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[C:200206]






VII Parte

Los meses transcurrían sin que yo evidenciara algún atisbo de mejoría. Mi fascinación por aquellos ojos me instó a; visitar oscuros bares buscando en ellos equívocas respuestas. Caía rápidamente a un abismo sin fondo y lo peor de todo era que estaba plenamente consciente de ello. Tal vez habría sido más fácil redescubrir aquella casona de altos muros. O si hubiese sido más valiente, podría haber indagado sobre la identidad de sus moradores, preguntando investigando, sin embarco, un terror paralizante me lo impedía. Estaba seguro que la casona, los muros, el portón y ellos, los ojos, eran tan reales como mi angustia, pero era absolutamente incapaz -por lo menos así lo pensaba en ese momento- de intentar regresar a ese lugar. Solo atinaba a beber y lo hacía hasta caer sin sentido. Mis nuevos compañeros fueron más caritativos a pesar de su extremada pobreza. Me despertaba en cualquier jergón, cubierto con sucios trapos y nunca faltaba el tarro humeante conteniendo algo parecido al café. Siempre me acompañaba cualquier ¡vagabundo, el que me sonreía amistosamente, ofreciéndome sus míseras pertenencias. Estuve en la cárcel en varias ocasiones. Allí me sumergí en las mazmorras más horripilantes, conocí la negra estirpe de la delincuencia. Algún asesino implacable me confesó en su rudo lenguaje, las motivaciones de sus actos. Creí identificarme de algún modo con su miseria. Su locura desenfrenada, ese estigma con el cual algunos nacen, era similar al mío, si bien yo sería incapaz de involucrarme en algún crimen. Pero al fin y al cabo, él se había sacudido sus fantasmas y yo, en cambio, me hundía más y más en un pantano que no parecía tener fondo. Cierta noche soñé que me asía desesperadamente al portón y éste me arrastraba consigo. Mis brazos casi se desgarraban y estaba a punto de soltarme, cuando el portón se detenía bruscamente. Entonces veía la mirilla al alcance de mis manos y trataba de abrirla. Me rompía las uñas en el intento pero todo era en vano. Aullaba desesperadamente hasta que una mano fría se apoderaba de mi cuello. Al tratar de voltear la cabeza, divisaba la silueta desgarbada de Ralph, el muchacho del cuento. AI luchar por desprenderme de sus garras, contemplaba su rostro descompuesto, rubricado por unos ojos desorbitados, fijados para siempre en el paroxismo del espanto. Yo lograba por fin desprenderme de sus garras y huía presa del pánico. Una voz infrahumana repetía una y otra vez: -Atrévete... atrévete... y todo este pasaje de terror, de pesadilla ¡interminable, me oprimía hasta dejarme exhausto, mientras sentía como mi espalda se helaba más y más... -Despierta- sentí que me remecían. Yo sudaba profusamente y mi corazón latía desaforado. Mi eventual compañero de celda, un joven ladronzuelo, me miraba con suma curiosidad
-¿La pasta?- preguntó. -¿Qué? – pregunté a mi vez.
-¿Consumes pasta? ¿o marihuana? Sonreí tristemente. Estaba convencido que ninguna droga podría transportarme a algo tan espeluznante como esa pesadilla. -¿Por qué estás en prisión?-escuché. A la vez me hice la misma pregunta. ¿A quien culpar de mi caída libre? ¿A mi afición por los paseos a senderos alejados? ¿A esos ojos que ni siquiera creía reales? ¿A mis compañeros o a mi jefe? Me escuché decir -Sólo vagaba por allí, nada más. ¿Sólo vagabas? ¿Y nada más por eso estás acá?- mi compañero se mostraba escéptico y era posible que tuviese razón en no aceptar esta versión. Mi fisonomía se había transfigurado, estaba con una barba de varias semanas, vestía andrajos y a juzgar por ese somero inventario, yo bien podría ser un peligroso delincuente. Una mueca indefinible cruzó mi rostro desmejorado; recordé a aquel pulcro funcionario que era ¡considerado como un ejemplo a seguir. ¡Que lejano me parecía ahora todo aquello! ¡Cuanta amargura invadió mi corazón al comprender que en ese momento yo era un don nadie, un ser fantasmal que se debatía en la incertidumbre, sin rumbo fijo y sin ningún objetivo por perseguir Contemplé al muchacho en la penumbra triste del calabozo. Me pareció que me contemplaba con algo de pena. Era lamentable comprobar como esa pequeña escoria, ese ser atrapado por la red del vicio quizás desde mucho antes de su propio nacimiento, construyese una fábula con mi sufrimiento y posiblemente se felicitara de no estar en mi lugar. Permanecimos un buen rato en silencio, mirándonos a hurtadillas, tratando de adivinarnos mutuamente los pensamientos. -A veces las mujeres son capaces de transformarnos, para bien o para mal- escuché que decía utilizando un tono entre mundano y profético. Asentí lentamente, como si esa frase explicara elocuentemente todos mis pesares. -Parece que he dado en el clavo-exclamó el rapaz, aplaudiendo con entusiasmo. -¡Así que eso era! Y reía nerviosamente, como si su hipotético descubrimiento resolviese un enigma que cambiaría su mediocre existencia. -¡Cuenta! ¡Cuenta! Me ofrezco como tu consejero. Le miré desaprensivamente. Antes loco que describirle una historia tan extraña a un tipo que seguramente carecía de la sensibilidad necesaria para comprender tan siquiera una sílaba de ella. Por otra parte, la angustia crecía y crecía dentro de mí, me ahogaba, nublaba mi entendimiento y parecía a punto de estallar. De todos modos ¿qué puedo yo perder? Un ser tan al margen de la sociedad y que impone sus propios términos, posiblemente será incapaz de catalogar, de censurar, que digo, acaso ni siquiera de entender la compleja trama en que estoy sumido- pensé. -Amo... unos ojos azules- balbuceé.
-¿Unos ojos azules? ¿y el resto que? ¿Amas sólo los ojos?- ironizó, sonriendo burlonamente. Tragué saliva; no soportaba a ese mocoso petulante que pretendía, a juzgar por su vulgar arrogancia, imponerse soberanamente sobre mí. Aún así, murmuré: -Sé que amo unos deslumbradores, increíbles, maravillosos ojos azules... el resto...el resto lo desconozco. -¿Queeeee?- la voz del muchacho se estiró como si su incredulidad fuese un elástico. Sentí un extraño placer al ver como se desmontaba de su supuesto predominio. -Ignoro quien es el dueño o la dueña de esos ojos- reafirmé, mirando fijamente a los ojos a un ladronzuelo que perdía por completo la compostura. -¡Pero eso es… - el muchacho se levantó y trató de retroceder, pero la estrechez de la celda se lo impidió, -eso es...-y me estudiaba nerviosamente, como si se encontrase enfrente de un sátiro. -Es inmoral- completé con firmeza- claro que es inmoral, pero así son las circunstancias y ese es mi terrible secreto. El individuo no se reponía del todo. Una oleada de vergüenza subió hasta mi rostro, enrojeciéndolo por completo- ¿en que me había convertido? Era todo demasiado irreal, nada tenía sentido. Los valores, la ética, los prejuicios, nada de ello parecía obedecer a un código conocido, era como si yo hubiese traspuesto una puerta hacia otra dimensión en donde lo convencional se transformaba en algo sin sabor. -No has hecho nada por conocer a esa persona- escuché que me decía el rapaz en tono de reproche. -No. No lo he hecho ni creo que lo haré. Compréndeme. El temor que siento es mucho más poderoso que mi curiosidad. -¿Vivirás para siempre con la duda torturando tu existencia? ¡Eso es aún más repugnante! Me tomé la cabeza con ambas manos. La voz del muchacho resonaba dentro de mi cerebro como si ella fuese mi propia conciencia que me reprochaba, que me condenaba. La vida de un prisionero se debate entre los recuerdos, el ocio y el reloj impreciso de las luces y sombras de una celda. Creo que sucedió un poco de todo eso. Dormité un rato. Recobré mi conciencia para constatar que el rapaz continuaba observándome. -Creo que nada de lo que me ha sucedido es comprensible- musité, -En mi caso, dudar equivale a conservar la cordura. El muchacho, que me observaba acuclillado en una esquina, se levantó de un salto. -¡No intentes justificarte! ¡No te engañes tan miserablemente! ¿Temes acaso que todos tus sueños, que todo ese amor inconmensurable, no sea sino un maldito espejismo que oculta algo muy terrible para ti? ¿Qué en lo más profundo de tu intrincada alma temes darte cuenta que el objeto de tu amor es...es un hombre y que acaso eso no te desagrada en lo absoluto? -¿Que insinúas?- repliqué -¡Es una mujer! ¿Me escuchas? ¡El instinto jamás se equivoca!
-¿Cómo lo sabes? ¿Ah? ¿Cómo lo sabes?
La desesperación y la vergüenza se confundieron para abatirme. En aquel momento hubiese preferido mil veces morir extraviado en el bosque a enfrentar esa mirada en la que se reflejaban el repudio, la compasión y el asco, todo ello entremezclado en extraña mixtura. Intenté explicarle que la pasión es involuntaria. Pero preferí callar. Mi compañero se mimetizaba en la penumbra. -Debes solucionar eso...-escuché que dijo, como si hablase consigo mismo. Y luego, ninguno volvió a abrir la boca...

(Continúa)

Texto agregado el 24-04-2006, y leído por 163 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
26-04-2006 Me da mucha pena este personaje que prefiere la locura a la verdad, teme enfrentarse a sus propios fantasmas. Besitos y estrellas. Magda gmmagdalena
 
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