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LA PUERTA VI




“Sábado 5 de agosto de 2006.
Espere casi un año para resolver el enigma de Gravenose.
Pero por fin, la sombra del árbol de mármol cubrió las letras y números, yendo cada rama a acertar en el lugar correcto.
Maravillado por la sagacidad y paciencia que debió tener el creador del enigma y su mano ejecutora, marque en mi copia de la lapida las letras y números que la sombra señalaba.
Cada rama trazaba un camino de letras, mientras unos conocidos números aparecían señalados también.”

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¿Cómo acerté el momento justo del día en que debía mirar la trayectoria de la sombra?
Quizás esta fue la parte más sencilla de resolver.
Cuando un año atrás, me senté junto al mármol en busca de respuestas, mis dedos acariciaron una letra “a”, llamativamente minúsculas.
Me refiero de esta manera ya que la gran cantidad de letras estaba en mayúsculas, y perdido en tan gran cantidad de símbolos, no advertí esta diferencia.
En minúsculas aparecían grabadas las siguientes letras:
-s,o,m,b,r,a,a,r,b,o, y por ultimo una l-
Era tan claro que maldije mi estupidez, ya que no lo había visto con anterioridad.
La sombra del árbol (de mármol) cubriría determinadas letras en algún momento y en determinada hora.
Debía determinar cuando, y para hacerlo utilice un poco la lógica y su gran aliada: la intuición.
Tenía un 5 y un 8 que se repetían en muchas partes del enigma.
5 de agosto (mes 8) de 2002 era la fecha de su muerte.
¿Seria 20:02 la hora en que la sombra del árbol mostraría el camino?
Imposible.
En ese horario, en invierno, el sol ya hubiese dado paso a la noche.
Si tomaba el 5, que era igual a las 17 horas, la sumatoria me llevaba de nuevo a 8.
Y si sumaba 5 mas 8 más el año de su muerte (2002) resultaba 17, que sumaba nuevamente 8.
Me inclinaba definitivamente por las 17 horas, pero… ¡me faltaban los minutos¡
Pero en ese momento, la intuición me dio la última respuesta.
Visite a Marylena una vez más.
Esta, cordialmente se digno a responder a mi requisitoria.
Busco entre sus papeles y me mostró la partida de defunción de su difunto esposo.
No pude evitar sonreír.
Gravenose había muerto a las 17 horas, 08 minutos del 5 de agosto de 2002.
Marylena me dirigió una triste sonrisa y me despidió con un abrazo amistoso.
-gracias por honrar su memoria…el no mentía nunca señor Anselmo-me dijo, y correspondí con un leve asentimiento.
-si alguna vez lo dude, le pido perdón- atine a responder, antes que un fuerte nudo ahogara mis palabras.
Camine por las calles que alguna vez recorrió el científico, tratando de embeber mis sentidos con los aromas, las imágenes y los sonidos que alguna vez el disfruto en vida.
¿Estaría en algún lado de ese paraíso prometido a todos los mortales riéndose de este estupido y necio investigador?
¿Disfrutaría allí de un bienestar que el conocería de antemano y que solo estaba reservado a algunos?
La duda que cada vez aparecía mas lejana en mi corazón era la veracidad de su “viaje”.
Gravenose había “ido” a la muerte, y había regresado.
El sabía la hora, el día, y el año de su muerte con total exactitud, y había mandado a construir su lapida con estos datos, albergando en ella su secreto mejor guardado: como hacer el viaje.
Ahora, posiblemente yo estaba a las puertas de hacer el mismo viaje.
¿Lo haría?
La fundación me autorizaba a comprobar por mi mismo las pruebas que yo recogiese, salvo que mi vida sea puesta en peligro.
En este caso, ¿corría peligro mi vida?, ¿o mi muerte?
La última palabra la tenía yo, solamente debía dejar constancia de mi investigación, para que en caso de correr riesgos, ellos tuviesen informes de mis investigaciones.
Por ese motivo, todas las noches, enviaba mis informes a un lugar secreto, dando la información requerida por mis superiores sin escatimar datos y siempre apuntando mis pareceres y opiniones. Solo en casos extremos podía solicitar ayuda a otro investigador, pero dada mi costumbre de trabajar en solitario, pocas veces la requerí.
Primero debía hallar la forma en que Gravenose había “viajado”; después vería que era lo mas conveniente.
No podía negar que mi curiosidad había aumentado a medida que la investigación avanzaba, y la certidumbre de que lo echo por el científico era real, había estimulado mis ansias de conocimiento.
¿Quién no querría saber con certeza si algo nos espera después de la muerte?
Si esta duda existencial se despejara, ¿Cuánto cambiaria en la vida actual de todo los seres vivientes?
Lo que Gravenose nos había propuesto era cruzar la barrera definitiva, ¿sabría la humanidad que hacer con esta información?
Me imagine una transmisión televisiva a nivel mundial, recordando la llegada del hombre a la luna, en la que un hipotético “muertenauta” diese una conferencia de prensa, proclamando al mundo sus descubrimientos, y diciendo a viva voz: SI, HAY ALGO MAS¡
¿Estaríamos preparados para este evento?
Mientras mi cabeza divagaba por esos laberintos entre en un tranquilo bar a beber un café.
Faltaban exactamente 143 días (¡otra vez el 8, pensé ¡ ¿Casualidad?)Para que la luz del sol iluminase la hermosa figura del árbol de mármol, y su sombra dibuje la solución del enigma.
Podía solicitar a los técnicos de la fundación que por medio de ordenadores simulen la ubicación del sol ese mismo día, y reconstruyan la lapida en un lugar secreto, manteniendo la exacta ubicación de la misma y apuren de esta manera el resultado de la investigación.
Pero no.
Tenia que permitir que el espíritu del legado de Gravenose cumpliera su ciclo.
Debía dejar la ansiedad de lado y respetar su gran secreto.
El había querido que las cosas sean así, y yo, permitiría que la poesía le ganase la batalla a la ciencia y a mi apuro por develar el secreto.
A su debido momento, cuando el día llegase, estaría en la cita que el destino me había marcado.

Texto agregado el 11-12-2005, y leído por 39 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
14-12-2005 Me ha gustado muchísimo, en especial la parte final, ese ganarle a la anciedad de resolver el enigma por cumplir esa suerte de última voluntad del científico. Sigo. Ikalinen
13-12-2005 BIEN ,VA BIEN sorias
12-12-2005 sumale 5* mas a tu trabajo. Paso inmediatamente al sgte capitulo. julex
 
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