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La rutina de cada mañana frente al espejo no da cabida a grandes sorpresas, cambios o súbitas apariciones o desapariciones en el rostro o en el cuerpo en general. Normalmente no advertimos una nueva cana o una reciente arruga, así como tampoco unas libras de más o de menos. Quizá notemos las ojeras que brotan luego de una larga noche de parranda y hasta la erupción de una imprevista espinilla; por lo demás, este ritual diario pasa casi desapercibido. No obstante, Gonzalo sí tuvo aquella mañana la plena certeza de advertir unos ojos de moribundo que lo miraban con piedad y conmiseración. Esta rotunda e incongruente conciencia de ser un muerto en vida le dio un inesperado giro a su despertar matinal. “Uno sabe que algún buen día va a morir y no hace mayores previsiones al respecto. Ese momento se ve siempre lejano, así uno tenga 80 años; pero, tener la certeza de que ha llegado ese infausto día sí marca la diferencia” –pensó-. “¿Cuándo y dónde me sobrecogerá la muerte –se preguntó-: mientras me ducho, desayuno o me visto? ¿O será al salir y cruzar la calle? ¡Vaya manera de comenzar un nuevo día!” Y con estos y otros fatídicos pensamientos entró a bañarse. “Bueno –se dijo-, me asearé mejor que de costumbre. No sea que...”. Y en verdad que se tomó más tiempo del usual en su aseo personal, reparando en cada zona del cuerpo que en mucho tiempo ni recordaba que existía. Su ombligo, por ejemplo, le pareció más profundo de lo que creía y notó que las uñas de los píes requerían de pedicura. Una vez que salió de la ducha, se rasuró con igual esmero y fue en la búsqueda del mejor atuendo para la oficina: traje negro, camisa blanca y corbata amarilla. “Si he de morir el día de hoy que me vean bien vestido –pensó-“. Casi nunca desayunaba por lo tarde que normalmente se levantaba. Él prefería dormir a comer; pero, -se dijo-: “si este es mi último día, desayunaré a cuerpo de rey”. Gonzalo preparó el mejor desayuno que jamás antes él mismo se hiciera: frutas, jugo, huevos revueltos con jamón, cebolla y tomate, tostadas, queso y chocolate. Lo comió despacio, saboreando cada bocado como si nunca antes lo hubiera probado y se sorprendió de lo dulce y placentero que le resultaba desayunar sin prisa y con la alegría de brindarse algo irrepetible en la vida. Para su tranquilidad llamó a la oficina y se disculpó por llegar un poco tarde. Argumentó asuntos personales e impostergables y se despidió pensando que aquella sería -posiblemente- la última vez que escucharía la dulce voz de Paola, su secretaria.

Por un instante pensó no salir y esperar allí en casa la muerte. Mas, esta idea le pareció ingenua y timorata. Él siempre había sido una persona de retos y de luchas diarias sin dar tregua ni cuartel, y ese día no sería la excepción. Antes de salir dejó muy bien ordenado su apartamento para facilitar las cosas por si no regresara. Escribió una extensa nota para su hermano Carlos, explicándole qué hacer en caso de su fallecimiento. “Prepararse para morir no es asunto fácil, salvo en aquellos casos de enfermedades crónicas en que de antemano uno ya está desahuciado y le dicen que le quedan, digamos, tres meses; pero, un sólo día o unas pocas horas o minutos resultan -para tal empresa- del todo insuficientes y hasta inútiles” –pensaba Gonzalo mientras salía del edificio.

Al salir a la calle aspiró con deleite todo el aire que le cupo en los pulmones y con paso resuelto pero sereno se dirigió al trabajo. Tomó mayores precauciones de las usuales al atravesar las calles, utilizando los puentes y pasos peatonales que antes él mismo obviaba porque le quitaban tiempo. “Es mejor prevenir que lamentar” –dijo.

De camino se detuvo todo el tiempo del mundo mirando con detenimiento las cosas que tantas veces creía a su paso conocer. Se sorprendió al descubrir cosas nuevas: “¿Desde cuándo Café Paris aquí en esta esquina? ¿Cuándo le cambiaron de color a ese edificio? No sabía lo bonita que luce Berenice, la manicurista, con su uniforme de estilista. Qué flores más aromáticas vende don Pastor...”

Al pasar por el parque de Los Libertadores se paró a ver a unos niños de un colegio cercano. Se sentó en una de las bancas del parque y se quedó observando cómo jugaban, reían y disfrutaban de esa mañana fresca, soleada y maravillosa. “¿Así habrían sido todas las mañanas anteriores de mi vida?” –se preguntó-. “¿Y por qué no me había dado cuenta de ello? –respondió-. Gonzalo no daba crédito a lo que sentía. Ese repentino despertar de sus sentidos le daban una nueva dimensión a su existencia, la cual –a pesar de ello-, tenía la extraña convicción de perder en cualquier instante...

Viendo a los niños se acordó de Esperanza, su último gran amor. Sin quererlo, sus ojos se nublaron al recordar cómo y por qué la había perdido hacía ya un año. Su cobardía, insensibilidad e inseguridad habían dado al traste con una relación íntegra y verdadera. Su vida como piezas desordenadas de un rompecabezas pasaba a grandes saltos por su mente como una película vieja que ahora recordaba con tristeza e impotencia. Imaginó cuán feliz habría sido si se hubiera casado con ella y si hubieran tenido hijos. Quizás alguno de esos niños sería su amado hijo y cuán orgulloso estaría de verlo reír y jugar con sus amiguitos. Sin más cavilaciones se levantó azuzado por un repentino arrepentimiento y corrió hasta la floristería de la esquina. Entró y sin dudarlo pidió un ramo de rosas rojas y ordenó que fueran entregadas ese mismo día a la dirección que escribió en una tarjeta con el siguiente mensaje: “Esperanza, amor mío: No sé que ha sido de tu vida después que nos dejamos. Lamento tanto haberte fallado y quiero que ahora lo sepas. Si estás sola y aún sientes que me amas, quiero que por favor me concedas una nueva oportunidad... Tuyo. G.T“. Pagó y salió. Ahora se sentía más tranquilo. Tal vez aún podía hacer algo para reparar tanto daño ocasionado. A lo mejor sus premoniciones no eran más que un simulacro. Recordó, entonces, a su querida madre y sintió que a ella también le había fallado. “¿Cuánto hace que no la llamo o que no la visito?” –pensó-. Buscó un teléfono público y marcó. Después de tres largos timbrazos escuchó una apagada voz: “¿Sí?, diga. Familia Sarmiento, ¿a quién necesita?...” Durante unos segundos, Gonzalo no supo qué responder. Era su querida madre quien estaba al otro lado de la línea y hacía más de una año que no le hablaba. Ni en navidad, ni para sus cumpleaños, ni el día de la madre le había llamado. “Aló, aló...” –insistió la voz de la mujer. “Aló, mamá, soy Gonzalo Torres, tu ingrato hijo...” “Hijito, qué gusto oírlo, ¿está bien? ¿le pasa algo?” “No, mamá, estoy muy bien... sólo que quería saludarte, quería que supieras que te amo y que me perdones...” “Mijo, ¿está enfermo? ¿ha bebido?” “No, mamá, no. Tú sabes que no tomo. Es que hoy amanecí pensando en todo lo malo que te he hecho y quiero que me perdones...” “Hijo, qué bendición escucharlo, ¿cuándo viene? Tengo algo que contarle...” “Mira, mamá, estoy en un teléfono público y no puedo demorarme mucho. Te aseguro que si mañana..., que si mañana todo está bien, viajo a visitarte este fin de semana y te llevaré el pastel de chocolate que tanto te gusta...” La voz de Gonzalo se entrecortó y no pudo escuchar lo que su madre alcanzó a decirle. Colgó el auricular y se marchó cabizbajo, llorando. No le importaba que lo vieran así. Nada ya tenía importancia. Su vida se esfumaba y no le quedaba mucho tiempo para corregir todos sus errores...

A escasas dos cuadras de la oficina vio una pequeña capilla que en muy contadas ocasiones visitaba. Pero ese día, en particular, sentía necesidad de intimidad y de reflexión. Fue hasta allá, entró y buscó una silla donde sentarse. Eran como las once de la mañana y no había mucha gente allí, salvo una que otra fiel y devota mujer que oraba y rezaba de rodillas y en voz alta.

Gonzalo no era el tipo espiritual que hubiera querido ser y que su madre a lo largo de su niñez y juventud había intentado inculcarle a él y a su hermano. No obstante, sentía respeto y en aquel momento entendía que era la mejor manera de enmendar faltas y pedir perdón a su dios, éste cada día más íntimo y personal, aunque también lejano por su verdadera falta de compromiso. Luego de media hora de meditación y franco arrepentimiento salió más ligero y restablecido. “Creo que ahora sí estoy preparado para morir” –pensó Gonzalo, mientras seguía para la oficina.

Su trabajo era algo muy importante y lo hacía regularmente bien. Ese día, y a pesar de lo tarde que llegó, se esmeró todavía mucho más y fue más diligente y servicial que nunca. Todos notaron un cambio de actitud y un renovado empeño hasta por los más pequeños detalles. Preparó y despachó todas sus entregas, ordenó fólderes, arrojó a la basura lo que no necesitaba y registró un inventario detallado de sus tareas que aparecían pendientes y de lo que deberían realizar en caso que él faltara. Y así, sin perder tiempo ni distraerse en cosas sin importancia, pasó el día quedando al final muy satisfecho consigo mismo. Cuando sus compañeros se marcharon entre burlas, por verlo quedarse más tarde de lo acostumbrado, se dedicó a redactar un pequeño testamento. El dinero de su pensión lo dejaba a su madre y las cosas suyas, como el apartamento y lo que en él había, lo legaba a su hermano y sus pequeñas sobrinas. A sus amigos de bohemia, Sandra y Orlando, dejó su biblioteca llena de libros de poesía, filosofía y literatura. Cuando hizo este resumen se dio cuenta que en verdad no era mucho lo que poseía y que por ello mismo le resultaba fácil desprenderse de todo. Al revisar papeles personales rompió aquellos que ya poco importaban y guardó sólo las tarjetas y postales que Esperanza le regaló cada mes durante su noviazgo. Pensó largamente en ella, recordando tantas y tantas horas íntimamente compartidas. Por un momento quiso llamarla para decirle personalmente lo que por medio de las flores le expresara. No se sintió con valor para hacerlo y dejó que el destino se encargara de determinar el curso de los siguientes acontecimientos. Sus manos ya no tenían poder para nada. El poder lo tuvo en su debido momento y no supo actuar como debía.

La noche lo sorprendió allí en la oficina y cuando salió y cerró, tuvo el presentimiento de no volver nunca más. Un nudo en la garganta ahogó la amable despedida de Nelson, portero de la empresa.

Caminó de regreso a casa un poco como el autómata que siempre fue. Los ruidos y las luces de las calles eran los únicos testigos ajenos de su angustia y desolación.

“El día está por terminar y por suerte la muerte aún no me ha sobrevenido –pensó-. ¿Será que todo no ha sido más que un mal sueño o una extraña pesadilla? Adicionalmente, ¿quién soy yo para vaticinar eventos y descifrar signos y presagios? ¿De cuándo acá sé interpretar premoniciones y advertir peligros?” –concluyó. Estas razonables consideraciones le daban -de momento- el alivio necesario para llegar tranquilo a casa. Buscó, entonces, las llaves e ingresó en penumbra al apartamento y fue directo al baño hasta detenerse frente al espejo. No se atrevía a encender la luz. Sentía miedo pero, igual, tenía la apremiante necesidad de confirmar la escalofriante visión matinal. Con mano vacilante accionó suavemente el interruptor. La luz, poco a poco, comenzó a iluminar el pequeño recinto y su figura a retratarse difusa en el espejo. No se miraba de lleno a los ojos. Reparó inicialmente en su abdomen y se dijo: “Mañana comenzaré un redoblado programa de ejercicios y de gimnasia”. Siguió subiendo y arregló instintivamente el nudo ligeramente torcido de la corbata. La afeitada a ras había dado paso con el correr del día a una cerrada barba casi verde y áspera. Sus labios estaban entreabiertos y resecos. Nuevamente su mano accionó el interruptor consiguiendo mayor luminosidad. Un instante antes de mirarse a los ojos pensó en salir de allí sin confirmar o negar la visión matinal. Pero, no. Gonzalo no era cobarde. Así que resuelto y sin más vacilaciones alzó la vista y con inusitada valentía encaró su propia imagen, fuera ésta cual fuera. Impávido contempló con detenimiento su rostro expectante y se heló al ver que los ojos de moribundo le continuaban mirando fríos y serenos, con la declarada y firme sentencia de la mañana. Al parecer, la muerte le seguía esperando y no tenía prisa por llevárselo; tan sólo le había dado un tiempo prudente para arreglar asuntos importantes e impostergables. Por un segundo, Gonzalo deseó correr y salir sin rumbo alguno. Mas, no lo hizo. Se sentía cansado y profundamente agobiado. Apagó la luz y caminó sonámbulo hasta el dormitorio. El reloj de la mesita de noche marcaba las 11:16 p.m. “Estoy en casa, en mi cama. No existe mejor sitio para esperar... Nada malo podrá pasarme, –pensó- nada malo. Mañana será un nuevo día y mi vida será distinta. Lo prometo... ”. Y lentamente se fue desvistiendo hasta colocarse su abrigada pijama. Una vez acostado, buscó acomodarse para dormir de la manera como todas las noches lo hacía. Arrellanó la almohada bajo su cabeza y se estiró perezoso y confiado. Los pensamientos comenzaron a surcar su mente de manera veloz y desordenada; sin embargo, algo alcanzó a rescatar de ese vertiginoso torbellino: “¿Cuántos días como este he vivido en mis largos 45 años de existencia? ¿Acaso tuve que presentir la muerte para empezar a vivir y a sentir la vida con toda la intensidad con la que se debe vivir cada instante? ¿Por qué desperdicié tantos momentos sencillos y simples de la vida como contemplar el sol al amanecer y al atardecer; por qué no reí cuando debí hacerlo y no lloré cuando lo sentí; por qué fui tan egoísta con mis seres queridos y nunca les devolví su amor con gratitud; por qué no comprendí el valor de la vida sino hasta cuando presentí que iba a morir...?

Gonzalo se fue quedando dormido y sus pensamientos se hicieron poco a poco más intermitentes e imperceptibles hasta para él mismo. Sus ojos de moribundo lentamente se fueron cerrando y la noche que ahora los cobijaba prometía ser larga, muy larga...



Bogotá-Colombia, noviembre 7 de 2001

Texto agregado el 04-11-2003, y leído por 148 visitantes. (1 voto)


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