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Inicio / Cuenteros Locales / tarengo / Una noche tempestuosa en la campaña (I)

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Para Fernando.

—¿Tú crees en los fantasmas?; —no, ¿verdad?
—Bueno, el recuerdo que ahora presento no es para que te asustes, sino solamente para narrarte un episodio de la vida campirana que sucedió hace ya muchos años cuando era pequeño y sin lustres, cuando estaba así como tú, de tu edad y campechanía; sólo que yo era más alto, pero igual de flaco y sin tu gallardía.
En forma más o menos calibrada, según mis cuentas, quiero referir lo sucedido en una noche llena de sobresaltos que tuvo lugar por los años 60s. Fue en medio de una encanijada tormenta que se dejó sentir por varias horas fiera y violenta; la cual, por lo tupido no nos daba tregua ni reposo, ni a nosotros, ni a los animales encajosos. Y en aquella desenterrada noche de recuerdos, todo esto se vio incrementado, rebosante de incidentes muy raros y escalofriantes; y se podría decir que hasta con ciertas cosas chocantes, con fantasmagorías de asomos del más allá. —Porque creímos de cierto que no eran del más acá.
Claro que todo lo aumentó, sin duda, el motivo del desacostumbrado modo de llover y las acciones que se presentaron, a mi ver, en la sencilla y tranquila vida habitual de campesinos, como era la nuestra sin desatinos; allí donde no era pena mantenerse olvidado, pues casi nada extraordinario acaecía en aquel poblado; sólo el milagro cotidiano y la conciencia de la misma sobrevivencia.
Fue en aquel rincón del mundo postergado de la civilización, donde con tu papá y tíos mayores nacimos, crecimos y obtuvimos la granazón; donde con el respiro y sucederse de las primaveras y su florescencia, rebasamos la niñez y la adolescencia; allí donde conocimos y cultivamos las primeras y sinceras amistades de admirar, que el tiempo insensible cambió de lugar. Época de fascinación, asombro y entusiasmo, al sorprender la existencia dejando brotar ante nuestros ojos sus tejidos de ser con espasmo; cuando veíamos que la transformación de pétalos y rosas, el entramado de fuerza, savia, vigor y energía se movía en las plantas, los animales, las personas y las cosas.
Era aquel mundo maravilloso de las alboradas espléndidas, que tantas veces con su fantástica sorra transgredió nuestra comprensión con asonadas impertérritas, dejando atónito nuestro ánimo disparejo, ante el descubrimiento misterioso del calor, sabor y substancias de la vida y sus reflejos. Fue el período cuando se desviste la mente inexperta y desmañada, para entrar al estado de la responsabilidad, la invención y la lucha por la sobrevivencia; etapa disimulada de la ingenuidad e inocencia que hizo despertar a la realidad más ruda e inerte, pintada en ocasiones con pinceles oscuros y trozos de crueldad, injusticias y sombras de muerte; cosas bellas y antagónicas que sin sonrojos desfilaron no pocas veces con su trajinar sombrío ante nuestros empapelados y pipiolos ojos. Pero también, época dorada de la niñez, donde nos mecíamos en el columpio de las coordenadas del tiempo sin gravidez, y nos deslizábamos en el sube y baja de la existencia cautivante, al sentirnos amados, protegidos y alimentados por el calor de aquella familia trabajadora, responsable y fascinante.
Porque este acontecimiento que describo y por el cual a veces lloro, fue cuando apenas me acercaba a los 10 años de edad, si mal no recuerdo y rememoro. Serían como eso de las doce de la noche, o bien casi la una de la madrugada, porque entonces no conocía los relojes. En aquel tiempo nos guiábamos sólo por la posición del sol.
Había sido una noche tempestuosa, de esas que además de frío por el agua que baja sin cesar y resfría el viento que halla a su paso, se ven también iluminadas a cada momento las esferas celestes con la lista de interminables e inflamados centelleos que hacen agrietarse el cielo. Parecía como si allá en el firmamento las nubes se estuvieran desgreñando y les saltaran fogonazos de canas encendidas en medio de salivazos de hieles atrabílicas.
Noche de sonoros y estruendosos clamoreos fue la de esas horas que te cuento; todo el cuadro estuvo agrumado de fragorosos y repetidos estampidos, como de platillos que chocaban y se besaban estrepitosamente; semejante a descargas irrevocables, cumplidas por un sayón ebrio y acostumbrado a tan repetidas sentencias fatales.
Del mismo modo, las convulsiones del terreno eran como estertores sibilantes hechos con un poderoso cañón de artillería culebrina. Porque todo aquel concierto que estremecía la tierra, también formaba una constante repercusión febril que corría hasta nuestras cabezas con ensordecedor y clamoroso fragor, como pretendiendo fulminarnos por un concluido delito de lesa majestad, pero ignoto.
Todavía, mientras el plúmbeo éter se deshacía en imponentes aspavientos, unas como municiones de mortero, en forma de ingentes balumbas de lluvia, continuaban resfriando el terreno lapachoso, convirtiéndose en llanto de hilos huidizos, los cuales escapaban avergonzados hacia partes más bajas del barrizal para esconder su debilidad o ponerse a salvo de los rayos. De igual forma, nuestra pobre casa, natural de adobes sin pintar, pero adornada con puntas de pajas, que tenía de dos alas y un cobertizo exterior y colgados por doquier aperos de labranza, estropeadas macetas y una que otra vieja estampa, también era atacada por el aguacero. No dejaba de moverse constantemente por la estridencia y tremar de aquella fuerza incorpórea, que a veces parecía hacerla bailar como un cacharroso trebejo en una fiesta de borrachos.

Estábamos ya cansados, y sin poder dormir porque casi todo el piso estaba encharcado y cenagoso. Además, como había llovido durante la jornada y la tarde precedente, aquel día no pudimos jugar, según lo acostumbrado, pues el campo estaba hecho un tremedal astroso. Sin duda que para los niños aquello era lo más grave y doloroso, pues esos temporales a destiempo eran incomprensibles para quienes entonces éramos pequeños. Sí, esto último era inmediato con la tormenta lo que sobre todo pintaba aquel cuadro de triste gradación trágica para todos los chiquillos dela vecindad; pues, resulta que siempre estábamos en competencia abierta primos y hermanos y tíos de nuestra edad. Allí todos éramos parientes; y hasta en el sueño planeábamos nuevas jugadas, aventuras y travesuras. —¿Que cuáles juego teníamos entonces?
—En primer lugar, el Béisbol, o en inglés "Base-ball". Ese era el deporte que más nos entretenía por entonces, y hacía que de cualquier campito construyéramos un estadio. Podíamos jugar partido tras partido, sin descanso. Corríamos todo el día y vigilábamos nuestro puesto en el campo, por caluroso que este fuera. Tomar parte en juego tras juego, esa era parte importante del rito de nuestra vida; y lo hacíamos repetidamente, sin acordarnos siquiera de comer, hasta que mamá (tu abuelita), nos gritaba o iba directamente a sacarnos del campo casi por la fuerza llevándose en su mano nuestra oreja, para ponernos delante del plato de frijoles.
Luego del béisbol, estaban todos los demás que siguen en la tradición de los niños: las escondidas, los encantados, el cuero caliente, el teléfono descompuesto, la culebra, deslizarse por las ramas de los árboles, las maromas, columpios y demás. Recuerdo también que a tu papá y a mí se nos ocurrió uno nuevo, que era en realidad una prueba muy dura, y se debía hacer descalzos; pero dicho juego, solo se podía practicar en los veranos más calurosos, cuando la tierra bombardeada por el sol estaba encendida. Por eso lo llamamos: "La tormenta del Canana". —Dile que te cuente cómo era la competencia, pues en ella los más valientes corrían y abandonaban el desafío.

Bien, pero ahora prosigamos con la narración de estos recuerdos intensos. Te decía que como el agua acrecía sin media, y había caído en modo intermitente durante la tarde antepuesta; y, sobre todo cuando llegó la hora del descanso del sol, sin nadie que la viera se descorrió la lluvia sobre aquellos campos inermes; creo que mucho más apiñada fue allá en los cerros de la montaña del Cubilete, los que están frente al pueblo; porque —según el color negro de las nubes— por lo bajo que volaban, quería decir que acababan de descargar la mayor parte de su contenido hídrico, como para descansar de su peso, o consecuencia de la borrachera antepuesta con los hervores etílicos del mar.
Por esta razón, el río con toda seguridad e inexorablemente debía hacer crecer todo su caudal y sus rentas; esto, en forma amenazadora para la clase trabajadora de aquellos contornos en las próximas horas. En realidad ya estaba bastante elevado su nivel en este lapso que describo; todavía, sin embargo, esperábamos con temor la llegada de la gran creciente que formaba en casos semejantes y portaba amenazas de rebasar los bordes del riachuelo. Y a esto, se unían inseparablemente las consecuencias de llevarse irrespetuoso cuanto encontrara a su paso, como ya había sucedido más de una ocasión, de lo cual se tenían tristes recuerdos.
Pero algo más fatal significaba todo aquello, pues la creciente llegaba con una fuerza incontrolable y temible, para dejar no solo la memoria atormentada de la desprevención, sino la amenaza de las mismas vidas y la pérdida de los animales domésticos, que era todo el patrimonio de los pobres.

Debido a lo anterior, durante aquella noche que se hacía más larga por la obligada vigilia, teníamos algo más que desconfianza. La aprensión se convertía en continuos sobresaltos, a causa de la magnitud, lo descomunal e inusual tormenta; la cual, por su parte, indiferente y libre, seguía cayendo, gota tras gota y a ratos a chorros desbocados, mientras hacía cantar, a su modo, la bóveda celeste. Con todo, éramos conscientes de que ésta, al fin y al cabo, iba solo de paso, y que como el tiempo y la vida, ella pasaba y se iría por los caminos del ancho cielo. Por consiguiente y en forma propia, el miedo aventajado e influyente, era más bien sobre la amenaza del desbordamiento seguro de la torrentera y no de la lluvia botarata.
Esto anterior, porque se nos hacía presente aquello que desde tiempo atrás solía repetirnos un señor que se llamaba Don Camilo —tú no lo conociste—, cuando andábamos trabajando en su compañía; y, pues como chiquillos irreflexivos y guasones tomábamos a juego todo cuanto hacíamos en la labor, entonces él nos llamaba para decirnos en tono solemne y sentencioso:
—"Niños, aprendan esto que no es broma: con el trabajo, el fuego y el agua no se juega. —Estas cosas son muy serias y delicadas, y se les debe tomar la medida para que un día no arrastren con nosotros, pues tienen una fuerza incontenible. Y, quien cae en sus garras y excesos, difícilmente se puede salvar".

Pero, no creo te pudieras imaginar siquiera cómo estábamos aquella noche, durmiendo; bueno, los que podían de pie; recargados unos con otros y despertando a cada momento porque el agua estaba fría, o porque nos indicaban que ganáramos tal o cual rincón de la casa menos enchapatalado. Todo eso, porque la cantidad de lluvia había sido más de lo normal, y porque entonces, el techo que era de tejas, con cierto disimulo comenzó también a llorar. —Sí, se habían remojado las piezas de barro, al punto que se hizo un álabe que minaba el agua por doquier, y aquello se convirtió, primero en un cedazo, y luego en un especie de cernidor de graba; pues había zonas en las que chorreaba descaradamente el agua y daban ganas de salir a protegerse bajo la lluvia, porque a ratos era más discreta y no se venía toda de sopetón.
Pero, todavía más, en tales circunstancias húmedas, y a pesar del viaje de camello que hacía el tejado; de repente, un potente estampido nos puso a temblar y resfrió el aliento hasta la médula de las uñas de cuantos habitábamos en aquella estropeada vivienda de dos cuartos y un cobertizo añadido. La precedió una turgente iluminación repentina que se hizo ostensible en toda aquella empapada morada de arrendatarios, la cual parecía más bien una chalupa en declive a un punto de la zozobra.

—¿Que si se fue la luz? —No, más bien llegó la luz. Y la hizo presente, o la produjo con fuerza potente e instantánea un colosal y fecundo rayo, el cual descaradamente impetuoso, y sin pedir permiso, atravesó las paredes de adobe e hizo que todo quedara iluminado de repente.
—No, no teníamos luz eléctrica, eran solo velas de sebo o de parafina, o aparatos de petróleo, los utensilios fluorescentes que se acostumbraban en aquel tiempo, y aquellos que se podían conseguir con los pobres recursos económicos que eran menos que escasos. Solo que en aquella fracción de segundo nos vimos todos los rostros asustados, y nos descubrimos cubiertos, quien con una chamarra deslomada, un costal de raspa, o una trozo de cobija. Pero, hubo más aún: luego de aquel esplendor fulgurante, todo volvió a hacerse tinieblas y llegó sin tardarse, precipitado y sintiéndose hueco, profundo y desvencijado, como para hacernos brincar medio metro del suelo, un intenso e intolerable señor sonoro estruendo que, de oírlo retumbaría en las orejas del más tapiado sordo.
Los animales aullaron de dolor y un tanto avergonzados, porque quedó también herido su orgullo, pues los dejó descubiertos y asustados escondidos debajo de la cama; y lo percató más su delicado tímpano con aquellos altos decibeles, que, al sentirlos, hubieran dejado hasta bien calvo al más aguerrido rocanrolero. Toda la casa experimentó una sacudida desde sus raíces y las paredes temblorosas se pusieron a lagrimear; es decir, soltaron las moronas de tierra suelta al agitarse medrosos sus adobes. El techado que era de tejas, ya bien remojado como estaba, bramó pesadamente: como cuando a una res se le avienta la carga de improviso y lanza un quejido; y las vigas que lo sostenían emitieron también acerbos gimoteos, pero refinados, aunque dolorosos como si se les hubiera roto la columna vertebral o la mitad del fémur.

Se trató de un temblor inusitado en aquellos lugares y jamás vuelto a oír durante mucho tiempo en sus inmediaciones y arrabales; pero no lo produjo algún terremoto o el movimiento y acomodo de capas geológicas subterráneas; sino más bien, fue ocasionado por el halo de un rayo furiosamente enamorado, que descargó desalmado y violento toda su fuerza sobre un árbol plantado frente a la casa, sito a cinco metros de nosotros. Luego nos explicaríamos todo, pues las galantes ramas del ingenuo mezquite atrajeron con sus neutrones y electrones en aquella noche nada romántica, los protones inconscientes y apasionados de un inflamado rayo, el cual vagaba conquistador chasqueando sus bigotes de fuego por el viento; y este, con un halago imponente y abrasador lo hizo saltar en añicos, como para fundirse con él.
Fuimos al día siguiente a recoger los despojos, y pudimos conjeturar, con matemáticas hechas con los dedos, pero atónitos de miedo, la brutal fuerza desatada y manifiesta, al ver completamente destripado al gigantesco árbol que quedó desfigurado. En el ambiente remoloneaba todavía como un ligero olorcillo a humo negro y picajoso. Hubo trozos hasta de cincuenta kilos de peso, que saltaron desperdigados y quedaron a más de cien metros de distancia donde yacía consumido y escacharrado el que había sido hasta aquella lóbrega y trágica noche un árbol fuerte.
Los restos, de aquella secular y maciza planta de mezquite en poco tiempo quedaron disminuidos y convertidos en un despostillado tocón y, días más tarde, completamente secos. Esto, sin duda, como anatema por su atrevimiento. De sus raíces más profundas, con el pasar del tiempo brotó un retoño; alguien dijo —parece que fue el abuelo— que era un vástago de frijol, o calabaza silvestre, el cual un día de estío fue hollado por la pezuña de una vaca presumida y vanidosa, la cual era haragana e infructuosa: comía mucho y no daba una gota de leche. Pero el caso es que del mezquite enamorado y valiente no quedó recuerdo alguno. —No hay que buscar más en crónicas del tiempo, ni tampoco en archivos municipales, porque sólo se conserva esto que escribo, para dar fe que existió.

Pero, con todo lo ocurrido hasta entonces, todavía las peripecias eran pocas; pues la vigilia tempestuosa no terminaba allí. Ya te decía que esa vez nos llovió sobre mojado; porque, ante todo, en esa notable noche alucinante se cernía sobre nosotros y el poblado rural, la amenaza del torrente que en crecida ya vendría alegre y veloz descolgándose por el hinchado riachuelo. Casi lo adivinábamos sobrepasando sus riberas y espumando todo el herbaje a su paso, intentando salirse de su lecho, como cabras saltando en corral ajeno. Y, como las compuertas de nuestro canal estaban muy bajas, era necesario y prudente que se elevaran totalmente metiendo los tablones hechos a propósito para llegar hasta el ras de la tierra en los bordes más altos del río; lo demás, quedaría en manos de la destino, pues —como decía don Camilo— con el agua no se juega.

Mientras tanto, seguía lloviendo a jarros, y los rayos cimbraban y ponían al descubierto muchas conciencias llenas de miedo. De modo que, en tales condiciones, ¿quién le ponía el cascabel al gato? Se hizo una junta con los principales jefes de la casa; los cuales, sin las pipas de paz acostumbradas, y desde el sitio donde se encontraban, comentaron aquello que estaba por venirse junto con el peligro y consecuencias para nosotros, muchos parientes y conocidos de aquella explanada llanera.
La deliberación familiar coincidió en el común acuerdo de lo imprescindible que se hacía intentar la salida, aún en medio de la tempestad, para ganar cuanto antes el río; y se repitió sin reservas que antes de que fuera demasiado tarde era imperioso ejecutar aquella obra para proteger toda la ranchería de una inundación segura. Pero, solamente después de largo y tolondro silencio, y ante la premura constriñente, por fin, entre todos los presentes, hubo un valiente.
Fue la voz de uno de los hijos del dueño de casa, que entonces tendría unos 18 años, el cual dijo decididamente: —"Yo voy al río para poner los tablones a la compuerta, ¿quién me acompaña?". Se levantó un nuevo silencio sepulcral en aquel ambiente de sopor y de desmayo, que parecía haber entrado una divinidad; pues, con la cabeza baja, tapados con las cobijas, todos parecían dormir.
Aquel momento quedó cerrado, hermético y sin aliento, sin cuenta en el tiempo ni la historia; tan sólo se vio perturbado por el vuelo imprudente de una mosca que cambió de lugar, pues le cayó una gota de agua helada que la constipó y tal vez murió al día siguiente con los primeros rayos del sol. Mientras, seguía la mudez en calma chicha; y, como nadie pronunciaba la respuesta con su yo comprometido y, porque precisamente en aquellos momentos parecía escampaba un tanto la chubasca, entonces el hijo del dueño de la casa, se dirigió decididamente hacia mí, como dándose cuenta de un descubrimiento. —Dijo simplemente: —"Como nadie quiere ir, tú me acompañarás".
—Sí, él sabía que yo nunca decía que no a nada difícil, aunque no pudiera ni supiera hacerlo. Por eso, colocándome un sombrero alado y tomando una chamarra con las mangas más largas que mis brazos, que alguien me propició, —tal vez fue tu abuelita—, salvé de un tajo la situación yendo detrás de aquel valiente a cumplir un imperioso y delicado deber en bien de la familia y moradores de caseríos comarcanos.
Salimos importantes y desenvueltos —observados por todos—, como si nos dirigiéramos a la conquista de la tierra prometida, o al descubrimiento de otra América en un planeta desconocido. Yo me creía un soldado valeroso que iba dispuesto a dar la vida por el bien de la patria. Mi paso era seguro y con aire marcial. Punteaba todo el peso del cuerpo sobre los talones, clavándolos con fuerza sobre el lodo cada vez que la tapa-zuela del huarache avanzaba un tranco. —"Así se debe caminar: siempre erguidos con la vista hacia el horizonte y metiendo a cada paso primero el talón" —nos enseñaba el abuelo—, y no arrastrando los pies como los arrieros.

Al salir apenas del portal y cruzar inmediato el tajo que dividía la casa del camino, fuimos los primeros en descubrir la hazaña triunfal del rayo y del mezquite vencido; pero, sin comentario alguno, solo echando una bocanada de humo picante, del que había mucho en el ambiente sin necesidad de fumar, emprendimos resueltos la travesía por el sendero mojado. Íbamos a trancada desenvuelta y continente gallardo, como soldados a prestar el auxilio que, en tales condiciones se hacía un imperativo de aleccionada conciencia. Mal vestidos, pero dignos, braceábamos uniformes mientras volaban las garras de nuestras pobres vestiduras al aire como alas, para ganar lo más pronto posible aquel borde marginal que tenía su boca abierta sobre la acequia que llegaba hasta nuestros campos y pasaba a medio metro de nuestra casucha vieja.
Y, en tanto que caminábamos por la llanura abierta, fuimos premiados inmediatamente por el espectáculo de aquella especial noche de fiesta. Contemplamos cómo el cielo seguía encapotado y daba trazas de desacuerdo, —con la consecuente ganancia para todos los chiquillos, pues al fin dejaría de llover y podríamos jugar al día siguiente. Veíamos cómo se abrían ciertos claros en el cielo empíreo, entre algunas nubes ralas y difusas por donde se asomaban curiosas las estrellas; esto dejaba ver el rompimiento de un pacto entre los nubarrones que se habían acordado para darle al cielo una pintada, de color oscuro y tonos subiditos, y nos habían asustado con sus gritos descompuestos en toda aquella noche trastornada.
Pudimos observar también los rayos débiles de la luna, que tímidos traspasaban y descubrían en el fondo la índole de un celaje delicado y vaporoso, digno de ser contemplado por los pintores y artistas de pinceles delicados; y, cómo desde su puesto tan alto, habían dejado de lado sus poéticos arreos aquel día y hasta lo avanzado de la noche en este lugar aquel grumo compendiado de nubes desbocadas; esas mismas que, burlonas y esquivas se quitaron el reboso de colores para vestirse de mala laya, apropiándose del espacio techado de nuestro cielo, para dejarlo convertido en refriega litigiosa de tempestad violenta; todo ello con la consecuencia dicha, que nos impidió jugar por todo un largo un día a los todos los chicuelos; y ahora nos hacía ser, en aquellos momentos desacostumbrados e inoportunos, dos paseantes extraños bajo las escondidas y volanderas estrellas.
Con todo, aquel espectáculo era singular, pues parecía escapado de un álbum de relatos ilustrados y sus páginas se movían con el viento. Tales cosas íbamos admirando los dos privilegiados caminantes en el corazón de la noche, mientras muchos otros seres melancólicos y apesadumbrados dormían y se revolvían en medio de las pesadillas y el sueño que es barrunto de la muerte.
Más delante, pudimos observar igualmente, cómo las nubes en pugna habían vertido su sangre guerrera, pero blanca y fría sobre los campos de nuestro valle, la cual se retrataba todavía espejeante en los surcos y quedaba fijo el aguadal en los hoyancuelos del ingente pradal. Hora enclavada en el corazón de luces de estrellas y tinieblas del anubarrado firmamento, de frío y humedad era aquella, cuando comenzaron también su festivo croar las ranas que, irresponsables hacían la ducha cantando, como mucha gente desentonada y ronca. Allá por los bordes del tajo oscuro y resbaloso chillaban, raspeando su nota tópica del mismo modo los grillos.
Nosotros, mientras avanzábamos por el camino, no dejábamos de mirar el cielo, a parte por los ojitos inquietantes que nos hacían las estrellas, pues nos parecía columbrar —como decía el abuelo—, que arriba en el firmamento todo se estuviera resolviendo satisfactoriamente, o al menos con ciertos despachos clandestinos; pues, mientras unas nubes presurosas o vencidas se extinguían, el resto, rencorosas o embajadoras de la paz —según la conciencia que la mire—, no dejaban de atronar, e iban dándole alcance a otras más negras, las cuales seguían llorando su líquido hídrico sobre la tierra.

Y, cuando se acabó el sendero por donde transitaban a diario los medios circulantes; —en aquel tiempo sólo la lechera y los carros de mulas, el panadero y algunas bicicletas—. Aquella travesía que venía desde el casco de la antigua hacienda de La Pila, donde vivíamos primero toda la familia y fue el lugar donde nacimos tu tío Félix y yo; cerca de donde vivía Tomás, el primo que nos llevaba veloz las noticias frescas de todos los acontecimientos importantes de la región.
Era el mismo camino que descendiendo más abajo, quedaba partido en dos brazos, donde surgían otros senderos, como apéndice, que formaban una cruz con el que seguía y en el centro llevaban una sajadura poco profunda: una parte corría hacia la nueva granja, donde vivía la famosa vaca lechera llamada "la Bonita", aquella que ganó muchos premios en las Ferias; allí estaba también el astado morlaco, célebre en la región llamado "el Campeón" —pero que no queríamos porque ingrato un día mató a su cuidador clavándole sus cuernos en el pecho, —según vino corriendo a decírnoslo detalladamente Tomás; quien por cierto, se quedó esa tarde a jugar béisbol con nosotros y dio un fuerte batacazo que de retacho le pegó a la tía Rosa; con eso acabó el partido, se dispersaron los jugadores y todos huimos; aunque de noche, y ya metidos entre las cobijas, no escapamos del merecido castigo que nos propinó tu abuelita, por haber hecho del patio un campo de juego.
La otra punta costanera del camino, se extendía hacia la parte baja por donde hacía su descenso el río, era aquel tajo donde vivían a un lado los Parra y al otro tío Chinto y mi padrino Trini, cerca de la alberca cenagosa donde íbamos frecuentemente a nadar y tu papá me salvó una vez la vida.
Era aquella travesía central que recorriéndola siempre de frente, luego del campo grande de béisbol, pasaba los campos fecundos de don Chito, para luego tocar la casa de los Pérez, allí donde vivía Julia, la hija de Damián, que también iba a la escuelita con nosotros y que dejó de ir porque emigraron a Ocotlán. Ese ramal que atravesaba la ranchería de los tres hermanos: Don Leno, Don Librado y Don Daniel, el esposo de tía Modesta; allí donde teníamos miedo pasar aún de día, porque al más leve rumor que hiciéramos salían como tromba enfurecida costales de perros cenizos y costilludos, que enseñaban invariable y amenazadoramente sus dientes, y siempre hacían correr amedrentados con los gregüescos tirados de una mano, a todos los chiquillos espantadizos.
Era el mismo trecho extendido que pasaba junto a la antigua casa del abuelo, donde todavía en mi tiempo nos reuníamos los pariente en aquellos tranquilos atardeceres, para escuchar la única radio transistorizada y de baterías que había en la ranchería —era del tío “Chiquillo”—, la cual sustituyó la voz sapiencial del abuelo. Esa casa donde vivimos muchos años, lleno de tantas experiencias primeras: agradables, sorprendentes y chuscas; como aquella de tu tío Jenaro y yo, que reíamos hasta destornillarnos cada vez que íbamos a visitar a la “Fortaleza”; —así motejaba él a una marrana flaca, formada por una torre de huesos, la cual siempre sucia y hambrienta residía en uno de los chiqueros de Don Leno.
Ese mismo era el camino donde aprendimos a pedalear a “la Clarión”, la vieja bicicleta de tu abuelito, la cual, por cierto, cada rato nos aventaba al fondo del tajo y nos hacía sudar para ponerla de nuevo en el camino. Después, siguiendo el rumbo, el recorrido de tierra que señalo, pasaba cerca del viejo pirúl, siempre sombreado por rumor de colmenas, donde una noche asustó tu abuelito a tu papá, a tu tío Félix y a otros muchachos que les quitó todo lo que tenían de valiente.

Pues, este espacio que te describo era precisamente el trazo final de todo aquel ramaje que desde la Hacienda conducía hasta la carretera enchapopotada, pero angosta, la que se dirigía una punta hacia Romita, de donde llevaban las limas a vender al camino real, que luego llamaron la carretera Panamericana; y la otra venía a pocos kilómetros, desde el pueblo de Silao, aquel de entonces, más pequeño y silencioso.
Y fue precisamente allí, donde se formaba una Y, cuyas puntas se prolongaban, y extendían una carta geográfica de divorcio, una ganaba hacia el río, y la otra subía hasta la carretera asfaltada. Allí se moría el camino, sin cuidarse de sus hijos, los cuales tampoco llegarían a juntarse más, por empeñarse en formar líneas divergentes.
En aquel punto achaflanado, precisado por unos matorrales de unas hierbas altas y con espinas verdes que llamábamos mielecillas, porque daban coronas de flores rojas que chupábamos golosos imitando a las abejas; en aquella señal que sepultaban su misteriosa pero necesaria división, todos los caminantes debía hacer una opción: ¿cuál de los dos caminos será el mejor?
Nosotros, traspasando aquel sesgo oblicuo, tomando la derecha, nos dirigimos en dirección al río, y cabalgamos el canto de la acequia, que allí se hacía más estrecha, en modo que no se podía caminar por aquella vereda parejos. Era necesario tomar el uno la ventaja para no ser pisado el calcaño por el que venía detrás; y, sin echar suertes, di primero la zancada, rompiendo decidido el ángulo, pues esta vez era segura la elección del rumbo.... (Continuará).

Texto agregado el 29-11-2003, y leído por 369 visitantes. (0 votos)


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