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Teresa


–La fiesta será una bomba, güey –dijo Rubén al teléfono–. Sí, no mames, con los de Guillotina todos quedarán muertos. Claro, será hasta morir, güey. Neta.

Desde la sala, Teresa escuchaba la conversación de su hermano al tiempo que, con control en mano, cambiaba una y otra vez los canales de la televisión. Sus tres años no estaban como para soportar tantos programas de gente grande pero, desde días atrás y por razones desconocidas, el televisor dejó de sintonizar los canales infantiles. Eso fue después de que mamá y papá le dijeron que pasaba demasiado tiempo frente al aparato. Pero hoy no estaban y Teresa podía disfrutar de la compañía de aquella caja que decía tantas cosas. Muchas inentendibles y, desde que desaparecieron los canales para niños, casi siempre aburridas.

En la pantalla del televisor había imágenes de gente vestida de manera chistosa, todos armados de grandes tenedores o palos. Amontonados, lanzaban improperios en contra del rey. Además, se escuchaba una voz monótona que explicaba la importancia del papel de las guillotinas durante la revolución francesa y, con lujo de detalle, recreaba los últimos instantes en la vida de Luis XVI. Aquel día terminó en una fiesta para el pueblo francés, en especial para los llamados jacobinos, concluyó el narrador en close off mientras la cámara enfocaba la cabeza recién cortada del rey al rodar en un suelo batido en sangre.

Teresa cambió de canal y el aparato sintonizó el Discovery Channel. Ahora, un documental a manera de conmemoración de los cincuenta y ocho años de la explosión en Nagasaki (Teresa se preguntó qué era eso) se regodeaba con un análisis sobre la explosión y los efectos que ésta tuvo para el pueblo y la isla japonesa. Un enorme hongo de humo aparecía en la pantalla moviéndose en cámara lenta mientras los expertos calculaban el diámetro de la explosión y comparaban la ciudad antes y después del suceso. Teresa apagó el televisor. Rubén cruzó la sala con una revista en la mano y ella y decidió seguirlo. No sabía por qué, sólo le gustaba estar cerca de su hermano. Lo alcanzó cuando entraba al estudio de papá. Él la miró con fastidio al tiempo que tomaba unas botellas del librero -aquel que ella pensaba intocable, lo había aprendido después de muchos regaños y lágrimas de por medio- y hojeaba esa revista llena de imágenes con muchachas de torsos desnudos y grandes pechos. Teresa sonrió; admiraba a su hermano.

–Se palecen mamá cuondo mañamos juntazz –dijo Teresa sin deshacer la sonrisa de su cara.

–Quítate de aquí, niña –contestó Rubén y la hizo a un lado con aquella mano que cubría por completo el rostro de la pequeña. Él salió del cuarto de estudio y ella permaneció detrás, como una sombra. Siguió los pasos de su hermano un par de minutos. Se sentía segura y cómoda con él. Rubén, después de recorrer los cuartos, de entrar y salir dos o tres veces de cada habitación gritó ¡Ya!, mirándola a los ojos y con la impaciencia desbordándose por sus poros de manera salada. Entonces corrió hasta salir de la casa. Detrás de él la puerta se azotó con un ruido tan estruendoso como el de una explosión. Teresa imaginó que un hongo de humo se formaba por encima de la casa.

Después de quedarse algunos minutos mirando a la puerta, regañó a su sombra por permanecer tanto tiempo detrás de ella.

–¿Qué hashes kí? –dijo–, sto nes pada sombas. Vete nomil.

La casa se quedó sumergida en el mutismo y Teresa se mantuvo frente a la puerta con la esperanza de que Rubén regresara. Afuera, el sol se escondía detrás de los volcanes del poniente y los hacía resplandecer con una corona anaranjada alrededor de sus siluetas. El viento soplaba suave al compás de la tarde cálida de aquel otoño. Las hojas de los árboles se soltaron de sus ramas y se balanceaban en una caída vertical. Algunas alcanzaron a golpear las ventanas de la sala para después dar media vuelta y desaparecer en silencio.

Teresa se aburrió de esperar y fue al televisor. Lo encendió. Un par de minutos después se quedó dormida.

Rubén regresó a las siete de la noche con algunos de sus amigos y otros que no lo eran. Los últimos cargaban aparatos desconocidos a Teresa que, según calculó ella, le duplicaban el tamaño. Rubén la bajó del sillón donde se encontraba y le dijo que se hiciera a un lado. Era necesario reacomodar los muebles para que todo cupiera dentro de la sala.

–¿Qué son? –preguntó Teresa.

–Son instrumentos musicales, niña.

–¿Quién son ellos?

–Son Guillotina -contestó orgulloso Rubén con una sonrisa que ocupaba su rostro entero–. Tocan música.

Teresa no recordaba haberlo visto tan feliz y sonrió con él. Después repitió en su mente la palabra guillotina; la reconoció.

–¿Y quién es Luis?

–Es él –dijo Rubén y señaló a un hombre flaco, alto, de cabello largo y ondulado que se dedicaba a armar una serie de tambores sobre una alfombra recién puesta en el piso de la sala–. ¿De dónde los conoces? –inquirió Rubén.

Teresa se quedó callada. Observó a Luis algunos instantes y pensó que no se parecía al de la televisión. El Luis que tenía enfrente era más moreno. En la pantalla, según recordaba ella, parecía ser blanco y de cabellos rubios. Aunque los rizos y el largo del cabello coincidían, el color no.

–Vete a jugar a otro lado –le ordenó Rubén –esto no es cosa de niñas. Los invitados –continuó, al tiempo que señalaba a sus amigos- se tienen que divertir.

Ella caminó hacia la cocina. Desde ahí y hasta el baño, arrastró la pesada silla de madera donde le agradaba sentarse para observar a mamá hacer la comida o lavar los trastes. Una vez en el lugar, con emoción e incertidumbre, escaló cada uno de los peldaños para llegar a la cima del mueble. Se esforzó, estirándose al máximo, para que sus pequeñas manos lograran abrir la puerta del botiquín y, después, con la ayuda de una escoba, logró tirar al suelo el algodón, el alcohol y algunos curitas. Todo estaba listo.

Con el paso de los minutos llegó más gente a la casa. Ella sabía ser paciente y esperó sentada bajo el marco de la puerta de su propio cuarto con las provisiones listas para ser usadas.

La música comenzó y con ella los gritos de los invitados. Teresa se puso nerviosa. Somos Guillotina y esta noche los vamos a hacer volar, dijo una voz al micrófono. Las mujeres gritaron más fuerte. Teresa tomó el algodón, el alcohol, los curitas, bajó las escaleras y se acercó a la sala. Todo había cambiado de lugar. Los sillones estaban amontonados del lado derecho y los amigos de Luis, con sus instrumentos musicales, se veían hasta el fondo, pegados a la ventana. La gente parecía feliz. Cargaban un vaso o una botella en la mano, gritaban cosas y de vez en cuando levantaban los brazos como para lanzar improperios en contra del rey. Teresa se abrió paso entre las piernas de los asistentes para llegar al otro lado, justo donde se localizaba el grupo. Miró un rato a Luis, que golpeaba en forma estridente los tambores que él mismo había armado, sintió tristeza. Nunca antes había sentido eso. Poco a poco se fue acercando más a él. Luis la miró y le sonrió por un segundo. Parecía concentrado. Como cuando papá estudiaba en su escritorio y le pedía que saliera a jugar a otro lado. Claro que papá hacía menos ruido. Tal vez eso se tiene que hacer después de que a uno le cortan el cuello con una guillotina, pensó Teresa. Después miró la alfombra y la imaginó llena de sangre. Cerró los ojos y quiso no volver a abrirlos. A pesar de su deseo lo hizo. Le gustaba cerrar los ojos porque así se convertía en un fantasma; nadie la podía mirar. Pero esa noche, a pesar de tener los ojos abiertos, parecía que nadie la notaba. Le resultó divertido. Se acercó tanto a Luis que él dejó de tocar, le acarició la cabeza y le preguntó su nombre. Ella no respondió, sólo sonreía y le miraba el cabello largo, el cuello. No logró mirar la sangre ni alguna marca de cicatriz en el cuello de Luis. Cuando ella se cortaba, las cicatrices quedaban ahí, en sus rodillas o en sus brazos y funcionaban para que mamá la regañara durante muchos días. No es importante, pensó, aunque no tenga cicatriz las cortadas duelen mucho. Tomó un curita y lo colocó debajo de la oreja de Luis. Él sonrió y se dejó hacer. Azzí no degaña mamá, musitó Teresa. El resto de los amigos de Luis dejaron de tocar sus instrumentos y de manera instantánea todos los invitados dejaron de gritar. Teresa sonrió.

–¡Niña! –gritó Rubén al tiempo que entraba a la sala de la mano de una chica que intentaba peinarse y abotonar su blusa– ¿Qué chingados haces aquí? Vete a tu pinche recámara –y de un golpe le tiró los curitas, el algodón y el alcohol. El último se derramo en el suelo y mojó la alfombra. Ella lo miró avanzar centímetro a centímetro tal como lo había hecho la sangre en el programa de televisión. Pinche Rubén manchado, se escucharon los gritos de algunos invitados. Deja a la niña en paz que no hizo nada malo. La mujer que venía con Rubén levantó las cosas tiradas en el piso y las entregó a las manos de Teresa. Ella, aún con la sonrisa, tomó los objetos, dio media vuelta y subió las escaleras. La fiesta y todos los invitados quedaron en silencio. Ella se sentía satisfecha. Pensó que el rey estaba a salvo de la guillotina y de los regaños de su mamá.

Llegó a su cuarto y el sueño le pesaba. Se acostó en la cama sin desvestirse, sin ponerse la pijama. Esas cosas que tanto le habían encargado mamá y papá antes de salir a ese viaje intempestivo. Pero en ese momento no era importante. Ella se sentía feliz. Pensó que al día siguiente su hermano, como recompensa, le compraría aquel helado de chocolate y zarzamora que le había prometido dos semanas atrás.







Gustavo Gamboa

Texto agregado el 03-12-2003, y leído por 649 visitantes. (10 votos)


Lectores Opinan
15-09-2004 "ya nada es igual"...excelente texto. Asesina_Serial
14-02-2004 (completo el mensaje anterior) Las descripciones tal vez sean excesivas pero bien sustentadas en la trama del cuento. Me gustó mucho. Besos shou
14-02-2004 Un cuento tierno e intenso a la vez. El modo de decir de Teresa aunado a su visión de la realidad que observa le da una dinámica especial. Las descripciones shou
16-12-2003 confieso que a veces me aburro un poquitin en textos donde se exageran las descripciones, pero en este caso puedo hacer una excepcion. Una niñita de apenas tres años que funciona como parche y sostén en mitad de una historia donde los adultos olvidan sus roles y en su lugar, "una caja que habla" y seduce... piquitos de luz gaviotapatagonica
09-12-2003 esto me ha derrumbado el corazón como naipes! me tenía con un nudo en la garganta pues ya veia venir la tristeza de Teresa... pero no!!! las hermanitas chiquitas son asi.. aaaaaaaaa... pero que buen cuento! sduv31
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