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Rechonchos, conspicuos y engalanados embajadores subieron y bajaron del estrado alternada y ordenadamente luego de pronunciar sentenciosos discursos que eran más bien ejercicios de prodigiosa palabrería. Después de cada arenga, los aplausos explotaban espontáneos y el sonido rebotaba y se multiplicaba en los soberbios muros de la sala de Conferencias. Los megaproyectos, las renegociaciones, la contaminación y el efecto invernadero, la ley antimonopolios, los conflictos armados y el endeudamiento de los países tercermundistas, eran los grandes temas que se tocaban en esta reunión de tan alto nivel.

Recién se acallaban los aplausos tras la rimbombante intervención de un delegado, cuando una voz finísima que más parecía tintineo, pidió la palabra y sin esperar que esta le fuese concedida, se alzó con singular majestad y elocuencia, la frágil figura de un niño desarrapado y sucio que emergió a los asombrados ojos de la nutrida concurrencia. Antes que nadie alcanzara a detenerlo, buscó un taburete y encaramándose y colocándose en la testera, comenzó a entonar un cántico que parecía un himno. Las cámaras de televisión lo enfocaron al instante, dejando de lado las limpias imágenes de los importantes invitados. Una vez terminado su canto e iluminado constantemente por el destello de los flashes de las cámaras fotográficas, tomó un micrófono y expresó que su ánimo era precisamente molestar. Algo sucedió en la sala entonces. Los encargados de Seguridad quedaron petrificados en sus lugares, puesto que este abrupto rompimiento de protocolo acaso le reportaba un poco de frescura a la árida reunión.

El chico, un pequeñito de nueve años más o menos, de nacionalidad imprecisa, ya que bien podía ser liberiano, paraguayo, mexicano o boliviano, dijo haber elegido aquella importante conferencia para mirar a los ojos a los representantes de los más importantes países.
-No vengo a pedir limosna sino para que me escuchen, porque sinceramente tengo hambre, mucha hambre.
Se sintieron carraspeos, murmullos pero nadie se movió de sus sillas. Al pequeño desarrapado le brillaron las pupilas cuando musitó –mi padre, mi madre y mis hermanos también tienen hambre. Y nuestros vecinos y todos los que he alcanzado a conocer en mi vida sufren también de esa misma hambre.
Una voz engolada dijo- Está haciendo política.
-Pamplinas –contestó otro- los intestinos no saben de política.

Como lo que el niño iba diciendo, era traducido en forma simultánea, todos en la inmensa sala comprendían sus palabras.
-Sé, por lo que dicen los periódicos y la televisión, que el mundo está pasando por su peor momento y que el hombre viaja a pasos acelerados hacia su propia destrucción, que la miseria es un flagelo que se expande a pasos agigantados mientras unos pocos grupos económicos atesoran gran parte de las riquezas y teniéndolo casi todo, se esmeran en seguir acaparando y devorándose entre ellos, para alcanzar el preciado cetro de la riqueza absoluta. Sé que soy sólo un niño- prosiguió el chico- y que mi única obligación es jugar e ir al colegio, pero permítanme decirles que en el mismo momento que abandoné la cuna supe de la rigurosidad de la existencia. No hubo juegos ni tampoco colegio y eso tan legítimo para todo niño, debí reemplazarlo por levantadas en la madrugada en las que salía a la calle para procurarme el pan. No supe de lecciones de geografía ni de matemáticas pero si del asma que se llevó a mi abuelo y del hambre que descalcificó mis huesos, no supe de juegos de pelota pero si del tráfico de seres oscuros que venden a alto precio el veneno que ensucia las almas de los desencantados por sus existencias miserables. La vida ha sido para mí una revolución de tripas insatisfechas y por eso he llegado acá para hacerles ver que no todo en el mundo se arregla con bonitas palabras y títulos honoríficos. Esta vocecita que ustedes escuchan, tan apta para entonar cánticos infantiles, la he debido utilizar a menudo para interpretar el discurso que millones de gargantas han escrito sobre la piel insensible de la sociedad puritana. Soy un niño pero para mí eso es sólo una anécdota, estas piernecitas cortas y esta estatura tan propicia para correr y juguetear, son, en mi caso, un estigma y una burla.

Sin decir ninguna otra palabra, el pequeño descendió de su sitial y se alejó tristemente, sin que nadie atinara a detenerlo. Por un segundo, el silencio reinó en la sala, los dignatarios se miraban unos a otros, sin comprender nada de lo sucedido. Pero de inmediato, una vez que la perplejidad se disipó como simple voluta de humo, la suspicacia se alzó generalizada, indistinta y tendenciosa:
-A este niño lo envió el imperialismo, eso es seguro.
-Este montaje está organizado por los países del medio oriente.
-Sea quien sea el que haya organizado esto, me repugna que se utilice a un niño.
-This is democracy, but, is inappropriate! -expresó a viva voz un señor de aspecto rubicundo.
El vocerío fue creciendo y todos opinaban con desatada vehemencia.

El niño, entretanto, se alejaba del importante recinto, contemplando tristemente como el hombre orquestaba una vez más una de esas hipócritas instancias en que parecía querer resolverlo todo, a sabiendas que nada tendría solución mientras alguno no se levantara y lejos de pronunciar bellos y encendidos discursos, tomara la pala, el chuzo y el azadón y comenzara a construir caminos de unificación y puentes de acercamiento.

Las tripas del pequeño resonaban con estrépito cuando éste se enfrentó con una esquina que lo hizo desaparecer para siempre de esa enorme sala de conferencias…













Texto agregado el 04-04-2006, y leído por 183 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
05-04-2006 Genial, humano y real. tu texto es un grito, como el de ese niño. He saboreado cada frase. Besos y estrellas. Magda gmmagdalena
04-04-2006 Toda la razón***** lagunita
 
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