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Para hablar de la muerte es preciso ponerse en bolas y pararse frente al espejo de las propias lágrimas. Es decir, sacarse de encima las estupideces de la literatura y las bobadas de los dogmas, la altisonancia de la filosofía y la vanidad de las ciencias duras. Para hablar de la muerte (ya sé que imito a Vinicius: no me molestes con tanta pedantería de biblioteca; soy consciente, déjame también hacerme responsable), es preciso, digo, sacarse las máscaras y dar la espalda a los relojes, a la pava silbadora, a la foto de la boda de tus padres.

Seguramente es muy bonito todo lo que has leído sobre el tema. O muy interesante, si por fin insistes en tus estudios de medicina. O sumamente consolador si el tema te desvela y en esos libritos sobre la metempsicosis o la reencarnación, has encontrado una efectiva puerta de escape a la sospecha de que te pudrirás sin remedio, tanto en el propio cuerpo como en el recuerdo ajeno.

Pero la muerte es, definitivamente, otra cosa. Y para hablar de ella resulta absolutamente necesario excursionar como un rabdomante por los terrenos de la memoria. Deambular sin equipaje por los campos del recuerdo. Transitar, vara en mano, los senderos tortuosos de lo que no se piensa nunca, de lo que intencionalmente se deja de lado. De lo que se descarta por baladí, por cursi, por vergonzante.

Podríamos hablar, por ejemplo, del dulce de leche que hacía tu abuela. De las idas a la cancha con ese tío viejo. De las tardes infinitas de los domingos repasando las fotos amarillentas de un álbum familiar. De encontrar que las personas, las circunstancias, las sensaciones, no guardan relación alguna con la realidad. Se han ido. ¿Habrán muerto? Es posible. No están. Han perdido sustancia. Se desdibujan. Se borronean. Son sólo palabras vacías de significado. Arbitrariedades de la memoria o de la sensiblería. Que molestan. Porque te pueden humedecer los ojos. Que a la vuelta de los años es peor que saber que te han mojado la oreja...

La muerte es lo mismo. Significa lo que se pierde. Lo que se pierde con toda la conciencia puesta. Lo que se pierde de golpe. Sin la atenuante de la vejez ni del crecimiento. Lo que se pierde en dos, tres, cinco segundos. Lo que se pierde y ya. Y te confieso que yo mismo, para hablar de la muerte, debo hacer un esfuerzo.

Regresar a la habitación mítica de mis abuelos donde estaba aquel espejo que todavía guarda el prodigio de mi infancia llena de sol. Donde el roble era especioso. Donde la pinotea centenaria prolongaba su agonía horizontal de piso perfecto, pulido a punto de espejo. Regresar a la cama vasta. Al cuerpo del anciano reducido al fenómeno de unas cuantas células. A esa respiración involuntaria, progresivamente dificultosa. A la espera. A la espera que debí aceptarme expectante pese al duelo en ciernes.
Para hablar de la muerte debo recuperar aquel minuto en que la frescura de la piel del viejo se volvió hielo. Y un vacío sin fondos me ganó el estómago y los huevos. Y un aire final escapó con chillido de lechuza de los alvéolos definitivamente quietos. Para hablar de la muerte debo actualizar la sensación de que nada (absolutamente nada) había más allá de la punta de mis zapatos. Para hablar de la muerte debo subrayar la certidumbre de que toda la realidad se resolvió, por un brevísimo instante, en una cornisa sobre la nada.

Alguna vez me he parado frente a un camión en marcha hacia mí, bajando por una pendiente. Alguna vez también me he puesto el caño de un revólver en la sien izquierda. Alguna vez he dejado de dormir hasta los deslindes de la razón. O he ofrecido mi sangre sin ningún reparo. Es decir, me he expuesto a hechos irreversibles sin que nada ocurriera. Pero no es a partir de tales extremos que puedo hablar de la muerte. Y sí, en cambio, puedo hacerlo desde esa memoria colectiva de lo que se ha quedado en el camino. O desde aquella noche, cuando mi abuelo se volvió cadáver sin avisos previos. Sin metáforas. Sin clarines pomposos ni prodigios celestiales.

Tal vez porque hablar de la muerte, mi amigo, no es más que hablar de esta existencia que nos mantiene en marcha...






Texto agregado el 12-02-2006, y leído por 1212 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
24-09-2012 Notable, ya te había leído hace mucho y volvé a este escrito porque lo considero muy hondo, profundo, como dije en una oportunidad al hueso. nonon
09-07-2012 Para hablar de cualquier cosa (por escrito) es menester saber escribir algo más que sea... Muy repipi tu relato...1* FOGWILL
17-04-2012 Terminé de leer su texto con media sonrisa en mi boca. Enhorabuena. ollaida
08-06-2011 Muy Bueno, este texto es en verdad una maravilla. Mis estrellas. el-parricida-huerfano
22-01-2011 Después de mucho tiempo vuelvo por este texto. Qué maravilla, qué maravilla... MCavalieri
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