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Llevo con esta cinco vueltas completas y es un recuerdo vago el momento de la partida. Nos habíamos alistado cerca de cuarenta y un competidores en la línea de salida y todos deseábamos fervientemente ganar (competir es lo importante -dicen-, pero lo único cierto es que después del primero todos son perdedores). Yo no soy corredor profesional. Ni siquiera practico el atletismo con alguna regularidad. Sin embargo, decidí participar porque ella me inscribió: “Corre por mí. Nadie antes lo ha hecho y quiero que tú seas el primero”. Entonces lo hice, y aquí voy, identificado con el número 204.

Apenas empezó la maratón, un grupo como de diez atletas se desprendió rápidamente y no les he vuelto a ver. Yo vengo detrás, en un pelotón intermedio que se estira y encoge como una serpentina. Está conformado por cerca de doce corredores. A veces alcanzo a uno, a dos; luego soy rebasado por dos o tres. A pesar de ello, tengo la firme intención de ganar. Yo le dije: “Tú serás mi victoria”. Ella contestó: “Yo soy más que eso”. Luego, dije: “Sí, eres la carrera misma”. Ahora doblo por la parte más suave del recorrido; es una bajada corta pero rápida que nos impulsa, así no lo queramos. Al pasar por la meta la veo a ella animándome, y eso me da fuerza para seguir. A esta altura del evento he perdido la noción de cuántas vueltas llevo y de cuántas me faltan. Calcularlo se torna en un juego de giros y giros que se confunden todos en mi mente. Espero que los jueces sí lo señalen. Cuando uno va metido de lleno en la competencia olvida esos factores externos: número de vueltas, el público, el tiempo que lleva, si hace frío o calor, etc. Se concentra uno en la prueba, en la respiración, en esto del paso regulado, en el que va al lado, en el que se queda, en la próxima subida, etc. Si no hay concentración no hay posibilidades. El viraje anterior me pareció mucho más difícil que el primero o el segundo (ya no lo sé) y comienzo a acusar un poco de cansancio que me sube por las piernas como un calambre que luego pasa por el costado -cerca del bazo (de pequeño pensaba que el bazo era un vaso como de vidrio que se iba llenando de cansancio hasta desbordarse, paralizando de dolor al deportista)-, me atraviesa el pecho y llega a mi garganta reseca, la cual difícilmente logro suavizar con la densa y pastosa saliva que genero. ¿Cuántos giros faltarán? -me pregunto de nuevo-. La última vez no la vi, pero observé una pancarta que señalaba tres. No sé si me restan tres o llevo apenas tres circuitos. Se me ha vuelto confuso saber por cuál parte del trayecto transito. En estos momentos marcho solo; el viento que me golpea la cara y mis bulliciosos jadeos son mi compañía. Desconozco si voy de primero o de último. De pronto tengo la sensación de que soy el único que corre, que los otros ya terminaron y se fueron a descansar. Por segundos creo que intervengo en una maratón distinta a la de los demás. Ya no pienso en el triunfo ni en la derrota, sólo sé que debo correr, correr y seguir corriendo. Hace mucho rato que mi respiración dejó de ser rítmica para convertirse en entrecortada y fatigosa. He vuelto por la meta y no alcanzo a verla. Miro hacia el escaso público que queda y ella no está. ¿Se habrá ido con el ganador? -me digo-. Ella, por encima de todo, quería un campeón.

Ha sonado la campana para la última y definitiva vuelta. Sólo un escaso recorrido más para culminar (en el último uno se juega la vida, lo lanza todo, lo da todo) y lograr así mi cometido; por ello, no debo, no puedo claudicar. El trazado ya no es el mismo. No reconozco su sinuosidad (a pesar de que a esta hora debería estar totalmente familiarizado con él). Desconozco sus largas subidas, sus cortas bajadas y su extenso llano. Ella también dijo: “Conmigo será hasta el final. Nada de carreritas y después dejarme. ¡No, señor!”. Y yo le dije: “Soy corredor de largo aliento y de grandes distancias. Las competencias cortas me asfixian”. Por eso no me detengo. Sé que la carrera va más allá, que la meta no está al cruzar las líneas amarillas que sirvieron de punto de referencia en la salida. Ella dijo: “Si corres por mí, deberás esforzarte más que los demás. Yo no soy un simple trofeo que se consigue fácilmente y después se olvida”. Yo le dije: “Tranquila. Aspiro a mucho más que una corona y nunca te dejaré”. Y aquí voy, otra vez subiendo (cada vez más difícil me parece esta cuesta), buscando rematar este sector ya oscuro del recorrido. No veo a ninguno de mis rivales: ni a los que se rezagan ni a los que podrían superarme. O marcho solitario o la carrera terminó hace mucho rato -pienso-, pues ya no escucho la misma algarabía, ni encuentro la multitud del comienzo. La gente se cansa de mirar una prueba atlética (se vuelve terriblemente monótono). La competición es interesante sólo para el atleta que tiene por qué o por quién luchar (como en mi caso). Ella dijo: “Yo no me fijo en cualquiera. Y tú serás el ganador. Pero, recuerda, yo no soy solo un premio”. Yo le dije: “Yo tampoco lucho por cualquiera y no me interesas como trofeo”. Y aquí voy, corriendo por ella, pero ya no deseo terminar. Si traspaso la raya final, el estímulo habrá desaparecido y quizá sólo alcance una exigua recompensa, mientras que si continuo, sé que seguiré pensando en ella, en su promesa de ser algo mucho más importante que una simple victoria. Si prosigo, ella se habrá convertido en mi propia competencia. Me vienen a la memoria sus últimas palabras: “Conmigo la meta estará siempre un paso más allá de donde hayas fijado la tuya”. Y yo -según recuerdo- le dije: “No me importa. Allá, adonde tú vayas, yo te seguiré”.

Ahora aparece un ligero descenso y me dejo descolgar sin oponer resistencia...



Melgar-Tolima-Colombia. marzo 29 de 1997

Texto agregado el 31-10-2003, y leído por 117 visitantes. (0 votos)


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