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[C:19476]

Para Fernando.


—¿Sabes cuál es el dolor más grande que existe?
—"No"; si pensaste que el dolor de cabeza o el dolor de muelas. Eso se pasa tomando unas aspirinas o un mejoral. Yo me estoy refiriendo al dolor más grande que puede haber en la vida humana, aquel al cual la mayoría de los estudiosos del ser humano llaman "existencial", y que se anida en lo más íntimo y profundo de los vivientes. O sea, el que se da en la existencia de los hombres y afecta no solo su cuerpo, sino también su espíritu, sus anhelos, ilusiones, su mismo destino.

Podrías pensar entonces, que un dolor de este tipo es, por ejemplo, para un joven no poder continuar con los estudios y tener que orientar su vida por otro rumbo distinto del que había soñado. Posiblemente de uno que quiso ser médico, pero al no tener dinero para pagar la Universidad, tuvo que ponerse a vender helados o hacer ladrillos. O bien, el dolor de la turulata enamorada que sueña con un príncipe azul, y descubre al final que todo cuanto oyó y le prometieron no era verdad sino una mera fantasía, como en las novelas que sólo hacen perder el tiempo y regar el piso de lágrimas. O, tal vez el dolor de los padres de familia, que han dado hasta la última gota de su sangre y sus hijos todavía tienen hambre de algo más. Bueno, esos también son dolores fuertes y muy tristes; pero, hay otro dolor más grande todavía.

—¿Cuál es, entonces, esta suprema laceración y sufrimiento que puede caber en un ser humano?
—Es, sin duda, para mí, como para muchos otros, el dolor de los niños tristes.

—Sí, para mí no puede haber dolor tan conmovedor, como el ver por la calle o en las puertas de las casas, en las plazas y en los arrabales, esos rostros de tantos pequeños que apenas están asomándose a la vida y ya están cargados y agobiados por una fuerte dosis de sufrimiento. Son rostros y siluetas solitarias, fugitivas que han envejecido prematuramente, porque la tristeza y las penas se han ensañado con ellos sin tregua, como tenazas de cangrejos frenéticas.
Los niños tristes no tienen semblante ni aspecto terso o delicado, porque sobre su tosca facha no han tenido quién les ponga nunca un poco de talco o ungüento de cremas; pero muchas veces ni siquiera cuentan con agua y jabón. Los suyos, son por eso, como rostros de ancianos, ennegrecidos por el humo, surcados por el sudor y las lágrimas, contrahechos por el dolor. Son como plantas que han crecido en medio de las banquetas, a las cuales todos rozan, pisotean, trillan sin respeto ni cuidado, y ellas una y otra vez vuelven a levantarse para seguir viviendo: sedientas de agua, llenas de humo, polvo y puntapiés.

Esos niños tristes, famélicos que juguetean en medio de los carros, con una franela en la mano, la cual a veces apenas pueden mover porque no han comido durante todo el día. Esos niños que exiguamente tienen fuerza para dar un giro a las dos o tres bolitas que se les resbalan en las manos, o se trepan uno a otro con la cara pintada de payasos, con el desolado intento de asombrar a los automovilistas de que son consumados malabaristas, equilibristas y graciosos saltimbanquis.
Aquellos otros niños de su especie que venden dulces, chicles, o cualquier insignificancia que encuentran, se les ocurre o que pueden adquirir, para meterse sin miedo en la ola de la gente que se mueve y camina, buscando cada uno la moneda que les permita comprar el pan de la sobrevivencia, o el precio de la explotación de que son objeto.
Esos otros niños de ojos tristes, que perdida la mirada apenas tienen aliento de levantar la mano sucia y pedir una limosna, con la conciencia predeterminada y casi cierta que la gente pasará más de prisa delante de ellos y no se atreverá a darles un peso, y menos una sonrisa.
Para todos estos niños sí que es triste la vida. Todavía no empiezan a vivir y a valorar la existencia, y ya están cansados de ella. Cada momento la tienen oscilando en un hilo endeble; cada aventura y arrojo es lo último que cuenta para ellos. No tienen más. Por eso es que la arriesgan en cualquiera experiencia. Los niños pobres no tienen miedo de nada, porque el hecho de sobrevivir ya es para ellos un milagro.

Por eso, siempre he creído que para estos niños sí son verdaderas las fiestas nacionales o religiosas y populares, como las de la Independencia o de la Navidad. Porque ellos son los únicos que disfrutan realmente de las luces que adornan las calles y los listones y arreglos que las embellecen. Pensando en esto, yo diría, que la gente, en medio de su indiferencia, y claro que sin proponérselo, embellecen las calles para los niños pobres y tristes que las transitan.
Sin embargo, mientras lo ricos ríen, se toman fotografías, cenan, despilfarran, compran regalos y juguetes para sus privilegiados hijos; cada noche de fiesta, los niños tristes regresan a su rincón, a sus cuchitriles, bancas del jardín o agujeros, cansados y agobiados, y descansan. Nada sueñan, sino es con un pedazo de pan para saciar sus estómagos vacíos. Nada esperan, porque para ellos no fueron hechas las cosas bonitas que exhiben los aparadores; no, tampoco esperan, porque para ellos no fue creada la esperanza. Son pobres de todo.

Muchos son huérfanos, porque los han abandonado sus familiares, o porque han reconocido que en sus hogares no valían más que el perro, una planta o una piedra. Por eso, tantos de ellos se alejaron un día, con un puño de ilusiones en la mano. Pensaban que con sus débiles fuerzas podrían trabajar y sobrevivir, y hasta conquistar el mundo; pero, lo duro de la vida y la realidad del hambre y del dolor, a veces la maldad de los mayores, porque son seres pequeños y frágiles, les ha hecho doblar la cabeza, y han cedido como un junco en verano, ante la opresión y el fuego, la poción amarga de una realidad pintada de infortunio, que los funde y seca su triste existencia.

Cuando salieron de sus deshechos hogares, ellos esperaban ayuda de los demás, y solo encontraron desprecios; sonreían y sus gestos eran interpretados por los satisfechos como un ladrido de jauría famélica que amenazaba su pan y vivir ostentoso y quieto. Por eso, los niños pobres acaban sumergidos en su soledad, saboreando la angustia de vivir cada día la existencia, doblados por el dolor, su único y fiel compañero que no los deja, porque para los demás no existen.
De este modo, si alguno les enseña a fumar, embriagarse, usar drogas, robar, arriesgar la vida, etc.; esto para ellos es un escape, y los hace por un momento felices; significa también un sueño que los hace sentirse ellos mismos, pues en el fondo, como todos los demás, aquello que más buscan y desean no es otra cosa sino el derecho innato a la felicidad.
De esta suerte, las luces, la risa, las ilusiones, la fantasía, la fuerza, el placer y todo cuanto pueden probar y experimentar en los vicios o las drogas, esa es toda su riqueza, por ella viven, por ella incluso están dispuestos a morir; por eso las defienden, pues es lo más grande que conocen. Sólo que, al despertar, al salir de los vuelos fantasiosos, o mejor dicho, al bajar y volver a la realidad, comprueban que los vicios y la afición a las drogas, solo en forma momentánea les proporcionó una salida; y al enfrentarse de nuevo con el dolor y el desamparo, deben sumergirse otra vez en ellas, y así cada vez; porque, haciéndolo así, dicen, es solo para olvidar su desdichada suerte, que no cambia; con lo cual son aún más infelices, más pobres y más tristes todavía.

Los niños tristes y pobres de las calles, no tienen escuela, ni libros, no hay quien les componga cuentos; sólo lo hacía el P. Chinchachoma, que los amaba tanto (qepd.). Si mueren por accidente, enfermedades, hambre o malos tratos, su memoria pronto se olvida. Tampoco los niños tristes saben rezar como los demás, porque las Iglesias muchas veces les dan miedo. Por eso, hasta en esto son pobres, porque no tienen cosa alguna, ni cuentan con nada. Ellos no tuvieron una madre cariñosa que velara su sueño, una madre que con ternura y delicadeza tomara sus manitas por la noche o por la mañana, y con el calor de un beso les hiciera sentir la presencia del Dios de quien viene todas las cosas buenas.
Los niños tristes nacieron en el abandono y han ido templando sus nervios en la calle. Desde que un temblor los sacudió a la realidad y supieron que vivían, sintieron el grito, el desprecio y los golpes en sus débiles espaldas; despertaron a la conciencia de lo que son en la calle, en medio del insulto, el rechazo, la miseria y del hambre.
La gente los desprecia, los corre, los ultraja y los humilla, porque son mal educados, porque pasando se llevan una fruta, van mal vestidos, huelen mal, son ladronzuelos, porque se ven metidos en los pleitos, en las pandillas y en los vicios. Y, lo triste es que son muy pocos los que se interesan de verdad por sacarlos de su lamentable situación, pues les han calificado de descarriados e irredentos.
Si pudiéramos ver ¡cuánta humanidad, hecha y probada por el dolor esconden esos tiernos corazones! Porque ellos, así como pueden despreciar la vida por nada, son capaces de dar la vida por el bien de los demás. Pero, necesitan una casa, un hogar, educación, alimento y amistad.

También, es cierto que existen jóvenes y adultos que sufren experiencias semejantes, de hecho. Pero, fíjate que, comenzando por los jóvenes y más los adultos, al menos ellos sufren por algo. Ellos ya vivieron, ya amaron, ya supieron lo que era palpitar su corazón por una ilusión, ya les fue lanzada siquiera una mirada tierna y una sonrisa, que hizo estremecer de amor sus entrañas. Tal vez se engañaron con la posesión de las cosas, en la elección de una carrera, en poner los ingredientes y escoger los factores que cuecen una vida, en la selección de amistades, etc.
Pero, todos ellos, en épocas mejores ya tuvieron algo, ya supieron lo que es el amor, ya han amado. En cambio, los niños tristes y desamparados, siempre se han conocido y experimentado solos, excluidos, ó desde siempre repelidos, vilipendiados, zaheridos y tantas veces avergonzados, a través de golpes, insultos, menosprecios y muchas afrentas; y esto, sólo por el hecho de existir.

No te olvides, pues, que los niños tristes y pobres son buenos, aunque a veces hagan cosas malas. Y, ten presente algo muy importante: si nosotros les hacemos el bien, cualquier favor, ayuda o beneficio, nos convertimos en servidores y trabajadores de Dios. Porque Él nos ha dicho claramente que "todo cuanto hagamos al más pequeño de sus hermanos, a Él mismo se lo estamos haciendo". Pues, ellos, son los más pequeños, y quienes sufren indebidamente la injusticia, el desamor y la falta de entrañas maternales.

Así pues, estarás de acuerdo, conmigo que no hay dolor más grande que este de los niños tristes. Y, al considerarlo en su cruel realidad, debe ser algo que nos conmueva a todos para tratar de remediarlo dondequiera que lo encontremos, pues sólo así podremos cumplir el Evangelio de la vida: viendo y tratando con ternura a estas pequeñas plantas azotadas por el viento del infortunio y la desgracia, y amándolos gratuitamente, como Dios nos ama a todos.

Finalmente, te digo que todo el dolor de estos niños y cuanto sabemos que sucede realmente en nuestro entorno es, sin duda, no porque no veamos la deplorable situación de estos infortunados y menospreciados pequeños seres humanos; sino ante todo, porque las alas blancas de la caridad no son capaces de despedazar las duras piedras de nuestros egoísmos. Es decir, porque nuestro corazón, nuestra mente y nuestro ser están enfermos, atrofiados, encallecidos y deshumanizados.
Sí, ante el espectáculo de los niños tristes, muchos escondemos el rostro para no ver, no pensar y no ayudar; porque, recuerda que: “todo aquel que tiene un pensamiento puro y piensa bien, ese tiene fe, y esto lleva a la acción; quien tiene un corazón puro, ese tiene amor; y quien se duele en su propia carne del dolor de los demás, ese ayuda y sirve sin medida, porque tiene esperanza cierta de cielo”.

Texto agregado el 08-12-2003, y leído por 1311 visitantes. (0 votos)


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