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Sucede que desde muy niño se me dijo que mi padre se llamaba Lucho y que así debería interpelarlo. Del mismo modo, a mi abuela le diría Mema y a mi abuelo, Humberto. Como este último falleció siendo yo muy pequeño, no se produjo ningún conflicto, pero según fueron pasando los años, me pareció improcedente seguir llamando Mema a mi abuela, mas, trocar sobre la marcha ese apelativo por el de abuela también me pareció demasiado extraño y nunca intenté llamarla así porque tenía claro que la entonación adolecería de autenticidad, aunque fuese legítimo apelarla de ese modo.. Y así y hasta su muerte, me debatí en la angustia de no poder llamarla de ningún modo, transformándose nuestros diálogos en algo un tanto forzado de mi parte y carente de calidez. Hasta el día de hoy ella es la Mema y la problemática subsistió después con mi padre, puesto que llamarlo papá a estas alturas me parecía extrañamente irrisorio, opté por no llamarlo tampoco de ningún modo y aunque ya lleva tres años bajo tierra, aún me parece forzado denominarlo como el padre que siempre fue ya que el Lucho que utilicé cuando era una criaturita inconsciente, también se fue desvirtuando con el paso de los años. Y cuando en las conversaciones cotidianas se le toca, me siento extraño llamándolo papá, porque es como si estuviera suplantando alguna parte de mi memoria.

Tengo claro que esta situación me perseguirá mientras viva y mi padre y mis abuelos paternos, los innombrables, jamás imaginarán en el dilema que me sumieron al permitirme que los denominara de manera tan familiar. Este es un problema que sólo me afecta a mí y lo corroboro de inmediato cuando uno de mis hijos me llama a grandes voces: -¿Viejita? ¿Estás por allí? Instantes más tarde esto lo reafirma mi otro hijo al preguntarme: -Oye Pajarito ¿has visto por allí una de mis zapatillas?











Texto agregado el 20-03-2006, y leído por 5684 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
23-03-2006 Has conseguido con esta manera tuya de hablar de lo cotidiano, un texto interactivo. Mira qué comentarios.Yo me voy antes de que se me ocurra bajar la guardia y dejarme arrastrar por el tirón. Vamos a dejarlo en entrelineas
23-03-2006 Como dicen por ahí abajo, lo que importa es la carga afectiva que lleve el sobre-nombre. Como testimonio, sólo digo que soy Neus, el resto de los apelativos con que me nombran me los reservo, no los vayan a usar en mi contra :) /// Lindo texto, evocador. neus_de_juan
22-03-2006 y si lo entendí, solo quise contarte mi caso. Lamentable que te desestructuraran )que largo suena eso), prefiero los esquemas antiguos donde uno era mamá, papá, abuela, abuelo y sin tanto ñuñu anemona
22-03-2006 que tiernita manera de contar tienes. Mi hija mayor me dice: señora. El de al medio: según sea la caricatura de moda, asi que he pasado desde Picachú hasta Sirenita. Mi hija menor... no esa me dice, por lo general: Mamita te amo y mi marido: Cuchita (diminutivo de gata). Mi familia me dice: Marita, igual que mis amigos cercanos. En la página soy Anémona y el otro día mi mamá confundiendose de fauna en vez de llamarme así, me dijo: renacuajo. O sea, los problemas de identidad, creeme, no son solo tuyos. Mis estrellas y mi cariño, anemona
21-03-2006 algo cotidiano que en tu pluma se hace diferente, llevas el relato de tal forma que uno se identifica con él Muy bueno Gui, sigo tus escritos a pie juntillas aunque a veces sólo deje estrellas india
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