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II

Siempre pensé en mis hermanas como en mis iguales. Jugábamos al fútbol, a las muñecas y al luche con esa inocente indiferencia de los niños que no se hacen problemas con asuntos tan complicados como el sexo, los tabúes y los convencionalismos. De tarde en tarde se sumaban nuestros primos, pero muy pronto ellos intentaban imponer sus reglas, dando a entender que su incipiente mundo se comenzaba a estructurar de otro modo. Al crecer, se estableció una clara diferencia entre mis hermanas y yo. Ellas cimentaron una personalidad firme, consistente. Yo, al contrario, permanecí siendo el niño delicado al que el crecimiento físico sólo le arrebató el candor y la voz de soprano. Me aislé del mundo y en esa reclusión voluntaria me puse a resguardo de la agresividad de las personas. Cuando no tuve más remedio que enfrentarlas, supe con claridad que yo era muy diferente al resto. Mis puños apretados no golpeaban, sólo se agarrotaban tratando de encontrar un asidero donde refugiarse. Mi horizonte era poco claro, añoraba a cada instante ese pasado que se había esfumado tan irremisiblemente.
Mis hermanas se casaron y formaron nuevos hogares. Ese último bastión se destruyó y en medio de las ruinas quedó llorando un niño con apariencia de hombre. Mi micro mundo hecho ruinas destruyó también mi escasa autoestima. No crecí como crecen todos los hombres, mi evolución fue traumática, ya sin esperanzas de recuperar mi refugio, la soledad fue nuevamente mi hogar, me replegué dentro de mi mismo, como si empequeñeciéndome, pudiera por fin desaparecer. Fue una extraña regresión, un desear reencontrarme con mi primera morada, ese útero palpitante que sería nido y ataúd a la vez.
Pero debí emerger una vez más al mundo de los vivos y enfrentado con esa realidad que parecía dañarme hasta los huesos, me convertí en un ser huraño que caminaba agazapado, imitando sin quererlo a esos animales nocturnos que salen de caza para saciar su vital apetito, en mi caso era el simple deambular de un tipo desesperanzado que sabía que ya nunca encontraría otros seres dispuestos a jugar con él y transformar su existencia en una enorme sala de recreación. A menudo fantaseaba sobre mi eventual destino si en vez de hombre hubiese sido mujer. Tal vez habría sido la mayor, quizás más esbelta que mis hermanas, delgada, delicada, elegante. Obviamente hubiese sido mucho más femenina que ellas. Acaso me hubiese casado antes que las dos. Ahora tendría hijos adolescentes y un esposo que... ¡Pero basta! Quiero dejar muy en claro que aquí no existe ningún rasgo de homosexualidad ni nada que se le parezca. Es sólo un jueguito imaginativo, una fantasía que me agrada sólo en su exterioridad. Más bien es una clase de narcisismo, un deseo de ostentación, un tal vez que me horrorizaría si se transformase en algo cierto. Porque en realidad soy muy macho, que quede muy claro, ya que ni siquiera las fases lunares pueden alterar eso. Sólo Dios sabe que soy sincero. Y como prueba irrefutable, elegí como esposa a una mujer hermosa y deseable. Eso -por supuesto- antes que adquiriera investidura de bruja.

Otro tema que me causaba escozor, es ese halo de fortuna que acompaña a algunas mujeres, que tan sólo por el mérito de su belleza, se hacen de esposos ejemplares, quienes les brindan bienes materiales, tranquilidad económica y felicidad a raudales. Usted me tildará de machista, propenso al resentimiento y a la envidia. Pero no podrá negar que muchas mujeres de escaso mérito y talento llevan una vida de emperatrices, lo que se contrapone al duro pasar de tantos hombres excelentes y geniales que ven transcurrir sus días en una ocupación rutinaria y mal remunerada o, acaso, en la más absoluta inopia. Alguna vez planteé esto en cierto lugar, pero la mayoría me quedó mirando raro y se fueron retirando de a poco. Sentí el rechazo y éste duró por lo menos un par de semanas. Luego el asunto fue superado y olvidado. Cierta vez le comenté lo mismo a mi mujer, quien, alarmadísima gritó: -¡Ave María Purísima! ¡Me casé con un ...! Y se largó a llorar. Nunca más toqué el tema.
Pero ahora, desgarrado por la incertidumbre, con la toalla suspendida sobre mi rostro, dándome un aspecto de Juan Bautista, repasé dolorosamente el errático rumbo de mi vida, mi travestismo intelectual y en un arranque de furia, tomé las tijeras y me cercené el bigote. Fue un sentimiento de frustración y la plena seguridad que en ese preciso instante tomaba la hoja de mi vida y la hacía mil pedazos...

(Continua)










Texto agregado el 20-04-2006, y leído por 168 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
21-04-2006 buenísima esta parte. Sigo. Besitos y estrellas. Magda gmmagdalena
 
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