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Inicio / Cuenteros Locales / gui / La venenosa estirpe de la ironía

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Amaba la ironía y esta le destilaba de su boca como un icor venenoso. Todo hecho lo desguazaba para inspeccionarlo desde su dislocado prisma y luego lo rehacía de una manera, a todas luces ridícula. Entonces las ideas se transformaban en harapos que intentaban apelar a su dignidad, en situaciones que se cubrían con sus manos todo lo pudendo que había quedado expuesto a sus ojos agudos. La gente comenzó a evitarlo porque nada escapaba a su mirada filosa y todo era objeto de una cruda interpretación que zahería los cimientos más firmes. Cirios era un cirujano que con su escalpelo diseccionaba toda situación, reconocía sus escondrijos y atajos, vislumbraba de pronto el tumor prejuicioso y lo extraía sanguinolento y desarmado para exponerlo a la mirada curiosa de una sociedad que desconocía lo que ella misma había parido.

Su condición irónica lo encastilló en los extramuros de la ciudad. Fue mejor para él, puesto que mientras más lejano, más claros eran sus preceptos y más sutiles sus redes. Su influjo fue tal que su sólo nombre ocasionaba disturbios, todos sintieron su mirada gélida tras las espaldas y esto determinó que sus acciones fueran doblemente cuidadosas pero de tan cuidadosas que eran, se transformaron en ridículas maquetas. Los ecos de la risilla virulenta de Cirios se esparcían por todos los rincones de una sociedad que se replegaba sobre si misma como un arácnido amenazado.

Hasta que la ciudad comenzó a sentirse enferma. El flagelo de la inseguridad atacó todos los estratos, nadie se atrevía finalmente a exponer sus ideas sin antes atomizarlas, seccionarlas y exponerlas bajo el microscopio de la duda. Cuando imaginaban que esta podía ser propalada sin temor, la horrible sospecha de haber dado a luz a un engendro deforme, les provocaba una cruel angustia, puesto que sabían que muy pronto su hija mal parida regresaría irreconocible a su cubil. Y Cirios se sobaría las manos esperando a sus propiciatorias víctimas desde su burlesca atalaya.

Los científicos se encerraron en sus laboratorios para intentar encontrar una vacuna que los inmunizara contra ese mal que amenazaba con desvirtuarlo todo. Fueron largos años de estudio. Los jóvenes se hicieron viejos y los viejos se negaron a morir a la espera de esa panacea que les permitiera irse de este mundo en paz con ellos mismos. Cirios no envejecía y parecía revitalizarse con el veneno corrosivo que lo alentaba. Su castillo era una inmensa biblioteca en la cual se exponían los defectos de una sociedad, que de tan defectuosa, se había transformado en una civilización errante. Nadie divagaba siquiera porque hasta eso podría ser una moneda falsa, los bebés se olvidaron de berrear, algo de su instinto les decía que sólo el primer vagido es ancestral y el resto sólo una iteración perfectamente evitable.

Hasta que una tarde eurekaizante, uno de los investigadores lanzó un grito y los demás hicieron lo mismo, ya hastiados de probar elemento tras elemento en pos de una cura para ese mal que los tenía de rodillas. El científico enarboló un tubo de ensayo con una ancha sonrisa en su rostro fatigado. Había descubierto, por fin, la vacuna ironicida, la panacea que le devolvería sus aristas a las ideas y las haría invulnerables al descrédito.

La gente se aglomeró en los vacunatorios que se habían instalado ex profeso en varios puntos de la ciudad y en pocos días todos lucían en sus brazos el piquete de la esperanza. En efecto, en muy breve tiempo, la sociedad volvió a sonreír, la gente desempolvó aquellos conceptos que había arrumbado en el fondo de sus roperos y los expuso al debate callejero. Nada ni nadie tuvo reparos en ventilar sus ideas y estas sobrevolaron lozanas y emancipadas en una congestionada y deshinibida red de intercambio.

Cirios, en cambio, no paraba de reír a carcajadas. Su ironía estaba intacta pero ahora él debería buscar nuevos derroteros. Su venenosa estirpe no tenía cabida ahora en aquella región. Y ello no era porque la sociedad se hubiese vuelto inmaculadamente juiciosa, no. Era simplemente porque él no toleraría confrontar su talento ante una multitud de seres que ahora enarbolaban la ironía con el mayor desprejuicio. Y esta era la gran ironía de aquella historia que tanto hacía reír a Cirios…










Texto agregado el 13-04-2006, y leído por 191 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
15-04-2006 La ironía ganó adeptos finalmente. ¿la única forma de que no te afecte es serlo también? Bueno tu texto. Besos y estrellas. Magda Gmmagdalena
15-04-2006 Ironico e hiriente esto es unamaravilla. gatelgto
 
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