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06/10/2005
El sueño…

Siempre estoy envuelto en una extraña luz que parece venir de ningún lugar y sin embargo estar en todas partes. Nunca hay alguna sombra.

El sonido del agua me envuelve en una magnífica melodía de caracoles y laúdes invisibles, acompañada por las percusiones del viento en las hojas de las palmeras y coronada por los violines del canto de las gaviotas. El aire vibra como si tuviera vida propia y el sonido entra en mí y me atraviesa como la luz a través de un vaso lleno de agua clara.

La armonía de todo es perfecta y total. Las piedras ocupan el lugar que deben ocupar, los animales se mueven y viven como se supone que deberían de vivir, como si hubieran vivido desde siempre; como si no hubiese muerte verdadera. Las plantas y las nubes no dejan de moverse impulsadas por la fresca brisa que nunca es muy fuerte ni muy débil. Hasta la arena es fresca y suave, como pétalos de flor, a pesar del calor y la rugosidad habituales en ella. Todo está guardado en un desorden tan ordenado que sería imposible ver más hermosa aquella escena si fuese simétrica; todo es perfecto en su más completa imperfección. Todo es perfecto. Perfecto, excepto por algo. Hay un vacío.

Justo en el medio de aquel caos de belleza inigualable se alza la única cosa que puede abandonarme en mi habitual melancolía nihilista, el vacío que me deja una ausencia que no puedo determinar. Me falta algo que se que es necesario para mi y que es el verdadero motivo de la dicha de aquel lugar; sin embargo no se qué es ni dónde está.

Me siento solo. El agua brota de mí. La arena bebe su primera gota de tristeza. Justo en ese momento todo se detiene, parece que el tiempo muere y que la vida se apaga; veo el cielo gris mientras percibo como el agua se torna negra y la brisa se apaga. Ya no hay animales y la música se calla.

La luz. La luz que parecía estar en todos lados y no venir de ningún lugar se revela por fin. Hay una silueta, pero no es de sombra, y de ella nace la luz. Es una mujer, la más hermosa que yo haya visto jamás, sus ojos son como ópalos encendidos de fuego, sus párpados parecen decorados de amatista y de sus pestañas pende la expresión. Me hablan… Sus ojos me hablan y yo no quiero que dejen de mirarme. Estoy invadido de su ser en mi propio ser.

Entiendo todo sin necesidad de palabras. Me dice que sólo yo puedo devolverle su mundo, el mundo donde ella es señora, que sólo yo puedo ser el que lo haga renacer de sus oscuras cenizas. Lo único que tengo que hacer es sonreír…
- No se si pueda.
- Pero puedes.
- Tengo miedo.
- Ama.
- ¿Cómo?
- Se tú.
- Estoy perdido.
- Hállate.
- No puedo.
- Sólo intenta.
- Aún temo.
- ¿Qué temes?
- Todo.
- Solo tú puedes.
- No entiendes...

El peso de la responsabilidad es enorme, tengo miedo y no puedo. Ella solo me mira y espera, su paciencia es infinita.

Conforme el tiempo pasa y yo más me empeño en no intentar más oscuro se vuelve todo, su luz está muriendo. Ya sólo estamos iluminados ella y yo. Ya no sé nada.

Finalmente su boca me dice algo: “Te amo”. Mi boca sonríe solamente al principio, sus ojos no dejan de verme. Entonces estallo en una carcajada de felicidad que me brota del corazón en un torrente de ternura.

El lugar está lleno para mí, en medio de la oscuridad siento que todo es perfecto. La luz renace en una supernova impresionante, con una claridad y potencia indescriptibles. Un huracán que no lastima y sólo crea trae de vuelta la música perdida, como si hubiera roto el dique que la apresara. Todo vuelve a ser como antes, pero ya no es como antes.

Ya nada está vacío, la arena ya olvidó el agua amarga de mis ojos, mis labios ya encontraron un mejor lugar en medio de los labios de aquella mujer. Ella llora, ambos lloramos, lo que las lágrimas riegan se transforma en un verde de madreselva.

Tengo todo, ya nada es igual, antes todo era perfecto; ahora todo es perfecto.

Ya no tengo miedo. La amo. Siempre la he amado. Lo único que necesitaba era conocerla.

Me mostró la verdad, ya lo tengo todo, ya soy todo; ya no necesito nada más… La música me arrulla y sus ojos me cantan una canción de cuna. Su infinita sensualidad brota de la desnudez de su figura. Yo ya lo se todo. Mi mundo existe, creo en todo lo que veo y veo lo que puedo creer. Soy lo que quiero ser y lo que creo ser, pero sin dejar de ser yo mismo.

Mis ojos se cierran y la última visión que se llevan de aquel paraíso es aquella mujer desnuda e infinitamente hermosa recostada en la arena junto a mí…

Entonces despierto, y me doy cuenta de que no había sido un sueño.

Atte: Un Loco en un mundo de Cuerdos…
(Nezahualcoyotl-Ahuizotl)
A la mujer de mi sueño no soñado, porque fue realidad.

Texto agregado el 25-12-2005, y leído por 327 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
25-01-2009 No mames, esta poca madre. Ya lo habia leido desde el 19 de noviembre. lulilu
25-12-2005 Hay sueños que parecen más reales que la vida consciente. Buen relato. loretopaz
 
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