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Inicio / Cuenteros Locales / tarengo / Una noche tempestuosa en la campaña (II)

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Sí, todavía llovía, y lo noté más, porque en aquella pequeña subida lo tupido de las mezquiteras desaparecía y dejaban ver el cielo descubierto. En esos instantes también, como preparando una escena, la luna espantó unas telillas de niebla opaca que se le habían enredado en la cintura, y proyectó más luz refleja sobre aquella calvicie de terreno resbaladizo y pegajoso por la lluvia turbulenta.
Desde la ciudad, mojados y muy vidriosos llegaban apenas los destellos de la modernidad orgullosa que competía cobarde con el sol; pues su reflejo salía solamente de noche, difundiendo un remedo de claridad a través de la irradiación de energía, convertida en luz difusa; esa fuerza, que es partícula y onda, como tú sabes, y la llamaban con una palabra rara que hacía reír mucho a tu tío Jenaro siempre que la pronunciaba solemne: —"luz Eléctrica"—. Eran rayos cansinos que no podían iluminar más allá de cuanto tenían en su nariz y la frente. Porque, en efecto, todo cuanto existía a mayor distancia, a partir de un kilómetro en redondel, o menos, se iba convirtiendo en cabellera negra y suelta del poblado, donde se revolvían y brotaban sombras melancólicas y se confundían con las ramas de los árboles o las colas esponjadas de las ardillas y, más lejos, en las puntas de sus trenzas aullaban a la luna las fieras famélicas, como zorras, lobos y coyotes.

Caminábamos con celeridad y algo de recelo en medio de la noche tormentosa; con la vista baja, como los monjes en sus conventos, o los seminaristas de otros tiempos cuando iban de paseo. Por eso, impresa la debida urgencia, en poco tiempo nos pusimos a la exigua cota de veinte de metros de distancia separados del río, el cual ya desde hacía rato nos dejaba oír un acentuado gusto por cumplir su misión.
En efecto, desde cien metros atrás, en aquel campo desolado y la noche llana, hasta nuestros oídos se comenzó a percibir la entonación casi berreante de un canto que se confundía con el viento y la tormenta; a veces se escuchaba como un silbido del agua que bajaba también de prisa, pretendiendo pasar desapercibida, sin ser notada; o tal vez muy humilde y presurosa en busca de un sitio más bajo, enfilándose afanosa hacia el mar para volver a repetir el ciclo de su vida servicial.

Fue entonces y en aquel puntual y explícito momento; en aquellas acertadas coordenadas geográficas del camino tendido hacia el río ya cercano, cuando sobrevino un acontecimiento pasmoso. Fueron dos acciones que se desarrollaron como un breve abrir y cerrar de ojos sucesivos: cuando me incliné para sacudir el sombrero, y al levantar súbito la mirada. En una fermentación instantánea de tiempo, percibí de repente y descubrí la presencia de alguien cercano, ya frente a mí, que estaba puesto de pie, esperando y al acecho a la vera del camino.

Me detuve como paralizado por un rayo. —No, yo no había seguido el ejemplo del mezquite—; pero, del susto, casi salté también en mil pedazos, como aquel árbol recientemente deshecho que acabábamos de contemplar moribundo; pero en ese mismo instante, me sentí asaltado por una tremenda angustia devastadora, inexorable, junto con el gemido mudo de un estremecimiento desconcertante que no pudo engendrarse. Sí, un grande escalofrío envolvió y recorrió todo mi cuerpo de los pies a la cabeza:
—Así como si te hubieras metido de repente en medio de la lluvia helada, sin ropa y sin capote; —como si te hubieran soltado cuando estás arriba del "sube y baja", y a ver cómo bajas; o bien, —como si te arrojaras desde mil metros de altura hasta el suelo sin paracaídas. —¿Que si soñaba?
—Sí que era cierto todo aquello, niño perillán; —claro que no dormía—, porque caminaba y me movía, luego vivía.

Y allí, en aquel paraje solitario y deshabitado por completo; allí, en aquel lugar, al trasluz de aquella velada noche de efluvios sombríos, donde no podían iluminar las luces de la ciudad, porque el sitio caía en la región y madriguera de las fieras, alguien estaba frente a mí.

Desmayado casi, estuve un segundo en glacial suspenso, que para mí se hizo eterno; pero, además, como frené de improviso la zancada, rompí la marcha militar que la seguía. Mi compañero casi chocó conmigo y me dio un pequeño empujón; aunque instantáneamente levantó de igual forma su mirada, y pudo observar por encima de mi sombrero, al igual que yo, paralizado y sorprendido, aquello que no dejaba de contemplar estupefacto y sin saliva, mientras sudaba frío. —¿Que quién era?

—Pues, eso no lo sé y nadie los supo jamás. Después que han pasado más de treinta años desde aquel extraño suceso, todavía no acabo de hallar alguna explicación adecuada, procedente, legal o conveniente. O, como decía "el Charro" —un filósofo de campo pensante—: "Hay cosas que no tienen declaración justa y prudente".
Sólo puedo afirmar que era, no la figura, ni tan sólo la apariencia de una mujer, sino que se trataba en realidad de un ser de su especie, tipo y traza. Esta tal y atrevida criatura, salió como por ebullición del fondo de la tierra, pero no de la nada. Era, sí, del todo extraña; rara, anormal e impensable y aún absurdo que viviera en semejantes lugares o sus marbetes; y, además, absolutamente insostenible, injusta e impropia su presencia en aquellas horas y tiempos tan indispuestos.
—¿Que si los dos emprendimos la fuga al momento, despavoridos?
—Pues, poco faltó. —Pero, no; —no podíamos hacerlo. Primero, porque quedamos como engarrotados, paralizados o aprisionados por un alto total. Luego, cuando nos pudimos mover, intuimos que era impensable regresar, como los soldados vencidos, sin espadas y sin banderas. No, nada de retrocesos: debíamos llegar hasta el río y cumplir nuestro alto cometido de salvar la vida de los moradores, que tenían en nosotros a sus únicos salvadores.
Por eso, haciendo que se ensanchara el sendero, y con temor de caer a la acequia que amenazaba como fosa en aquel hondón quebrado hacia los campos de labranza, seguimos adelante. Nadie dijo nada. No podíamos hablar. Ella tampoco expresó queja, suspiro o lamentación alguna. Fija, a la vera del estrecho camino, estuvo por unos instantes observándonos, como vacilante y mortificada; entre curiosa y reservada, entre mujer y fantasma, entre forma viviente y ánima espectral.

Yo sólo informo y constato, con fe de erratas que pude corregir después —y ahora mejor cuando ya soy viejo— que, cuando pasamos los dos a su lado casi rozándola —pues el camino era estrecho— pude curiosear su rostro sigiloso a través de los pálidos rayos de la luna, y pude notar que:
—como que quiso lanzar una sonrisa y luego la recogió discreta; —como que se quedó con una palabra insuficiente entre los labios, que no logró formular por falta de un sinónimo; —como que derramó una lágrima y esta se confundió con el agua fría que seguía cayendo como fuego gastado y discreto, lo cual le resfrió, sin duda, toda intención y empeño.

Sin más preludio ni palabras logogríficas, te digo que parecía un ser de lo más normal del mundo abstracto; pero, lo raro es que ella iba toda vestida con ritmo de fiesta en aquella noche de loca y tropical tormenta. Endosaba un vestido blanco muy holgado, como para dar bien el paso; este le llegaba al ras del suelo y le cubría los talones; y, si mal no recuerdo, o mi vista no la hizo reír el albor del miedo, o bien, una gota de lluvia que se resbaló indiscreta: su atavío todo era bordado en bocací espeso, filigranado, con un fondo en holandillas sin churretes y con algunos ribetes; llevaba los hombros descubiertos y una larga cabellera ligera y grácil, pero sin bucles de empaque, los cuales jugaban con el viento y las puntas también sedosas casi barrían la tierra mojada.
—¿Que si era una mujer vieja, fea y aterradora?
—No, —todo lo contrario. —Parecía una mujer joven, pues el semblante circunspecto denotaba que su edad no había alcanzado la mitad de la vida. Era alta y esbelta, pero daba la impresión que estuviera fija como una estatua de nácar viviente, como posando para una fotografía; sin embargo, había como un dejo de tristeza en su aspecto y lozanía; era como una pieza cara para museo, esculpida con mucho cuidado por un artista viejo y sin trabajo, con miedo a pedir limosna. La exhalación de aquella mujer aparecida se resguardaba penosa en su silencio, aunque se mostraba dramática, estacionada y solitaria, contemplada en sus efélides del rostro sólo por la luna. Se hallaba retraída y triste, suplicante en su misterio, porque aún mojándose con la lluvia, no podía hablar, ni reír, ni llorar, por más que se esforzaba.
Triste y sola, veía pasar y sentir el agua a lo largo de la esencia de su entero cuerpo, o escuchar la canción del río, el romance triste de los grillos y una imperceptible canción de cuna. Y parecía que no podía moverse, porque estaba sujeta a un destino incomprensible. Sí, tenía un aire como si hubiese salido de las entrañas de la tierra muda, solamente para vernos marcar el paso de milites sin fusil en aquel desfile de patrulla nocturna.

Nos vio a los dos y sin musitar algún gesto o clamor, como impotente por una sentencia superior, luego de mostrar su raro viso y su presencia, cerrando sus ojos, nos dejó pasar. —No, no pudo, o no quiso revelarnos su enigma, pues era un ser de ultratumba, a quien no le fue permitido acusar sino sólo una lánguida y curiosa existencia de víctima extinta y rediviva.
—¿Que por qué digo que era un ser del más allá?

—Bueno, pensar que no era de más acá o cerca de aquí, fueron estas también simples conjeturas y conclusiones, tal vez baratas y fortuitas, que hicimos mi compañero y yo, luego del suceso y mucho tiempo después de lo acaecido aquella noche pavorosa. —¿Que en qué baso mis razones?

—Porque, era entonces como la una de la mañana; ella estaba sola y muy lejos de la ciudad; además, estaba lloviendo y parecía que ella cuidaba el río, o esperaba que éste le devolviese algo robado. También, por su porte desinhibido y esotérico; por sus vestiduras singularmente blancas y elegantes, su pelo tupido, largo y suelto; sus pies descalzos y sin callos; todo lo cual era nada concebible en aquel tiempo.
—No, no había cámaras cinematográficas alrededor; de modo que tampoco se filmaba una película de terror o de marcianos. Tampoco se trataba de alguien que fuese conocida en aquellas regiones, ni en todos sus alrededores. Pues entonces nos conocíamos todos.

Nada, pues, tenía que hacer una mujer así y de tal aspecto en aquellos parajes solitarios; y, además, estaba ella toda envuelta por una emanación extraña y un aire sigiloso que tocaba las puertas de lo más alejado de la realidad: era y no era, pues a ratos semejaba como un efluvio vaporoso. Quería reír y se desdibujaba su rostro, o temía hacerlo, como si le fuera salir en tono de suspiro. —No, tampoco era una loca. —Era pulcra y bien vestida, y respiraba un porte distinguido y de garbo impresionante; como de reina destronada, pues no traía su corte, ya te dije que andaba sola; tenía, tal vez, enmascarado el trazo de una mujer valiente que cargaba un destino incomprensible y misterioso. Parecía que había llorado mucho.

Pasamos de largo, y yo viéndola de reojo, como para correr y dejar a distancia el renombre de valiente —pero salvando el pellejo—; o también, atento por si concertaba insidiosa una celada. Pero no hubo nada.
Y así, cargando con una maraña de cosas en la cabeza sobre aquel asunto, además del sombrero, sin decir más nada llegamos hasta el paso temible del torrente, el cual a esas alturas estaba muy excedido y era como un brazo de mar revuelto y desenvuelto.
En medio del bullicio, las aguas poderosas y desencadenadas del río arrastraban árboles enteros y hasta animales perezosos e imprudentes que encontró durmiendo o haciendo parihuelas en sus riberas. —Recuerda que con el agua no se juega—, y menos se podría dormir tranquilo y a pierna suelta sobre sus olas destocadas.
Se adivinaban en aquel desboque de bramidos inconscientes, chasca de mezquites y de pirules florecidos; corrían también y sin saber dónde, tercios de carrizos con sus raíces blancas y barbudas; iban moviéndose en grotesco desfile una gran diversidad de órganos chumberos, casi enteros y enormes de figuras hieráticas, pomposas y enigmáticas; se revolvían también en las ondas tumultuosas algunos pitayos ya sin fruta y deslucidos sin sus flores.
Acarreaba asimismo la fuerza de aquella desenfrenada corriente, gruesas pencas de nopal que, buceando sin aletas descendían a rasparse con la arena las puntas de sus espinas; salían adelante inofensivas y a cada rato siempre más corpulentas, pues en medio del remolino que las trajinaba agonizantes iban embriagándose con litros de agua revuelta, como para no perder el tiempo y elaborar, mientras rodaban, la miel de sus tunas.
El compañero hizo casi toda la faena; él era robusto y fuerte y además carpintero; aquellos tablones eran sobradamente pesados, yo era apenas un crío nada señero, que además de pocas fuerzas, temblaba de frío y cuidaba cada rato no se saliera la cabeza del sombrero. Porque resulta que descuidadamente había tomado el gorro del abuelo, que era de grandes sesos, mientras que yo tengo la cabeza de piloncillo. Solamente pude ayudarle a meterle algunas cuñas del tablado y estorbarle en otras cosas; mientras, no dejaba de observar los nuevos aludes que hinchaban el río y amagaban los bordes. Todo aquello nos hacía pensar a los dos que llegamos justo a tiempo para impedir el arrasamiento de la ranchería entera y poblados aledaños.
En menos tiempo que se cuece un suspiro y queda crudo porque no llega a donde lo mandamos, todo quedó en su punto. Y, una vez concluida la fatigosa operación nos dispusimos gozosos y triunfantes a la espléndida tarea de emprender el camino de retorno hacia nuestra casa, para disponernos a dormir tranquilos, hasta que espantara el sol con sus rayos los temores de aquella noche tenebrosa.

Pero… —¡Sí!; —no me lo preguntes, —porque ya lo adiviné. —Cierto que tendríamos que regresar de nuevo por la misma vereda; habríamos de franquear otra vez aquel fatídico punto, convertido de pronto en un misterioso y enigmático emplazamiento prohibido, y más aojador que el triángulo de las Bermudas, hacia el cual volvíamos disimuladamente la mirada, sin decir uno u otro palabra alguna, como por un acuerdo tácito, o un juramento implícito hecho de silencio sacro, mientras estuvimos trabajando en la obra de la compuerta.
—¿Que si “aojador” es lo mismo que ahogador? —NO, quiere decir hechicero, recóndito y arcano.
Se podía ciertamente no pasar por ahí, pues existía otra indiscutible posibilidad. Para ello, habría que dar la vuelta para coronar la Y del camino; solo que, esto era más aventurado todavía; pues, entonces tendríamos que pasar junto al lóbrego y estremecedor puente de la carretera; el cual, a esas horas se mojaba la panza con el río crecido y desparpajado que jugaba a aventarle sus olas y hacerle cosquillas en su seno. En efecto, en aquel trazo estaba muy furioso el río, y creo que hasta parecía un tanto enloquecido.
—¿Que por qué digo que estaba como loco el río?
—Por nada particular, —sólo se me ocurrió pensar así, —pues resulta que el pobre riachuelo iba dejando pintadas en sus orillas algunas rebabas de espuma, como hacían los perros del mal; y hacía tanto ruido como una cuadrilla de matachines, bravucones y jactanciosos afilando sus machetes. —Sí, más que los borrachos.
—¡Ah!, —por cierto, aquella plataforma de cemento armado, o sea, el puente enigmático, era nuevo. Lo recuerdo muy bien, porque le había quitado el trabajo al abuelo, que la hacía de San Cristóbal cuando llovía. Efectivamente, el abuelo, debido a su especial estatura y corpulencia, pasaba en sus robustos hombros a la gente de uno al otro lado del río.
Pero aquel aciago puente era un lugar que después de las doce de la noche, sólo los muy valientes del rancho se habían atrevido a trasponerlo sin compañía; y, también, no pocos de ellos contaban diversos y extraños sucesos muy raros e incomprensibles; a veces curiosos y de risa, que les habían ocurrido, cuando por necesidad o por borrachos hubieron de afrontar el puente (otro día te los narro, porque se hace más largo este cuento); en modo que los niños, aún cuando era de día, lo debíamos atravesar de prisa, cuando no siempre corriendo.

Sólo te digo que una vez, tu papá y yo lo tuvimos que pasar también a eso de la media noche, mas o menos; pero inconscientes de la hora exacta que marcaba el reloj; por eso, cobramos grande miedo y turbación después, cuando lo supimos. —¿Que si sucedió entonces algo misterioso?
—No, aquella ocasión vimos tan sólo la presencia de un inofensivo animal que caminaba nervioso y de prisa, como perdido en el tiempo; ese tal, desde el puente donde se hizo visible de repente, fue trazando delante de nosotros una línea bastante chueca, parecía que iba un poco mareado; y continuando siempre corriendo y tambaleante por el centro de la estrada, semejaba a un bombero en emergencia supina. De pronto se desvió veloz en la primera curva, hacia fuera por la tangente, como los choferes cuando se duermen por la carretera. Pero, pensando que ya estaba amaneciendo el día, vimos el hecho como algo natural y oficioso; creímos conjunta y sinceramente, que más delante iría su dueño, el burro y la escopeta; o bien, que cuando desapareció se salió de la cinta asfáltica para apagar una necesidad urgente.
El susto fue hasta cuando llegamos a la población, la cual entonces de ordinario era bastante sosegada y tranquila; porque íbamos presurosos, creyendo llegar retrasados a Misa de seis de la mañana (acuérdate que si llegas tarde a Misa, es como si se te hubiera ido el tren, y debes esperar el siguiente, pues por más que corras no lo podrás alcanzar, y sí resbalarte en sus rieles), encontrándonos con que el pueblo estaba desierto. Parecía haber sufrido un asalto de bandoleros cabalgantes; pero, la realidad era que estaba sumergido todo en el sopor del sueño. Ese momento que aprovechan los ladrones para meterse a las casas y beberse tranquilos el vino y salir sin ser molestados para ganar el camino.
Sólo unos policías nos observaron curiosos e inquisitivos, los cuales, antes de interrogarnos, y ver aquel par de despilfarrados, guarachudos y en retazos de camisas, mejor que perder su tiempo en inquisiciones superfluas, siguieron durmiendo, como si nada hubieran visto. Luego, al ver el reloj del campanario de la torre parroquial, fue cuando nos enteramos sorprendidos que apenas eran ¡las 2:00 de la mañana!. Sí, hasta entonces nos dimos cuenta que habíamos pasado precisamente a media noche por aquel famoso puente.
Ciertamente ya estábamos de pie desde horas antes; e incluso habíamos ido desde tiempo atrás, a desarrollar algunas labores del campo cotidianas; ya habíamos segado y acarreado el forraje para los animales, los cuales se levantaron también a comer su tempranero pienso. Y, toda aquella confusión sucedió, porque había una claridad que se hizo presente en la campiña; y tanto parecía inminente el arribo del sol por el asomo de la alborada, que casi podíamos tocar la luz resplandeciente que contenta pregonaba el día. Pero, la realidad fue que nos había engañado una especie de aurora boreal, de esas que veíamos sólo de vez en cuando, porque teníamos el privilegio de dormir muchas veces cobijados por el manto de las estrellas, esto cuando no llovía. Bueno, aquella vez, ahí nos quedamos en el pueblo hasta que amaneció de veras, pues a esa hora, no podíamos regresar al rancho, por aquello del puente misterioso. Además, fuimos los primeros en llegar a Misa.

Naturalmente, por toda las cosas que se decían y que sabíamos de memoria, mi compañero y yo, en aquella noche desandamos la misma vía que nos llevó hasta el río, para levantar las pisadas y no venir a penar después de muertos, habiendo dejado huellas de cobardía e indecisión por el camino de la vida.
Valientes, pues, y con el corazón ingenuo y confiado, enfilamos presurosos y esforzados de nuevo el cuerno izquierdo de la Y del camino, viéndolo de frente; o sea, por el borde del tajo que se veía a esas horas más negro y profundo, y que arrastraba un ruido sospechoso; pues resulta que los tablones no embonaban perfectos, y dejaban por sus rendijas escapar láminas de agua turbia, como remedos de sutiles cascadillas que escupía violento el río.

Y, ciertamente, ya lo habrás adivinado con intuición meridiana, —pues el presente no es cuento intrincado de Sherlock Holmes, o una novela policíaca de Agatha Christie. —Sí, y todavía, —¡oh desconsuelo!—, allí estaba ella, la fámula obstinada y remisa a la vera del camino.
Como si hubiera sido contratada por la noche oscura; como producto o convocación del sueño y la tormenta; como luciérnaga fundida luego de la tromba estrepitosa; como invitada a un carnaval y asomándose curiosa y aburrida a la puerta; o como una risa furtiva e impía en medio de un funeral solemne. En el mismo lugar y homogénea actitud precedente. Completamente inmóvil, parecido continente y copiada compostura. Por eso te digo que era a veces como una efigie o entalladura inmóvil, sutil, pero viva.
A pesar de todo, esta vez pasamos de largo impertérritos, e imprimiendo más prisa al bizarro paso, y vimos de canto todo su perfil solo en su conjunto; porque, también, en ese instante la luna había perdido una batalla con una nube negra que la desdibujó del panorama, o la liberó del sol a quien refleja. Apenas la ninfa romántica del amor daba respiros de luz escasa, tras haber caído en un vaporoso letargo y parpadeaba; tal vez tenía sueño, como los policías; o bien, había quedado herida en la pelea. Por eso, con mayor apremio vivimos y pasamos aquel momento del tiempo indescifrable y entresijoso. Ella, la mujer o estatua viviente, musa del más allá, o ánima inquieta, no dijo nada; porque, en realidad no había sido nadie para nosotros…, hasta aquel preciso momento. Sólo una sombra vaga y desleída, poco hiperestésica, oculta y desconcertante, pulcra e insondable en su natural y cauteloso misterio.

Pero, luego de ese trance pasajero, ¡hete aquí!, que al bajar la vereda y situarnos sobre la línea del camino —del cual ya te conté su etiología y sus aventuras—, no fue ya tan solo prisa, sino carrera disparada la que emprendimos hasta ganar y apoderarnos del lugar más seguro de la casa. Sí, en aquel momento, hubiéramos desafiado al más grande corredor de los 1,000 metros; y es casi seguro que cuando él hubiera llegado, ya nos hubiera encontrado bañados y descansados, luego de haber cobrado, por supuesto, la medalla de oro (aunque dicen que todas son de plata bañadas con metal dorado), y hasta cambiada por un puño de tortillas, pues teníamos mucha hambre por la persecución y corrida desaforada que hicimos.
Corrimos como corzos en estadio abierto, y en desinhibida huida del cazador innominado, pero franco, que apuntaba a nuestro pelaje su escopeta: yo con el sombrero en la mano sin dejarme aventajar mucho del compañero que era de más grande zancada. Como un motor de avión moderno DC-10, hacían combustión explosiva mis pulmones con cuanto oxígeno fresco y remojado encontraba a su paso; y, con haber de este elemento grandes cantidades, por ser campo abierto, me parecía insuficiente porque quería pasarlo todo de un trato y de una sola vez en la misma inspiración y tarascada.
Sea lo que fuere, lo cierto es que los dos velocistas, sentíamos que nos perseguía inmediata su figura; y fue aquí cuando nos pesó más su existencia; pues la metáfora de la mujer aquella sombreaba su hálito por encima de nuestras cabezas. Además, en aquel momento vinieron a mi mente las narraciones del abuelo en tiempos de la Revolución; cuando nos contaba que en aquel entonces y ante la enorme cantidad de fallecimientos ocurridos por las pestes, ya no tenían tiempo de llevarlos hasta el cementerio del pueblo; sólo podían abrir zanjas por doquier, donde caía muerto el moribundo, o moría el que estaba por morir; y ahí quedaban enterrados. Todo aquel campo sembrado quedó de los antepasados pobladores de “La Pila”; por eso había que pisar con cuidado, para no despertarlos.
Pero, claro que el acoso de la hembra cazurra y el temor a los que se fueron al otro mundo en tiempos de Villa, era fruto de la imaginación exacerbada que golpeaban nuestras sienes con baqueta doble como en yunque frío; sólo que en aquellos precisos momentos, no podíamos detenernos a contemplar el miedo en estampitas.
En aquel punto había que vivir y sufrir la aprensión como se presentaba; y, ante la duda, la mejor defensa estaba en correr para ponernos a salvo de la amenaza real o sobrepuesta por nuestras mismas alucinaciones. Mientras, la interdicta, sin duda continuaría fiel en su misterio, mojándose el vestido blanco de seda recamado con guadamecíes del color de las estrellas; lavando su cabellera al ritmo de la lluvia y divirtiéndose con el canto del río y la pequeña serenata de la luna herida. —Sí, ella seguiría su estricto régimen de centinela del río, y guardaría su dieta inalterable allí, como una estatua viva, pero muda; o, tal vez lloraba cuando nadie la veía. Pero era casi seguro que mientras corríamos, ella prolongaría sus sueños taciturnos allí, en el mismo sitio donde apareció aquella noche tempestuosa. —¿Que si seguía lloviendo tupido todavía?

Pero, eso —¿quién lo supo, muchacho? —No había otro pensamiento sino el de llegar a casa para sentirnos a salvo, desalojando del lugar a los animales domésticos (debajo de la cama), que ya no aullaban, y vernos protegidos por toda la familia. Pues, era cierto que pesaba como tonelada y media aquel espectro despojado de sentido. Y ahora pienso, era tal vez aquello lo que nos cubría de la lluvia, como el Pípila de Guanajuato con su loseta; o bien, atravesábamos el viento tan veloces en medio de las gruesas gotas de agua fría, las cuales asombradas se detendrían en el aire, sorprendidas.
Yo creo que aquel recorrido, es el más intenso que he hecho en mi vida. Y aunque era corta la distancia, digamos con fantasía, unos 500 metros; sin embargo, yo no corría, sino más bien volaba; y con todo, aquella distancia tarambana se extendía haciéndose interminable; pues bien claro se me figuraba que le había dado dos vueltas al planeta; y, todavía más, me parecía que, perdido en mi centelleante y fugaz correteo, saliendo por una tangente de nuestra vía láctea, visité la galaxia más próxima y vecina de nuestro sistema, haciendo luego un "pisa y corre", para regresar "safe" a la tierra.
Por fin, llegamos a la casa, justo cuando el corazón no podía sostenerse más en su sitio, luego de haber agotado todas sus reservas de sodio y de potasio; entonces, casi me inclinaba a creer que todo se había convertido en corazón, es decir, en latido desordenado, pues esta víscera presurosa y circulante estaba repartida y hecha trizas; su presencia se advertía en todo el cuerpo, vibrando con su tic-tac hasta en la tierra de las uñas y alcanzando el remojado barbiquejo del sombrero.

Y, aún ahora, después de treinta años de aquella noche huracanada y de ventisca enloquecida, cuando recuerdo la carrera frenética, y la imaginada persecución de la fámula del más allá con figura de mujer enigmática, el corazón se me agita, y me siento cansado todavía. Por eso, ya no puedo seguir escribiendo. Y ésta, creo será la última vez que relato entera y con detalles la sorprendente y arrojada anécdota que sobrevino allá en mi lejana y tranquila infancia. Bueno, en realidad, no la podría contar más en vivo, porque ya no juego béisbol, tampoco corro, y por mis ladinas reumas prematuras, veo claro que ya no podría hacer un veloz "pisa y corre", para llegar "safe" al final del cuento.

* * * * *
Sabes ¿cuál es la enseñanza de esta narración?
Primero, que con el agua no se juega —como decía Don Camilo—, porque es muy peligrosa; segundo, que cuando estés cumpliendo con tu deber y es conforme, justo y conveniente a tus capacidades; y cuando estés haciendo una obra buena en favor de los demás, teniendo un corazón puro, íntegro y honrado, no debes tener miedo a espantos, fantasmas o sirenas. Aunque a veces tengas que correr.

Saludos de tu tío, "El Vagabundo".

Texto agregado el 29-11-2003, y leído por 420 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
16-12-2005 Muy buena narración, sorprendentes imágenes movibles, te aseguro que esa mujer vestida de blanco , quedó grabada enmis retinas. Gracias por este aporte, lo disfruté. marimar
08-08-2004 super excelenteeee¡¡¡¡¡ muy buena enseñanza felicitaciones Klimt
08-08-2004 super excelenteeee¡¡¡¡¡ muy buena enseñanza felicitaciones Klimt
 
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