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Roberto Ramírez Bravo


El jefe se despertó esa mañana con una sensación extraña ante sus bien ganados 53 años, que ese día empezaba a vivir, y vio a su mujer acurrucada junto a él; era joven y hermosa, y tenía los ojos redondos como canicas, y las manos tersas y pequeñitas; el jefe se despertó con ánimos y se puso sus pantalones cortos y salió de la habitación para hacer ejercicios como siempre y practicar como en otras ocasiones las rutinas que le recomendó su instructor; se miró en el espejo de aquel gimnasio privado como todos los días y comprobó como lo hacía cada mañana, que el tiempo inexorablemente iba pasando, pero a esas alturas se sintió joven, miró la panza que había ido formándose lentamente a través de los lustros, y el cristal le devolvió un rostro que le pareció todavía atractivo, tocó con su mano la mejilla regordeta que no mostraba los golpes que la vida le había dado y sonrió, oyó el ruido de los pájaros que visitaban su casa y sintió el aire entrar por la ventana.
Cuando la fiesta comenzó, nosotros ya llevábamos media hora desparramados por la espaciosa oficina, trepándonos por primera vez encima de los escritorios y comiendo sin importarnos las computadoras, sin que nadie nos dijera nada, sin reparar en las migajas de pastel ni en los vasos de refresco ni en las botellas de cervezas que empezaron a circular primero con discreción y luego en forma abierta, porque el cumpleaños del jefe era la celebración más importante de esta empresa que pronto cumpliría también medio siglo de existencia, y porque los subordinados y los coordinadores de departamento aprovechaban para coquetear con las secretarias y contarse como por descuido los últimos chismes de las oficinas, y aquel era al final de cuentas el momento de mayor libertad para todos.
La hija del jefe había traído a los mariachis, metidos en sus trajes negros de botonaduras doradas que inundaron el aire con su música de guitarras y trompeta rasgando las viejas canciones de los tiempos de mis abuelos, y al trío, cuyas voces se desparramaron recordando que tuve una vez la ilusión de tener un amor que me hiciera valer, o con desesperanza clamaba reloj detén tu camino, haz esta noche perpetua, y otra vez en menos de media hora la canción preferida del festejado recordando que eres la gema que Dios convirtiera en mujer para bien de mi vida, mientras los uniformes repetidos de las muchachas les recordaban a todos que el trabajo de la oficina se había interrumpido solamente para que el festejo pudiera realizarse, y ellas seguían quietecitas, muy orondas, con la sonrisa iluminándoles la cara, ajenas a los desfiguros de sus compañeros varones que sin pudor contaban chistes léperos y se emborrachaban gratis.
El subgerente dijo salud, brindamos por usted, y la mano del jefe se levantó a la altura de sus ojos y desde ahí él distinguió a sus trabajadores, su familia, como los llamaba, y vio los labios encendidos del más joven de los repartidores, vio el gesto de simpatía que le mandó el coordinador de Cobranzas desde atrás del escritorio del fondo y la sonrisa discreta de la nueva secretaria. Estaba pensando lo que les dijo, que sin ellos la empresa no habría podido salir adelante, sin ustedes nomás no seríamos lo que somos, ni hubiéramos podido superar la crisis, y aunque era verdad que hubo tiempos difíciles en los que fue necesario aplicar un riguroso recorte de personal, al final de cuentas todos los presentes habían mantenido su empleo y hoy podían brindar por la salud de este viejo cabrón que tiene rato nada más viéndonos, mirándonos como si fuéramos pendejos, porque nos sacó de nuestros libros de contabilidad sólo para tenernos aquí rindiéndole pleitesía, porque, a ver, Juan, si tú hubieras sido el del cumpleaños, crees que te íbamos a festejar igual, si desde dos días antes pasó la secretaria con una lista en la mano pidiendo la cooperación para la fiesta, lo que sea la voluntad de cada quién, había dicho, no es obligatorio, y todos habían anotado los veinte pesos, los diez pesos, y los coordinadores por lo menos de a cien, por estricto orden alfabético para que se los descontaran en la quincena. Pero él no, él no estaba pensando en esos detalles insignificantes, él seguía pensando en los tiempos en que erigió aquel emporio que ahora les daba de comer a todos, él seguía pensando en las veces en que abandonó su oficina a las tres o cuatro de la madrugada para garantizar que las cosas salieran bien, estaba pensando en la responsabilidad de haber sido el proveedor de sus más de cien trabajadores, de haber estado al pendiente de la salud de sus hijos, de cuidar que no perdieran su empleo porque al rato quién te va a ayudar, quién te va a tratar tan bien como aquí, a ver, piénsalo bien, piénsalo bien. Y lo pensaban bien los empleados cuando querían renunciar, pero cuando los renunciaban a ellos no tenían tiempo de pensarlo. De eso se había acordado el jefe mientras mantenía la copa a la altura de sus ojos, de eso y otras cosas, por ejemplo de cuando fue a Europa en la gira del presidente de la república, un viaje con todos los gastos pagados a cargo del erario, donde se dio la vida del rey que nunca fue pero a la que se sabía predestinado, y también tuvo tiempo de acordarse de Marthita, la secretaria que no quiso tener relaciones sexuales con él a pesar de que la amenazó con correrla y ella prefirió irse, y de los tiempos de la crisis se acordó, de cuando todo indicaba que iba a quebrar la empresa y no le quedó otra más que correr a la mitad de los trabajadores, bajarle el sueldo a los que se quedaron, y aumentar las jornadas de trabajo, todo en pro del mercado libre, y tú en esos momentos dónde estabas, Josefina de mis amores, quizás cagándote todavía en los calzones, pues cuando yo andaba en los treinta tú apenas ibas al kínder, pensaba, dónde estabas tú, se preguntaba, y cuando sintió en su garganta el paso áspero de aquel vino, lo vimos que chilló, mamá, de verdad que estaba chillando aquel señor que yo no imaginaba que pudiera ser sentimental, pero así fue: se tomó despacio la copa y luego soltó las lágrimas, ni lo hubieras creído, tú que no lo conoces, menos yo, que todos los días lo veo tan serio. Nunca me había sentido tan contento, dijo, y pensó que tenía razón, porque ese año las cosas le salieron mejor que en toda su vida, había logrado utilidades sin precedente y al mismo tiempo las había ahorrado porque se negó a repartir la parte de los trabajadores diciéndoles que en verdad había sido un año malo, también fue feliz porque logró divorciarse de su esposa y pudo casarse con Josefina, 24 años menor que él, y en eso estaba pensando cuando miraba a los trabajadores: ahí estaba el contador Nepomuceno, el mismo que hacía cuatro años había llegado pidiendo trabajo para poder mantener a sus dos hijas, desempleado a los 45, y véanlo ahora, todo un señor, con el triunfo reflejado en los ojos, en eso estaba pensando mientras escuchaba las voces que le venían desde lejos, las canciones que rebasaban sus recuerdos y se perdían en los pasajes que no vivió, en el noviazgo de sus padres y en la muerte de sus dos hermanos, en 1946, el año de su nacimiento. Por eso se puso sentimental cuando comenzó a hablar y la voz se le quebró, y las mujeres se sintieron conmovidas, pero nada más las más viejas, o quién sabe, porque yo la verdad no le estaba creyendo, y en cierta forma tenía razones para no tenerle ningún afecto desde aquella vez en que me mandó a decir con el contador que quería acostarse conmigo y me hizo sentir como un personaje de utilería, por eso cuando lo vi llorar solté la sonrisa que todos vieron en mis labios y que confundieron con una muestra de aprecio, pero él seguía con la voz rota en gajos y las lágrimas asomando en esos ojos saltones, y volvió a contar la historia de cuando nació el sindicato, una historia difícil que no hubiera podido concretarse si no hubiera existido la conciliación entre las partes, porque la empresa estaba obstinada y los trabajadores se habían ido al extremo, hasta que una jornada nocturna entre el jefe y los cabecillas, concluida al clarear el alba, concretó que aquella mañana no fueran colocadas las banderas de huelga, y él se enorgullecía contándolo, se encrespaba en sus relatos milenarios de cómo concibió y puso en práctica la estrategia que permitió a esta compañía convertirse en líder en el mercado, pero yo no lo escuchaba, porque me estaba acordando también de asuntos importantes, como la mañana en que conocí a Pati Maciel, en mayo de 1979, cuando ella cursaba el segundo año de secundaria y yo el tercero, y la vi sólo un instante, sin saber su nombre ni el grupo en que estaba, sin descubrir nada más que esa sonrisa y esos ojos pequeñitos con los que entró para siempre en mi vida, y me estaba acordando que varios años después la volví a ver en una fotografía que me enseñó Martín de la Cruz, donde ella estaba con su uniforme blanco con bies verdes en las mangas de la blusa, con su pelo lacio y negro y con esa mirada que desde entonces me partió el corazón.
Cuando me acabé la primer cerveza el ambiente tuvo un cambio repentino y las computadoras y los escritorios abandonaron su tono solemne de oficina para dejar pasar un velo como de sombra que hizo alianza con la música, y me sentí adentro de un restaurante de lujo, aunque sin lujo y sin comida ni meseros, sólo con la música romántica del trío y de los mariachis, alternados, y mis sentidos captaron las cosas con más simpatía, pero el jefe seguía hablando, recordando los tiempos en que en lugar del edificio de ahora había apenas unos cubículos en donde se amontonaban los trabajadores, con escasas máquinas y con poco papel, y siguió trayendo a cuento tantas cosas de los años de la ventisca, mientras en un rincón Susanita, la de los ojos verdes, aprovechaba para contarle a su vecina que ella había empezado haciendo la limpieza y había ascendido poco a poco hasta que se convirtió en jefa de departamento y luego en gerente comercial, cargo en el que pensaba jubilarse dentro de un año. Pronto serían las tres de la tarde y habría que volver al trajín de la fotocopiadora, a las pólizas de egresos, a los cheques, a las remisiones de los zapatos que se compraban en la Patagonia y se vendían en la colonia Zapata, todo en perfecta coincidencia, todo con los pies bien puestos en el piso de la distribuidora más importante de estas tierras del sur, por eso había que aprovechar el descanso, tomarse su cerveza en paz, comerse su pastel, atragantarse con los bocadillos y concertar la cita con la secretaria a la que no puedes acercártele en otras horas del día, tan llenas de ocupaciones, quizás hasta quieras irte al cine, acordarte del viejo pendejo que se sintió querido hoy por la mañana porque sus trabajadores pagaron voluntariamente a fuerzas ese festejo por los 53 años de su feliz vida, y así, mientras él habla y habla, tú resuelves tu futuro inmediato y tu soledad, y ligas, y ya la hiciste, porque las muchachas también querían aprovechar para platicar con sus compañeros y acordarse de que les queda la jornada larga pero este ratito bien bailado, aunque bien pagado, ya nadie nos lo quita. Por eso el festejado también estaba aprovechando, sabía que sus trabajadores lo querían, y le habían dado la sorpresa del convivio que cada año era sorpresivo y siempre con tanta disposición como sólo podría esperarse de una familia, y el subgerente cantó una canción y luego doña Mariquita recitó un poema de Mario Benedetti y todos supimos que estábamos contentos, y entonces el jefe dijo salud, y brindamos por la salud del jefe, no faltaba más.


Este cuento forma parte del libro Sólo es real la niebla, México, 1999.

Texto agregado el 04-03-2006, y leído por 118 visitantes. (0 votos)


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