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Cuando falleció el abuelo, los empleados de la funeraria colgaron en su dormitorio negros cortinajes que parecieron luego pesarosas sombras asolando los muros. Más tarde apareció el ataúd, tan negro como los cortinajes aquellos y fue, en medio de la habitación, otra sombra navegando hacia la eternidad. Cuatro candelabros de luz mortecina, que parecían diminutos faros en la inmensidad azabache, reflejaban los rostros compungidos de familiares y amigos. El niño, contundido con tanta emoción repentina, no se atrevió a penetrar a esa habitación que tanto se parecía al escenario de una película de terror.

Es preciso decir que la desaparición del abuelo fue la primera aproximación de Panchito con la muerte. A sus siete años, la conmoción de sus familiares le llegó de rebote, provocándole un extraño estado en el cual se mezclaban la curiosidad, el miedo y la congoja de saber que el abuelo ya no estaría más con ellos.

El pequeño cruzaba el pasillo con paso cauteloso y sentía el abejorreo de las viejas que rezaban en la habitación. No se atrevía a cruzar ese umbral que tanto le atemorizaba, por lo tanto, tampoco vio por última vez la faz cadavérica de su abuelo dentro del ataúd. Gente diversa ingresaba a la casa para darle el pésame a la abuela, la que, ataviada con las vestimentas más oscuras que pudo encontrar, agradecía las condolencias e invitaba a pasar. Entonces, las personas aquellas, se aproximaban al féretro y se quedaban, contritas y pensativas, contemplando el rostro del abuelo.

-Está casi igualito-decían al cabo, con un suspiro de voz y el chico se hacía vanas conjeturas sobre si la muerte significaba cambiar de identidad o ser alguien que se metamorfoseaba para acudir a su cita con la muerte. Y entonces, las dudas que se le provocaban eran enormes porque no podía entender como sería identificado el abuelo en el más allá por sus parientes muertos. ¿Y como lo reconocería él mismo muchos años después y como lo haría el abuelo con él, ya que su rostro tampoco sería el que era en ese momento, sino otro muy distinto?

Y a medida que pasaban las horas y la casa se llenaba de extraños, el chico se moría de curiosidad por contemplar los cambios que se habían producido en el abuelo, pero no era lo suficientemente osado para empinarse sobre ese catafalco que tanto lo aterraba y comprobarlo por si mismo.

La noche se repletó de espectros que se hermanaban con las sombras. Había demasiada gente para su gusto, individuos que cuchicheaban en la penumbra del comedor. De repente se escuchaba una risa sofocada y Panchito sentía que eso era una profanación flagrante, ya que equivalía a mofarse de toda esa mise en scene.

Más tarde apareció el padre Lorenzo, un sacerdote de carácter agrio que le entregó los últimos sacramentos al fallecido. Su voz retumbó en la pequeña capilla ardiente en que se había transformado el dormitorio aquel y nadie entendió una sola palabra dicha porque la oración fue emitida en latín, otro elemento que desacomodó a Panchito, porque tenía entendido que Dios hablaba un idioma comprensible para todos.

Al día siguiente, los mismos empleados que habían colocado los fúnebres cortinajes, ahora los retiraron, quedando el muro desnudo de sombras, como si la nada se hubiese alojado para siempre en aquella habitación. Luego, sin mayores miramientos, retiraron la urna con el abuelo dentro y allí fue cuando Panchito intuyó que la muerte era algo más serio de lo que había imaginado, puesto que los lloriqueos se propagaron por toda la casa y -como contagiado por una pena que no alcanzaba a agobiarlo pero si a desacomodarlo- se pudo a llorar desconsoladamente y su abuela, presa del nerviosismo, lo agarró de un brazo y lo encerró en la cocina. Por las ranuras de la puerta pudo ver como todo el aparato de la muerte se fugaba por la puerta de calle y se alejaba en triste cortejo detrás de su abuelo…























Texto agregado el 17-04-2006, y leído por 239 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
21-04-2006 Te disfrasaste de niño y nos regalaste un excelente cuento, normalmente nadie se atiende a estas contrariedades puberes que provoca la muerte de un ser querido, en fin, gracias a la vision de panchito algo sabemos ya. Saludos. Aramis
19-04-2006 Me recordó a una niña que conocí y que, a diferencia de Panchito que solo observaba los acontecimientos, ella jugaba arriba de la urna tal como si fuera un caballo de palo... Absolutamente de acuerdo con gmmagdalena, el relato nos permite ver cuan diferente es "la muerte desde la mirada curiosa de un niño". Mis estrellas para el relato y su autor. Anua
19-04-2006 La muerte desde la mirada curiosa de un niño, Perfectamente narrado Gui, Besos y estrellas. Magda gmmagdalena
 
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