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Bajo un árbol en la pampa y sobre una silla tosca, tocaba el bandoneón un día Julio Marino Lazarte. Lejos de los bares y las calles, de las luces y las sombras, las notas del tango hasta podían olerse. Mariela Lazarte, sentada y con la pollera hindú regada por el pasto, oía tocar a su padre.

Ella me escribió mucho después que el cielo y el llano parecían dos mares. Uno azul pero arriba, el otro verde y abajo. Por uno pasaban las nubes, en el otro pastaban las vacas; y que los pulmones del músico, cargados con medio siglo de cigarros, metían y sacaban aire como nunca, como su bandoneón.

A eso de las diez de la mañana, la hija se paró a traer el mate y el termo. De repente, Lazarte dejó de tocar y le dijo:

-¿Odontología, hija? ¿Por qué?
-Se gana bien, viejo. Ya te dije.
-¿Y Machu Pichu? ¿Ya no vas?
-Era una idea solamente. Qué se yo. Esperame que traigo el mate.
-¿No has escrito algo nuevo?
-No, ya no.

Ella, de espaldas, ya se iba a la casona cuando oyó al bandoneón pegar un gemido y caer en el pasto. El resto es solo corridas y gritos, un jeep hasta el pueblo, una ambulancia a la ciudad, un cajón a los hombros y, en los locales de tango, entre las callejuelas, homenajes sinceros y fugaces.

Mariela no volvió a escribir y parece que tampoco empezó a viajar. Pero debe ser verdad que en ese pedazo de la pampa, el árbol echa atrás sus hojas como presumiendo gomina, que de noche esa tierra se divide en mil piedras entrelazadas, y que la luna brilla en ellas suave como un farol.

Texto agregado el 11-12-2005, y leído por 60 visitantes. (0 votos)


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