ya sin brío. Ya mira, yo te voy a amarrar a la silla, pero no te muevas. Ella, una cansada estatua, cabizbaja. Me pinté dos rayas negras en la cara con betún y me puse un pañuelo rojo-red en la cabeza, así comenzó todo.
Tres cuerdas, un indio y una pésima bandida. Comencé a amarrar sus pies, no debe calzar más de 35 y sus zapatos un poco abultados en la punta, parece que sus deditos están encogidos. ¡Ay, Adelita, tierna como nadie!, es que ella es humilde. Enrollando uno de sus pies, voy de derecho a izquierdo, pasando por el centro, simbolizando el infinito, de derecho a izquierdo, una y otra vez, una vez terminado los pies, fui hacia el tórax, vuel-ta vuel-ta, vuel-ta, le miro la cara, ahora la nunca, vuelta a la silla, sus ojos, su pelo, vuel-ta y un nudo mal hecho al final. Ella, obediente, pésima bandida. ¿Adelita, te ajusto?. No respondió, abrió un poquito sus ojos, al parecer se quedo dormida, movió la cabeza de lado a lado, y volvió a agacharla, eso significa que no. OoOh OooOh oOh! Dejando la boca abierta, haciendo temblar el esófago y con la mano dándome golpecitos en la boca. Soy un indio, OooOh OoOooh! , doy vueltas a su alrededor, ella de vez en cuando me mira por su delgada rendija y vuelve a dejar caer su cabeza, su cabeza también pesa 80 años. OooOh OooOh! , doy vueltas y vueltas hasta que me aburro.
Me sobra una cuerda. No era necesario atarle las manos porque apenas las movía, parecía degollada apoyando su barbilla sobre el pecho, ¿qué le amarro?, pensé, ya sé, levante su cabecita y la puse contra el final de la silla, coloqué con cuidado la cuerda alrededor de su cuello, doy vueltas, vueltas vueltas vueltas vueltas, me detengo un ratito, ¿Adelita te duele?, ella con la cabecita erguida, me mira por su delgada rendija y apenas sonríe, no no le duele, entonces doy una vuelta más. Queda mucha soga, y yo me aburro. Me senté en el piso, abrace mis rodillas, un puchero y me aburro. Adelita sigue sin moverse, sus rendijas van alargándose hasta cerrarse, mientras yo me aburro, creo que se quedo dormida. ¡Ya sé!, pinto con betún dos líneas más en mi rostro, ahora soy malo. Me paro, aún queda mucha cuerda, vuelta vuelta vuelta, me encuentro con su rostro, su nuca, sus ojos, su pelo, vuelta vuelta, su rostro rojo, vuelta, su pelo, la cara verde, vuelta, vuelta y OooOh! OoooOh!, vuelta vuelta, rápido y OOoh! Ooooh ! OoOh! Oh! oh! oh!. Me aburrí. Me senté de nuevo en el piso, abrace mis rodillas, levante mis hombros, hice un gesto malcriado y miré el rostro de Adelita, ya dejo de cambiar de color, ahora es morado-purple.

Texto agregado el 25-11-2005, y leído por 195 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
30-11-2005 es exquisito hasta el titulo..la humilde morada porque la pobre adelita termino morada siendo humilde..sarcastico genera una risa culposa..muy bien llevado..me gusta mucho luispedro
 
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