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Tornero

Generalmente los trabajos eran de rutina y para hacerlos, el correntino me asignaba al gordito Medina y al chileno Matamala; este último, buen soldador.

Además, como todo "chilote", laburador como él solo; de ésos a quienes no hace falta andarles encima. Salvo los fines de semana, en ellos, se perdía con la botella. Quizás la nostalgia de su tierra, o de aquella mujer que lo esperaba con sus cachorros...

Cuando andaba en eso, Matamala solía sacar un par de fotos de la billetera y, entre copa y copa, mostraba esas imágenes manoseadas a algún "cumpa", mientras puteaba la miseria que lo había empujado tan lejos. Afortunado el hombre, peor aquellos que no tenían un lugar donde volver.

Muy de vez en cuando, aparecía alguna cosa fuera de lo común, en particular equipos pesados. En ese caso todo eran urgencias, al correntino lo apuraban y terminábamos trabajando juntos, codo a codo.

El jefe debió haber sido buen ayudante. Solo los que empiezan así, llegan a ser buenos oficiales, y el tipo era de lo mejor. Cuando se trataba de trasmisiones y cajas de velocidad, realmente había que sacarse el sombrero. Ni siquiera consultaba los planos, su cabeza era una computadora y su memoria: fotográfica. Recordaba, en el momento del armado, cada detalle, cada tornillo, cada seguro.

En esas tareas, yo me esmeraba como ayudante: le estaba alcanzando la herramienta justa, antes que la pidiera. Nos entendíamos con la mirada.

Si se trataba de motores compartiamos el trabajo, los roles se alternaban con total naturalidad.

Cuando el tema era circuitos hidráulicos o tecnología de avanzada, era él el ayudante: un lujo.

Es natural en ese tipo de trabajos que las jinetas no cuenten, se reconoce al que sabe más del asunto como lider. Es el que dirije la batuta y los demás acompañan. Aquello de "El que sabe, sabe; y el que no, es jefe" resulta inaplicable cuando de resolver problemas se trata.

Por eso me gustaba la cuadrilla: los titulos no significaban nada. O sabías, o eras un pavo. Hechos y no palabras, eso es lo que contaba y la única forma en que podía alguien ganarse el respeto de los demás. Reencontrarme con ese ambiente, después de tantos años, me estaba haciendo bien. Sentía otra vez orgullo.

Medina nunca sería buen jefe porque jamás aprendería a ser buen ayudante. No tenía paciencia para estar atento, ni inteligencia para adivinar qué se esperaba de él. Justo en el momento en que se lo necesitaba, o no estaba, o andaba pensando en otra cosa.

- Chamigo ¿vos le hacés a la tornería? -

- Me defiendo nomás -

La carcajada del correntino se debió escuchar en toda la cordillera, ya me había tomado el tiempo.

- ¿Pa qué pregunta, jefe? -

Me contó que estaba por llegar un torno en esos dias, y el ingeniero preguntaba si alguno tenía conocimientos para operarlo, o tendría que aumentar la cuadrilla.

- Jefe, acá la paso bien. Si no hay plata de por medio, le voy a agradecer que no me mande -

Como siempre, casi sin hablar nos entendimos. Al hombre tampoco le causaba gracia que yo fuera a dedicarme a otra cosa. Sin embargo, lo conocía lo suficiente como para confiar en su criterio.

Unos días después, el ingeniero me mandó llamar. Me presenté en la oficina y me atendió después de un rato. En una corta entrevista, le conté de mi experiencia y me dijo que estaría unos dias a prueba.

El torno estaba sobre un camión. A la mañana siguiente, me encargaría de descargarlo y montarlo en el lugar indicado.

Esa noche, entre mate y mate, ya estaba yo sacando cuentas de lo que ganaría como "oficial". El correntino hasta me mostró su recibo, casi éramos colegas.

ergo

Texto agregado el 14-02-2006, y leído por 276 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
04-10-2008 Sr. Ergo. Que elegancia aplica usted al relato, conmueve y enternece. Me parece verle sobre los fierros. avefenixazul
22-01-2008 Hace muy bien rescatar la esencia de las cosas, en especial la del trabajo, comparto eso, al que sabe todo el respeto. auripo
20-09-2007 El hombre que no tiene un lugar donde volver, es porque hizo macana tras macana. Ud. comprenderá mi lenguaje vulgar. La moraleja es que el que se esfuerza, al final, en mayor o menor grado, tiene su recompensa. Me gustó su relato **** PeggyMen
12-01-2007 Sigamos, a ver qué pasa... Selkis
11-03-2006 Volví a terminar esta historia y me encanta tu forma de presentar los personajes, se lee todo tan real, tan como la vida misma. Besitos y estrellas Emilio. Magda gmmagdalena
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