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Enigmas

Si había algo que caracterizara a Pablo era esa necesidad que tenía por resolver todos los tipos de juegos lúdicos que se pusieran a su alcance. Más que juegos eran para él un motivo de preocupación, sentía que tenía la obligación de desentrañar los secretos que obstinadamente permanecían velados para la mayoría de los mortales, quizás de alguna manera descubriera así los secretos del universo mismo. Puzzles, enigmas, pensamientos laterales, juegos matemáticos, no había en el mundo alguno que se le presentase imposible. Ya de pequeño mostraba una incipiente facilidad para resolver todo tipo acertijos. Pablo no llevaba mas de 6 años sobre esta vida cuando el padre incitando a su hijo a una superación cada vez mayor le llevaba revistas de palabras cruzadas, sopas de letras, libros de pensamiento lateral e irónicamente no pasaba mas de algunas hora o en contadas ocasiones días sin que el chico le pidiera algún otro medio que desafíe su inteligencia.
Con el tiempo Pablo creó del resolver estos problemas un arte. Primero se escucha el enunciado, luego se lo repite para uno mismo en una retahíla continua, dándole vueltas al asunto y encontrando posibles grietas y más tarde se lo analiza para al cabo de algún tiempo se llegara a la respuesta. Para Pablo los enigmas presentaban un desafío que hacía casi propio y del que, por mas que quisiera, no podía escapar hasta no llegar a la respuesta requerida, esa era la única salida que para él existía, y fue eso lo que lo llevó a la tumba. Pero aún hoy, muchas de las personas que lo conocieron se preguntan si no decidió él su final y no fue solo una cruel broma del destino.

Se encontraba en un bar Pablo, contando ya la edad de 24 años. Sus amigos lo rodeaban y cualquiera que lo hubiera visto, aunque sea de refilón se hubiera llevado un buen susto, ya que el brillo ya de por si natural en sus ojos, habían adquirido una intensidad que rayaba en lo grotesco. No falto quien pensó en compararlos con 2 luces en el medio de una ruta llena de niebla, pero ese personaje se guardo de hacer el comentario, y si vamos a al caso no hace a la historia.
-Y la mujer se dio vuelta en la mitad del puente -decía Pablo, sin poder contener su mirada triunfal, pero con tintes rosados en las mejillas que decían lo contrario- y cuando lo vio el guardia, éste la hizo volver a Alemania, porque creyó que de ahí venia.

Una vez que pulverizó otro enigma mas, se recostó en la silla, suspiró largamente y se permitió relajarse en su asiento saboreando su capuccino que hacia tiempo habia perdido todo resto de calor. A su vez sus amigos murmuraban entre sí a ver exprimiendo sus ya de por si cansadas mentes para ver si todavía recordaban algún juego que no le hayan planteado antes. Vanos pero altruistas intentos al fin y al cabo.

-Disculpe - se oyó una voz cascada desde algún lugar del recinto, sobresaltando a los presentes- no he podido evitar oír a su amigo aquí presente y, permítame decirles que es maravilloso en esto, continuó la voz incorpórea.

Cuando Pablo se hubo recuperado del susto inicial se dio vuelta girando sobre su eje, y un dolor le recorrió el espinazo haciendo acuso de recibo de la mala posición a la que lo habían sometido durante horas de meditabunda paciencia. Se tomo su tiempo para analizar al hombre que tenía detrás. Tendría unos 60 años, pelo ralo, barba entrecana cortada pulcramente y un traje color oscuro que hoy sin lugar a dudas se lo catalogaría de anacrónico. También llevaba en su mano izquierda un bastón de caoba negra que le hacia juego a la perfección con el traje. Pareciera que el bastón, el traje y él eran 3 partes de una misma pieza. Casi como formando un todo.

-Pero donde he dejado mis modales -dijo el dueño de la voz ominosa- mi nombre es Jhon Riddledeath -dijo extendiendo una huesuda mano- pero eso no es lo más importante. Llevo recorrido gran parte de este vasto mundo ofreciendo mis servicios. Dicho lo cual hizo uso de una carta que siempre le daba buen resultado, el silencio. Cuando se hizo insoportable la situación, cual tahúr empedernido, dejo deslizar la siguiente frase, casi en un susurro inaudible: Ofrezco a la gente lo que quiere, soy como un vendedor de… digamos utopías, consigo lo que se cree es imposible. Se separó del grupo de cabezas que formaban lo ahí reunidos y el hombre aprovecho para alejarse un poco mas. Se sentó tieso cual vara de madera en la silla. Hacia ya tiempo que había ocupado una silla y la rigidez de esta estaba haciendo mella en su huesudo trasero.

Si a Pablo le hubieran preguntado en ese momento porque un escalofrío le recorrió la columna vertebral cuando escuchó como ese hombre hacía de su presentación una obra de vodevil cuasi barato no hubiera podido responder con coherencia. ¿Sería por la cadencia en las palabras del viejo, o su voz cascada e hipnotizante lo que hacia que sea tan intrigante el asunto? Quizás ambas.

-Bien, bien, bien, veamos que tengo para ti -dijo Jhon, mientras buscaba en su portafolio trabajado finamente en cuero también negro. Era como si, para el hombre, la sola idea de que existiera otro color para vestir le repugnara- ¡Pero claro, debí haberlo supuesto- dijo quizás mas enigmáticamente que nunca.
Luego de remover algunos papeles de su portafolio saco un manojo de hojas, de las cuales casi todas cayeron al piso menos una que sujetó firmemente entre sus largo dedos. Releyó lo que había ahí escrito, asintió satisfecho y clavo sus grises ojos acerados en Pablo.

- ¿Qué es lo que el que fabrica no necesita, el que lo compra no lo usa para sí, y el que lo usa no sabe que lo hace...?

Dicho esto, reordenó los papeles descuidadamente, casi con desgano, arrojó unas monedas sobre la mesa para pagar lo que no había consumido y raudo se retiró del local.
Pero Pablo no notó que Jhon se había ido. Enfrascado en sus pensamientos el mundo que lo rodeaba perdía protagonismo. Interesante pensó, está bien construido, y jamás lo había oído, tiene que ser mío, nuevamente esa sensación de poder que le recorría en cuerpo con una intensidad que nunca antes había tenido. Y una chispa de codicia encendió en sus ojos y su cuerpo fue chamuscado por la desesperación y la locura.

-¿Qué es lo que el que fabrica no necesita, el que lo compra no lo usa para sí, y el que lo usa no sabe que lo hace, empezó a murmurar como un rezo repetido una y otra vez hasta el hartazgo.
Pasadas un par de horas, cuando sus amigos, que ya estaban harto acostumbrados a los estados de trance de Pablo, se quedaron sin tema de conversación y viendo que el ultimo conteo de cervezas vaciadas en buches sedientos ascendia a 3 litros por cabeza, decidieron levantarse y retirarse del bar aún a sabiendas que dejaban a su amigo. No era ni la primera ni iba a ser la ultima vez que lo hacian, eso de dejarlo así, solito. Pagaron y se fueron. ¿Que ocurrencias hubieran compartido de saber que ese iba a ser la ultima cerveza que iban a compartir todos juntos? O al menos todos vivos.
Mas tarde aún, machismo mas tarde, horas después del encuentro que casi pareció casual, cuando debían cerrar el local el mozo le pidió amablemente a Pablo que se retire. Pablo lo miró de hito en hito y solo moviendo los labios como si estuviera leyendo alguna culpa escrita en la frente del empleado se levantó lentamente y caminó de regreso a su casa mientras seguía murmurando para sí el enigma.

Abrió la puerta de su hogar casi maquinalmente, subió a su cuarto y de allí no volvió a salir.
Al día siguiente su madre lo llamó a desayunar, pero Pablo no bajó. A la hora del almuerzo volvió a llamarlo, pero solo recibió silencio por respuesta.

- Bueno -insistió en convencerse la madre- debe estar enfrascado con otro de sus tontos jueguitos, ya va a bajar cuando tenga hambre. Cuando cayó la noche empezó a preocuparse y llamó enérgicamente a la puerta de su cuarto.

-Pablo, estás bien – preguntó con los sentimientos a flor de piel, dicho lo cual abrió lentamente, y lo encontró acostado en la cama con los brazos sobre el estomago murmurando su rezo continuo. Jamás en la historia de la humanidad una frase pudo describir una situación tan gráficamente como lo que le paso a la madre de Pablo. Digamos que el corazón le dio un vuelco (en realidad una arteria hizo que se le llenara de sangre) ya que vio el futuro inmediato de su hijo reflejado en la copa de la muerte que bebía tranquilamente a su lado. Decir que la muerte brindo por ella sería una exageración, pero supongamos que así lo hizo.
Al otro día encontró recuperada del susto (como si hubiera visto un fantasma) y con el peno entrecano y muchos años mas encima, la madre de Pablo encontró a su hijo en el mismo lugar.

-Pablo, si no comes te va a hacer mal -insistió inútilmente la madre durante las semanas que siguieron a ese encuentro, pero el problema era que una ya no creía en nada y el otro nada tenía para creer.

Con el tiempo, Pablo empezó a perder peso, a demacrarse, cuando empezaron a alimentarlo por suero, las agujas difícilmente encontraban carne para morder. Las ojeras que se habían instalado ya definitivamente debajo de sus ojos se tornaron más oscuras y lo tuvieron que internar un importante cuadro de desnutrición, pero nada servía, estaba literalmente desvaneciendo, como si la tinta de la que nació lo estuviera reclamando. O algo así se deducía por el color violeta que adquirió su cuerpo cuando se acostumbró a respirar cada vez menos. Ni su novia, ni sus amigos ni siquiera su familia pudo sacarlo de ese trance donde solo las palabras, ya ni siquiera susurradas, pues sus pulmones como viejos fuelles a duras penas hacian su trabajo, le hacían compañía y el enigma formaba ya parte de todo su mundo. La naturaleza siguió su curso ironicamente Pablo no aprobó y murió.
En su funeral, al que había asistido el pueblo entero (no se caracterizaba por se un pueblo gigante) se distinguió de entre todos un viejo de barba entrecana prolijamente recortada. Se acercó al lugar de reposo de Pablo, que brillaba con un saludable color rosado (kilos y kilos de maquillaje que como un revoque desganado daban ese color antinatural, casi una broma grotesca para quien supo sonrojarse ante cualquier hecho), como si solo estuviera durmiendo con sus manos descansando sobre su pecho, y le susurro al oído:

-El ataúd. La respuesta es el ataúd. Y comenzó a reírse convulsivamente.
Tuvieron que sacarlo de ahí, más por miedo a su presencia que por falta de respeto al finado. Cuando Jhon se hubo controlado y limpiado las lágrimas de alegría de sus ojos, y aun con la sonrisa que se negaba a abandonar sus labios le dijo al portero del sepelio:

-Discúlpeme, quisiera saber donde puedo encontrar a Alejandro del pueblo Ceylon, porque creo que me espera.

Cuando recibió las indicaciones de cómo llegar al pueblo cercano lugar, abrió su portafolio, revolvió en el papelerío y saco una lista en la cual tacho prolijamente: Pablo (Enigmas) Pueblo Cinnamint. Y se caminó lentamente a Ceylon, sabiendo que, al fin y al cabo tenia todo el tiempo del mundo para llegar allí. Total, nadie nunca se murió en la víspera ¿O si?

FIN

Texto agregado el 18-06-2002, y leído por 2214 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
15-07-2002 Vas creando una densa atmósfera que lleva al lector a quedarse pegado al relato. Muy bueno. Lilith lilith
23-06-2002 me recuerda un poco a la leyenda de narciso, claro que tu cuento es más interesante, obsesiones que pueden atraparnos ¿de donde sacas esa imaginación? realmente original rnahimla
 
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