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Inicio / Cuenteros Locales / Balthamos / La lucha del Titán de Fuego

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Uno de mis compañeros abrió el portal que tanto nos había costado conseguir. Uno detrás de otro fuimos entrando, adentrándonos en una tierra desconocida. Vi a Waldus preparado para crear muros a nuestro alrededor por si algo nos atacaba. Llevábamos días tras la pista de nuestro enemigo, cuando por fin averiguamos donde estaba. Habíamos reunido un gran grupo de fuertes guerreros del bien formado por hechiceros, magos, clérigos, asesinos, arqueros, guerreros y más. Éramos un grupo variopinto y un tanto singular pero todos teníamos el mismo objetivo, acabar con la amenaza que se alzaba contra el mundo de Irladia, acabar con el titán de fuego.
Nos encontrábamos en un enorme páramo desierto, asolado y sin un ápice de vida. A lo lejos se veían unas escarpadas montañas y un estrecho cañón que las atravesaba. Ese era nuestro camino. Algunas aves carroñeras nos sobrevolaban, esperando nuestra muerte. No sabían que hoy resultarían defraudadas. Hoy el mundo se libraría de la amenaza del titán y contaría con unos nuevos héroes. Los bardos cantarían nuestra hazaña durante siglos.
Un joven druída atravesó el portal justo antes de que se cerrase, ya no había vuelta atrás. Blandir, muy poderoso pese a su tierna edad era el que había entrado el último, siempre se retrasaba por culpa de sus padres. Observé el cañón que se alzaba en la lejanía. Era el lugar ideal para una emboscada. No me parecía un lugar donde los guerreros rojos hubiesen llegado, pero nunca se sabía. Compartí mis dudas con mis amigos que me rodeaban, a alguno de ellos no los conocía, había oído hablar de sus logros, pero no los conocía en persona. Conforme nos íbamos acercando al desfiladero nos poníamos más nerviosos. Un clérigo alzó un canto que avivó nuestra llama, su luz nos hizo más fuertes. Un guerrero cruzado me adelantó montando a su caballo, su rostro era firme como su valor. En su mirada no había ninguna duda, sabía a lo que se enfrentaría. Alzó su bandera de batalla, nos vimos infundidos por su valor que ahora también llenaba nuestros corazones.
Cuando estuvimos cerca del desfiladero adoptamos una posición de batalla para poder enfrentarnos a lo que hubiese en el cañón. Los cruzados se pusieron delante junto con los guerreros. Los druidas se pusieron a los lados preparándose para sus poderosas transformaciones. Los clérigos se distribuyeron por todo el grupo para curar a los heridos. Los magos se pusieron al final junto con los arqueros para disparar contra los atacantes. Los asesinos ya habían encontrado sus escondites y se movían silenciosos en torno nuestro ya invisibles. Pude ver una silueta moviéndose por la pared del desfiladero, era increíble donde por donde se movían los asesinos. Unos pocos bárbaros se habían unido a nuestra causa y se prepararon para la batalla sacando sus hachas.
El cañón trazó un giro, nos preparábamos para lo peor, se oían rugidos de furia y a cada paso hacía más calor. El desfiladero seguía girando y ahora se veían vapores que salían de la roca, ya casi estábamos. El desfiladero se ensanchó dejando ver una especie de plaza rodeada por un enorme muro de roca, no había salida. En el centro de la plaza había un pequeño lago de lava ardiente. Se escuchó un rugido y la tierra tembló, algunas rocas cayeron. Del lago se alzaba una formidable criatura de fuego y roca ardiente. Era el titán.
Su cuerpo estaba formado por roca derretida que no paraba de cambiar. Tenía un aspecto humanoide aunque era muchas veces más grande que cualquier humano, más grande incluso que los gigantes del hielo. Debía medir unos 12 metros de altura. Sus ojos eran llamas que se agitaban en sus cuencas, en su boca había una lengua de fuego y de su espalda brotaba fuego que formaba un par de alas con las que podría volar. Realmente era un rival poderoso, pocos se podrían enfrentar a el. Pero nosotros le venceríamos.
Cuando salió por completo del charco de lava empezó a lanzarnos rocas ardiendo, que cuando chocaban estallaban quemando a cualquiera que estuviese cerca. No nos quedamos parados y comenzó la batalla. De las manos de los magos surgían rayos de hielo para intentar congelar a la bestia, pero su fuego interior evitaba que pudiese helarse. Los arqueros usaban sus mejores habilidades y lanzaban sus certeras flechas con una velocidad pasmosa. Los guerreros desenfundaron sus armas, algunas mágicas otras benditas por poderosos clérigos. Los valientes cruzaros prepararon sus lanzas y comenzaron a acosar a el ser. Los asesinos, veloces, surgían de improvisto para golpear y escaparse rápidamente, alguno empezó a colocarle pequeñas cargas explosivas que apenas le hicieron mella. Los druidas se transformaron e invocaron a los espíritus de la naturaleza. Salvajes lobos se enfrentaban a el titán mientras cuervos furiosos le acosaban desde el aire. Los druidas ya transformados, algunos en hombres-lobo, otros en hombre-oso y alguno había con aspecto de león golpeaban con su fuerza sobrenatural a la bestia.
El titán de fuego, enfurecido alzó el vuelo para atacar desde un lugar donde no le pudiesen tocar. Los magos y los arqueros continuaron atacándole junto a bandadas de exóticos pájaros invocados. Los druidas cambiaron sus transformaciones y se volvieron hombres pájaro. Los guerreros me observaron, esperando mi actuación. Comenzó mi papel en la batalla. En el mundo había muy pocos que tuviesen mi poder. Yo era un catalizador, absorbí energía de mi alrededor y rápidamente elegí mi nuevo ser. Los guerreros, bárbaros, clérigos y cruzados me cedieron parte de su poder para poder llevar a cabo mi misión.
Ante ellos se alzó una nueva visión, una visión que hizo que desapareciesen sus temores. Me alcé entre ellos con la forma de un enorme ángel de hielo con el que poder combatir al titán. De mi mano derecha brotó una espada y en la siniestra un escudo. Salte al aire y me dirigí al monstruo para acabar con su vida. Junto a mi ascendían los druidas y las flechas y encantamientos de mis compañeros. Los magos conjuraron mas hielo para que yo aumentara mi poder. El titán extrajo una enorme maza de su propio cuerpo y se lanzó sobre mi. Comenzamos a intercambiar poderosos golpes que harían temblar los propios pilares del mundo.
Golpeaba con saña su cuerpo mientras intentaba bloquear sus ataques con mi escudo, que rápidamente se iba rompiendo en pequeñas esquirlas de hielo. Esquirlas que con mi mente lanzaba contra mi rival. Mi enemigo sacó otra maza y de su cuerpo brotó una cola que me golpeaba como un látigo. Notaba como me derretía por su calor, los hechiceros iban congelándome conforme iba deshaciéndome. Los clérigos lanzaban sus bendiciones hacía mi para aumentar mi fuerza. Los cruzados alzaron sus estandartes mágicos. Rápidamente la fuerza que perdía la recuperaba gracias a mis amigos, pero ellos también perdían su poder con la misma rapidez. Tendría que acabar con velocidad o no habría vuelta atrás y nuestra aventura acabaría ahí.
Cambié de estrategia para intentar vencer. Volé por encima de mi rival y transformé mi hielo en agua líquida y me precipité sobre mi rival. Cuando su cuerpo estuvo cubierto por mi, me volví a helar, encerrándole dentro de mi. Caímos a la plaza y por poco me parto y le dejo escapar. De nuevo los magos entraron en acción congelándome conforme el titán me derretía. Capa a capa fui aumentando de tamaño y empecé a notar como el ser se enfriaba y perdía poder.
Al cabo de poco tiempo el titán de fuego se apagó, quedando de el solo una enorme estatua que guardaba una ligera similitud con lo que anteriormente fue. Con mi peso destrocé lo que quedaba de el y mis amigos se precipitaron sobre el botín. Volví a mi forma original, estábamos agotados pero habíamos logrado nuestro objetivo, la amenaza había desaparecido, volveríamos a nuestros hogares.
Los clérigos sanaban las heridas más graves y poco a poco nos preparamos para regresar, victoriosos después de nuestra épica batalla. Sin que lo pudiésemos evitar, un temblor agitó la tierra. Se oyeron maldiciones hacia todos los dioses mientras observamos apesadumbrados como unas rocas obstruían nuestro único camino de retorno. Estábamos encerrados.
Algunos se dirigieron al lugar del desprendimiento, mover todo eso iba a costar bastante. Antes de que levantasen una sola roca se oyó un grito de batalla. Por encima del cañón empezaron a asomar cabezas, eran los guerreros rojos.
-¡Emboscada! ¡Preparaos para la batalla! Debemos resistir –gritaba un cruzado del bien. Los asesinos tomaban posiciones, los magos empezaron a conjurar sus más potentes hechizos, los arqueros tensaban sus arcos. La batalla era inminente, pero estábamos agotados, yo ya no podía ni levantarme. Esta vez tendrían que apañársela sin mi.
Los guerreros rojos empezaron a lanzar flechas desde su posición ventajosa, nosotros difícilmente podíamos alcanzarles y no podíamos cubrirnos con nada. Para asegurarse la victoria nuestros enemigos comenzaron a invocar bestias en el circulo de roca en el que nos encontrábamos. Giré mi cabeza hacia la izquierda para no ver como caía un compañero congelado por un mago y vi como un enorme lobo gris se abalanzaba sobre un clérigo que inútilmente intentaba golpearle con su maza.
Poco a poco íbamos cayendo uno detrás de otro. Los pocos que quedábamos nos encontrábamos tan débiles que no podíamos ni alzar nuestros escudos para protegernos. Nos habían tendido una trampa, nos siguieron en nuestro viaje y esperaron que venciésemos al titán para poder acabar con nosotros y robar sus tesoros.
Usé una poción que llevaba para casos como este, me alcé dispuesto a acabar con mis enemigos, no me derrotarían tan fácilmente. Corrí hacia mi rival más cercano, le golpeé con mi espada, antes de que reaccionase le volví a golpear. Al poco tiempo ya yacía muerto en el suelo. Mis amigos iban desapareciendo uno detrás de otro, los pocos que aguantábamos nos juntamos para luchar juntos hasta el final.
Nos rodearon por completo, un clérigo gasto sus últimas energías en sanar algunas heridas antes de ser abatido por un arquero. Los dos magos que quedaban usaron su magia para invocar un escudo a nuestro alrededor, apenas duro lo suficiente para comprobar que éramos siete contra más de cuarenta enemigos. Cuando el escudo cayó los magos fueron asesinados. Un asesino que aun quedaba con nosotros desapareció y reapareció rodeado por varios asesinos enemigos, rápidamente fue asesinado. Quedábamos Blandir, dos cruzados y yo. En un intento desesperado cargamos contra ellos, Blandir se transformó en un enorme oso. No llego a alcanzar a nuestros rivales, apenas acabó su transformación fue congelado y destruido, los cruzados tampoco duraron mucho. Noté como me golpearon, me defendí lo mejor que pude, pero eran demasiados.
Eliminé a dos o tres antes de caer para no volver a levantarme. La imagen que veía se desvanecía poco a poco. Pude observar como desvalijaban nuestros cuerpos. Reconocí a algunos de los guerreros rojos, antaño, algunos fueron compañeros de aventuras. Mi cuerpo se desvanecía, todo se volvía negro, al final se veía una luz que se iba agrandando...
Reaparecí en la ciudad inicial. Nos habían vuelto a ganar. Por aquí quedábamos algunos, comentando lo ocurrido. Un cruzado amigo se quejaba de lo ocurrido.
¡Malditos pk´s! En la próxima quest les venceremos... –Exclamaba Zhack53, muchos asentían esta vez había ganado el equipo rojo. Pero la próxima sería nuestra...
-Bueno amigos, ya nos vemos mañana -Dije despidiendome, apagué el ordenador y me fui a la cama.

Texto agregado el 16-02-2006, y leído por 486 visitantes. (0 votos)


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