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Un antiguo caballito de madera, de color café oscuro, de esos que servían de balancín, pero que ahora estaba hecho astillas, se encaramó cierta noche sobre mi cama, sobresaltándome por supuesto. Eran como las tres de la madrugada y lo que menos espera uno es que lo aborde un corcel de esas características. Me aterroricé al verlo, pensando, como buen cristiano, que estaba frente a una pesadilla muy real o que era objeto de alguna pesada broma. En la penumbra pude reconocer luego a ese juguete y mi miedo se transformó en alegría. Claro, allí estaba mi caballito aquel en el cual nos encaramábamos todos los muchachos del barrio, hasta el guatón Valdivia, que era un verdadero coloso a sus ocho años. Sobre su lomo de madera, soñábamos que éramos osados e intrépidos vaqueros, valientes soldados, legendarios cosacos, que se yo. Recuerdo haber sido feliz sobre su grupa y muy orgulloso porque este, mi caballito adorado, era conocido por todos y por ello, elemento indispensable en nuestros juegos. –Cierto todo eso- murmuró el equino como si me estuviese leyendo el pensamiento, -fui muy importante para ti y por eso mismo estoy ahora contigo. Traté de despercudirme. ¡Que tontera esta, la de estar dialogando con un caballo de madera! ¿Acaso estaba enloqueciendo? Nuevamente el caballo habló como si mi mente fuese una pantalla de TV expuesta a sus ojos pintados. -¿Recuerdas la última vez que nos vimos? ¡Como no recordarlo! Mi madre estaba lavando aquella tarde y necesitaba hervir la ropa en el tarro ennegrecido que servía para esos menesteres. Yo tenía un presentimiento pero como niño inocentón que era, no sabía expresarlo. La leña escaseaba pero la tarea debía ser realizada de todos modos. –Anda donde tu abuela- me ordenó mi mamá con voz terminante. Sentí angustia, no sabía por qué. Esa tarde no deseaba alejarme de mi caballito pese a que las visitas a la casa de mi abuela eran algo que me apasionaba puesto que con ella reíamos como locos, jugábamos hasta quedar sin aliento y nos sumergíamos en el mundo maravilloso de la lectura. Pero esa tarde yo temía algo, un fantasma difuso que aún no se dibujaba con claridad en mi mente me molestaba con persistencia, era una duda, una sospecha, no lo se. –Anda donde tu abuela- me repitió mi madre y una luz iluminó por primera vez mis ideas. –No y no- me opuse. -¿No quieres ir donde tu abuela? ¿Qué te pasa a ti? Yo permanecí junto a mi caballito algo amurrado. –No quiero ir. Quiero quedarme en la casa hoy. Mi madre frunció el ceño y haciendo un alto en sus labores, se me acercó y posó su mano humedecida sobre mi frente. –No estás afiebrado ¡Que extraño! Hijo, debes ir donde tu abuela sino ella se va a preocupar mucho. ¿Qué te pasa? ¿Tienes miedo? Unos tímidos pucheros se dibujaron en mis mejillas. –Mamita ¿Me juras que no vas a quemar mi caballito? Ella me miró con esa tristeza endémica que tienen todas las madre humildes y pude captar algo doloroso que cruzó por su mente y se patentó en sus ojos pardos. –Así que eso te tiene inquieto, bribón. Se sonrió con tristeza y acariciándome los cabellos, me ordenó, ahora con mucha más dulzura, que me fuera sin cuidado, que el caballito no sería tocado. Salí, no sin antes dirigirle una mirada a ese juguete ahora incompleto, un trozo de astillas descoloridas que me miraba fijamente con sus ojazos esmaltados. Esa tarde tuvo para mi un sabor diferente, ni los juegos, ni la lectura ni ninguna otra cosa pudieron sustraerme de ese estado melancólico. Pero, no. -Mi madre no me puede engañar, por supuesto que no- pensaba y trataba de serenarme. Ese anochecer, cuando llegué a casa, pude darme cuenta que mi mamá había terminado su tarea, los montones de ropa seca esperaban sobre la mesa para ser aplanchados. La inquietud persistía en mí, tanto así que salí impulsado por la curiosidad y el miedo. En el patio, en el rincón donde mi mamá encendía la leña, se elevaba una débil columna de humo azuloso. Con el corazón latiendo desaforado, me acerqué para escarbar en los restos de madera y …allí estaba. Su tierna cabecita aún se negaba a consumirse y persistían esos ojillos vivaces que prevalecían sobre esos restos aún encendidos. Creo que ese fue mi primer duelo. Vinieron las promesas, las inútiles palabras de mi padre, las caricias de mi madre, pero nada logró consolarme. Nada. –Hasta hoy-musitó el caballo con su voz de pino envejecido. –Hasta hoy- repetí, mirándolo con una mezcla de risa embadurnada en emoción. –Pero ahora estás aquí y es como si hubiese regresado mi mejor amigo. –Fui tu mejor amigo, si bien lo recuerdas. Pero eso está demás decirlo, muchacho. Lo que ahora me trae hasta ti es una especie de promesa que le hice a tu madre. -¿Cómo dices? ¿Una promesa?
– Te voy a contar el resto de la historia para que lo entiendas- dijo el caballito, tragando saliva, savia o algo parecido. Ese día, el de nuestra despedida, ella se me quedó mirando con mucha ternura. Yo temía lo peor. Se acercó a mí y arrodillándose, me agarró del cuello y se puso a llorar amargamente. Decía entre sollozos: -somos tan pobres, tan pobres. Y yo sentía como me corrían sus tibias lágrimas por la grupa, por mis patas y me dolía el alma ver como la pobre mujer se desangraba de pena, tanto así que, sacando fuerzas de flaqueza, pude musitar: -Por favor, señora, que se va a enfermar. Ella se sobresaltó al escuchar esas palabras y se levantó de un salto. Me dieron ganas de reír a gritos. Pero recordé mi condición de condenado al patíbulo y conservé mi compostura. –No se asuste señora- le dije a tu madre-, Entiendo perfectamente lo que pasa por su cabeza. Pero ese conflicto que usted tiene debe ser remediado de inmediato. Écheme usted al fuego que bien necesita terminar con su trabajo porque mañana su esposo y sus hijos requerirán ropa limpia y yo, como usted bien comprenderá, en las condiciones en que me encuentro, ya no sirvo para nada. Tu madre no recuperaba el habla y sólo atinaba a mirarme con los ojos desorbitados. –Le juro solemnemente que en algunos años regresaré para explicarle a su hijo, con la serenidad que brindan los años, la verdad de esta historia. Y como tu buena madre estaba paralogizada de miedo, yo mismo me abalancé a la hoguera y sentí como las llamas me envolvían hasta transformarme en ceniza. Una especie de sinfonía se coló por la ventana entreabierta para enmarcar la mágica escena nocturna. La verdad es que estaba conmovido. Todos estos largos años cargando con ese tenue rencor hacia mi progenitora y ahora, sin que nadie pudiera explicar el por qué, aparecía este caballito adorado para poner un poco de justicia y zanjar de una buena vez el asunto. El caballo pareció sonreír y yo, nervioso como estaba, lance a mi vez una estridente carcajada. –Bueno- dijo el equino-, aclaradas las cosas, ahora debo retirarme. Y me miró con una especie de ternura que emanaba como un mágico fluido de sus pupilas pintadas. –Anda a ver a tu vieja- me dijo con una voz suave que me acarició el alma. –Ella te necesita de veras. Y en un simple pestañeo mío, el juguete desapareció de mi cama. Yo me levanté de inmediato, encendí la luz, pero nada, el caballo se había esfumado. Mentiría si digo que volví a cerrar los ojos aquella noche. A primera hora, en la mañana, fui a visitar a mi madre, teniendo la precaución de no contarle nada de lo acontecido esa noche. Ella me recibió con grandes muestras de cariño, tomamos desayuno juntos y antes de irme, me retuvo del brazo para decirme: -Anoche soñé que eras niño, que jugabas en el patio de la antigua casa. Mira los sueños que tiene uno ¿no? Yo sólo atiné a besarla con cariño y devolverle el crédito que tantos años le había mezquinado.

Texto agregado el 28-11-2003, y leído por 410 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
29-11-2003 guido, un texto tierno y melancólico, que arrastra tanta historia. al final, creo que muchas cosas carecen de importancia, solo sobreviven algunas. un saludo. Martin_Abad
 
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