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Uno

- “Vaya con cuidado gancho, mire que esos brujos de mierda son cosa seria ño”.

Esta advertencia caló hondo en la embriagada sesera de don Nemesio, quien envalentonado empinó no más hacía el portón de la cantina forrado en lana hasta el cogote haciendo sonar sus estrepitosas botas sobre la hierba húmeda.

Todos en Quemchi sabían que el gringo –como solían llamarlo por su pelo platinado- estaba encargado a los brujos de Chiloé por don Antonio Ruiz, el dueño del emporio, antiguo veterano de la isla que no se cansaba de injuriarlo por una supuesta estafa acometida por el borrachín años atrás. Tanto así que cada vez que el comerciante bebía unos tragos de más, los lugareños solían verlo por la caleta buscando al gringo Nemesio con su escopeta, supuestamente para matarlo.

Por eso sus acompañantes - muchos de ellos colegas tripulantes de la lancha -, no se cansaron de advertirle una y otra vez mientras duró la tomatera, sobre el riesgo que corría saliendo esa noche a la calle, más aun considerando que el cielo estaba abierto y la luna llena iluminaba la isla, lo que constituía el plató perfecto para los aquelarres de los brujos, que con toda seguridad debían estar esa noche reunidos para espantar a las almas encargadas.

Dos.

La Recta Provincia, legendaria agrupación de brujos de la isla grande de Chiloé, se había hecho en el último tiempo de una temida fama entre los chilotes y algunos inmigrantes del continente que por desgracia podían dar testimonio de sus horrendas apariciones. Acostumbrados a espantar a los lugareños a cambio de dinero, a cargarlos con los más despiadados conjuros sobre la miseria y el dolor, la enfermedad y el desamor -incluso a matar y asesinar cuando la plata era buena- los sempiternos brujos seguidores del diablo eran muy temidos por los parroquianos que, por una u otra razón, acostumbraban o estaban obligados a cruzar a pie la isla de noche.

Eran comunes las leyendas de sus aquelarres en el cementerio congregados entre las pequeñas casitas de los finados, saltando y volando grotescamente entre un nicho y otro, siempre embriagados y vestidos con atuendos anchos y grasosos. Cada hallazgo de algún cuerpo a un costado del camino fangoso o a orillas del muelle de la caleta, era de inmediato atribuido a la acción de estos temidos encantadores de almas.

Tres

Cabalgando entre las enormes hojas de nalcas, abriéndose paso con dificultad por el camino empedrado que daba a la costanera, muy adentrado en la encendida noche, con el corazón entre las manos y apenas acompañado de su perro que corría furibundo a un costado del rocín, Nemesio no cesó de imaginar a los brujos cruzándose en su camino, anunciándole el esperado ajuste de cuentas de don Antonio. Sin embargo nada de eso aconteció, al menos durante la primera parte de su travesía; por el contrario la noche hasta ese momento se mostraba calma e iluminada y así se mantendría hasta entrar a la arboleda.

Sería allí donde inexplicablemente la bóveda de estrellas comenzó repentinamente a llenarse de densos nubarrones y el viento comenzó a soplar a silbidos desgarradores.

De pronto la luna había desaparecido completamente cuando alcanzó a distinguir esas ingentes siluetas dando ágiles brincos entre los árboles, y dejándose caer temerariamente desde las copas de los centenarios alerces que flanqueaban todo el empedrado y las lengas. Intempestivamente las sombras y el horrendo barullo repletaron el camino que conducía a la orilla del puerto, mientras su perro no dejaba de ladrar con frenesí ante semejantes apariciones.

Su corazón se detuvo y su garganta se secó. El pánico comenzó a paralizar progresivamente todas sus extremidades, al punto de alterar sus esfínteres. Frente suyo las horribles sombras formaron una barrera que lentamente comenzó a aproximarse hasta donde el gringo se hallaba quieto con su monta.

Desesperadamente y como pudo agarró a rebencazos al caballo, cerró los ojos y se mandó al galope. Las manos le sangraron de tanto agarrase con inusitada fuerza al cordel. Cabalgó y cabalgó metido en la profundidad de la noche con la mirada fija en la cabeza del animal. Recorrió valles y cerros, barro y empedrado, y no se detuvo hasta volver a sentirse a salvo.

Apenas el gringo Nemesio se sintió seguro se bajó del caballo y no tardó en mandarse un tremendo sorbo de vino de la bota que llevaba colgada a la cabalgadura. A esas alturas sus manos eran atravesadas por dos surcos de carne viva y sangre. Como pudo se tendió exhausto sobre el suelo mojado. Su agitada respiración lanzaba unas densas bocanadas de niebla en medio de la noche, sus arcadas eran tremendas explosiones; mientras todos sus pensamientos procuraban renegar con celos de la veracidad de lo acontecido recientemente en el bosque.

Sin embrago al ver frente suyo entre la niebla la cabeza de su caballo convertida en la sesera de un gnomo grotesco que daba unas risotadas de terror estremecedoras, la locura terminó por invadirlo para siempre. Sobre el arqueado lomo del animal el gringo vio que el perro ahora aparecía montado con sus dos patas traseras cantando cosas indescifrables y bebiendo vino de su bota. Encima suyo sintió volar a los brujos.

Cuatro

Estaba amaneciendo en la isla cuando el arriero distinguió el cuerpo del gringo Nemesio colgando de un sauce a orillas de una pequeña laguna. Tras arrinconar la yunta de bueyes a un costado de la arboleda llamó su atención, que el cuerpo se encontraba desnudo y muy hinchado, lleno de musgo y enormes contusiones, sin sus ojos y coronado con una cinta de espino, la lengua putrefacta le traspasaba la barbilla…

Texto agregado el 25-11-2003, y leído por 425 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
06-12-2004 exelente narrativa y muy buena historia, solo un comentario, los chilotes no hablan como los campesinos de la zona central y no dicen cosas como gancho o ño chilotigno
06-03-2004 Muy buen relaro, ppara releerlo con tiempo. No me ubico bien en él, pero me gustó cómo está escrito, y da la sensación de que no le falta ni le sobra nada. Saludos albertoccarles
27-11-2003 Un 5 estrellas en toda su extensión, en especial por el párrafo final que nos recuerda que lo que leemos es un "Ricardo Carvajal" genuino, nada mas, nada menos. La descripción de la localidad me pareció ingeniosamente atinada. La oración "Las manos le sangraron de tanto agarrase con inusitada fuerza al cordel." es mi favorita por la fiereza que despide al ser contada, pero habrá que revisar el AGARRASE por AGARRARSE. Antes del acto CUATRO, justo la oración "Encima suyo sintió volar a los brujos" yo la sustituiría por ENCIMA DE EL, pero es una nimieda de estilo que como dicen por ahí, es perfectamente multiplicable por zero. El termino "lengas" del acto TRES no lo conseguí en ningún diccionario y desafortunadamente me perdí esa imagen, ¿es probable que sea un regionalismo? Recibe como siempre mis estrellas infinitas. Este "encargo" ha sido superlativo. Gabrielly
25-11-2003 Tiene el perfil agudo de tu pluma, pero creo que tiene las ventanas abiertas. Es un cuento estupendo, que requiere mas extensión. Luminoso en la descripción, rico en lo imaginativo de la trama, pero lo siento que tira de espalda. Da para más. En su actual extensión es de cualquier modo un 5 estrellas. Porque lleva el hilo tenso hasta lanzarte en el agudo final, por la pureza de sus frases, por la belleza de tu personal manera de describir el entorno, por el manejo delicioso de las imagenes de la locura, por la sensación que me dejan tus cuentos de haber estado allí. Brindo por una segunda oportunidad. Gracias por compartirlo. Un beso con abrazo incluído hache
25-11-2003 Muy buena narrativa, te involucra en cada pensamiento que lo vas relatando, el final como que no me gustó, tal vez esperaba algo mas sobrecogedor o un desvario o algo por el estilo, pero en conjunto me gusto, saludos arecife
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