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Joaquín Vargas, así se llamaba. Lo conocí cuando iba camino al norte, casi sin ni uno, con cuea veinte lucas, pero qué se le va a hacer, tenía que llegar, era un acto sacrosanto, si no lo hacía prácticamente me moría. Debía llegar a toda costa, tenía que estar allá, en el lago Chungará, el catorce de febrero a las dos de la madrugada (extraña hora pero en fin), para juntarme con ella, Cecilia.

Pero esa es otra historia. La cosa es que conocí al simpático Joaquín Vargas durante el viaje, uno entre muchos otros camioneros. Era diez de febrero. Estaba en medio de la nada. En verdad no, a solo veinte kilómetros de la ciudad, mejor dicho pueblo, la ciudad más cercana era Antofagasta y estaba como a doscientos kilómetros hacia el sur. Me carga irme por las ramas, pero en fin. Había empezado a caminar ya que nadie en ese seco y solemne pueblo me quería llevar. Nadie, absolutamente nadie. Claro, ellos allá están acostumbrados al calor, a los treinta y tantos grados de temperatura y a recagarse de frío en la noche y, además, como si fuera poco, a oler el agua que escasea por esos lares.

La cosa es que iba caminando, hace bastante tiempo ya, unas seis horas llevaba, quizás más quizás menos, e iba mirando constantemente, como cada tres minutos al principio, luego cinco, siete, nueve, pero nunca más que nueve minutos y quince segundos, para ver si pasaba algo: un auto, bus, camioneta, alguna valkiria que me quisiera venir a ayudar, o un camión. Hubiera deseado que llegara esa valkiria, soñar es gratis y alucinar en eso entonces no me costaba nada, solo la falta de agua, que la estaba racionalizando.

El camión iba pasando. Yo, con un gesto autómata, reflejo ya, hice dedo. ¡Y paró! ¡El bendito camión paró! ¡Joaquín Vargas paró y se apiadó de mí! Hasta donde vai, me dijo. Voy hasta el lago Chungará, pero entre más me acerque más feliz seré. Ya, oh, sube, me dijo.

Eso hice. Me subí al camión, saque un par de revistas pornos que había ahí, la foto de un niño de alrededor de siete años, lo que parecía su esposa o alguna amante, y me senté. Busqué el cinturón de seguridad, pero no estaba. Así que me acomode lo mejor posible, me quede en silencio durante un rato y comencé a observar el camión. Viejo no estaba, mal cuidado tampoco, solo un poco sucio e impregnado con ese olor que caracterizaba la zona, un olor a sequedad y aridez espeluznante que me erizaba los pelos y recordaba la muerte, nuestra amiga, nuestra única verdadera amiga... desgraciadamente. Pero ya me había acostumbrado, llevaba algo más de alguna semana ahí. De repente vi una hoja con ciertos nombres y lo que parecía una cuenta. Él se fijó y me sonrió.

Cómo te llamas, me dijo. Matías Pimentel, le respondí, y tú. Yo me llamo (adivinen, un poco obvio, pero así fue) Joaquín Vargas; Pa’ qué vái pal Chungará, porque es bonito no ma’ o por alguna otra cosa, me dijo con voz algo cansada, algo graciosa. Una pequeña historia, un romance quizás, un encuentro esporádico pero hermoso. Voy a encontrarme con una mujer que conocí cuando estaba mochileando por el sur, por Bariloche. Fue por una pura noche, ella al día siguiente partía para Uruguay y yo de vuelta a Santiago, antes de que nos separáramos, a eso de las seis y media de la mañana del día veinte de febrero de dos mil dos, quedamos de juntarnos el catorce de febrero de dos mil cinco a las dos de la madrugada en el lago Chungará. Así que para allá voy. Y vo creí que se va a acordar, me dijo como diciéndome: pobre hueón éste, a los que tengo que llevar.

Oye, Joaquín, le dije con un tono inquisitivo, qué es ese papelito que tení ahí; la duda me asaltaba desde el momento en que lo vi, parecía tener nombres de mujeres y de lugares. Una cuenta, me dijo. De qué. De las sillas que llevo rotas. ¿De las sillas que llevaí rotas, cómo es eso? Puta, muy simple po, de las sillas que llevo rota. Entonces pa que tení nombres ahí. Con las minas con que las rompí, me dijo entre risas. Uta, pero cómo es eso po, dije entre risas también. Aaaa, una historia que comencé hace ya como diez años, esa es la tercera lista ya. Te voy a contar como empezó: Un día, me había hecho camionero hace como un año ya, paré en uno de esos hostales, moteles, lo qué sea, a dormir, estaba cansado, andaba con el kino acumulao y me había adelantado como doce horas a donde tenía que llegar no sé por qué, quizás porque me había levantado antes y me fui más rápido, quizás porque me confundí de día, quizás porque partí algo borracho, quizás... La huea es que me bajé en lo que haya sido, pedí una cama y una puta, digámosle mina, suena más bonito, ¿no te parece? O algo por el estilo si es que había. Me dijo que sí, pero que era tuerta, que si no me importaba. No, le dije, que vaya en una hora. Me tiré a descansar un rato. La pieza tenía una tele, una silla, un escritorio, un velador y una lámpara sobre éste; no era muy grande, las paredes tenían un tapizado rojizo, se veía algo maltrecho – el tiempo o la mantención o las dos –, el cielo comenzaba a descascararse y el piso era de piso flotante creo que se llama, unas tablas que las poní en un dos por tres. Y pasó el rato, la hora y llegó esta mina. No era muy rica, pero era potable; la cara la tenía un poco desfigurada alrededor del ojo, tenía como implantes de piel y se veía una pequeña cicatriz, casi invisible – me han dicho que tengo buena vista – en el párpado inferior del ojo izquierdo, llevaba un ojo de vidrio; Su cuerpo... era... bonito, ochenta, setenta, noventa y nueve, quizás más, lo mejor era su poto, paradito, redondito, grande, justo para tu sabes que; sus piernas se veían firmes, medianamente largas, pero tenía celulitis, una cantidad suficiente, no mucha, suficiente. Así que empezamos, primero hablamos, se llamaba Catalina Morales, aunque creo que era Carolina Morales, quizás Carolina Lizana, en fin. Conversamos un poco, alguna fantasía que tenía yo, las de ellas ya se habían cumplido, de donde era, ella era de Valdivia, muy al sur, eso le daba su gracia, qué hacía, supe que ella llevaba solo año y medio en esto, por necesidades económicas, su marido le pegaba y se escapó, no consiguió ningún otro trabajo a pesar de haber visitado medio norte. En eso nos demoramos entre diez y quince minutos, a lo mejor diecisiete, pero no más que eso. Así que comenzó ella su faena, para ser seminovata era bastante buena, no demoro ni cinco minutos en calentarme y pararme, le bastó unas cuantas palabras, su boca lengua y manos por aquí y por allá, algunos secretos sureños que no puedo contar y luego sin si quiera pedírselo, me embistió y empezó a chupármelo como si fuera no se qué, un dulce, chocolate, crema nestle, qué se yo. No sé como lo hizo, pero cuando le dije que me estaba acercando al orgasmo, bajo el ritmo, apretó algo cerca del culo y en un minuto estaba completamente normalizado. La miré, luego vi la cama, la miré de nuevo y de nuevo la brutal embestida, ¡ella me estaba montando a mí!, Así que me chorié la di vuelta y empecé yo a darle. Ahí fue cuando caché que andaba inspirao y la puse en cuatro y dale que dale, ya llevábamos como veinte minutos y estaba transpirao hasta la mismísima medula. De repente vi la silla, sonreí, la miré, me miró con cara de “yo sé lo que quieres” y le brillaron los ojos, saltó de la cama a la silla, y la cara de caliente, de quiero hacerte mierda y hacerlo hasta que te sangre no se la quitaba ni el diablo mismo dándole por detrás. Con esa cara no me aguante ni una milésima de fracción y en menos de un segundo estaba en acción. Y ahí estábamos, haciéndolo en la silla, dándole como caja y ¡paff!, la huea se rompe. Paff, nos venimos al suelo y ¡paff!, nos reímos y lo seguimos haciendo, me clavé como cinco astillas en la raja y justo con la quinta me fui. La mina se quedó un rato, estábamos los dos raja, cansadísimos. Después de haber estado como diez minutos tirados en la cama, se vistió, le pagué y se fue, pero con una gran cara de satisfacción, llegó dos veces, me dijo que desde que había empezado que no había tenido más de un orgasmo; me sentí algo feliz y muy satisfecho y muy cansado, ni te imaginai como es hacerlo cuarenta y cinco minutos seguidos, todo un record. Un ratito después llegó el dueño y me dijo que le tenía que pagar la silla. Le dije que no, que no era mi culpa, que se vaya a la cresta, y se fue, suena raro pero pasó así, se fue, así de simple, sin decir nada más, con cara de que en verdad no tenía toda la culpa. Luego me tiré en la cama y dormí hasta las nueve del día siguiente.

Un mes después, pasé a otro hostal. Hice lo mismo: pedí una pieza y una pu... mina, tengo que acostumbrarme. Esta vez lo hice sobre el escritorio y luego en la silla, también se rompió. El tercer mes también pasó. Al cuarto ya tenía fama, algunos me miraban y me decían: cuantas sillas van; ahora con quién la vai a romper hueón, algunos de esos comentarios eran medios en mala; cuando es la próxima; Cómo la hací, sensei, enséñeme. Así que lo tomé con humor, como más lo iba a hacer, y se me hizo costumbre, pero nunca como la primera, quizás solo con una. A los siete meses empecé a anotar con quién y donde. Luego de un tiempo pedía siempre a las mismas minas, excepto una que se hizo medio amiga mía, que conocí en un pueblo por ahí, se llama Fernanda Gutiérrez y es de unas de esas nortinas que se encuentran como poca, muy difícil de describir, cuando la encuentres te acordaras de mí y cuando la veas a ellas la reconocerás por esas piernas y culo de los dioses; tan resimpática que es ella, cada vez que la veo me da un par de sillas, una para romperla con ella, que lo hace mejor en la silla que en la cama, pero de todas formas me entretengo montones (ella es la única que esta a la par de la primera, a veces sobre, a veces bajo), en la parte de atrás del camión y otra para que dejara cuando rompiera otra en el motel. Tanto llegó a ser, que en algunos moteles me tenían una silla reservada si es que les pagaba un poco más, muchas veces lo hice, otras decía, para la próxima, para la próxima. En cambio en otros, me decían: no, no, no, no, váyase a romper sillas a su casa no más. Y bueno, esa es la historia. Hoy llevo alrededor de doscientos cincuenta sillas, llevo ya como siete años en esto po, quizás un poco más, en verdad ya ni me acuerdo. Pero bueno, eso es.

Me quede un poco extrañado, me dio risa y pensé que yo nunca lo había hecho hasta entonces. Pensé que si me encontraba con ella lo haría. Pensé que necesitaba urgentemente verla, que si no me moriría, al igual que ella me decía que si no encontraba una monedita de diez pesos durante el día, alguien querido iba a morir.

Luego conversamos harto, mucho rato y de muchas cosas, minas, caminos, desierto, trabajo, algo del pasado, política, etc.

Un día después me bajé. Empecé a caminar nuevamente, logré subirme a otro camión.
Al regreso me lo volví a encontrar. Llevaba tres más

Nota: Esta no es la version definitiva, pero se acerca. Las últimas correcciones se haran con sus criticas pertinentes. Enjoy

Texto agregado el 18-02-2006, y leído por 300 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
20-01-2010 entretenido tiene ese jueguito de poder variar astutamente en torno a las situaciones. quilapan
08-03-2006 ****** lagunita
28-02-2006 Muy buen cuento, y podría ser parte de otra historia. Creo que cada vez que vea una silla me voy a acordar de tu cuento. Te agradezco tu comentario porque pude leer tu cuento. familiar
 
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