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Aunque el tiempo pase sobre cada uno de nosotros y lleve cada suspiro y cada pensamiento que alguna vez gozamos, siempre queda la memoria viva de la alegría que alguna vez sospechamos, tendríamos y que lamentablemente… terminaría en tragedia con tristeza… pero el final, muchas veces, no tiene importancia, comparado con todo lo que vivimos.


Fue la tarde fría de abril, la que me llevó a ese burdel de mala muerte, en donde mis amigos, para aliviar mi dolor, tras una separación dolorosa y constipada de deslealtad, de aquella mujer que decía ser fina, pulcra y sobre todo, leal, me convencieron y decidí finalmente, convencerme y gastar hasta el último centavo que tenía, para que alguna mujer obesa, torpe y quizás, fétida a sexo, me dijera por dinero, que soy un hombre noble y que merecía la luna, las estrellas y todo el cielo si fuera necesario, para que esa mujer, repugnante y vendida al hombre como una golosina, me besara por doquier y me repitiera una y otra vez, que soy un hombre grandioso, y que jamás me traicionaría… pero el escenario, no fue como lo imaginé.

Cuando entraba, mareado entre las puertas y las trenzas de fantasías colgantes que se desprendían a cada paso que daba, salió una mujer veterana, con rasgos duros y la mano estirada, para ofrecerme a la niña mas joven y mas limpia de todas, tu, saliste de una habitación, con ojos afligidos y labios amorosos… me miraste desinteresada, te acercaste tanto a mi que sentí que el suelo bailaba mientras alcanzaba a oler tu esencia de niña perfecta, de niña taimada y de niña apremiada por dinero, te miré cuidadosamente mientras mi sexo comenzó a desearte cada minuto, tu frente era amplia, tus ojos enormes y parecían tener una gota de miel, cada vez que me miraste a los ojos, que fueron pocas, creí morir de placer, tu nariz pequeña y tu cabello, perfecto, quería acariciarte el cabello cada vez que te moviste y bailó contigo, quise tocar tus caderas pequeñas pero adultas a la vez, contemplé esos labios curiosos y tristes, miré tu cuello, pálido y dormido en ese asqueroso burdel… te pregunté si estabas lista, que pregunta mas torpe, mis amigos, mientras bebían reían a carcajadas, me decían que no necesitabas tanta delicadeza para pedirte que fueras conmigo a una habitación, pero miré tus pechos, crueles, se notaban fríos y con unos magníficos pezones que tras esa blusa delgada, me pedían a gritos que los tocara y besara… tu cintura inducía a mi pensamiento… y acalorado, intenté darte un beso en el cuello, pero frenaste mi instinto y preguntaste si ya había pagado en caja, lo que tu costabas por tres horas. Obviamente no había pagado nada y fui rápidamente a dejar el dinero que traía en el bolsillo, sólo traía mi carné de identidad y efectivo.

Tomaste mi mano izquierda y me llevaste a una habitación, en el pasillo alcancé a distinguir entre mi alcoholismo y tristeza, unas murallas con cáscaras desplomadas y un fuerte perfume a nostalgia, que cubría el lugar como la muerte gobernaba esa noche mi alma y todo lo que fui. Antes de abrir esa puerta altísima de madera y venderme tu cuerpo, me miraste y reíste tímida, tus ojos brillaron como la luna cuando es inconstante y te devolví la risa… entramos, ahí estaba esa cama, grande y unas cortinas plateadas que manejaban la magia del lugar y de aquella noche, en la cual te soñé despierto. Al entrar, cerraste con múltiples trabas y te sentaste a tu lado, me dijiste, que este trabajo era sexo, que a pesar de mi tristeza, no ibas a escuchar lamentos, te desvestiste bruscamente y me trastorné mirando tus pechos, hinchados, pálidos y de una furia que en unos minutos, despertaron toda mi rabia y me paré, te tomé y tumbé en la cama tu cuerpo, perfecto pero algo manchado, de tantos hombres que transitaron por ti, me estaba enamorando, antes de tenerte, me enamoraba lentamente, de tu sonrisa, fresca, llena de latidos y tu guiño delicado con el ojo izquierdo. Cuando te voltee, alcancé a ver una cicatriz en tu delgada espalda, no pregunté nada, sólo me abalancé sobre ti, te pusiste tiesa, pero yo besé todo tu cuerpo, menos tu sexo, todavía me quedaba el pudor, del pensamiento, de imaginar, cuantos hombres besaron y vaciaron su estallido en ti, hasta que te diste vuelta y te sentaste sobre mi, con los ojos cerrados, no me miraste en ningún momento, me dijiste que no me demorara tanto, pero estaba perplejo contigo, con tu olor a capullos y tu gemido amoroso, hasta que el diablo cobró fuerza en mi, te tomé bruscamente y te hice mía, como nunca lo hice antes, mía en mi imaginación, porque eras de todos los hombres aquella noche.

Cuando terminamos el episodio, te quise abrazar, pero no lo permitiste, hasta que te ofrecí, pagar mas de la cuenta, pero que te quedaras conmigo toda la noche, para hablar y conocernos… reíste muy fuerte y tomaste un trozo de chocolate del bolsillo de tu pantalón con lentejuelas y aceptaste mi oferta… además estabas agotada a esa hora de la noche, pero antes de taparnos con las sábanas, te pregunté el nombre y me respondiste tímida, me llamo Susana, y besé tu frente… dios mío como me enamoraba de a poco, no quise preguntar tu edad, porque supuse que tenías apenas cumplidos los dieciocho, entonces te abracé, desnuda aun y seguía animado, con la idea de mirarte a cada instante, pero tu seguías desinteresada, para ti solo fui uno mas en ese momento. Después de una hora, de mirarnos y de sospechar lo que nos esperaba, encantarnos ambos, te sentaste y me dijiste que no ibas a tener un romance conmigo, que no me hiciera ilusiones, pero no hice caso a tu espasmo momentáneo de niña asustada, eras mi puta tímida, mi puta deliciosa… no iba a hacer caso yo a tus pedidos, así que seguí enamorándome de ti y de todo lo que imaginé contigo, que nunca sucedió.

Dormimos como dos niños y me di cuenta, a media noche, de tus pechos y tu vientre en mi espalda, tus pies envolviendo los míos y tu respiración tranquila en mi cuello, pero no hice nada para no darle lugar a algún arrepentimiento de tu parte, así que me quedé encantado y extasiado contigo, perezosa, cálida y dormida a mi lado… te imaginé en mi vida desde entonces. Recuerdo que seguimos con ese tipo de citas mucho tiempo, casi un mes, hasta que empezamos a salir de ese lugar y te llevaba a dar vueltas sin rumbo por el espeso parque, mirando niños bañarse bajo esas interminables piletas, mojarse como pordioseros y secarse como reyes, porque sus madres, con los tobillos hinchados corrían a taparlos, a pesar del gran sol que para entonces arrasaba con la ciudad y nosotros, nos sentábamos a ver, ese formidable color verde, café y azulado en su cielo, a pesar de la contaminación que todos provocamos durante el año, pero para nosotros no era menester, porque fuimos felices, yo te besaba cuando se me daba la gana y tu me murmurabas al oído cuando se te antojaba y me decías cosas maravillosas, cosas que hicieron que olvidara la traición de la mujer a la que esposé un mes de noviembre… hiciste que mis inseguridades volaran lejos y me sintiera un hombre importante en tu vida.

Un día, tu, tierna, me invitaste a tomar el café a la casa en donde vivían tus tíos, porque de tus padres jamás me hablaste y durante ese tiempo, que estuvimos juntos, no volviste a ofrecer tus servicios, ese cuerpo precioso era mío, solo mío y decidí acompañarte a la pobreza que inundaba nauseabundamente el lugar, tus sobrinos corrían desnudos y calurosos bajo una manguera de plástico, tus tíos bebían cerveza para olvidarse del horrible calor que azotaba la choza y tu, sentada con tu pollera blanca, me mirabas, un poco avergonzada, un poco feliz… pero te amé tanto, tanto te amé que quise pedirte que nos fuéramos lejos, para empezar una vida juntos, dijiste que si de inmediato, eras la mujer perfecta, joven, con sueños locos y asertiva, a todo me decías que si, eras sola como una pluma al viento, podía inventar un futuro para ti y siempre dirías que si, así que mi decoro, se decidió a llevarte conmigo hasta el fin del mundo, a pesar de mi alcoholismo, que no me dejaba respirar, necesitaba el alcohol para saborear mi vida de golpe.

Te desperté un día, para llevarte a vivir al fundo de mi padre, quien falleció en un acto obsceno de sexo, te fuiste feliz, mirabas mientras manejaba yo por la carretera, el camino como si nunca hubieses viajado fuera de la ciudad, te mostraba cosas tan nuevas, cosas que a mujeres de mi igualdad, no les parecerían noticias, era tu héroe y eso me satisfacía, eso me llenaba de placer, porque cada vez que te mostraba algo, hacíamos el amor como trastornados y te disfrutaba hasta el último minuto para hacerte dormir a mi lado, tu me necesitabas, yo te necesitaba… hasta que las cosas tomaron rumbos naturales, rumbos que debíamos preparar, pero no quisimos ver la realidad.

Cuando llevábamos meses enterrados, hasta mi infiel mujer comenzó a buscarme, pero yo te tenía escondida, entre los potreros, a veces desnuda, corriendo y robando uvas de la naturaleza, para comerlas y lanzarte sobre mí, con ese perfume dócil, atrevido pero humilde, tu humildad me alborotaba cada vez que yo, distraído, cansado y rendido de un día difícil, tocabas mi cuerpo con amor, realmente con amor, sin necesidad de halagos, triunfos ni finezas, me amabas con todo tu ser, hasta que un día, supe, que en tu vientre, dejé una vida, te juro que para entonces, supe que no hay amores ni odios que duren cien años, porque te embaracé como un crío novato. Vomitaste durante tres semanas y fui inconsciente, no te llevé a revisar, te dejé vomitar como condenada mientras yo simulaba estar dormido, simulé estar trastornado, tu no quisiste molestarme y seguías con ese mal estar. Un día, te tirè sobre el suelo, como una bolsa de papas, para que perdieras el hijo que llevabas dentro, no puedo explicar el odio que sentí, a veces pensé que te embarazaste para no dejarme ir jamás o simplemente, para ganar de por vida, un sueldo sin hacer nada, unas ideas asquerosas pasaron por mi mente, comencé a volverme loco, no sabía que pasaba, no sabía que sentía por ti, después de todo, eras una puta que llevé a vivir conmigo, pero no medí mis impulsos, no medí… finalmente el amor que sentía por ti. Después de un tiempo, perdiste el hijo que llevabas y yo estaba en ruinas, no teníamos dinero para nada así que tuve que llevarte de vuelta a la ciudad para que vivieras en una habitación mientras yo me fui a vivir con mi madre, que no sabía del enloquecimiento que traía en mi mente, que no tenía idea que me enamoré de una prostituta, que la embaracé e hice pagar por mis inseguridades, tu te quedaste sola, después de un tiempo te fui a buscar y ya no estabas en esa habitación, te busqué por todos lados, pero nadie sabía de ti… jamás te encontré.

Pasaron los años, tranquilos, comencé a trabajar en la empresa de mi hermano, tuve sexo muchas veces pero nunca mas hice el amor, te recordaba con cada puta que traía a mis brazos, intentando comenzar una historia similar, hasta que entendí, que debía cambiar de rumbo y conocer a una mujer que no se dedicara a vender o arrendar su cuerpo y conocí a Magdalena, una mujer separada con dos hijos, encantadores que me adoraban, pero yo jamás llegué a adorarlos, nos íbamos los domingos a pasear al parque en donde muchas veces nosotros nos besamos desenfrenados, visitamos museos, ella se excitaba mucho conmigo, pero le daba yo mi sexo, como quien regala un suspiro, siempre pensé en ti, en tus caderas, en tu perfume, en tu risa y en tu humildad con el mundo… no te pude olvidar jamás, no quería seguir en esta farsa, en este mundo que mis padres construyeron para mi y poder vivir en paz. No podía olvidarte, no podía dormir tranquilo sabiendo todas las cosas que te hice, todas las torturas que te hice pasar, porque si en ese momento te hubiese encontrado, te hubiese rogado que me perdonaras, para poder vivir en paz.

Un día, con los amigos de siempre, que me llevaban siempre a pecar, porque Magdalena se dedicaba a vivir por mi, siendo yo desleal igual que la mujer que dejó heridas en mi vida, fui a un burdel, a buscar prostitutas, te vi, sentada, en una silla y bebiendo té, inmensa, con unas caderas de mujer parida mil veces, el cabello recogido y los ojos oscuros, tu piel ya no era suave, se veía agremiada y tu postura era insolente, bruta con los demás y sobre todo, jamás voy a olvidar… tu espalda, que se puso ancha y sin vida, porque la espalda que alguna vez amé, ya no existía, la mujercita que alguna vez amé, había muerto el día en que la golpeé para sentirme vivo… la mujer que amé, murió cuando yo ya agonizaba mi repugnante vida. No quise ir a saludarte, no valía la pena, asi que entré, sin que me vieras y me acosté con una de tus putas, me retiré con mis amigos del lugar y llegué a mi casa, en donde Magdalena dormía con su insoportable camisa de dormir, con sus niños en los pies… lloré, bebí y al despertar, decidí olvidarme de ti.

Texto agregado el 12-03-2006, y leído por 144 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
27-09-2007 nuevamente felicito la forma de narrar y llevarlo hasta el final .atrapante.5* ismaela
20-08-2006 Este texto es las extenso pero no deja de cautivar con sus singulares expresiones, otorgando un espiritu especial a los elementos y protagonistas, 5* saludos, monsegnor
12-03-2006 me gusto la forma de narrar el cuento y el sierto sentido medio desganado pero con la serteza de lo que sucedia hasta sierto punto, aunque creo la situación es ya un poco común... fue bueno. dolordietetico
12-03-2006 Mis felicitaciones por este texto; aprecié una línea atemporal, condensada en la vida de aquel hombre y ¿un sueño?. Me gustó, Mª José; buena redacción (exceptuando un par de detalles omitibles) y se palpa tu narración. Mil aplausos; au revoir. el_rey
12-03-2006 ***** alfredo_risso
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