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Inicio / Cuenteros Locales / CABALLERO_NEGRO / LA VUELTA DEL PERRO

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Una de las cosas que más me produce temor es encontrarme en una calle nocturna y solitaria con un quiltro de cierto tamaño. Es algo que muchos no entienden del todo y por lo que varios se sonríen, con no poca dosis de burla, cuando les confío este secreto. No es que alguna vez haya sido atacado por alguno y que este hecho me sirva de fundamento para conservar mi temor, no; sin embargo, el sólo hecho de imaginar unos colmillos rabiosos desgarrando la escasa carne de mi pantorrilla me hace transpirar helado.
En eso, precisamente, iba pensando, cuando desde la vereda de enfrente oí un extraño rumor. Agucé la mirada para intentar traspasar la oscuridad y pude ver un bulto, más negro aún que la misma noche. Detuve mi andar, entonces, y pude distinguir una contundente silueta que se movía hurgando en la basura. Grande fue mi sobresalto cuando pude, al fin, descubrir de qué se trataba aquello: un perro, obviamente hambriento, despanzurraba bolsas y esparcía el contenido sobre el suelo en busca de algo que comer. Por un instante me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Una cosa era clara: no me atrevería a seguir mi camino por allí ya que hacerlo implicaba, necesariamente, pasar muy cerca del animal, lo cual llamaría su atención, con posibles consecuencias que no estaba dispuesto a averiguar. Ciertamente, desviar mi camino me haría demorar más en llegar a casa; sin embargo, y a pesar del frío y mi cansancio, estaba totalmente dispuesto a retrasar mi arribo a la reconfortante seguridad de mi hogar con tal de no ser visto ni mucho menos mordido por aquel quiltro enorme. Sin más pensarlo, entonces, di media vuelta y tomé un sendero alternativo, sin abusar más de la suerte de no haber sido advertido por el perro, demasiado concentrado en sus afanes alimenticios.
Emprendí la retirada, con paso amplio y silencioso, hasta que a poco andar una rama seca crujió bajo mi zapato, con gran estruendo en medio del silencio. Eso bastó para que, desde detrás de la reja de una casa dormida, un bestial rottweiler despertase de su guardia aletargada e hiciera añicos la templanza que había yo comenzado a recobrar, con gruñidos propios de un cancerbero infernal. Acto seguido, un coro de furiosos ladridos llenó la noche desde todos sus rincones, sin que yo pudiera adivinar el origen de cada uno de ellos y presa absoluta del más espantoso de los horrores. Pensé por un instante en volver por el camino anterior, creyendo que sería preferible pasar junto al quiltro de las bolsas que aventurarme a tener un encuentro peor más adelante. “Además” -me dije, intentando tranquilizar mis latidos- “es probable que ya se haya marchado”. Respiré hondo, recogí algunas piedras del suelo, las empuñé firmemente dentro de los bolsillos de mi chaqueta y decidí seguir mi camino, internándome por la vereda mal iluminada y sin volver atrás, a pesar de mis ideas anteriores.
Cada paso lo iba dando lo más firmemente posible, de modo de poder controlar el temblor que no mucho tenía que ver con la baja temperatura existente. Mis oídos sólo eran capaces de oír los ladridos que acompañaban mi viaje urgente, como si me fuesen siguiendo el rastro. Recordé el cuadro que colgaba sobre la chimenea de mi casa, una reproducción relativa a la caza del zorro, y me sentí como la presa de cientos de obstinados e incansables perdigueros. El aire iba resbalando por mi frente húmeda, en ráfagas sucesivas, al tiempo que las volutas de vaho se hacían más espesas en cada exhalación. Las piedras en mis bolsillos se habían entibiado con el manoseo nervioso que las hacía sentir ahora suaves, pulidas, listas para ser arrojadas ante cualquier amenaza. Me pregunté entonces si sería capaz de tener la puntería suficiente como para poder salir victorioso ante la eventualidad, y la escasa certeza de mis respuestas me llenó de nuevos temblores. Sabía que debía ser preciso en la defensa, pues de otro modo sólo conseguiría perder mis provisiones y hacer que mi enemigo me atacase con justificada e inclemente furia.
Así, absorto en estas cavilaciones y estudiando la situación, fui sorteando charcos, hojas secas, piedrecillas y cualquier objeto que, al ser pisado, me delatase nuevamente. Mis ojos lloriqueaban con el frío, que picaba como pequeñas agujas, y que de tanto en tanto debía limpiar para conservar la nitidez de la mirada, pues de otro modo cualquier silueta podía ser confundida peligrosamente entre las sombras de la noche.
Los ladridos fueron quedando atrás, muy atrás y la calle, al rato, volvió a parecerme amistosa. Conocía el sector muy bien pues desde hacía años vivía en él; pero era ahora, ya más calmado, que recobraba la confianza en aquel lugar. Era como si por un momento no me hubiese reconocido, mostrándome los dientes y gruñéndome. Ahora, sin embargo, había recordado el olor de mi presencia, y me dejaba transitar por él como al viejo conocido que yo era. Aliviado, decidí que era absurdo seguir cargando con el peso de las piedras en mis bolsillos, y las dejé caer al pavimento, confiando en que ya no serían necesarias. El ruido del duro golpe resonó como si hubiesen sido arrojadas en contra de una ventana, y ello me paralizó por unos segundos pues comprendí, tardíamente, que mi entusiasta y estúpido impulso podría despertar nuevos ladridos. Sin embargo, luego de un instante helado, sólo se escuchó el silencio y nuevamente recobré la calma y liviandad, con las que seguí el camino de regreso a mi casa.
Al cabo de unos minutos me di cuenta que ya estaba cerca de llegar, felizmente, a mi destino. La imagen de una sopa caliente y mi cama tibia me llenaron de tal alegría que ni siquiera la lluvia que comenzó a caer me importó. Qué más daba, si ya pronto estaría seco y sin frío, dispuesto a dormir tranquilamente y a salvo. En un arrebato de dicha, y casi sin darme cuenta, comencé a silbar una antigua cancioncita que tantas veces le había oído a mi padre cada vez que trataba de calmar mis temores infantiles. En la calle éramos sólo yo y mi silbido, a punto de doblar la última esquina de la noche.
Nunca supe si fue el tintineo de las llaves en mi mano o mi ingenua melodía, pero lo cierto es que al enderezar el paso hacia la reja de entrada me lo encontré de golpe, frente a mí, con la cola rígida, mirándome fijo y en silencio, como si aquel desenlace hubiese estado decidido desde siempre. Como si todos los caminos condujeran a la misma noche.

Texto agregado el 08-12-2005, y leído por 207 visitantes. (1 voto)


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