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Grandulón estaba ya cuando caí en la cuenta que el mentado Santa Claus era ni más ni menos que una maldita conjura, un ser creado por oscuras mentes que entre cuchicheos y contubernios y quizás con que aviesas intenciones, lo domiciliaron en el Polo Norte, de seguro para que nadie tuviera el despropósito de ir a comprobar por su propia cuenta la autenticidad de su existencia.

Y todo ocurrió por un lamentable descuido de nuestros padres, quienes subestimaron nuestras dotes detectivescas, al salir de casa y dejarnos casi en bandeja la concluyente prueba. Jugábamos mis hermanas y yo al fascinante juego de la escondida y en una de esas se me ocurrió introducirme dentro de un antiguo closet, con la certeza que dicho lugar me procuraba una precaria invisibilidad. Con el corazón latiendo apresurado, sentía los pasos de mi hermana más chica que se acercaban, luego se alejaban y regresaban una vez más. Mi nerviosismo fue supremo cuando la puerta del mueble se abrió y las pequeñas y regordetas manos de la chicuela comenzaron a hurguetear entre la ropa. Trate de apretujarme detrás de un bulto cuando mis manos tocaron algo que me causó sorpresa. Justo en el momento en que mi hermana me descubría, ya estaba empeñado en adivinar que diablos eran aquellos objetos envueltos en papel de regalo y disimulados en sendas bolsas de plástico. Con la terrible sospecha de haber descubierto un doloroso secreto, extraje los bultos y los contemplé con un sentimiento extraño. Era la casi evidencia del desplome de una falacia, el ocaso de una inocente creencia y porque no decirlo, el final impostergable de una bonita etapa de nuestra niñez. Ante mis ojos asombrados, aparecieron varios juguetes que activaron el resorte de la desgraciada certeza. Con una grandísima pena en el alma, sin que mediara una palabra entre mis hermanas y yo, deposité los juguetes en el mismo lugar en donde los había encontrado y ya no pudimos seguir jugando, sumidos como estábamos en las más horribles cavilaciones.

Cuando más tarde regresaron nuestros padres, yo sentí verguenza ajena y no quise mirarlos a los ojos porque presentía una inmensa culpabilidad revolcándose en sus pupilas. Mas, nada dijimos, callamos miserablemente, acaso con esa débil esperanza que aún tremolaba en nuestros corazones y que nos susurraba que estábamos equivocados. Algo había cambiado, sin embargo, ya que teníamos el convencimiento de que ese asunto nos había desdibujado una parte de nuestra existencia.

Los días que transcurrieron antes de Navidad fueron jornadas de minucioso estudio y observación. No podía comprender la frialdad de mis padres cuando se referían a Santa Claus y sus dudosas incursiones. Abjuré de mi parentesco al sentirme estafado por ellos, me desconcertaba el hecho de que me inculcaran la importancia de decir siempre la verdad y sin embargo ellos eran los más grandes mentirosos, unos verdaderos profesionales del embuste, asunto que quedó de manifiesto aquella triste Navidad en que nos entregaron los mismos juguetes del closet, los brutales despojos de un ensueño.

Siempre me pareció improbable la existencia de tan estrambótico personaje pero, aún así, me afanaba por creer en él, limando con esmero el exceso de cuestionamientos de modo tal que el Viejo de Pascua aquel, sobrevivía un poco contrahecho en el marco de mis convicciones. Claro, para imaginarlo se necesitaba establecer una alianza con las artes de la magia o por lo menos con el atributo de una improbable ingravidez que le permitiera viajar arriba de un trineo por todo el orbe. Lo de la chimenea no me cuadraba para nada, su arropada figura me parecía un desatino y menos me convencía el hecho de que, siendo tan cariñoso con los niños, según se nos decía, esperara, sin embargo, que estuviésemos profundamente dormidos para dejarnos los regalos sobre nuestros zapatos.

Pocos años después, sin que mis padres nos confesaran su terrible secreto ni nosotros nos atreviésemos a desenmascararlos, calladamente, sin ceremonias ni palabras de arrepentimiento, ya no hubo más juguetes en nuestros zapatos ni futiles explicaciones que tampoco necesitábamos. El famoso Santa Claus pasó a ser desde entonces una simple metáfora, una alusión a la pasada y los presentes navideños ya no estuvieron tan ligados a su impronta.

Pero, muy a nuestro pesar, comprendimos que de algún modo u otro, el germen del embuste inoculado por nuestros padres comenzaba a crecer dentro de nosotros con renovada fuerza, era la mentira propiciatoria que más tarde endosaríamos a nuestros hijos. Sólo que ellos descubrieron el engaño mucho antes que aprendieran a sonarse las narices...








Texto agregado el 07-12-2005, y leído por 168 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
12-12-2005 Todos hemos tenido experiencias similares, yo me pasé toda una noche despierta hasta que lo vi entrar a mi papá a dejarnos los regalos de los Reyes Magos, y así fuimos descubriendo cada cosa, fue triste es lindo vivir con esa ilusión. También me pasé noches enteras mirando las estrellas porque quería ver bajar al niñito Jesús. Besitos y gracias por este cuento. Magda gmmagdalena
 
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