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Roberto Ramírez Bravo
A Pati, siempre


Después de entonces no volvimos a saber de él sino a través de Elena. Sólo a ella le escribía cartas sin remitente donde le contaba sus andanzas por el mundo, pero nunca le decía dónde encontrarlo, pues nunca estaba demasiado tiempo en el mismo lugar. Había prometido, y lo cumplió en parte, que nunca volvería y que nunca lo veríamos más con los pies sobre la tierra suelta, separados uno del otro, y con la mano en el sombrero de ala ancha como solía apostarse en las tardes de verano para ver a los niños jugar enfrente de las milpas.
Yo era muy joven entonces para comprender los motivos que llevaron a mi hermano a tomar esa decisión tan drástica que trastocó por completo las costumbres de la casa y marcó para siempre un signo indeleble en los actos de toda la familia de generación en generación. Y era también muy joven como para poder evocar su rostro, sólo recuerdo que era alto y moreno y que en sus ojos brillaba una chispa enérgica, y que sus ordenes eran cumplidas de inmediato sin discutir, y que derribaba los árboles con la fuerza de sus manos y adoraba a los niños. Su mayor deleite era pararse bajo las parotas con los pies separados sobre la tierra suelta y la mano en su sombrero de ala ancha, y pasarse en esa posición toda la tarde viéndolos jugar y correr junto a las milpas, y seguirlos sólo a veces y jugar con ellos aventándoles bolas de lodo hasta terminar todos como marranos, pero felices.
Lo recuerdo ahora como si fuera un fantasma bueno que en mi infancia me levantaba con sus manos sobre su cabeza y jugaba conmigo haciéndome girar como un objeto volador, hasta que un día, sin que yo supiera cómo ni por qué, tomó una pequeña petaca de piel curtida y guardó en ella unas cuantas ropas. Luego pasó junto a mí sin verme y empezó a caminar deprisa rumbo a la Casa Grande donde vivía Elena, y después de entonces nadie más lo volvió a ver. Salieron al poco rato a buscarlo mis tíos y mis primos sin ningún resultado; se desparramaron por la Cañada del Venado, se remontaron a la Colina de los Buenos Deseos y no lo encontraron; después pensaron que estaría en el monasterio abandonado de La Baldesa, pero tampoco estaba ahí. Entonces enviaron, a todos los pueblos vecinos, hombres que escudriñaban las barrancas, que preguntaban en las cantinas y ofrecían buenas recompensas a quien diera informes sobre su paradero, y a partir de entonces empezaron a llover personas comunicativas. Unos decían que lo habían visto tomar el último autobús hacia Tampico y que llevaba con él a una muchacha joven, otros decían que viajó a la capital del estado y que lo habían oído decir que nunca regresaría, otros que lo vieron por la huasteca recogiendo café, y no faltó quien dijera que había muerto al desbarrancarse en el despeñadero de Las Rosas y que su cuerpo fue hallado incognocible por la acción de los zopilotes. Lo único cierto, sin embargo, es que el nombre de mi hermano recorrió los confines del universo sin que nadie lo volviera a ver jamás.
La primer noticia que tuvimos de él fue por una carta que le escribió a Elena, donde le decía que andaba en el Japón, pero que antes estuvo en París junto al Sena sin un centavo en los bolsillos, y tuvo que robar en una tienda de alimentos para no morir de hambre; después viajó de contrabando en trenes de tercera hasta Venecia, donde en las altas horas de la noche perdía el tiempo bajo la luz de la luna fumando un cigarrillo y mirando a las góndolas en el agua tranquila y mansa.
La leyenda de mi hermano rebasó las fronteras de mi imaginación y al paso del tiempo intenté descifrarla, pero fue inútil, pues mi madre era la única persona que conocía la razón de su partida y observó por siempre un silencio de tumba. Elena también lo sabía, por eso continuaba esperándolo aferrada a su fe que movía montañas, pero que nunca pudo hacer volver al ser amado.
Cuando yo era muy niño Elena me cuidaba y me aseaba, y me llevaba a pasear a la sombra de las parotas desde donde veía a mi hermano trabajando en la milpa, y él la miraba desde lejos y le sonreía. De esos tiempos recuerdo vagamente el cielo más transparente y azul del mundo y unas nubes blancas, y la milpa mecida por el viento, pero no puedo evocar el rostro de mi hermano, sólo su imagen ruda y su sonrisa leve para Elena.
Los años fueron pasando y las cosas todas fueron cambiando. El arroyo donde jugaba con los niños dejó su canturreo fresco de aguas jóvenes para convertirse, primero, en un hilo sucio y lleno de musgo, y después, en un lecho vacío de piedras redondas que brillaban bajo el incandescente sol indicando que por ahí pasó el agua alguna vez. Las parotas fueron derribadas cuando la gente empezó a inmigrar y el pueblo se llenó de casas nuevas, y nuestros ancestros todos se fueron muriendo. Mi abuelo Matías fue el primero que murió de viejo, luego el tío Anselmo, después Pedro, mi primo, y su hermana Teresa, hasta que se fue llenando de cruces nuevas el cementerio que nadie había usado antes. Y más tarde cuando vino la sequía y se perdió toda la cosecha y la desgracia se repitió al año siguiente, y luego al siguiente del siguiente, las familias nuevas se fueron yendo como llegaron, todas en masa, y dejaron al pueblo más triste y más desolado que nunca, lleno de pastizales secos y sembradíos muertos que bajo el sol se incineraban y se helaban en las noches altas bajo la luz fluorescente de la luna sobre las montañas y el extenso valle de la desolación, y nadie tuvo más tiempo ni ánimos para acordarse del hermano-leyenda que había partido para siempre jurando no volver jamás. Nadie lo recordaba ya, es decir, nadie aparte de mi madre, que decía que no podía morir sin verlo antes, y Elena, que guardó para él la virginal juventud de sus mejores años, y siguió conservándose pura en su otoño hasta que la vida se le acabó poco a poco y el pelo se le cubrió de nieve y los dientes se le desmoronaron uno por uno, y siguió sentada en su sillón de mimbre a la puerta de su casa, oteando hacia el horizonte con la esperanza lejana de verlo llegar repentinamente como partió, y siguió conservando y leyendo una y otra vez las cartas sin remitente que el eterno viajero le mandaba, donde le contaba que estuvo en un convento encerrado para convertirse en monje, pero que luego se arrepintió y colgó la levita, se descalzó las sandalias, se dejó crecer la barba y volvió a salir a recorrer el mundo; le contaba que anduvo en el Mar Rojo donde una noche de luna la tripulación del barco enloqueció por los cantos súbitos de cuatro sirenas que aparecieron tras unos riscos, y que sólo él permaneció en su sitio, pues había sido amarrado con grilletes a un poste en castigo por golpear a un mozo; otra ocasión le contó que estuvo en la guerra civil de España y que estuvo a punto de perder la vida cuando fue derribado de cuatro balazos desde una barda de ocho metros y cayó sin conciencia entre los muertos, pero no murió, y a veces le decía que escribiría un libro narrando su historia y las vicisitudes de su vida para continuar vivo aun después de su propia muerte, y sólo una vez le escribió la más extensa y más hermosa carta de amor que se haya escrito jamás, y Elena la conservó durante toda su vida como el mejor de los recuerdos del hombre que había amado tanto tiempo sin amar como hubiera querido, y que se alzaba en su memoria como una sombra legendaria de la época medieval, más romántica y más antigua que el mismo mundo.
En esa carta Gabriel le dijo que la quería, que la había querido siempre durante toda su vida y aun más allá de la muerte la seguiría adorando. Le habló de su inmensa soledad y las ansias infinitas que albergaba de volver a su lado, de remontarse a una casita de dos aguas donde sólo ellos compartieran la paz de la vejez prematura que terminaría por consumirlos por completo. “Quizás pedirte que me esperes sea pedirte demasiado, y yo no me atrevo a tanto”, le dijo.
Pero Elena lo siguió esperando por todos los años de su vida y sólo tuvo el presentimiento de que había muerto cuando a su puerta se presentó una mariposa negra del mal augurio que anduvo dando vueltas alrededor del quinqué de petróleo hasta terminar posándose sobre la única fotografía que ella conservaba de mi hermano, y de ahí no se movió hasta que un escobazo repentino la despedazó y convirtió en añicos el cristal del retrato haciéndolo rodar por el suelo. Desde esa noche empezaron para Elena las pesadillas de la soledad y de la muerte. Soñó que volaba envuelta en una túnica transparente sobre un pájaro negro hasta un templo antiguo donde se veneraba a una deidad de los tiempos de las cavernas, y que el pájaro le hablaba y le decía que era inútil esperar, porque Gabriel jamás volvería vivo a su lado. Después se soñó caminando en un lugar de la India donde nunca había estado antes, pero que sabía de él por las cartas sin remitente que mi hermano le enviaba, y anduvo en un mercado pequeño donde había niños fumando y fakires sentados sobre agujas, y encantadores de serpientes, y toda clase de adivinos que leían las líneas de las manos, que leían las cartas y leían las miradas, y sólo sintió miedo y sintió desamparo cuando vio de frente al elefante monumental y deforme que levantó su trompa hacia ella y la izó como una banderita de circo, y la arrojó tan lejos que ella sintió que moriría, pero no murió, sino que al caer quedó adherida al piso sin poder moverse y desde su sitio vio la pesada figura del animal que se le acercó y puso su pata sobre su pecho y empezó a presionar, y entonces quiso huir, pero sólo emitió un grito sin sonido y antes de morir pensó en mi hermano, y aún después de despertar siguió sintiendo adolorido el pecho y en sus oídos martillaba todavía el crujir de sus huesos en el piso. Otras ocasiones se soñó perseguida por cuatro hombres que la golpeaban y la violaban tres veces cada uno, y sólo conseguía escapar de ellos pronunciando un santo nombre, pero luego su desesperación llegaba al límite cuando veía que le era cada vez más difícil pronunciarlo, hasta que llegaba un momento en que ya no podía hablar y quedaba a merced de los salvajes en el abandono solitario de la noche, y así durante toda su vida siguió soñando y recibiendo cartas de mi hermano, y siguió recordándolo en el día y sufriendo durante la noche las pesadillas de la soledad y de la muerte.
Elena tenía quince años cuando Gabriel partió hacia el fin del mundo y yo tenía apenas dos.
No la recuerdo bien en aquellos tiempos, pero su fotografía de hace tantos lustros me la evoca y dibuja como era entonces, tan pequeña y esbelta y con el pelo rizado y la mirada inocente y tierna. Decían de ella que una familia de campesinos la trajo desde La Carolina, donde la encontraron un martes de agosto llorando en una choza abandonada en la que sus padres habían muerto víctimas de una fiebre desconocida, y por caridad la recogieron y la trajeron con el abuelo Matías para que se hiciera cargo, y como la niña era diligente y educada y parecía un ángel tierno, todos la aceptaron pronto en la Casa Grande y le impusieron tareas de la cocina y el servicio doméstico y la dotaron de libertad para andar por la casa y sus alrededores.
De mi hermano no conservo más que imágenes desdibujadas y confusas como de un sueño que al amanecer se borra y se repite con la inconsistencia de la niebla fugaz y el sonido inaudible. Sólo sé que le enseñó a leer y le enseñó a escribir, que después de terminar la faena en los sembradíos de milpa se pasaba la tarde junto a ella y platicaban cosas sin importancia, hasta que Elena cumplió los quince años. Todo el mundo supuso que se amaban aun antes de que ellos lo imaginaran. Mas de súbito todo cambió. Una tarde mi hermano la pasó platicando con mi madre bajo las parotas, luego volvió a la casa, al anochecer, y preparó la pequeña petaca de piel curtida y antes de partir para siempre pasó a despedirse de Elena en la Casa Grande donde vivía con mi abuelo Matías y mis primos Pedro y Teresa.
A partir de entonces los intentos por localizarlo fueron inútiles. Recurrieron a la adivinación y a la magia, pero fue imposible, pues en el sedimento del café nunca apareció cuándo volvería, ni dónde estaba; en las cartas tendidas la imagen se tornaba confusa y sin sentido: estaba y no estaba al mismo tiempo en el mismo lugar; y ni la concentración de las hechiceras sirvió para dar una pista de su paradero o la fecha de su regreso, antes coincidían todos en afirmar que nunca lo verían parado en la tierra suelta con las piernas abiertas mirando desde las parotas a los niños jugar frente a las milpas, ni lo verían jamás con su sombrero de ala ancha, porque estaba escrito que no volvería con figura humana ni pertenecería más, a su regreso, al mundo de los vivos, de modo que una vez que se agotaron todas las esperanzas, en la Casa Grande y en todo el pueblo se guardó una especie de luto por el ausente y se le dio por muerto y se oficiaron misas en su nombre, hasta que once meses más tarde Elena recibió jubilosa la primer carta sin remitente que él le envió desde Japón.
Los años fueron pasando uno tras otro arrasando con todo y borrando los vestigios del otrora próspero sembradío de las milpas, y convirtieron al pueblo en un páramo desértico entre las montañas rocosas y el arroyo seco. Mi madre y Elena vieron nacer a los hijos que tuve con Maribel Reyes y los vieron partir a la capital cuando estuvieron grandes. Vieron crecer al silencio y a las lluvias alejarse para siempre, y continuaron esperando con la misma intensidad el regreso de mi hermano ausente que era ya un recuerdo fantasmal de la generación pasada.
Elena se aisló en la Casa Grande y en las tardes crepusculares de su vida se ponía a platicar conmigo en la soledad de nuestras sillas de mimbre, mientras miraba constantemente hacia donde habían estado las parotas y donde recibió por primera y única vez el beso de amor en sus labios vírgenes. Si él volviera nunca la reconocería. Con el tiempo perdió la frescura de su piel y su sonrisa alegre, y la voz se le desgajó y sus pasos se volvieron lentos y en su mirada hizo nido la soledad de la que nunca pudo escapar. Incontables veces me habló del pueblo viejo de su infancia, de la milpa fresca que había visto crecer y mecerse en el viento de marzo, del arroyo melodioso donde los niños jugaban a aventarse bolas de lodo y lavaban la ropa las mujeres; me habló de las parotas a cuya sombra ella me llevaba cuando era yo muy niño, y de las nubes blancas de sus tiempos, y del cielo transparente y de las mariposas de abril también me habló, pero nunca quiso mencionar a mi hermano y su noviazgo frustrado por las inclemencias de quién sabe qué oscuro infortunio, hasta un día, cuando supo que las pesadillas de la soledad la conducían irrefrenablemente hacia la muerte. Entonces habló quedo, muy despacio, como si en ello fuera dejando palabra a palabra los retazos de una vida que se le escapó como un sueño sin vivirla.
—Sé que voy a morir muy pronto -dijo-. Sé que moriré de soledad. Eso estaba escrito en los lebrillos, estaba escrito en el café también en las cartas, lo sé. Mi único consuelo es que lo veré antes de morir, porque esto también estaba escrito.
Entonces me contó lo que sabía.
-No lo sé todo -dijo-. El y yo nos adorábamos y nos juramos amor eterno y soñábamos con un hogar tranquilo y muchos hijos. Nos casaríamos ante Dios y ante los hombres, ese era nuestro sueño, pero no sé por qué tu madre se opuso tanto y él no fue capaz de contrariarla. Por eso se marchó, para no desobedecerla, pero antes juró que nunca le perdonaría el haber roto sin sentido nuestras ilusiones y prometió que jamás volverían a verlo ni a saber nada de él. Como ves, lo cumplió, porque pronto moriremos todos y él no ha vuelto, y salvo a mí, a nadie le ha escrito nunca una carta.

*

Eran los tiempos de la quietud y las noches eran solemnes y los días radiantes de sol y un aire fresco movía los pastizales amarillos y secos, y fue entonces mi madre la primera en presentir su regreso cuando vio que volvieron las lluvias, las milpas crecieron como antes y el arroyo volvió a correr y su canturreo monótono y fresco atrajo a los chupamirtos y a las mariposas, y fue la única que lo creyó con tanta convicción que mandó a restaurar las paredes de la casa y a remozar la noria y el aljibe, y ordenó que se sembraran rosas en el patio y amapolas en el camino de la Casa Grande, para que a su regreso él viera las cosas como estaban o mejor de como estaban cuando se fue, pero nadie creyó en su premonición porque a pesar de todos los indicios, el sedimento del café seguía diciendo que él no vería nada de lo que hacían en la casa, y las barajas decían que nunca lo verían parado sobre la tierra suelta con las piernas entreabiertas mirando a los niños jugar enfrente de la milpa, de modo que optaron por dejar que el tiempo siguiera su curso hasta que Elena recibió la última carta sin remitente del hermano-leyenda, sin que nadie pudiera explicarse, más tarde, cómo supo él que era el momento preciso para enviarla y redactarla en los términos en que lo hizo. "Porque me has esperado tanto y por fin llegó la hora -decía el texto- me regalaré contigo. Regreso, pues, Elena, buscando por última vez tu compañía. No sé si sea de tu agrado. De cualquier manera, voy hacia ti con mis mejores deseos. Te quiero siempre mucho. Gabriel".
Fue entonces cuando hasta el pueblo llegó el rumor de que lo habían apresado en Nicaragua, donde peleaba al lado de la guerrilla, y que el gobierno de ese país planeaba regresarlo a México, y nosotros supimos que era cierto porque nos llegó un telegrama fechado en Boston donde se nos indicaba que en tres días más el eterno ausente estaría por fin a nuestro lado. Elena lloraba de felicidad más al borde de la tumba de como la habíamos visto en los últimos días, y mis hijos y mis sobrinos decoraron la Casa Grande y pensaron hacer una fiesta en honor de la oveja desperdigada que por fin volvía, y todos nos preguntábamos cómo sería después de treinta y cinco años. Será un viejo, decían. Pero si estuvo en la guerrilla, entonces seguro que se conserva joven aún, pensaban.
Y mi madre fue la única que nuevamente tuvo un presentimiento y ordenó que pararan todos los preparativos porque era inútil, pues él nunca los vería. ¿No estaba escrito así en los lebrillos, y las cartas y el sedimento del café?, nos dijo, pero nuevamente nadie le creyó.
Y en efecto, él volvió en la fecha prevista, pero nos lo devolvieron empaquetado, desprovisto de figura humana, y cuando lo vimos comprendimos que no pertenecía ya al mundo de los vivos, tal como lo predijeron las cartas y los lebrillos, pues desde la selva centroamericana alguien se había encargado de enviarnos sólo sus cenizas para que le diéramos sepultura.
El silencio desde entonces fue más pesado y las nubes presagiaron tormenta y el cielo se volvió denso. La lluvia empezó a caer a las seis de la tarde y duró dos meses y un día; el arroyo seco se convirtió en río y se desbordó, arrasando con las casas de la gente pobre que vivía a la vera, y aún en medio del aguacero sepultamos los restos de mi hermano junto con los de Elena, que murió de soledad al día siguiente.
La muerte de Elena y el fin de la leyenda del hermano ausente no develaron el misterio de su partida, pues en el curso de las cosas simultáneamente todos optaron por no hablar más del asunto, ni desmigajar los recuerdos ante algo que pareció lamentable aunque incomprensible, y sólo mi madre parecía consumirse poco a poco ante la pena inconcebible de un secreto que le corroía el alma y del cual no hablaba con nadie, hasta una noche helada, cuando aún seguía lloviendo, en que me llamó hasta su lecho para descorrer ante mí la cortina sombría de sus recuerdos, y en la penumbra de la habitación me lo contó todo.
—¿Sabes cómo murió tu padre? -me preguntó.
—No -contesté.
Entonces me miró profundo y agregó con lentitud, como si midiera cada una de sus palabras.
—No murió eras niño, ni ha muerto aún. Vive en Acapulco. Lo peor del caso es que nunca me fue fiel y desperdigó hijos por todos lados. Yo no tuve valor de manchar ante ustedes su imagen y callé siempre sin imaginar el daño tan grande que ocasionaría con mi silencio. Sólo hablé cuando ya era tarde, y se lo conté todo a tu hermano. Pero como te digo, era inútil ya. Por eso Gabriel se fue, porque nunca me perdonó que se lo hubiera ocultado tanto tiempo.
Luego se llevó las manos al pecho como si contuviera un dolor profundo, aspiró con todas sus fuerzas el aire húmedo de la noche mojada y miró a través de la ventana la milpa que crecía y resplandecía bajo la lluvia. Después me miró y dijo con dificultad la última frase, como si en ella se le acabara la vida o como si al decirlo resquebrajara todo el mundo de alegorías y misterios en que se había sustentado la existencia de la familia en los últimos treinta y cinco años.
—Elena -dijo- es tu hermana, por eso era imposible su amor con Gabriel.
Luego se quedó inmóvil en el lecho, sin pestañear.
Cuando salí de la habitación hacía frío y la lluvia seguía cayendo en gotas menudas. Entonces comprendí la soledad del hermano ausente y su destierro voluntario. Sólo entonces sentí pena y nostalgia. Levanté la vista y miré a través de la noche el cielo oscuro y la lluvia mansa, y me puse a buscar el machete para tenerlo preparado, pues al día siguiente dejaría de llover, y saldría el sol, y las milpas debían ser limpiadas, porque en el valle verde y las verdes montañas, la vida, tanto tiempo detenida, otra vez comenzaría a caminar.



* Publicado en 1987, en la colección Correo Menor, de la Universidad Autónoma Metropolitana, México.

Texto agregado el 10-01-2006, y leído por 135 visitantes. (0 votos)


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