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Es cosa bien sabida que la vida mezquina la magia a los tipos como Copperfield o Walter Mercado, que tienen que arreglársela haciendo trucos u oratoria; en cambio, Dios invierte todas sus excentricidades, brujas viejas, almaceneros mafiosos o locos ermitaños, en la gente pobre y los pequeños suburbios, como mi barrio y su gente.

Tenía la piel oscura y relumbrosa por la transpiración, era ciego, sucio y maloliente: era un vago mas, un vago que vendía cartoncitos de quiniela en una de las perdidísimas esquinas de mi barrio, una de esas esquinas que se usaron de aquelarre, y donde murieron perros vagabundos y vagabundos humanos, y donde alguna vez se taparon los desagües o chocaron patrullas o le robaron a alguien. Era una esquina insegura, peligrosa, de mala fama… pero a él nunca lo tocaban.

Cuando uno pasaba caminado por esa esquina, el viejo tenía la manía de apuntar la cara al lugar de donde venía el ruido, y seguirlo, y poco a poco empezamos a creer -con miedo- (confieso que el miedo se nos mezclaba con las ganas de misterio) que el viejo nos veía a través de los parpados medio cerrados, a través de los ojos blancos y truncos: creíamos que el ciego, ciego y todo, veía!. ¿Para qué contar cómo creció el rumor? De a poco se fueron acumulando las versiones que explicaban que el ciego era un vidente cuya vista atravesaba la masa del tiempo y miraba sucesos futuros, o que se refractaba al pasado y podía ver a Juan Manuel de Rosas lavándose la cara; decían que había visto algo tan divino, o tan diabólico, que le habían cercenado la vista (y no los ojos) y ahora pagaba una culpa que no era de este mundo; o decían que un monstruo mitológico (nunca faltan 2 o 3 bichos de ésos en los barrios chicos y de gente pobre) le había ofrecido poderes mágicos a cambio de dejar empollando sus huevos en las cuencas de sus ojos.

Fue la noche del 29 de Febrero de 1984, clarito me acuerdo, era un Miércoles y yo iba a comprarle a don Andrés unas cosas que me había pedido mi mamá, cuando iba a cruzar la esquina, el viejo me llama, y me pone en la mano un cartón de quiniela, que tenía los números marcados con círculos de birome y unas líneas que los conectaban, como una red conceptual, pero confuso e incoherente, y me dijo que, cuando entendiera qué eran esos números, que le avisara inmediatamente a mi vieja. Seguí, pensando en cuál era el significado, compré lo que necesitaba, volví a casa, y caí dormido mientras pensaba.

El tiempo me pasó por encima, a todos nos pasó por encima.

14 años después, era mi séptima mudanza, el séptimo traslado por laburo, cuando encontré el cartoncito guardado en una Biblia que no se porqué conservo.
Me senté en un sillón, con el cartoncito en una mano y los pies sobre una caja, a descansar de la mudanza, a pensar en los números marcados de la quiniela (no tenía nada mejor que hacer). Fue entonces, de repente, como una intuición, como un “déjà vu” que lo entendí: Los números que estaban marcados cifraban mi vida, se repetían cíclicamente, los veía en todas partes: en la dirección de mi casa; en mi número de teléfono; en la fecha del envés de mi alianza; en la cantidad de mis hermanos; en mi número de documento; en el monto de mi sueldo; hasta en el número de amigos que estuvieron a mi lado cuando murió mi madre. Mi madre!, mi madre había muerto hacía 8 años (también encontré marcada la fecha de la muerte de mi madre en el cartón). No sabía que hacer, no podía llamar a mi vieja, sólo tenía el cartón, así que seguí leyéndolo, buscándole una respuesta, mientras recordaba al ciego barbudo y vago y su mística extraña, rústica, inagotable, que lo excedía en el tiempo.

Seguí leyendo el papel, y de a poco comprendí que ciertos números siempre dan como resultados otros números que nunca son los esperados; dos mas dos da cuatro sólo en la matemática, no en la realidad; así, si 3 rodea a 8, 3 dividido 8 es igual a 6 (a favor de 3); o si diecisiete está más cargado que veintiuno, diecisiete mas veintiuno es igual a 69 (con rubor de sobra). Con el tiempo multiplicaba la dirección de vuelo de las alondras por el sonido de los sapos, o dividía la humedad de algunas lágrimas (las mejores) entre el color de las manzanas, para averiguar si mañana iba a llover al mediodía o si repusieron en el supermercado la fruta podrida, era simple, y con un papel y un lápiz a mano lograba saber quién sería presidente de Argentina mañana o en el 3015, ó podía saber quién fue en China (agregando una variable de espacio) el 3er emperador legítimo. Todo estaba al alcance de mi mano, o mi mente, o mi entendimiento, qué se yo.
Lo cierto es que me aburrí, me aburrí de las extravagancias, me aburrí de saber quién mató a Kennedy, de saber quién era Nostradamus, de saber cuántos pelos tenían las cejas de Cortázar. Me cansé, y ahora me entretengo trabajando en un puesto de diarios, en una esquina; la gente habla de mí, dice cosas raras, me llaman loco y demente, incluso inventaron la burda historia de que yo era un ingeniero y que me volvieron loco los números, pero ellos no me entienden; yo sólo estoy esperando, espero a que el tiempo pase, a que llegue la fecha de mi muerte, fecha que -por supuesto- ya conozco.

Texto agregado el 31-12-2005, y leído por 222 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
24-01-2006 Excelente texto, buena historia. honeyrocio
08-01-2006 Magníficas ideas en excelente prosa.***** sorgalim
31-12-2005 esta muy bueno, solo que me enredé un poco en los numeros, aunque el significado se entiende gino
 
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