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Antonio, juega todos los días con sus pequeños tesoros, a saber, un camioncito, un par de lentes binoculares con su mecanismo descompuesto y una cajita pequeña que nada contiene o si lo contiene, sólo él sabe de que se trata. El sólo se esmera con sus juguetes, los contempla con atención y sepa uno a que mundos lo trasportan, recostado negligentemente en su cama de una plaza. Nada le importa, ni la asunción al poder de la nueva presidenta, el triunfo del equipo popular o el escándalo mayúsculo, voceado por todos los medios de prensa. No, él se empeña en resolver sus propios asuntos. Acaso, enderezar el tren delantero del descolorido camioncito sin recurrir a la oprobiosa mano de obra de un mecánico, acariciar con sus dedos burdos la cabellera de la rubia de plástico que aborda el pequeño vehículo y soñar con carreteras coloridas y horizontes interminables. Uno no sabe hasta donde se extienden los alcances de su mente de niño.

Ayer, lo contemplé cuando intentaba establecer comunicación con su hermana, que vive muy lejos de allí. Para eso, colocó la palma rugosa en su oreja izquierda y la invocó con urgencia. –Chona, Chona- repetía en su media lengua, tratando de imitar el sonido real de Sonia, nombre un poco complejo para su lengua adaptada sólo para emitir balbuceos.
-Chona, Chona, repitió varias veces y en todas ellas, renunciaba al intento y bajaba su mano con evidente molestia. Era un hecho que la entelequia de sus comunicaciones sufría una trabazón, haciendo vanos sus intentos de trasladar su murmullo ininteligible a través del éter.

Me disponía a marcar el número telefónico de Sonia, cuando escuché la voz de Antonio, notoriamente alegre, entablando un imaginario diálogo con alguien. Su rostro se distendió en una sonrisa que dejó al descubierto unos raleados dientecillos. Al parecer "conversaba" con alguien, indudablemente con Sonia, a juzgar por alguna de sus entrecortadas respuestas. Lo contemplé a escondidas con una inmensa ternura, alabando su inocencia, ese arte suyo de transformarlo todo con su magia impoluta. Cuando “cortó”, es decir, cuando su mano se apartó de su oreja para asir de nuevo el camioncillo, me decidí y llamé a Sonia para contarle de esta divertida anécdota. Lo sorpresivo de su respuesta me dejó sumido en un bosque espinoso de interrogantes.
-Acabo de hablar con él- dijo ella -¿Tú marcaste mi número? Ya sabes que Antonio es absolutamente incapaz de hacerlo.

Confieso que aunque me den todas las explicaciones posibles, jamás podré entender qué se oculta en el fondo de la mente de Antonio, un hombre de cincuenta y siete años, afectado por el síndrome de Down, quien ha logrado sobrevivir a todos los cuestionamientos de la rigurosa lógica en que se mueve el resto de los mortales…











Texto agregado el 13-03-2006, y leído por 191 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
14-03-2006 es que tiene su propia magia que traspasa la lógica, no hay que buscar explicación solo observar y aprender. Mis estrellas, dulce amigo anemona
 
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