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Inicio / Cuenteros Locales / gui / La sombra de la inestabilidad (Parte final)

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Años más tarde, Heston aún continuaba invocando estabilidad, palabra trasgredida y pisoteada por los ingratos hechos. Ya liberado del estigma de sus padres, creó sistemáticamente sus propios demonios al elegir una profesión que le proporcionaba cualquier cosa menos estabilidad. Constantes viajes, breves estancias en lejanos lugares, de los cuales retornaba con la implacable persecución de Percival, eterno acompañante y hacedor de desventuras, tal y si fuese un demonio encargado de encaramarse en las grupas de su existencia.

Después de innumerables desdichas, la voluntad de Heston pareció curtirse y evolucionó hacia un objetivo que en ese momento le pareció prioritario. Sabedor de que fuese a donde fuese, la sombra de Percival estaría al instante sobre él, discurrió simplemente acabar de una buena vez con todo y asesinarle sin ninguna piedad, idea tajante, precisa, madurada en esas noches de insomnio en que recreó sus propios dioses para refrendar la atroz determinación.

Repasó los detalles con la dedicación del que prepara un exquisito plato, siendo obediente de todos los pasos a seguir. Estudió todas las instancias, nada quedó al azar. Esa misma noche, Percival sería un cadáver y él se liberaría para siempre de tan odioso personaje.

Caminaba Percival con esa eterna y cínica sonrisa que nunca se desdibujaba de sus labios. Su paso era lento y despreocupado por aquel sinuoso callejón que gustaba de frecuentar todas las noches. Canturreaba una melodía de moda, parecía feliz, sin intuir que en breves instantes alguien empuñaría el arma que acabaría con su vida.

Heston apareció de entre las sombras como el despiadado asesino en que se había transformado y sin pronunciar ninguna palabra, apretó el gatillo y la bala cruzó el corto espacio que mediaba entre su resentimiento y aquel odioso personaje, el que cayó abatido con los ojos desmesuradamente abiertos ante el estupor de la muerte no esperada.

-Estabilidad, un poco de estabilidad- repite en el lecho de su celda el desafortunado Heston mientras el agua de su vaso gotea lamentablemente sobre las sábanas. Su cama cojea por la falta de una de sus patas, el lugar se estremece a menudo por la cercanía de la prisión con la estación ferroviaria.
–Estabilidad, sólo un mínimo de estabilidad- solicita mecánicamente el pobre hombre, mientras un tipo arrogante, desdibujado en la penumbra, alguien inexistente para los ojos de los demás, lo contempla calladamente desde su rincón, sofrenando una risa burlona…




F I N








Texto agregado el 20-02-2006, y leído por 164 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
13-10-2006 pufff.... magistral!!! helaste mi sangre... congelada quedo!!! a ver, no... no tengo pulso... 5* aruald
 
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