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EL ENGAÑO

Estaba Rolando sentado frente al escritorio, decidido a tener una aventura y a narrarla en su diario, como lo hacia frecuentemente con sus historias fantaseadas.
Ese verano, el calor era insoportable, las temperaturas sobrepasaban los 38° grados, fue unos de los más acalorados de la última década.
Y ese año él, precisamente no tendría vacaciones. Había mucho trabajo en la oficina. Su jefe ya se lo había comunicado, sólo podía pensar en tomar un descanso en el otoño.
Llevaba varios años de casado con Mónica. Él la quería y respetaba. Durante todos esos años de matrimonio jamás la había engañado.
Llevaba una vida rutinaria y totalmente asumida. Trabajaba para darle lo mejor a su familia. Su pasatiempo, era cada domingo jugar al fútbol con amigos de su juventud, que aun conservaba.
Su otra distracción y la más apasionada que lo mantenía siempre expectante, era su diario, donde volcaba toda su imaginación construyendo, ideando y creando historias de ensueños, que él deseaba de alguna manera haber vivido, pero por la forma que le habían enseñado a enfrentar la vida, nunca se lo había permitido.
Era muy joven cuando dejo a su novia embarazada.
Sus padres lo habían educado bien, él tenía que asumir sus responsabilidades, lo hizo sin cuestionamientos y totalmente asumido. Si bien en ese momento, no la amaba, lo logro con el pasar de los años.
Pero ahora el calor lo tenía perturbado, las altas temperaturas de ese año le estaban provocando una sensación extraña a su cuerpo y a su ser.
La monotonía de su vida y no poder salir de vacaciones, lo tenían al borde de la locura, ya no soportaba la rutina del día a día.
Ahora quería escribir en su diario, sucesos reales. Sentía que la oportunidad de aquello, se le daría en tan solo unos días más. Su mente comenzó a proyectar.
Su esposa se iría de vacaciones con los niños, por una semana. Era la oportunidad que tenía para vivir a su manera cualquier situación que se le presentara, desde invitar a sus amigos a tomar unas copas, como también la oportunidad de tener una aventura.
Sólo quedaban dos días para que su familia partiera.
Mónica lo notaba extraño, ansioso, pero no le dio mucha importancia, tenía su mente demasiado ocupada con los preparativos del viaje.
Llego el día D, se despidió de su esposa y de sus hijos muy cariñosamente, a cada uno le dio un abrazo y un beso de despedida.
El auto, estaba en la puerta de la casa tocando la bocina para llevarlos, era un vecino, que tuvo la amabilidad de ofrecerse para transportarlos hasta la estación.
Los niños salieron corriendo y subieron al automóvil alegremente, desde ahí le decían a su madre que se apurara, el vecino toco reiteradamente la bocina ya que llegarían retrasados.
Mónica abrazo nuevamente a su esposo y le susurro al oído”te amo” y cerró la puerta tras de sí. Rolando, luego la volvió abrir y se quedo contemplando en la puerta como ella subía al automóvil y se alejaban del lugar.
Él se mantuvo por un tiempo parado con la mirada perdida, sin ningún pensamiento en su mente, luego reaccionó, elevo los brazos y grito “libertad”. Estaba desenfrenado, fue tan fuerte su grito, que la gente que iba pasando por la calle, lo miro con extrañeza.
Por primera vez, después de tantos años, o tal vez de toda su vida, forjaría lo que realmente le naciera, se dejaría guiar por sus instintos y no por lo que creía que sus padres, su jefe, sus hijos, o su señora, querían de él.
Lo primero que haría esa noche de sábado, sería llamar a sus amigos, quería celebrar con ellos, hablar cosas de hombres con plena libertad, emborracharse, fumar mucho tabaco, o tal vez, hasta un poco de hierba. Después quedaría tiempo para otros sucesos.
Tal cual, llamó a sus amigos que llegaron al anochecer, todos golpeando con los pies, con una, o dos botellas de licor y comida. Conversaron hasta altas horas de la madrugada, tomaron hasta quedar tirados en el suelo, y volaron por los aires, como no lo hacían desde su juventud.
Al otro día se levanto con mucho malestar, ya que él habitualmente no bebía.
Como era Domingo volvió a acostarse, dormitó un par de horas más, nuevamente se levanto y se dio una ducha. Comió de lo que había quedado la noche anterior, ordeno algo la casa, pero aun seguía mareado, así que regresó a la cama.
Despertó al atardecer mucho más despejado, se dirigió a su escritorio, y se preparó a relatar lo que había acontecido durante la noche anterior, al terminar cerró el cuaderno y medito un momento.
Esa noche sería diferente, llamaría a Claudia, una compañera de trabajo que desde hace mucho tiempo, se le insinuaba con indirectas.
Rolando nunca se había atrevido aceptar sus invitaciones, respetaba demasiado a su esposa, pero ahora era diferente, quería tener una aventura de un día y presentía, que ella accedería.
La llamó, y efectivamente, Claudia acepto su invitación. Irían a un bar a tomar unas copas.
Aunque tenía muchas ganas de tener una aventura, no sabía como empezar, hace muchos años que no abordaba con esa intención a una mujer. La verdad, que nunca lo había hecho. Mónica, era la que se había acercado a Rolando por primera vez, luego anduvieron y pronto se casaron.
Estaba nervioso, le sudaban las manos, pero a las ocho en punto, estaba en el bar, esperando que Claudia llegara.
Bebió tembloroso su primera copa de Ron, mientras se sentía observado por la gente, pero era sólo su imaginación (quizás por la culpa que le embargaba por atreverse ha sentir). Muy pronto pidió otra copa, para calmar en algo esa ansiedad que lo consumía por dentro.
En la mitad del segundo trago ya estaba más dispuesto, el alcohol le había dado valor, seguía reflexionando que seguiría sus instintos.
Estaba claro que sólo sería un suceso más, como esos que había escrito en su diario a lo largo del tiempo, la enorme diferencia era, en que este lo estaba viviendo realmente.
Claudia llego al final de su segundo trago, ella pidió un Martínni y brindaron por el encuentro.
Rolando reparo en su belleza, estaba hermosa, vestía de negro, un traje corto muy ceñido, donde destacaban sus piernas largas y bien torneadas. Además, el vestido tenía un escote muy discreto, que dejaba de todas formas ver sus pronunciados senos.
Conversaron y se rieron recordando anécdotas de la oficina. A medida que iba pasando el tiempo, ella lo miraba más coquetamente. Tocaba su cabellera, acariciaba su mejilla, se acercaba más hacia él, posando sus labios en su oreja para susurrarle palabras indiscretas. Le demostraba con todos sus gestos lo alegre y dispuesta que estaba.
Rolando pidió otra copa, la cual termino por darle las agallas, para sugerirse. A esa altura, ya ni siquiera s preocupaba si lo miraban. Claudia tenía muy claro que él era un hombre casado, pero también, que su señora se encontraría fuera de la ciudad durante toda la semana.
Él lo había comentado en la oficina.
Unos días antes, Claudia se había acercado a él para proponerle que salieran durante l ausencia de su mujer. Aunque él nunca se lo confirmo, finalmente el día había llegado.
Rolando tomo sus manos y todo su cuerpo reaccionó, su pulso elevo los latidos, sus sentidos despertaron, el deseo contenido afloro y el tiempo se detuvo por un instante.
Hace mucho que no lograba sentir las sensaciones que en ese momento recorrían su cuerpo.
Luego él la beso y ella lo recibió con mucha ternura y amor.
Ella estaba enamorada de él. No había podido evitarlo, aun sabiendo que sus destinos jamás se unirían. Tal vez, por un período lucho contra esos sentimientos, pero luego de un tiempo sólo se dejo llevar por lo que le provocaban. Cada vez que tenía la oportunidad se le acercaba. Sabiendo que ello la haría sufrir, pero fue creciendo tanto su amor, que su indeferencia no le importaba.
Que le podía decir a su corazón para que dejara de palpitar así, a diario se veían en la oficina y no podía evitar imaginarse entre sus brazos y su apatía de algún modo aun más le atraía.
Ahí comenzó todo, con el roce de sus manos y con ese beso que se dieron con ardor.
Rápidamente pidieron la cuenta y se fueron a un hotel. En el trayecto, no se dijeron ni una palabra, sólo caminaron tomados de la mano.
Al llegar a la habitación, se pararon uno frente al otro, estaban los dos muy nerviosos. Poco a poco, se fueron acercando, hasta que sus cuerpos se rozaron, quedando detenidos en el tiempo contemplándose a los ojos. Ella lo miraba y se iluminaba, todo su rostro.
Claudia había esperado tanto tiempo, cuantas veces había soñado con ese instante. Cuantas horas de insomnio había pasado, pensando en el día que su deseo más anhelado se cumpliera.
Claudia lentamente levanto su mano acariciando con ternura el rostro de él, al instante comenzaron las caricias cada vez mas agitadas, los besos húmedos y tiernos en un comienzo se convirtieron en ardientes y desesperados de pasión desenfrenada.
Poco a poco se fueron desprendiendo de sus prendas, hasta quedar desnudos descubriese cada parte de sus cuerpos.
Él con sus manos fuertes, tocaba sus pechos con frenesí desmedida y recorría su cuerpo con intensidad indefinida, rozando cada centímetro con esmera dedicación.
Por largo rato se recorrieron con besos fogosos, se acariciaron con exacerbado ardor y sus cuerpos se agitaron jadeantes al ritmo del deseo mutuo.
Ella llena de éxtasis, saboreaba cada caricia, desbordando por sus paredes húmeda pasión.
En seguida se recostaron en la cama y él la invistió embriagado de deseo contenido, culminando su entrega uno con el otro.
Y así pasaron toda la noche entregándose sin reparo mutuo placer.
Al otro día desde el hotel se fueron a la oficina, no se habló nada por la mañana, ni tampoco durante el día. Rolando actuó como sí nada hubiera pasado y a la hora de salida él sólo se despidió.
Rolando se dirigió directo a su casa como siempre, y lo primero que hizo al llegar a ella, fue sentarse frente al escritorio, saco las llaves y abrió el cajón donde estaba su diario. Comenzó a escribir y a medida que lo iba haciendo, también lo estaba reviviendo y eso lo hizo estremecer.
Siguió escribiendo su experiencia y de acuerdo que iba avanzando se le aparecían imagines en su cabeza.
Recordaba su pelo largo y negro, sus pechos grandes y firmes, su piel dorada por el sol, su aroma a jazmín, sus labios rojos carnosos, su piel suave como el terciopelo, y todo su cuerpo la estaba pidiendo a voces y su corazón latía como hace mucho no lo hacía.
No se dio cuenta como tomo el teléfono, la llamó y le pidió que se reunieran nuevamente, Claudia consintió sin demora.
Rolando la aguardó en la misma habitación donde la noche anterior habían volcado sus pasiones.
Mientras llegaba se sirvió un vaso de Ron, cerró las cortinas, bajo las luces, colocó música y se recostó encima de la cama.
La espera se le hacía insoportable, recordaba la noche anterior y todo su cuerpo se emocionaba. Quería poseerla reiteradamente.
Claudia llego media hora más tarde. Apenas cruzo la puerta se detuvo en el umbral, lucia un vestido de gasa blanco, en el mismo sitio comenzó a desvestirse, él siguió tendido aguzando los sentidos, saturado de pasión.
Claudia lo observaba a la vez con sus grandes ojos colmados de entusiasmo, mientras iba desprendiéndose de cada prenda mansamente.
Cuanto tiempo ella había esperado por ese momento y ahora Rolando estaba ahí otra vez, pero ahora observándola desde la cama, mientras ella presumida, dejaba caer su ropa al suelo y ondulaba su cuerpo con pequeños movimientos. De esa forma a él, lo iba excitando cada vez más.
Luego ya desnuda, lentamente camino hacia la cama, lo observó con su mirada penetrante, arrimo su cuerpo más hacia él y comenzó a desabrocharle la camisa, para al instante recorrer su pecho lenta y delicadamente con sus suaves manos. Él la aproximó más, comenzando a recorrer cada centímetro de su cuerpo, mientras ella, prosiguió a desvestirlo paulatinamente. Con más ardor que la noche anterior, fundieron sus cuerpos compenetrándose uno en el otro.
Así se sucedió la semana, todos los días, en el mismo hotel y en la misma habitación, sus cuerpos eran saciados, una y otra vez con placeres concedidos.
Como era costumbre antes Rolando pasaba por su casa, se sentaba frente al escritorio, abría su diario y escribía todos los sucesos de la noche anterior, luego lo guardaba en el cajón con llave. Después se preparaba para salir e ir a su encuentro.
Llegó la última noche de esa semana. Rolando le anuncio a Claudia que todo terminaba ahí, su esposa llegaba al otro día.
Claudia le imploro que siguieran, no le importaba continuar siendo su amante por el tiempo que él quisiera, lo amaba.
Él firmemente rechazo su propuesta, eso desestabilizaba su vida y no estaba capacitado para ello.
Esa noche Claudia se quedo sola en la habitación, llorando desconsolada, con el alma rota en mil pedazos.
Conocía a Rolando hace mucho, y estaba segura que lo que él le dijo sería así, no en vano tardo tanto tiempo para que él cediera a sus deseos.
Comenzó la semana y Rolando no podía evitar pensar en Claudia y recordar como le había sacudido todo su ser. Ella logró hacerlo sentir, lo que en su vida había algún día sentido, pero definitivamente, no dejaría que volviera a pasar, ahora que llegaba su familia.
Rolando los amaba y no haría nada que los pudiera poner en peligro.
Además, repasaba lo celosa que era Mónica, y cualquier cambio de aptitud de su parte, ella sospecharía.
Su esposa llegó como estaba programado, venía radiante, hermosa llena de nuevas energías.
Rolando recapacitaba lo bien que le habían hecho esos días de descanso a Mónica, lucia más joven y hasta sus hijos estaban de mucho mejor humor.
Él al observarla se sentía malhechor, pero poco a poco se fue adaptando nuevamente y pudo lograr mirarla a medida que pasaba el tiempo, con un poco menos de culpa.
A ratos reflexionaba sobre su esposa, pensaba cuando ella se iba a imaginar todo lo que había pasado ese verano, era una mujer tranquila que nunca había trabajado, tenía pocas amistades, no salía nunca de casa, su única entretención era la dedicación y preocupación que les daba a sus hijos.
También venían a su memoria ráfagas de imágenes de esas noches ardientes y sedientas de deseos incontrolables, luego movía su cabeza para volver a la realidad y se repetía que jamás ella lo sabría, cavilaba que eso la destruiría, era demasiado frágil y conservadora.
Por ello tenía la preocupación siempre de guardar su diario bajo llaves.
Transcurrieron los días lentamente, poco a poco las hojas de los árboles comenzaron a caer, las jornadas de claridad eran más cortas, el aire que recorría en la ciudad ya era más frío y hacía estremecer.
Él llegaba de su trabajo como siempre a la misma hora y mientras su esposa termina de preparaba la cena, escribía en su diario nuevas aventuras imaginadas y mezcladas con sensaciones recientemente vividas.
Una noche el diario se quedo encima del escritorio. A la mañana siguiente, su mujer limpiaba como habitualmente lo hacia, cuando reparo en el cuaderno de su esposo.
Su primer impulso fue abrir el cajón para guardarlo, pero la curiosidad fue más fuerte y comenzó a hojearlo, se sorprendió lo entretenidas que eran sus historias. Jamás pensó que su marido tuviera tanta habilidad para escribir.
Sabía que lo hacia, pero ella nunca mostró interés por ellas, por lo mismo, él nunca le expuso sus cuentos. Leyó un par de páginas y lo guardo en el cajón.
Continúo en lo que estaba y tardo un par de horas en organizar toda su casa.
Se sentó en el living a tomar un café, no tenía nada más que hacer que esperar la llegada de lo suyos.
Se acordó del diario y le entro la curiosidad, la cual pudo más.
Se dirigió al escritorio de su esposo y abrió el cajón, luego lo cerró sucedidamente, lo volvió abrir y saco definitivamente el diario, se preparo otro café, y se acomodo en el sillón, total quedaban un par de horas antes de que alguien llegara.
Todo iba bien hasta que llego a la página donde él describía su aventura con Claudia, la semana que ella se había ido de vacaciones junto a sus hijos.
Su expresión cambio, y no podía creer lo que estaba leyendo. Estaba escrito en detalle, la habitación, la atmósfera que habían creado en ella, las caricias, los besos, las veces que la penetro, el placer extasiado que sintió cada noche. La manera que sus cuerpos eran rozados y besados con ardiente deseo. La forma de sus pechos, el color y la suavidad de su piel. Describía los movimientos atropellados y sosegados, que se habían provocado con la excitación de sus cuerpos desnudos.
A medida que iba avanzando en la lectura, Mónica comenzó a agitarse, su corazón palpitaba avivadamente, su cuerpo aumento la temperatura y principió a estimularse, recorriendo su ser lentamente con sus manos, los movimientos cada vez eran más agitados. Su corazón, palpitaba cada vez más rápido, su excitación cada vez era más grande he incontrolable.
Al instante reaccionó, se levanto estremecida con lo que había acabado de leer, camino hacia el teléfono, disco un número, el cual tardaron en contestar, hasta que al fin levantaron el fono y todo lo que expresó, era que necesitaba verlo urgentemente.
El acudió tan rápido como pudo, estaba a un paso, sólo tenía que cruzar la calle.
Ella dejó la puerta entre abierta y lo esperó en el dormitorio desnuda como siempre, pero esta vez su cuerpo estaba más ardiente que nunca, desbordarte de deseo, y volvieron a deleitarse como lo habían hecho por tanto tiempo, durante años y como aquella semana inolvidable del verano recién pasado.
Mónica, nunca le dijo a Rolando que había leído el diario, sólo lo guardo en el escritorio, comenzó a preparar la cena y la vida siguió como siempre.
El vecino cruzó la calle, quince minutos antes que Rolando llegara a casa.


Texto agregado el 17-04-2006, y leído por 74 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
20-07-2008 me engañastes ,y yo que pensaba que eras GALa collective_soul
18-07-2006 Historia que narra hechos que son muy cotidianos, sólo que aquí el final le suma sorpresa adicional... aukisa
15-05-2006 Que buena tu historia... Sobre todo aquel final inesperado...o esperado? misterioso
 
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