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Parte Final


“Recuerdo aquella tarde en que me colé en la pieza de mi tío Ítalo. Mi intuición me decía que allí encontraría algo interesante. Mi afán era buscar fotos de mujeres desnudas, literatura erótica, cualquier asunto que sirviera para estimular esas nacientes sensaciones que tanto me atemorizaban y tanto me enloquecían. Revisé cuidadosamente en sus cajones, pero nada encontré. La repisa de libros sólo me mostraba títulos aburridísimos, tratados de teología, botánica y política exterior. Desistía ya de mi intento cuando reparé en un libro voluminoso que tenía un título extrañísimo. Por lo mismo, me llamó poderosamente la atención y lo tomé para hojearlo. Mi sorpresa fue grande al comprobar que alguien había recortado su interior para transformarlo en un estuche. Y dentro de esa concavidad había un atado nada despreciable de cartas.

Las revisé una por una, tenía todo el tiempo del mundo para ejecutar esta tarea. Una de ellas contenía un sentido poema:

Por vez primera
mis manos supieron del néctar
y nerviosas recorrieron la curvatura
de esas lunas crecientes
que se ocultan bajo tu blusa,
ambos lloramos, tú por la culpa
y yo por este torrente furioso
que se desbordó en un instante
para dejarme exánime y desnudo
en el umbral de la dicha.


Indudablemente que eran poemas escritos por un aficionado, pero contenían tanta pasión, demasiada e inimaginable, en alguien tan parco como lo era mi tío. Pero era su letra, indudablemente lo había copiado de alguna parte. Seguí revisando, hasta dar con un texto que me dejó mudo:

Te negaste y es lógico, soy un chiquillo que sólo ayer se dormía entre tus brazos, después de escuchar de tu boca cuentos de hadas y de príncipes encantados. Es cierto, soy demasiado precoz para mi edad, pero estoy seguro de algo que hace tiempo late dentro de mi pecho. Ese es mi amor por ti. Algo irrenunciable, que marcará mi vida en dos mitades dolorosas.”

Una certeza comienza a crecer desmesuradamente en el pecho de Guillermo. Sabe que está en la pista, que seguirá atando cabos. Los poemas desaparecieron cualquier día y con ello, una puerta se cerró violentamente delante de sus narices. Pero ahora, todo lo visto, olido, escuchado y leído, comienza a configurar un panorama que le atemoriza, pero le insta a continuar indagando. No tiene nada en sus manos, pero si muchas hormigas laboriosas en su cabeza.

“El día en que Rosario se despidió de Ítalo, llovía torrencialmente. Juan salió de casa con un par de maletas en las que cabía todo su mundo de soltero. La mujer besó con ternura al muchacho y éste, disimuló sus lágrimas con el agua que le empapaba el rostro. Luego, Juan le dio un apretón de manos e Ítalo se fue a su pieza a igualar su llanto con la estrepitosa lluvia que parecía horadar el tejado. Durante varios días, el muchacho no supo de nada ni nadie y encerrado en su habitación, trataba a duras penas de reconstruir una nueva existencia que no le doliera tanto.

Este episodio podría calzar a la perfección con el siguiente verso encontrado en aquel hatijo escondido en ese libro ahuecado:

No serás mía
y mi corazón juvenil se desboca
cubriré mis ojos
con mis manos para no ver el instante
en que te irás de mi lado
vida mía, amor mío,
palomas negras te llevaran estos versos
y en una fosa sepultaré todos mis sueños.”


Faltan pistas, por supuesto, pero Guillermo no tomará en cuenta aquellas lágrimas en los ojos de su madre, ya que los viejos lloran por cualquier cosa. Y a Rosario, una ancianita racional e inteligente que tiene respuestas para todo, su corazón se le ha transformado en mantequilla, ya que hay muchos asuntos que la desacomodan y entonces es cuando las lágrimas afloran en sus ojos cansados para tomar los distintos caminos que le ofrecen sus infinitas arrugas. Pero, ¿y que tal si esos versos la invocan y la redimen en un postrero y definitivo adiós a una quimera, que no siendo de ella, la tomó como suya y, haciéndola suya, se apropió también de algo más?

“Años más tarde, Ítalo se posicionó como un importante personaje y, poco a poco, se fue transformando en un hombre poderoso. Pronto, conoció a una chica de la que se enamoró perdidamente y al poco tiempo contrajeron matrimonio, realizándose una suntuosa fiesta a la que Rosario y Juan no acudieron por estimar que esa suntuosidad los dejaba automáticamente al margen. Fueron años plenos para Ítalo, viviendo una bonanza a la que siempre aspiró y disfrutándola junto a su mujer y dos preciosos hijos. Todo le sonreía y eso le brindó una falsa seguridad que reafirmó su carácter autoritario. Muchos años más tarde, ese sello de su personalidad le cobraría una cuantiosa deuda, toda vez que su mujer, hastiada de vivir bajo su despotismo, tomó a sus criaturas y voló hacia una libertad más plena.”

Guillermo, supo de esto cuando frisaba la treintena y ello le sorprendió de sobremanera. Era honesto en manifestarlo: aquel hombre que tenía mucho de ajeno en su vida, estaba sólo atado a los lazos familiares por esa delicada hebra que su madre se negaba a cortar.
Cierta vez, Rosario, con sus ojos vidriosos, le había narrado una historia que la involucraba en algo que tenía visos de gran romanticismo. Por alguna extraña razón, le había confesado eso que Guillermo jamás soñó escuchar de los labios puritanos de su madre. Un hombre, que al parecer significaba mucho para ella, a juzgar por su extrema conmoción, le había ofrecido llevársela con sus hijos para que viviesen una existencia mucho más digna.
No lo manifestó, pero Guillermo presintió el estado de angustia en que se sumía su madre, observó como las lágrimas se asomaban a sus ojos, como sus manos se contraían, tal si estrujasen los despojos de un sueño. Él nada dijo y sólo la observó con la curiosidad refrenada por saber de ese alguien que bien pudiera ser… no, decirlo sería una locura.

“Ítalo se restableció de todas sus penurias mucho más rápido de lo presupuestado y recuperó de paso su zaherida autoestima. Sus éxitos económicos se multiplicaron y todo parecía volver a sonreírle. Muy lejos de sus logros, la familia sabía tangencialmente de su existencia, ya sea porque la abuela estaba comunicada con él o porque se aparecía de improviso, socarrón e inquebrantable, dando muestras de su inexpugnable firmeza de carácter. Guillermo ya no podía con él, simplemente no lo soportaba.”

“Cuando ingresé como un ladrón a la pieza de mi tío, recuerdo haber revisado casi todas las cartas y ellas se referían en su totalidad a una mujer nimbada de misterio porque no había nombres ni fechas aclaratorias. Sólo pude suponer que la data era muy antigua, a juzgar por el color amarillento del papel y el trazo inexperto de la letra. Todas se referían a un amor apasionado que se incrementaba ante la imposibilidad de consumarse. El misterio persistía, puesto que aquellas misivas incendiarias habían desaparecido para siempre, borrando todo vestigio de aquello que parecía una delatora huella.”


Finalmente, todo se fue complicando en la vida de Ítalo. La empresa en donde laboraba quebró y, de un día para otro, se vio en la calle, en una edad en que cuesta rearmarse. Con el pequeño capital que recibió, producto del desahucio, se estableció con un negocio que tampoco prosperó. Fue en ese entonces que visitó la casa de su hermano Juan y Guillermo intercambió algunas palabras con él. Allí confidenció que en pocos días emigraría al extranjero para probar suerte. Rosario le miró fijamente, pero nada dijo. Aquella fue la última vez en que se vieron.

“Mi madre enfermó gravemente y no cabía otra cosa que esperar su deceso. Mi padre se le había adelantado hacía un par de años, por lo tanto, me resigné a verla partir con una inmensa pena en el corazón. Antes de fallecer, me confidenció, con un hilo de voz, que había sido muy desdichada, que había callado demasiadas cosas por la conveniencia de no herir a terceros. Parecía estar decidida a contarlo todo, pero yo le dije que no se fatigara, que lo hecho, hecho estaba. Mi pobre viejecita, empequeñecida por los años, era una sombra de la bella mujer que había sido y ahora se empecinaba a, quizás, entregarme de una vez por todas, la verdad que yo intuía, el secreto ya empolvado por los años pero que para mí continuaba atenaceándome.
Mi madre falleció una tarde de enero, estación que siempre le pareció propicia para irse, pese a mis reparos en el sentido de recordarle que al muerto poco le han de importar las condiciones meteorológicas.”

La muerte de Rosario parecía cerrar definitivamente la puerta a todo hallazgo, pero sucedió algo que fue muy aclaratorio y determinante, algo que abrió con violencia todos los ventanales del pasado para dejar fluir una verdad que con el tiempo fue suave, luminosa, incandescente.

“Vaciaba yo los cajones de la cómoda y mientras lo hacía, se me iba desgarrando el alma, al ir apareciendo, en sucesión, recuerdos tan celosamente guardados: fotografías, recortes, pedacitos de lápices que creí reconocer como los de mis primeros trazos, medallas, cadenitas e incluso mechoncitos de cabello que me pertenecían. Los ojos se me humedecieron, sin que tratara de refenarr esas lágrimas, las que se dejaron caer, sanadoras, sobre mis manos. Cuando pensaba que ya nada quedaba por ordenar, reparé en una caja ovalada que estaba semioculta entre algunas prendas de vestir. La tomé cuidadosamente y la abrí sólo para satisfacer mi curiosidad. Entonces las ví, allí estaban esas cartas amarillentas que había leído hacía ya tantos años. Por algún motivo, el tío Ítalo se las había entregado a mi madre, quizás porque confiaba en ella o acaso porque también eran de su incumbencia. Las guardé con mucho cuidado en la misma caja, ya que después de terminar con el orden, las leería con toda la calma que me propusiera.
Horas más tarde, a la luz tímida de un sol decadente, repasé las esquelas, releí las que había mencionado antes y proseguí con mi inspección. Había mucha poesía y textos que nada aclaraban ya que eran más bien la bitácora de un joven idealista.”

Lo que apareció delante de los ojos de Guillermo, tuvo el efecto de paralizarlo y se habría quedado en esa actitud extática por mucho tiempo, si no hubiese sido porque tenía que asimilar su contenido. La carta, el motivo de su repentina inmovilidad, decía lo siguiente:
“Querida mía, amor mío, regresaste ¡Si! ¡Regresaste! y no sé si fue por mis plegarias, por una bendita concesión de los cielos o simplemente porque acudiste al clamor desesperado de un muchacho hambriento. El hecho es que, por vez primera y por última vez -eso lo planteaste rotundamente-, tierna y condescendiente, te dejaste besar por mis labios impolutos, mientras me acariciabas el rostro y me desordenabas el cabello con ternura de hermana, más que de amante, y una vez que comencé a explorarte con mi lengua de muchacho tímido, tu cuerpo fue curvándose para recoger las dádivas virginales de mis dedos. Y a medida que mis pulsaciones se desbocaban, mis brazos adquirían vida propia para atraparte y sentir los movimientos rítmicos de tu cuerpo deseado. Loco de placer, te apreté contra mi pecho de hombre en sarmiento y al sentir tu contacto, algo comenzó a crecer en mi instinto y me dejé llevar por el mandato de la naturaleza que exigía el pago de su deuda. Entonces y sólo entonces y de una vez y para siempre, nos fusionamos en carne y alma, hasta que estallaron nuestros sentidos y el llanto apareció más tarde, copioso y espontáneo, para regar esta comunión que nunca quiso ser pecaminosa.”

Así, violenta y sin tapujos, la verdad comenzaba a desnudarse poco a poco, pero esto a la vez florecía y se ramificaba para dar paso a una multitud de preguntas nuevas. Guillermo continuó revisando las cartas hasta que una de ellas, definitiva en su crudeza, lo envió al fondo del abismo:

“Querida mía, vida mía, es nuestro, tuyo y mío, pero las circunstancias me lo despojaron para que fuera otro el que le diese su nombre, alguien que perdona este pecado de pasión y se hace cargo de las consecuencias. Él nunca lo sabrá, ni tú ni yo se lo diremos, pero la sangre tiene su propio lenguaje y no será extraño que más tarde investigue, aunque en ello se le vaya la vida.”

Guillermo sintió que todo lo establecido se desplomaba sobre su cabeza. Era demasiado. Había llegado al fondo de la verdad y, desde esa sima, emergía desheredado, mudo, huérfano y desnudo como si naciera de nuevo a un mundo inexplorado. Ahora lo entendía todo, comprendía ese afán suyo por indagar, por querer enterarse de algo que lo acuciaba, sin saber a ciencia cierta cuales eran sus verdaderas motivaciones. Las palabras de su padre, regresaron patéticas a sus oídos: -¡Recuerda por qué tuvimos que casarnos! ¡Recuérdalo bien! El puzzle estaba resuelto.

“El viejo no llora porque lágrimas ya no le quedan en sus ojos secos. Añora su lejana tierra, lontananza absurda que pareciera alejarse más y más a cada instante, usurpándole los últimos jirones de recuerdos. El viejo no llora, pero en su garganta se han formado afluentes que arrastran caudales de arena melancólica, trozos de vivencias que cada vez son más difusas. Lo que el viejo no sabe es que alguien acude a él, para reconciliarse con su pasado…”


F I N

















Texto agregado el 24-03-2006, y leído por 203 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
29-03-2006 ¡Sencillamente hermoso y fascinante!, me encantó. Felicitaciones a su autor y las estrellas de todos los tiempos para este bellísimo texto que intercala una fluida narrativa con una vivida poesía. Anua
29-03-2006 Genial! una historia bellísima, con un final anunciado pero doblemente emotivo. Me encantó, es hermosa, no se que más decirte, te admiro querido amigo y maestro. Besos y estrellas. Magda gmmagdalena
25-03-2006 gracias por avisar que tenia el final ya dispuesto. Me ha encantado, cuanto sufrimiento por ese amor que no puede ser, y que sintieron hasta el final. Lo he leido facilmente y eso me gusta, esta bien narrado felicidades por tu cuento***** eslavida
25-03-2006 M e ha fascinado, ese amor creo es lo mas bello que puede existir, claro que hizo desdichada a una mujer que kllevó esa carga, pero creo bien valió la pena. Existiran esos amores, que perduran en el tiempo, ojalá que si porque son maravillosos. Un texto impecable de principio a fin, que te atrapa de una manera impresionante.Me hizo sufrir, y tambien ser felíz. Besitos Y estrellas***** Victoria 6236013
 
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