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GUERRERO



Corrió a través del pantano buscando refugio detrás de un promontorio.
El barro salpicaba su rostro curtido en decenas de batallas, mientras el sonido lastimoso de victimas y espadas recorría la aldea.
Oteo en la distancia buscando los refuerzos.
Lejos, mas allá de la pradera, cruzando la ciénaga, se veía un nutrido grupo.
-ya llegan –se dijo, buscando un aliento que renovara sus fuerzas.
De el dependían unas pocas mujeres y la mayoría de los niños.
Miro su espada ensangrentada y la limpio con un jirón de sus ropas.
Tenia que aguantar.
Apenas recobro el aliento corrió en dirección al escondite adonde estaban sus protegidos.
-ya llegan- susurro a uno de los niños que servia de enlace con los refugiados-manténganse callados y escondidos…no abran la puerta a nadie… ¡oíste¡
El niño de ojos asustados asintió y volvía al escondite, arrastrándose por una pequeña abertura.
El enemigo buscaba y mataba. Quemaba y masacraba sin piedad. No diferenciaba entre chicos, ancianos y mujeres.
Vio a dos de ellos acercarse peligrosamente a su lugar de defensa.
Su aspecto feroz no lo amilano en lo mas mínimo; corrió sigiloso tras sus espaldas y ataco sin miramientos.
Estos reaccionaron tardíamente, y fueron reducidos rápidamente, pero después de ellos, otros tres aparecieron por detrás de un promontorio, atacando al defensor.
Con un golpe de suerte y astucia, hundió su espada en el vientre del más joven, provocando la ira en los otros dos, que redoblaron sus esfuerzos.
Las espadas se entrechocaron y el rechinar de metal se junto con los gritos del segundo invasor, que cayo, mutilado su brazo izquierdo, a los pies del guerrero.
Aprovechando este segundo de estupor, alcanzo a golpear con su puño el rostro del siguiente atacante, haciendo que este perdiera el equilibrio y cayera abruptamente.
No dudo un instante.
No le importaron los ojos suplicantes del abatido.
Clavo la espada en el pecho de este, hasta sentir que la tierra se unía a la sangre.
Lleno de aire sus pulmones y giro su cabeza hacia la derecha, viendo que una horda enardecida venia hacia el.
Serian quince o veinte.
Daba igual.
Junto sus manos en la empuñadura de su espada y elevo su rostro a los cielos, besando el filo del acero.
Sus ancestros habían batallado en tierras distantes, alzándose con la gloria no solo por tantas victorias, sino por nunca claudicar.
El miedo, el peor de los monstruos, anidaba en todos los corazones, pero también el honor y la gloria.
Tenía unos segundos para ahogar a ese monstruo gigante en las aguas del valor y el coraje.
Cerró los ojos y acaricio la gloria.
Si pensaba en los que defendía podía fallar.
Sus rostros temerosos podían entremezclarse con los del enemigo, y de esta manera, sus fuerzas podían fallar.
Cargo su espada de odio y vehemencia gritando con todas sus fuerzas, aunando en su garganta toda la fuerza que los guerreros de antaño le transmitían.
Corrió al encuentro de una muerte segura, sabiendo que las puertas del Valhala se abrían a cada paso que daba.


gracias manowar por ser "un disparador de mi imaginacion"

Texto agregado el 11-12-2005, y leído por 54 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
02-01-2006 Muy buena escena has descrito, amigo mío. Queda abierto el final, dejando la nota intriga, de ávida curiosidad. Pero entonces la imagínación vuela por cuenta de uno mismo... Ikalinen
11-12-2005 bueno ... esta bien. en privado nos oiremos. sorias
 
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