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Era un verano abrasador y en la vereda estábamos el perro y yo, yo y el perro.
No era mío ni yo era de el, pero estábamos (ambos) en tregua con el mundo.
En eso días no tenia mucho en que pensar, nada valía nada.
Pensé, “Que estúpida vidita nos a tocado vivir amigo” él me ignoro rayando en lo grosero.
Me imagine a mí mismo con una botella de cerveza fría y un cigarrillo en la mano.
Casi podía sentir el vaso frió en mi mano y los rayos proyectándose mil veces dentro.
Como centellas de mar pero sin el mar y si, estaba ahí, casi, casi estaba ahí.
Nada de personas rondando, ni mujeres exigiendo, ni críticos, ni artistas.
Eso era mi pequeño cielo, mi oasis privado y sin embargo era demasiado.
Recuerdo que alguna ves alguien dijo “Si no fuera por mi mala suerte no tendría suerte”
Es una gran verdad para algunos de nosotros, una gran puta verdad.
El perro, (supongo) tendría algunas de estas cosas en mente, no se lo veía muy feliz con ese ojo agusanado y las costillas marcándole el cuero.
El pequeño cielo del perro...
Un millón de huesos para mascar abotonado a mil perras en celo.
Mear en el portón de Dios y recibir una palmada de San Pedro.
Claro que esas son suposiciones, es muy probable que de haber un cielo para perros este no era el candidato ideal, había destrozado un gato la noche anterior, simplemente lo había despedazado como a una rodaja de pan, ahora la sangre seca en el hocico parecía chocolate viejo.
(En esos días no tenia mucho en que pensar, nada valía mucho la pena y la sangre en mis venas fluía lenta y aletargada)
Deje que el sol se proyectara sobre mí, como una especie de infierno del que nadie puede escapar, como mi vida y me deje llevar, hacia el sueño o la inconciencia, despacio, en oleadas calientes.
“¡Flap! ¡Flap! ¡Flap!”
el sonido del perro rascándose.
Y de nuevo...
“¡Flap! ¡Flap! ¡Flap!”
Vislumbre... a lo lejos... cerca... lejos...ahora, ahora...
Vi a todos los que conocí llegando a algún lado, recibiendo un premio, cerrando los ojos y soñando con el futuro que siempre empieza mañana.
Los vi con trajes baratos sintiéndose completos, con diplomas e instrucciones para acceder a la vida, con dinero en los bolsillos y deudas en el marote, con mujeres hermosas que se vuelven feas, con cenas de manjares sin sabor, deseando ser más flacos, mas altos, más lindos, mas ricos, mas fuertes.
Y escuche cada una de sus voces pidiendo mas tiempo y gastándolo en colas y esperas, teniendo sexo con morsas vestidas de putas y jadeos entrecortados de sus corazones ya envejecidos.
Todas sus muelas estaban jodidas y el logro fue ser el empleado del mes en algún empleo de un mes y yo ahí, con un perro que no es mío (ni yo de el) en la vereda sin una miserable cerveza, sin una triste colilla reventada para re - encender.
Pensé “Ellos siempre van a estar mejor” y era verdad, no deseaban ver lo que no podían tener, tenían lo que compraban y lo que no lo ignoraban, y la deuda del alma la pagaba el corazón o la esposa idiota o el empleado lento o la vieja de la esquina o el perro que era tan lindo cuando era chico y ahora era este mastodonte feo y sucio que no dejaba de babear la alfombra.
Tal vez el mismo que estaba a mi lado, que sin saber como, paso del garaje de un chalet en Palermo a una ruta en camino a Villa Anda a La Concha de tu Hermana.
¿Este es un testigo fiel de esa vida de confort?
¿Cómo se siente? ¿Cómo es?
¿Estará el plato siempre lleno y el sueño relajado en esos dormitorios de combinación?
¿Y mañana viernes seria un día mas en ves de un plazo final?
Mierda pensé, estoy tan, tan jodido que creo que el perro es un Fuking apóstol.
(En esos días definitivamente no tenia mucho en que pensar)
Cuando desperté el perro se había marchado (al cielo, al infierno o tras un santo árbol para mear) el sol aun pegaba pero eran solo caricias de enfado y yo tenia una resaca de mala vida, de mala suerte, de poca memoria y muchos detalles mal alineados en mi estúpida cabeza de artista de poca monta.
Siempre al borde del Sheraton y al filo del bar, lejos de ella y cerca de sus dientes, siempre igual, todas las putas reglas en oposición.
No temo mucho por mí, si por los que me quieren y esperan algo de mí.
Y seguí ahí por un buen rato, no tenia mucho en que pensar pero tenia el tiempo para intentarlo aunque sin el perro perdió todo el efecto, ahora era solo un pobre idiota al sol, sin cerveza ni cigarros.
Un pobre idiota al sol
solo.





Texto agregado el 27-12-2005, y leído por 278 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
31-12-2005 Decir cualquier cursilada de la mia, sería un sacrilegio, con lo cual cierro la boca y voy a ver si yo al menos encuentro un perro ... es de noche, ni siquiera el sol me calienta.. un susurro* susurros
 
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