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Dormitaba anoche frente a la pantalla del computador, esto que les voy a contar, sucedió en realidad, no crean que les estoy mintiendo. Dormitaba, digo y estaba a punto de estrellar mi testa en la pantalla cuando sentí unos puntazos leves en mi brazo. Instintivamente sacudí mi hombro para desembarazarme de algo que consideraba que podía ser una mosca o un mosquito. Como el sueño ya me acuciaba, intenté levantarme para irme a mi cama pero los cabeceos prosiguieron y antes que mi cabeza hiciera blanco sobre el vidrio de la pantalla, una vez más los imperceptibles golpeteos me devolvieron al mundo de los despiertos. Entonces fue que miré mi brazo y me encuentro con un ordinariote lápiz de pasta que con unos diminutos bracitos colocados sobre unas inexistentes caderas, me parecía contemplar con un gesto desafiante.

-Mierda. Ahora si que me estoy volviendo loco- me dije con el corazón subiendo la cuesta de la perplejidad.
-Loco e ingrato- escuché que decía una vocecilla de extraño acento.
-¿Cómo? ¿Quién ha dicho eso?- pregunté y al instante refrendé la idea de que sí me estaba volviendo loco.
-Yo lo he dicho. Yo, este humilde lápiz de tres por cien pesos que está sumamente ofendido al sentirse postergado por alguien que siempre lo utilizó para crear sus cuentos, poemas y cartas diversas.

Me restregué los ojos y volví a contemplar al minúsculo interlocutor que me miraba con un par de ojillos del tamaño de una pulga.
-¡No puede ser realidad esto, no puede estar sucediendo esto!- me dije, repitiendo de paso las palabras que había pronunciado el protagonista de una película ante un hecho bastante menos insólito que el que me estaba afectando.
-Es fácil hacerse el loco y no responder a los legítimos requerimientos de alguien que siempre te contó como el mejor amigo.-escuché decir, una vez más.
Ya era demasiado. Decidido a enfrentarme a aquello que parecía querer cobrarme alguna deuda, lo miré cara a lápiz y le dije que largara todo lo que tenía que decir.
El lápiz pareció tranquilizarse y adoptando una postura un tanto más relajada, se acomodó delante de mis ojos.

-Te diré que nunca olvidaré la ternura con la que me recibiste el primer día en que te fui regalado. Me acariciaste, me besaste, luego me inspeccionaste con una delicadeza tal que me dije para mis adentros: tengo un amigo. Luego, aprendiste a dibujar conmigo esas rayitas estúpidas que son tan fundamentales para iniciarse en el arte de la escritura. Primero era yo el que intentaba trazarlas y tu pequeña manito sólo seguía mis alocados movimientos. Pero poco a poco fuiste tomando las riendas y yo me dejé conducir, admiré la perfección del trazo y me sentí muy orgulloso de pertenecer a alguien que era capaz de escribir y escribir sin que su pulso pidiera tregua. Así, por largos años, dibujamos juntos, escribimos y podría jurar que muchas veces te soplé alguna frase, te inspiré para que aquel trazo tomase el rumbo perseguido y fuimos tan inseparables amigos que ya no me imaginaba una vida sin ti.

En este punto, pensé que quien me hablaba era una chica, ya que ellas siempre se refieren a esas cosas, pero no, el lápiz continuaba allí, apoyada su pequeña testa en el respaldo del mueble. Incluso quise preguntarle si acaso no se habría hecho ilusiones conmigo pero me detuve ya que el lápiz prosiguió hablando:
-Fueron años felices, instantes de verdadera dicha, tu imaginando, imaginando siempre y yo teniendo el honor de participar de esa creación, encarcelado entre tus dedos nerviosos que me sostenían en el éxtasis de la búsqueda hasta que alguna frase acudía a tu mente y la electricidad del aserto viajaba hacia tus dedos para accionarme sobre el papel y yo era tu empleado y el primer inspector de tu obra. Esta era borroneada a veces ya que te costaba encontrar la fórmula que te dejara satisfecho y persistías en el intento hasta que el texto te parecía expedito y de fácil lectura.

Moví mi cabeza en gesto de perturbación. Lo que escuchaba tenía cierta lógica pero ¿Cómo iba a pensar yo que el objeto aquel participaba tan entusiastamente de mi obra? Siempre pensé que el acto de creación –así fuese la simple redacción de una carta- era un acto solitario entre mi mente y yo. Pero ahora me percataba que el lápiz aquel se alzaba poco menos que como el inspirador de toda mi obra.
-Dime lápiz –pregunté, sintiéndome el protagonista de una descabellada y fantasiosa obra., ¿Cuál es el motivo de tu reprimenda?
-¿Y todavía lo preguntas? ¡Eres un descarado! Hace por lo menos tres o cuatro años que yo no existo para ti. Me has dejado huérfano y abandonado y podría asegurarte que ya ni siquiera recuerdas el trazo de tu caligrafía.

En realidad, el engendro ese con forma de lápiz tenía toda la razón. Hacía bastante tiempo que sólo dejaba correr mis dedos y mi imaginación sobre el teclado del computador y ya casi ni recordaba lo que era manipular un lápiz, salvo para dibujar un visto bueno y una apresurada firma.
-Lo siente, lápiz, no sabes cuanto. Pero dime ¿Qué puedo hacer para remediar eso?
-Sólo deseo pedirte algo que para ti no tomará dos minutos pero que para mi será poco menos que un hermoso epitafio.
-Dímelo, haré lo que sea para complacerte puesto que hay algo que detesto y esos son los regaños.
-Bien. Te diré que me queda muy poca pasta en mis extrañas. Acaso sólo alcance para escribir tres o cuatro líneas. Te pido, pues, que escribas algo sobre nuestra relación, lo que se te venga a la cabeza. Como puedes darte cuenta, soy un ser agónico que lo único que desea es morir en paz consigo mismo y con sus viejos amigos.

Conmovido hasta los huesos, acepté de muy buena gana la petición y levantando mi mirada, busqué en mi mente una frase que fuese digna de un epitafio. Cuando la encontré, tomé respetuosamente de la cintura al poco menos que moribundo lápiz, lo puse de cabeza sobre el papel y me largué a escribir lo siguiente:

Tu sangre derramada sobre el papel
se debate en remolinos caligráficos
es mi voz, es tu existencia, que yerta
le da sentido a mis últimos versos…


Esta última frase se escribió en un celeste claro que finalmente se estampó en el papel como una huella incolora. El lápiz, mi lejano amigo ahora era un objeto inservible y por lo mismo, lo guardé respetuosamente en una gaveta y coloqué sobre él la frase moribunda, para honrar su fiel existencia.

Olvidado este triste episodio, puse mis manos sobre el teclado, dispuesto a escribir ssobre la insólita situación. Fue en ese mismo instante que escuché una voz ronca pero apenas inaudible que parecía dirigirse a mí:
-Que fácil resulta embaucarte ¿Eh?
Sobresaltado y mirando para todos lados, pensando en una pesada broma, traté de concentrarme una vez más en mi escrito, cuando de nuevo escuché la voz:
-¿Cómo puedes ser tan incauto? El lápiz aquel sólo es un embustero que quiso jugar con tus sentimientos

Entonces pude darme cuenta que quien así hablaba era el teclado. Retiré de inmediato mis manos de él levantándome con el estupor pintado en mi rostro.
-¿Decía tu amiguito que estaba agónico? ¿Qué deseaba que le escribieras una especie de epitafio? ¡Que tonto eres! ¿No reparaste acaso que el mentado lápiz es desarmable y que se le puede insertar un repuesto? Si te das cuenta, ese engendro puede llegar a ser inmortal. Puede sobrevivirnos a los dos juntos. ¡Claro! Ahora debe estar desternillándose de la risa dentro de ese cajón pensando en tu compungido rostro y en el sentimiento que pusiste al escribirle su “epitafio”.
Abrí de golpe la gaveta. El lápiz no estaba allí. El teclado ensayó una horrorosa carcajada con su voz de barítono. Escapé despavorido.

Amigos, les juro que no volveré a escribir mientras viva. Esto se lo dicte a una amiga…











Texto agregado el 14-01-2006, y leído por 650 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-01-2006 ja! eso te pasó por ingrato ¿cuales fueron las últimas letras que escribiste con el Bic?... deberías comprarte un cuaderno de caligrafía. Entretenido, mucho muy anemona
15-01-2006 Excelente texto. ¡Que imaginación! jajaja. Felicidades. honeyrocio
 
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