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Víctor la vio en ese instante y su vista ya no pudo dejar de seguirla. Ella era la mujer perfecta, la belleza encarnada. Sentada en aquel banco, despreocupada, parecía sonreírle a la vida que la había regaloneado con tantos dones. El muchacho, embobado, se acercó lentamente y cuando estuvo a pocos pasos, la mujer levantó su cabeza y fue entonces que sus miradas se encontraron, las azules pupilas de ella parecían destellar ante la suave luz matinal. Víctor, extasiado, no podía despegar sus ojos de esos océanos implacables que eran los ojos de la chica y así estuvieron durante un largo rato, hasta que ella, sonriendo maliciosamente, se levantó y se alejó a paso firme. Pronto se confundió entre la muchedumbre y Víctor, acicateado por el fulgor de esos ojos hechiceros, trató de alcanzarla y a empellones con la gente que caminaba ajena a este particular suceso, trenzándose a golpes con un tipo que le respondió con una cachetada, con un ojo en tinta pero con el mismo ímpetu persecutorio, continuó su cacería. La divisó a lo lejos, en los precisos instantes en que ella descendía por las escalerillas del Metro.

Corrió, con tan mala suerte que uno de sus pies pisó una cáscara de plátano que algún inconsciente había dejado tirada en plena calzada y patinó un largo tramo antes de caer desarmado en medio de un grupo de muchachos que celebraron su caída con aplausos y risas destempladas. Nada de eso le importó, puesto que se levantó de inmediato y prosiguió su delirante carrera, siendo a su paso, mordido por un par de fieros perros que salieron detrás de él con sus dientes enganchados en sus pantalones. Una vez que descendió por las escaleras con su ropa hecha jirones, pudo contemplar a la chica de sus sueños que subía a un carro del Metro. En su empeño por llegar cuanto antes a su lado, trastabilló lastimosamente y rodó por los escalones hasta llegar a metros de la chica, la que se dio vuelta y sonriendo le alcanzó a decir: -Te a… en el mismo instante en que las puertas se cerraban y el tren partía raudo por el túnel. Desesperado, Víctor se levantó de un salto y corrió en reversa, saltando los escalones de cinco en cinco hasta que llegó a la superficie, en donde, jadeante, hizo detenerse un taxi y le ordenó que lo llevara a la estación siguiente en el menor tiempo posible.

El hombre le miró a través del espejo retrovisor con expresión bovina y apretó el acelerador a fondo. En menos de un minuto, el vehículo llegó a su destino y fue entonces que el muchacho reparó que había extraviado su billetera, pero como no tenía tiempo para dar explicaciones, se quitó su chaqueta y se la entregó al chofer en parte de pago, pero la prenda estaba tan sucia y deteriorada que el chofer lanzó un grosero juramento y salió en persecución de Víctor, quien ya bajaba los escalones de siete en siete y en medio de la empinada escalera una vez más trastabilló y se fue rodando y rodando hasta que llegó al plano y por la fuerza del impulso, continuó su giro hasta ingresar a un carro, en el momento preciso en que este se cerraba y partía. Medio atontado por la caída, el muchacho se levantó vacilante y al instante recordó cual era el motivo de todo su empeño y mirando en rededor, pudo darse cuenta que la muchacha de sus sueños no viajaba en ese carro, pero a través de una ventanilla la vio en el carro siguiente. Sonrió con fruición. Ahora no se le escaparía y entonces le pediría que completara la frase que había comenzado a esbozar en su boquita de rosa. Se miró en el espejo y se vio en tan lamentable estado que una ola de vergüenza bajó candente para depositarse en su rostro estragado. La gente se retiró prudentemente de su lado y pese a que el vagón iba repleto, el se dio cuenta que viajaba con holgura y su metro cuadrado expandido a unos cinco por lo menos. Instantes más tarde, el tren se detuvo y entonces contempló a través de la mirilla, que la chica descendía en esa estación. Lamentablemente, la puerta de su carro estaba atestada y antes que el pudiese descender, el tren se puso nuevamente en marcha. Desesperado y discurriendo con velocidad, pegó un brinco y quedó de pie sobre el regazo de un anciano que dormitaba y el envión le sirvió para arrojarse por el diminuto espacio dejado por una ventana semiabierta. Cayó de bruces en el piso de la estación pero atontado y todo y con la sangre corriendo a raudales por su rostro, pudo ver como la escurridiza belleza se perdía tras el ultimo escalón.

Arrastrándose penosamente, logró trepar la escalera, tal si esta fuese la montaña del Everest y cuando llegó a la superficie, vio con angustia que la chica abordaba un taxi. Se levantó como pudo y corrió todo desarmado y agitando sus brazos. Dos tiernos muchachitos que paseaban junto a su madre se pusieron a llorar sumamente asustados ante la presencia de aquel guiñapo humano. El taxi partió hecho una bala y Víctor hizo detener a otro que pasaba desocupado y le dijo al chofer que siguiera al de más adelante. El hombre, un gordo calvo que parecía masticar un chicle interminable, sonreía y movía su cabeza al compás de un rap que hablaba de sincopadas desventuras. Ambos vehículos se internaron por las calles de la ciudad. Cuando un semáforo rojo les obligó a detenerse, Víctor le pidió al chofer que se pusiera junto al que transportaba a la belleza y quiso la suerte que los rostros de los chicos se encontraran. Victor, cuyas facciones se desdibujaban bajo el color púrpurino de la sangre, ensayó una sonrisa y sus dientes se destacaron más blancos que nunca detrás de su máscara sanguinolenta. La chica, bajó con sus albas manos el vidrio y ahora alcanzó a completar su frase: -¿Te han dicho alguna vez que eres un ser bastante patético?

¡Así que eso era lo que le había querido decir anteriormente, esa chica pérfida, de sonrisa burlona y cuerpo de diosa! Víctor sintió que el odio comenzaba a apoderarse de su mente y en su ceguera, se arrojó sobre el taxista y lo impulsó fuera del vehículo y pisando el freno al máximo, se arrojó enfurecido sobre el otro taxi, que logró esquivarlo para desaparecer en una esquina. Hacia allá enfiló el desquiciado muchacho y se entabló entonces una persecución en la que hubo autos y quioscos chocados y muchedumbres escapando para evitar ser arrolladas. Esta cacería duró varios minutos para terminar con ambos coches destrozados en el fondo de una profunda excavación en la que se laboraba para hacer una nueva carretera.

Días más tarde, Víctor, quien milagrosamente sólo había recibido algunos pequeños rasguños, ingresaba a la habitación de América, la bella chica que ahora más bien parecía la momia de una reina egipcia, de tan enyesada que estaba. El muchacho, se aproximó a su lecho y le preguntó suavemente al oído: -¿Te ha dicho alguien alguna vez que te ves patética?
La muchacha no atinó a decir nada, pero bajo los vendajes, sus gloriosos ojos parecieron sonreír con tristeza. Fue entonces que el chico depositó sobre su mesita un hermoso ramo de rosas rojas y le sonrió amorosamente.
-Cuando te sanes por completo, deseo conversar contigo ¿Puedo?
Ella movió suavemente su cabeza en señal de afirmación y eso bastó para que Víctor se sintiera en el Paraíso. Tan feliz estaba que no reparó en la momia que lo aguardaba a la salida del hospital y que se le abalanzó encima sin que mediara provocación alguna. Era ni más ni menos que el chofer de mirada bovina que deseaba cobrarle el importe de la carrera y también la factura por los daños ocasionados por la violenta colisión que terminó con ambos vehículos convertidos en chatarra en el hoyo aquel. Mientras recibía todo tipo de golpes, Víctor sólo sonreía y soñaba ya con ese día en que por fin caminaría junto a la bella chica de los ojos azules…













Texto agregado el 03-03-2006, y leído por 162 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
04-03-2006 jajajaja, buenísimo, pobre, le costó pero al final consiguió la promesa de una cita, esperemos que no termine peor. Besitos y estrellas. Magda gmmagdalena
03-03-2006 y yo me quejo de la mala suerte, este Victor de seguro salió con el pie izquierdo. Jajajaja, pobrecito que angustiaaaaaa y pa colmo lo dejan como membrillo de colegial y todo por ir en pos de su ideal, ni Quijano lo pasó tan mal anemona
 
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