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Inicio / Cuenteros Locales / delfinnegro / ¿EL VERSO RIMADO ES ANTICUADO O TAN ACTUAL COMO EL VERSO LIBRE?

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TEXTO DE LA PRESENTACIÓN DEL LIBRO "CINCUENTA SONETOS PARA AMANSAR LA MUERTE", DEL POETA, CRÍTICO Y ENSAYISTA Y CATEDRÁTICO LEÓN DAVID, EN OCASIÓN DE SU PUESTA EN CIRCULACIÓN.



¿POR QUÉ ESCRIBIR SONETOS EN EL SIGLO XXI?

Al entrar a estos “Cincuenta sonetos para amansar la muerte” de León David, me siento como aquel rey visitante de “Las mil noches y una noche” al ingresar a la alcoba que el rey anfitrión le había preparado, con un gran banquete de femeninos manjares. Hago mía las palabras del rey visitante: “Sé lo que tengo que hacer, pero no sé por dónde empezar”.
Efectivamente, hay varios puntos de vista desde los que puede verse este magnífico libro de sonetos. Pero por uno he de comenzar, y comenzaré.
Será sobre la pertinencia o impertinencia del soneto en pleno digital y cibernético siglo XXI.
¿Después de tantas y tantas y tantas centurias de sonetos, debemos seguir escribiéndolos?
El soneto es el príncipe de la poesía. Breve. Sobrio. Cadencioso. Profundo. Eterno. Y esta última palabra me interesa mucho. Pues no obstante que desde los siglos XVIII y XIX el verso blanco y el libre se popularizaran, y luego desde mediados del XX casi se adueñaran de la poesía, el soneto les ha sobrevivido como el principal baluarte del ritmo, de la musicalidad, de la síntesis y de la pieza perfecta con que sueña el bardo.
Es muy significativo que el libro que ganó el Premio Anual de Poesía en República Dominicana del año antepasado, “Días de carne”, es totalmente de sonetos, del joven poeta dominicano residente en Massachusett César Sánchez Beras.
En pocas palabras, el soneto, tal como ha sentenciado el poeta norteamericano Robert Frost, es como hacer pasar el caudal de un río por un pequeño tubo (y yo le agrego) sin que el agua pierda la efervescente gracia de su corriente y la emoción visual de su transparencia. He ahí la fuerza de su síntesis, de su profundidad rítmica y exacta.
Por tanto, es válido y valioso escribir sonetos. Claro, si se tiene, como León David, el talento y laboriosidad que exige ese trabajo de orfebrería y arte, de técnica e inspiración.
Y por si faltan razones, hay dos más. Una: Casi todos grandes poetas en algún momento han incursionado en él, incluidos los de vanguardia, como Octavio Paz y César Vallejo. Lo mismo que en otras formas del verso rimado que persisten en nuestros días en todas las lenguas. Otra: El mundo moderno ha enriquecido al soneto y otras formas rimadas, al volver a la poesía al lugar de donde es originaria: a ser cantada.
Como sabemos todos, en los hermosos himnos de las iglesias de hoy y en las canciones de los excelentes compositores de nuestro tiempo –Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Juan Luis Guerra, Sting, Aznavour, Manuel Jiménez, Alberto Cortez- han multiplicado la incidencia del verso medido. Estos cantores, a quienes nadie puede discutirles su condición de poetas, han multiplicado su incidencia en la sociedad, al retrotraer la poesía a las reminiscencias de sus orígenes: la rapsodia, el mester de clerecía y el de juglaría. Y no sólo cultivan diversas formas de rima en sus melodías, sino que además musicalizan a los grandes poetas, como a Machado, Martí, Manrique, Torres Blodet, Miguel Hernández, cuyos versos muestran así la actualidad perenne de toda creación verdadera, que está siempre de moda.
Pero como esto no es un estudio del soneto ni del verso rimado ni de canciones, sino la presentación de un libro, volvamos a León David y sus Cincuenta sonetos...

¿QUÉ VIRTUDES FORMALES TIENEN ESTOS VERSOS?

La primera virtud que desde el punto de vista formal tienen es la perfección de su estructura. Y la noción de lo perfecto nos viene dada por la coherencia y armonía que hace a toda auténtica obra de arte.
Vale la pena observar que la coherencia y armonía es uno de los recursos creadores más alta importancia, puesto que da algo nuevo al mundo, lo enriquece. Debido a que entre de las constantes básicas de la conducta del universo está su carácter fugaz, contradictorio, desequilibrado, contingente, irregular, aleatorio. Lo que admiramos en el cosmos es su parte coherente y armónica. De ahí que cuando armamos algo que luce imperecedero, estable, bien concatenado sin aparentes irregularidades, bien calculado, con absoluta percepción de orden, habremos logrado un auténtico producto de la imaginación humana, debido a que sólo el ser humano en su imaginario ha podido crear algo de factura coherente, fija, en una especie de corte transversal del fluido semi-caótico en que se mueve el devenir de la existencia.
Esta es la razón por la que lo eterno, lo perfecto, lo coherente, sean una invención de la fantasía del hombre, arte típico de nuestra especie, valor agregado que le aportamos a lo existente. Y es lo que nos hace emocionarnos más con un atardecer de Rembrandt que ese que miramos esta tarde por la ventana, que de repente puede ser dañado por una tormenta o una nube que se robe el oro del sol, por su carácter fugaz y casual.
La coherencia y armonía en estos textos se expresa en diversas formas. Una de ellas es que ha logrado el poeta mantener en cincuenta ocasiones el exacto verso endecasílabo. Y fue muy acertado León David al escoger esta medida, ya que parece ser la ideal para el oído humano, puesto que en una revisión que he hecho de canciones, romanceros, décimas, el verso de 11 sílabas –endecasílabo- luce el más frecuentado, probablemente por ser el más agradable al oído humano, o por lo menos al de quienes hablamos la lengua castellana. Precisamente, el maestro Pedro Henríquez Ureña ha escrito un excelente estudio sobre esta forma poética de origen italiano.
Además, el endecasílabo es el ideal para el tratamiento sereno, y por momentos irónico y sin miedo, que el autor da al tema de la muerte. No es tan corto como el octosílabo y otros metros de arte menor, que diría yo que se prestan más para temas sutiles y románticos. Ni es tan largo como el alejandrino de 14 sílabas y otras medidas extensas, propias de enfoques amargos, pesados y tétricos.

Armonía y coherencia muestran también estos sonetos en la manera como están trabajados los cuartetos y tercetos. A lo largo del libro, es una constante su recurrencia a la combinación clásica del primer verso con el cuarto y el segundo con el tercero. Mientras que los tercetos están combinados, el primer verso de uno con el primero del otro, el segundo con segundo y tercero con tercero.
Otra muestra de belleza es que casi nunca emplea el corte de la oración en su sujeto y complemento, quebrando su composición para forzar el metro, como ocurre con muchos sonetos de Quevedo o de Góngora, costumbre que Borges ha continuado. Claro, es un recurso en que el poeta se ve o finge verse en la obligación de fragmentar el concepto comunicacional y a veces hasta una palabra, para lograr mantener la rima.
Satisface mi gusto como lo ha hecho León David, que casi en todos ha mantenido la fluidez de la oración, y exactitud de los hemistiquios, y así el efecto sonoro que conduce al lector a la sublimación poética es más efectivo, puesto que van juntos el ritmo conceptual y el musical.
Todo lo anterior nos conduce a una tercera cualidad formal que quiero reseñar en estos sonetos. Podría decir de esa característica lo que escribió Federico Engels de la Grecia antigua. Señala el sabio inglés que una de las principales virtudes que también puede ser defecto (pues toda virtud de alguna forma es un defecto) en los pensadores griegos era su insuperable capacidad de generalización.
Así, una de las principales virtudes de los sonetos de León David es que están hechos por el librito, de modo que si los manes de los grandes sonetistas clásicos –Lope, Quevedo, Petrarca, Góngora, Shakespeare, Hugo, Darío- hicieran una fantástica visita a este salón y leyesen a León David, dirían: “!Estos sonetos son perfectos!”. Porque el autor ha sido meticuloso en alcanzar a plenitud las exigencias metódicas del género en sus detalles técnicos más menudos.
No ha hecho como Neruda en sus “Cien sonetos de amor”, que sólo lo son en el ritmo, en versos blancos, sin rima, principalmente en endecasílabos y alejandrinos. O como Baudelaire, que ha sido caprichoso en sus rimas consonantes y asonantes, o Vallejo y su impetuoso juego con ritmo y rima, o Lezama Lima, quien libremente sale y entra a las medidas silábicas del soneto, en su ya clásico método de apariencia ilógica, que llamo poesía del absurdo.
La virtud y desvirtud al mismo tiempo en estos autores deriva de que han hecho el soneto a su manera, a su medalaganaria manera, diríamos, cosa que no agradaría a los cultores clásicos de esta forma poética.
León David es un maestro del clásico soneto, por su ritmo y rima perfectos, por esa acentuación grave en el segundo hemistiquio, cara a esta hermosa lengua que nos regalara España.
Evidentemente, podría hacer otros muchos señalamientos formales a los “Cincuenta sonetos para amansar la muerte”, pero no quiero que ustedes se me duerman en el enjambre de los detalles íntimos de la naturaleza de estos versos, en algo que ya sería propio de un largo y concienzudo estudio, que no es el objetivo de estas palabras.


¿QUÉ VALORES DE CONTENIDO DESCUBRIMOS?

Ahora quiero abordar otro aspecto: se trata del fondo. Y obsérvese que he separado fondo y forma sólo como un recurso abstracto para poder hurgar en los distintos modos de ver los textos, pues en realidad, en el arte, fondo y forma van enlazados de manera indisoluble. Sólo pueden separarse como procedimiento de análisis, semejante a cuando el médico separa el corazón del cuerpo provisionalmente mientras investiga y cura las arterias, consciente de que la separación sólo durará lo que dura la operación. Van como la materia y el espíritu, que no son más que expresiones distintas de una misma esencia, de un mismo inseparable ontos o logos, como dirían los filósofos, aunque puedan aislarlos nuestras imaginarias abstracciones.
El tema aquí es la muerte, eje directo o indirecto de todos los sonetos. Hay algunos que muestran el tema de manera refractaria, sutil, sugerente, pero sin obviarlo, porque son de alguna manera formas de amansar a esa simpática dama que nos espera en la puerta de salida.
A lo largo de toda la historia universal de la literatura, dos temas se han debatido a capa y espada por los dominios mentales de lectores y escritores: la muerte y el amor. Son como los extremos en los que oscila ese péndulo que es el humano en la vida. La lucha de ambos: en eso consiste la historia del universo, como lo muestra y demuestra el excelentísimo poema de Lucrecio: Venus que engendra todo desde los restos de la muerte, y Marte que mata todo para multiplicar desde lo pequeño la vida. Se odian y aman. Por ella –el amor- las cosas se unen y crecen. Por él –la muerte- los elementos se fragmentan y reducen.
Pero es evidente que la muerte ha ganado la batalla desde el principio. Porque el dolor marca más que el amor. Porque matar es más fácil. Porque morir es la tendencia. Porque la inercia siempre ha vencido al movimiento. Porque la poesía desde su principio con los aedas que iban de pueblo en pueblo con su lira narrando los acontecimientos, informaban ante todo de batallas, guerras, victorias y derrotas. Y ahí la muerte es la protagonista. Y lo fue previo a la poesía, pues el hombre primitivo antes de hablar temió morir. De aquí deriva que la muerte es una constante de la vida.
Además, a kilómetros y kilómetros puede olerse la sangre de los muertos en una batalla. Mas el olor de los vivos, el humor de una ciudad no llega tan lejos.
Hay poetas como Borges o Vallejo, que se dieron el lujo de esencialmente obviar el tema amoroso, pero no pudieron renunciar a dejarnos su impresión sobre la muerte.
De modo que nuestro poeta ha escogido el tema por excelencia para estos sonetos. Un tema por cierto muy visitado por él en sus libros anteriores, fijación que anda por buena parte de su producción, unas veces como el fantasma del otro León David transparente y escapadizo que lo acompaña como invisible sombra, y otra como gran enigma filosófico y social del ser.


LA CONCIENCIA DE LA MUERTE, LA AMANSA.

Pero aquí en este libro, León David ha hecho algo extraordinario en su tratamiento de la muerte. La ha convertido en una bóveda en torno a la cual él ha girado para observarla desde los más diversos puntos de vista. He aquí la prístina virtud literaria y creativa de estos textos. El poeta se ha diferenciado de otros en que generalmente estos toman un tema para un libro, y lo enfocan a partir de sus motivos, siempre con el mismo puntos de vista. Si ven la muerte como triste, triste son todos los poemas. Si la ven como dulce, dulce son todos. Si la ven como lucha, de lucha son todos.
Aquí no. Aquí hay cincuenta formas de mirar la muerte. Unas veces como amenaza constante del humano, como espada de Damocles que apunta a nuestro cuello desde el día del nacimiento hasta bajarla al final y bajarnos con ella, y otras cuarentinueve vetas más.
¿Cómo amansar la muerte, cómo evitar lo inevitable, cómo salvarse de lo que se sabe no podemos, del transe marcado desde el primer día?
El autor está consciente de que no hay que aceptar su llegada. Luego busca la manera de entenderse con ella, de hacerla menos cruel, de anestesiarse a sí mismo para que duela menos. Y para ello usa diversas armas. Son como oraciones, exorcismos, no para alejarla sino para que llegue suave, suave como dice la “Epístola Moral” del Anónimo Sevillano:

“¿Sin la templanza viste tú perfecta
alguna cosa? ¡Oh, muerte, ven callada
como sueles venir en la saeta!”.

¿Cómo consigue León David que la muerte venga callada y suave, dulce y sin heridas?


ANATOMÍA DE LA MUERTE, SONETO A SONETO.

En el primero, tercero, cuarto, octavo y veintiocho, la muerte es vencida por el canto poético y la imaginación, que el poeta cree eternos, pues aunque muera el autor, queda la canción, como hubiera dicho León Felipe, porque, reza León David porque –soneto I- “nada puede el olvido contra una voz alada y no hay tumba que encierre al sueño en eclosión”. Aunque yo por mi parte sé que esa eternidad no lo es tanto, ya que un aerolito, un cometa perdido en espacio o un sol que choque con el nuestro, la convertirá en ceniza cósmica.
En el 2, el 5, el 6 y 9, el mundo es un engaño de los sentidos, con poca razón de ser, aunque también un viaje placentero, y por tanto no se pierde mucho con salir de esta falaz dimensión, pues –ver VI- el poeta aparenta a propósito no saber quién es “ni el por qué de esta extraña travesía hacia el espeso fondo de mí mismo”. Y es así, ya que tanto la vida como la muerte son pretenciosos inventos de la conciencia alimentada por los sentidos.
En el 7, la levedad del ser, la fugacidad de la vida, visión que el poeta comparte con Borges, Manrique, Unamuno, Bukowsky esa percepción de frágil existencia, de simple hoja que el viento de otoño vital lleva hacia lo ignoto.
En el 10, el 11, el 13, el 30 y (el 46 que es espléndido) es enigma de la vida, enigma de la muerte. Si las dos son enigmas, ¿acaso hay alguna diferencia que nos permita escoger a cuál amar y a cuál huir? Pero si bien ambas no se curan, el poeta encuentra qué ofrecerse y ofrecernos para calmar el dolor que producen –ver XIII- porque la tarde que “Fuera de mí no está: está en mi pecho y en mi sangre feraz se precipita”, así como la noche, la biblioteca, la lluvia, el agua, son los ungüentos para amansar la espera de la inevitable parca, recostándonos en ellas para olvidarla, en su “droga de cariño”, como dirá Andrés Avelino,
En el 12, el amor y la muerte se fueron al campo un día, y se envolvieron los dos y fuimos felices, aunque fuera sólo por unos instantes.
En el 14, la fantasía es el viaje, es el olvido de la vida, y de la muerte que ella incluye. No hace este planteamiento, pero lo insinúa contextualmente. En el 15, los minerales son nuestro destino, la química inorgánica, que viene a reclamar sus metales, sus gases, sus líquidos apresados en la vida. En el 16, la alegría de vivir es la mejor burla de la muerte, y es lo que hace este soneto. En el 17, el poeta se complace en esperar la muerte en su cuarto, con tanto placer “que el ayer, el mañana y el ahora son perfumes de luz que se respira en el leve silencio de la nube” se alegra en desalmarse, no es dolor su agonía, sino una dichosa extrañación de nosotros mismos arrastrados por los sutiles detalles cotidianos de ese último sueño. Lo mismo en el 26 con lo eterno nos salvamos de la muerte con la muerte misma.
En el 18, apropiarse de la belleza, amarrarse a ella en un desesperado esfuerzo por no irse, puede significar un placer tal que la muerte se amanse.
El 19 es un exquisito soneto en el que vemos que la muerte es algo que llevamos dentro, y que no hay que preocuparse de que un día salga y nos abrace. Con preguntas, el poeta la busca en todos lados. El 24 aborda del mismo tema, pero a través de la bipolaridad metafórica del poeta que se duplica en dos: el otro, el mismo, como Borges.
El 20, excelente pieza en que con palabras y enfoques tristes el poeta logra la magia de presentarnos la muerte como una fiesta amenizada por una tétrica y dulce canción. La misma línea sigue el 25, que es un homenaje a la palabra como fuente de vida, aunque sea amarga.
En el 21 está el filósofo, está Platón con su cueva llena de conceptos, de esencias, de verdades, de las cuales la vida es la sombra. De modo que aquí lo inútil, lo absurdo es la vida, que es sólo la sombra de la maravilla de la muerte.
El 22 y el 23, es la poesía como escudo para enfrentar a la malevolencia y nos brinda un verso como luz del bien y la bondad, nos hace saltar de las vulgaridades de la carne a las sublimaciones del espíritu. Línea semejante lleva el 25, excelente homenaje a la palabra en la que acude a su mágico efecto estrenado por el génesis en que con ella se ordena a las cosas que existan: “!Oh palabra que crea cuanto toca!”.
En el maravilloso 27, la conciencia del paso del tiempo, angustia al poeta, lo arrastra al dolor de pensar en lo inevitable de la muerte. Es excelente soneto, y el más triste del libro. El 29 tiene también este dolor, en este caso con la melancolía y el sentimiento trágico de la vida de los románticos.
Entre los más hermosos logros del autor está ya aludido soneto XXX, al que volvemos para deleitarnos en su originalidad temática porque enfoca a la lluvia no como acostumbran los poetas –que la ven tierna, nostálgica, tersa-. León David la ve frenética espada que hiere, destruye, acosa, “la lluvia que me muerde y que me araña, engendro de impiedad, feroz arpía”. Este soneto hace contraste esa joya verbal que es el 50, donde la muerte producida por el agua –que el poeta sabe que de ella venimos bioquímicamente- es vista como un dulce nacer “a la caricia tibia de la ola”.
El 31, 32 son divinos, junto al 33, con disfrute de soledad, excelso placer omarcayánico de lo mortal, y vuelta a la niñez, respectivamente.
Solipsismo cartesiano dulce y poético es el 34, humor sarcástico y gracioso el 35, apología de virtudes interiores el 39, alegría de la vida el 41, dolor de la duda el 43. Grandioso es el 44 en que el poeta hace como si fuese otro y sonríe al ver a su corazón enfermar, ruborizarse, temblar, y a pesar de saber que lentamente muere, lo hace “con voz de río” que aunque sabe que va camino a morir en el mar, “aunque apesadumbrado siempre canta”.
Así podríamos seguir, pero creo que los ejemplos basta para hacerse la idea del país conceptual que es este libro, y como guía, debo dejar una parte a que ustedes, como turistas verbales la descubran y disfruten.
Mientras, les diré que al terminar de leer estos 50 sonetos, habremos disfrutado de la muerte, en vez de dolernos por ella. León David nos lleva a verla como parte indispensable de la vida, como el destino manifiesto del que no podemos escapar, y por tanto estamos en la obligación llevarla en la maleta, para no sufrir la sorpresa . La muerte es la sal de la tierra –como hubiera dicho Jesús-, es lo que le da sabor, poesía y encanto, y motivos para luchar por conservar el hálito vital.
La muerte en León David –en su momento más feliz- se acerca a la idea de Krishnamurti de que la felicidad consiste en morir de instante en instante, en tener sucesivos raptos de la conciencia y refugiarnos en el país de la felicidad.


CONOCERLA Y OLVIDARLA, ESO ES VENCERLA.

Momentos hay en que nuestro poeta aprovecha uno o dos sonetos para darnos su arte poética, -ver los bellísimos sonetos 35 y 47- su visión del acto de crear a través de la palabra, y con él toca el tema de la muerte, porque mata. En este caso en vez de sentirse amenazado o saludado o refugiado en la muerte, es él quien mata. Pero no mata a personas. Mata esa forma falsa de hacer arte literario que pulula en algunas plumas que se creen modernas, cuando en realidad sucede de lo imperecedero en el arte de la palabra.
También es varia y rica la forma en que León metaforiza a la muerte. Unas veces es la noche, con su abrigo infinito y transparente la que hace el papel de la muerte en sus versos. Pero no la noche tétrica, temerosa, amenazante, sino como un abrigo que nos envuelve y separa del mundanal ruido de la vida. Que nos lleva como se llevó a Pedro Henríquez Ureña, a la manera silenciosa y rauda de la saeta que la trae aguda y suave para que el dolor sea poco.
La metáfora del final puede ser también la tarde, esa en que se convirtió la vida para Borges, que empezó su ceguera viendo que siempre era de tarde. Aquí entonces León David percibe la muerte con la lentitud amarga del dolor que se prolonga mucho, con esa desesperación que hasta a Jesús desesperó cuando pidió a su Señor que le ahorrara el cáliz de la agonía, que fuese rápido su fin, o cuando le dijo a Judas “lo que vas a hacer, hazlo pronto”. Porque lo más doloroso de la muerte no es ella sino su amenaza. No es ella sino su lentitud. No es ella sino su comparación con lo que perdemos. No es ella sino su ausencia de claro destino para nosotros.
Por eso su imaginación es tan terrible. Dante vivió durante 100 cantos y 99 círculos. Por ella sintió Milton perder el paraíso. Homero la conoció cuando bajó con Odiseo al Hades en busca de Tiresias buscando el camino a la vida o con Héctor cuando Aquiles corría con pies ligeros tras él para entregársela en la punta su funesta espada.
¿Qué nos recomienda León David para amansar la muerte? He aludido a algunas de las 50 formas de hacerlo, y el resto queda a la imaginación de ustedes, al leer el libro en la tranquilidad del silencio lector.
Pero en resumen, la mejor lección del libro es que la más efectiva y recomendable forma de amansar la muerte es la conciencia de que la vida no vale tanto como suponemos, que está llena de falencias, de engaños, de trampas, de falsía y sufrimiento. Entonces, ¿por qué tanto apuro por no morirse si la vida no vale tanto como para despreciar la muerte, por qué temer al viaje y encerrarnos en ese “valle de lágrimas” –como la llama el Esclesiastés-, por qué negarnos a montarnos en el bus de la muerte?
En fin que un profesor de música le dijo a Juan Luis Guerra que la mejor forma de hacer buenas composiciones musicales es aprenderse todas las reglas de la música, y luego echarlas por la borda. Así, la mejor manera de amansar la muerte es conocerla, desnudarla, mirarla por todos lados, hacer plena conciencia de ella, y luego olvidarla, echar todos sus miedos por la borda.

Gracias.

Texto agregado el 23-04-2006, y leído por 1452 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
16-11-2007 Excelente presentación en su fondo y en su forma. Además, estoy completamente de acuerdo contigo: el soneto, la rima, la poesía de toda la vida siempre será actual, nunca pasará de moda. No desprecio el verso libre. De hecho, lo practico. Pero el verso libre debe ser algo que se diferencie de la prosa poética. margarita-zamudio
05-03-2007 Excelente ! Iluminador, como dice benhur, y un gran aporte al debate rima/no rima. De verdad que agradezco que lo hayas publicado y me alegro de haberlo leído. pabloelnegro
19-01-2007 Excelente texto e iluminador en su contenido y placentero en su sintaxis. Si es que ello pudiera decirse.... BenHur
30-12-2006 Excelente desmenuzamiento crítico hecho a conciencia y objetividad, te felicito! clepsidra
06-12-2006 Con precisión de cirujano, exactitud de contador, sensibilidad de poeta y amor de docente, este Negro desmenuza el tema y nos demuestra que cuando se sabe escribir, la longitud del texto no se torna pesada. Al contrario, despierta en el lector el deseo de que tanta delicia dure un poco más. ergo, nada que agregar. ergozsoft
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