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Y, sin embargo, no encontraba el final. Tenía la certidumbre que era una tarde lluviosa. Sabía también que el individuo llevaba consigo un paraguas negro, además de un anillo de plata en el dedo índice de la mano izquierda. El mismo anillo que estaría bañado en la sangre de una mujer. Esto sucedería en las próximas horas, en las próximas páginas. Y, sin embargo, no encontraba el final.
El café (sin cafeína, porque le gustaba tomarlo así) estaba frío sobre el escritorio. En el lado opuesto, descansaban las ciento cincuenta y dos páginas que llevaba hasta aquel instante la novela. Y, a escasos centímetros, el cenicero aún humeante, clásico de prosistas viejos y acabados como Pablo Asmad.
-¿Adónde vas?- preguntó una voz familiar detrás de él.
-¿Qué haces aquí?
-Nada que no deba. Vengo a advertirle.
-¿Sobre qué?
-Sobre todo. Usted. Ella.
-Usted no tiene nada que hacer aquí, Asmad- el individuo apretaba el paraguas negro, nervioso.
-Puedo, muchacho, hacer lo que me plazca.
-No tiene ningún derecho- murmuró el individuo, casi sin hacer movimiento de los labios. Lo miraba fijamente, directo a los ojos.
-Tengo todo el derecho del mundo- los labios de Pablo Asmad se curvaron en una sonrisa-. Me perteneces. Tus pasos, aquel lúgubre paraguas que llevas en la mano, aquel anillo que exhibes en la otra, tus propias palabras, tu nombre, tu mundo me pertenecen. Soy tu escritor y, por tanto, me perteneces, muchacho.
-Mentira. Ni siquiera tuvo el valor de darme un nombre, cobarde. El individuo me llamó.
-Llámame lo que quieras, muchacho.
-Silencio. Es su culpa, es su culpa. Su culpa.
-¿Qué dices?- los labios distorsionados por la sonrisa volvieron a su inútil forma.
-Es su culpa. ¿Acaso no lo sabe?
-No seas tonto, lo sé todo. De tu mundo, lo sé todo.
-Entonces sabe qué es lo que pasa dentro de mí. Qué es lo que pienso, lo que siento dentro, muy dentro, aquí- se presionaba fuerte, muy fuertemente el pecho.
El viejo Asmad clavó los ojos en la vereda golpeada por la lluvia. No obstante, sus zapatos negros no se mojaban (ni si mojarían.) Sí que lo sabía, cómo no lo iba a saber. Él mismo había descrito aquella masa reprimida de sentimientos obscuros que se resumían en una palabra sola.
-Vacío.
Asmad no apartaba la mirada del suelo.
-Vacío, Asmad. ¿Por qué vacío? ¿Por qué no puedo sentir nada, Asmad? Parezco sólo un títere, que dice palabras que no son suyas. Y tú, Asmad, un autor mediocre, incapaz de darle alma a un personaje, a nadie.
-Hace tiempo- dijo finalmente Asmad, sin quitar los ojos de donde estaban- que perdí el don, muchacho. Soy viudo, verás. Lidia, mi querida Lidia. Lo he intentado, te juro que lo he intentado, pero no, no he podido.
Cuando terminó de escribir, Pablo Asmad tomó el puro que se consumía dentro de un cenicero aún humeante. Estaba cansado, agitado, como si de verdad hubiera pronunciado aquellas palabras, como si en realidad hubiera sido partícipe de aquella charla. Y, sin embargo, no encontraba el final.
Y en aquel preciso instante, alguien llamó a la puerta.
-¿Sí?
-Vengo a ver al señor Asmad.
-¿Quién lo busca?
-Un amigo.
-Pablo Asmad no tiene amigos- murmuró al tiempo que quitaba los seguros de la puerta.
El extraño entró a la sala.
-Que sea rápido, no tengo tiempo para estar perdiéndolo así nada más.
-Seré breve.
-Identifíquese.
El recién llegado tardó en responder. Era como si buscara las palabras exactas, las palabras correctas.
-Se lo haré saber con palabras suyas. Me perteneces. Tus pasos, aquel lúgubre paraguas que llevas en la mano, aquel anillo que exhibes en la otra, tus propias palabras, tu nombre, tu mundo me pertenecen. Soy tu escritor y, por tanto, me perteneces, Pablo Asmad.
El viejo escritor tardó un tanto en reaccionar, quizás en asimilar lo que estaba sucediendo, lo que a él, el reconocidísimo Pablo Asmad, le estaba sucediendo. Finalmente, como en el episodio anterior, sus labios terminaron por deformarse en una sonrisa.
-Lo esperaba.
Me demoré, una vez más, un momento antes de contestar.
-¿Entonces por qué aquel recibimiento tan hosco?
-Déjeme terminar. Lo esperaba. Pero no tan pronto.
Continué parado, esperando una de dos cosas: que hiciera la pregunta o que me invitara a sentar.
-¿A qué vino?
Hizo la pregunta.
-A terminar unos asuntos pendientes- le dije. Sonaba indiferente.
-¿Y de qué asuntos pendientes estamos hablando?- interrogó nuevamente Asmad.
-Dígame usted. Es usted el autor mediocre, incapaz de darle alma a un personaje, a nadie.
-No le preguntaré cómo lo sabe. Lo sé perfectamente. Sin embargo, déjeme preguntarle, ¿por qué?
Me miró paciente, casi tiernamente, como un padre mira a su hijo.
-Sabes la respuesta, una vez más, Asmad.
-Lidia- murmuró. Se incorporó-: ¿De dónde sacó el nombre?
-De mi madre.
-¿Y el mío?
-Mi bisabuelo.
-¿Mi desagrado por Paulo Coehlo?
-El mío propio.
-Es usted un enfermo.
-¿Podría saber a qué se debe el calificativo?
-Me inventó un nombre, una madre, familiares, conocidos, un pasado. Se preocupó por cada detalle. De alguien que no existe.
-Cosa de la que usted es incapaz.
-No soy un dios.
-Pues debería, Asmad. Todos los escritores lo somos. Dioses. Dioses de nuestro propio universo. Tú mismo lo dijiste, podemos hacer lo que se nos plazca. Y, tú mismo fuiste una vez Todopoderoso, hasta que sabes de alguien superior, y te derrumbas como la Torre de Babel.
-No somos los dioses del Olimpo griego.
-Tal vez no. Y tal vez sí. El Olimpo de la vanidad.
-Por creernos dueños del mundo.
-Por creernos dueños del mundo- repetí.
-Ahora bien. Es usted un dios.
-Lo soy.
-Tráigala. Tráigala de vuelta. Lidia.
-No puedo- murmuré.
-Tráigala. No ve acaso que la necesito. No ve.
Sus ojos parecían cristales transparentes por donde se cuelan las lágrimas.
-¡No! ¡Hipócrita! ¡Maldito hipócrita!- lloré, lloré de verdad, como nunca antes había llorado-. Basta ya de esta farsa. Lidia no está muerta. Usted lo sabe, Asmad. No está muerta.
La misma mano, la mía propia, la que sostenía el paraguas temblaba descontroladamente. La otra mano, la que llevaba el anillo de plata, se mantenía firme.
Fue como si Pablo Asmad despertara de un sueño.
-No lo está, todavía. Porque lo sabes bien. El anillo que llevas en la mano, ese mismo anillo, debe ser bañado en la sangre de una mujer. De la mujer. De Lidia.
-No me haga hacerlo, Asmad. La ama, yo sé que la ama, Asmad. Yo también la amo. No me haga hacerlo, se lo ruego.
Imploraba, imploraba como un loco. Asmad no se atrevía a mirarme.
-¿No has entendido nada? El Olimpo de la vanidad. Al principio, no sabía a qué se refería. Tenía una historia, un argumento maestro, en donde incluso yo participaba. Una mujer, Lidia. Un amante, el individuo, que precisamente está parado frente a mí. Hasta descubrí el Olimpo de la vanidad. Donde, efectivamente, era un dios, y podía hacer lo que me plazca. Donde podía entrar y salir de mis historias, donde podía controlar a mis personajes, míos, como a títeres.
-Pero no puedes matarla… A ella no…
Caí derrotado, de rodillas contra el suelo. De mis manos resbalaron dos cosas: el paraguas negro y el anillo de plata.
-Entiende. Tenía todo aquello. Todo. Y, sin embargo, no encontraba el final. Ahora lo encontré.

Texto agregado el 21-12-2005, y leído por 116 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
12-01-2006 Hermosa crítica disfrazada de cuento. A veces hay que sacudir un poco el Olimpo para que los "dioses" distraídos caigan a la tierra. ***** Dehumanizer
 
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